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— Yo sé cuándo naciste y, por lo mismo, cuándo cumples veintiun años.

— Los cumplo el día de mi santo.

— Bien: hoy estamos á 24 de febrero, y dentro de cuatro meses cabales, la ley te habrá dado la libertad que hoy no tienes.

— Es verdad; ¿y entonces?

— Entonces, á pesar de doña Tecla nos casamos.

— Esto sí es aceptable.

— Conque, tengamos paciencia cuatro meses; pero, no obstante, mañana haré la tentativa que te he dicho; pues perder cuatro meses de felicidad, es cosa que me duele.

Habría continuado el diálogo de nuestros dos amantes; pero los sorprendió un ruído repentino tras el tronco del molle y de unas matas. La sorpresa se cambió en susto, cuando advirtieron que quien hiciera el ruído era el viejo Bonifacio, que se ponía en pie, y tambaleándose y tarareando un yaraví, se dirigía al sitio de la diversión.

Don Bonifacio, vencido de la embriaguez, había buscado también la sombra del árbol para echar su siesta. Ni Juanita ni Antonio le repararon, pues trajeron camino opuesto al lugar en que yacía. ¿Escuchó el viejo el diálogo de los dos? Pudiera ser, y en tal caso habrían empeorado de causa, pues todo lo sabría doña Tecla.

Antonio y Juanita, muy tristes, dijéronse algunas palabras de ardiente cariño, y se separaron. Y en tanto la prudencia los obligaba á dar sendo rodeo para llegar por distintos puntos al árbol que parecía estremecerse al ruído del canto, el baile, las carcajadas y el choque do botellas y vasos, ya doña Tecla y don Bonifacio, á unos veinte pasos de distancia, sostenían animada conversación, pero á media voz. Nadie oyó lo que decían; mas la primera puso cara feroz á Juanita, sin decirle palabra, y Juanita palideció; y después poniendo la vieja de lado los ojos para que el tiro fuera derecho, clavó en Antonio una mirada de víbora, seguida de una sonrisa y cierto meneo de cabeza que valían por una interjección y un desafío. El buen joven se puso colorado de ira, se mordió el labio inferior, volvió los ojos á Juanita y le dijo con ellos: Estamos perdidos; mas ¡ya veremos!.....

No faltó pretexto á doña Tecla para adelantarse, con Juanita y don Bonifacio, á sus compañeros de paseo en la vuelta á la ciudad. En puridad, no fué para éstos muy sensible la ausencia de los viejos: pero sí la de la simpática y amable joven.

Antonio, desazonado por extremo, no quiso continuar en la diversión, y fué á pasar las últimas horas del día recostado y meditabundo en la orilla del remanso.

Durante el camino, doña Tecla se desató en injurias y amenazas contra su sobrina y contra Antonio. Iba furiosa. —¡Ah! decía, ¡ah, loquilla! ¿conqué ya está arreglado el clandestino?