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DE MADRID A NAPOLES.

El concierto callejero se componia de guitarras, violines y contra= bajos.

Los músicos eran siete, contándose entre ellos tres mujeres, hermo-= sas y tristes, á cuyas ropas de luto se asian algunos pequeñuelos, proba= blemente sus hijos, cansados le vagar todo el dia de una calle en otra y rendidos ya por el sueño.

Sus padres tocaban distraidamente, mirando de reojo á aquellas pobres cristuras, temerosos sin duda de que se durmieran y rodasen por el suelo...

Y, sin embargo de esta preocupacion, y de la inquietud que sentirian acerca de si el público que los escuchaba se iria á la postre sin pagarles, tañian los instrumentos con inspiracion tan sentida, con suavidad tan patética, que se hubiese dicho que en el fondo de aquellas armonías Horaban agrupados el genio del arte, los númenes de la Ciudad y el adverso destino de aquellos miserables trovadores.


A veces, toda aquella tribu de famélicos artistas, lo mismo las madres que los esposos, y que los soñolientes hijos, unian sus quejumbrosas voces al són de los instrumentos, y cantaban en dialecto veneciano no sé qué historias de amores de fortuna, no sé qué luchas con la suerte, no sé qué desgracias vagamente definidas, que me parecian á mí su propia historia y acaso tambien la historia de Venecia.

La menguada luna aparecia en tanto por encima de los muros del Ar senal, en busca de los mismos Canales donde yo la ví bañarse anoche, sola y sin recelo.

Y Beppo, el astuto veneciano, sentado en su góndola, á pocos pasos de nosotros, nos invitaba á un paseo por el agua, permitiéndose describirnos con celadas y discretas frases las delicias ocultas de Venecia, ó sea los gabinetes vestidos de raso, brillantes de luz, y llenos de perfumes, que (segun él tiene entendido) se ocultan detrás de los muros negros y medrosos de los más lóbregos canales.

Y yo me acordaba de que Chateaubriand (quien, dicho sea entre pa= réntesis, escribió parte de sus Memorias de Ultratumba en el mismo Ho= tel en que nosotros vivimos), cuenta que al pasar una noche por no sé qué puente de Venecia en que habia una Vírgen, alumbrada por muchos faroles, vió á unas hermosas y desdichadas mozuelas que rezaban AveMarías, y que con la mano derecha hacian la señal de la cruz, mientras con la izquierda detenian á los transeuntes, hablándoles de aquellos mismos encantados recintos que nos describia mi gondolero...

Por nuestra parte, si accedimos á la invitacion de Beppo, y saltamos de la Piazetta á la góndola, fué tan sólo para venirnos honestamente al Hotel, donde hemos dedicado la velada á escribir, cada cual á su modo, la historia de nuestro primer dia veneciano...

¡Ah! ya no están de moda aquellas escandalosas escenas en que era de rigor cantar el brindis que Victor Hugo pone en boca de Maffio Orsini: