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Y se retiró á la posada, después de guardarse la carta en el bolsillo de la chaqueta.

Juanita seguía en profundo y sosegado sueño. Antes de las cuatro de la mañana le gritó don Bonifacio: —Sobrinita, ya es hora: ¡ea! los huesos de punta! ¡al caballo!

La joven se recordó sobresaltada y el viejo salió á arreglar las cabalgaduras. Había encendido el cabo de vela que sobrara la víspera, y Juanita quiso dar una nueva mirada á la carta, acudió al bolsillo ¡y no la encontró! Imagínese la sorpresa, el disgusto y la pena que esto le causaría. Volvió á meter la mano al bolsillo, sacó el pañuelo de narices y lo sacudió, se palpó el seno repetidas veces, removió la paja, anduvo á gatas por el aposento, ¡y nada! Se aumentó su palidez, estaba fatigada, temblaba. —¡Dios mío! ¿qué fué? ¿qué se me hizo? repetía en voz muy queda.

En estos afanes y angustias la encontró don Bonifacio.

—Juanita mía, ¿que buscas?

—Nada.

—¿Qué has perdido?

—Nada.

—Pero, hijita, si veo que buscas algo y estás inquieta.

—Se me ha caído...

—¿Qué cosa?

—Una cosa.

—¿El pañuelo?

—¡Qué pañuelo!

—Si no es de importancia, déjalo y vamos, que la jornada de hoy es larguísima y no podemos perder tiempo.

—¡Dios mío!...

—¡Eh! bien digo que estás inquieta, y á mí me vas molestando con tus tardanzas. ¡Vamos! ¡al caballo!

—Pero... si aquí la tenía...

—¿Qué tenías en el bolsillo?

—No le importa saberlo.

—Si fué algo que pudieran comerlo los cuyes, no cuentes con eso: se te cayó, lo agarraron entre diente y diente, y no hay más. ¡Vamos, niña! ¡al caballo! Lo perdido, perdido, y no hay sino dejarlo.

Don Bonifacio hizo el pago al posadero, ayudó á cabalgar á Juanita, mientras éste tenía con la diestra la brida y con la otra mano el estribo que pisaba la joven para subir trabajosamente á la silla; montó el viejo y echaron á caminar.

La mañana era oscura, lloviznaba, soplaba incesante viento y era intenso el frío. El viejo cantó con voz gangosa:

Quiero más bien que me falte
La funda y el encauchado,
Y no que el frío me asalte
Sin cigarro ni anisado.