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Carlos Gagini

—No, respondió un caballero de patillas grises, pulcramente vestido: acaba de decirme el telegrafista que el tren salió ya de Cartago. No debe tardar.

Y como si estas palabras hubieran sido una evocación, resonó ya cercano el prolongado silbido de la locomotora, y un minuto después la panzuda y negra máquina hacía trepidar el suelo, atronando la galería con sus resoplidos y con el rechinar de sus potentes miembros de acero. El tren se detuvo. Un torrente de viajeros se precipitó de los vagones: excursionistas con morrales y escopetas; negros y negras con cestas llenas de pifias o bananos; jornaleros flacos y amarillentos que volvían a sus casas, carcomidos por las fiebres de Matina; turistas recién llegados, en cuyas valijas habían pegado sus marbetes azules, blancos o rosados todas las compañías de vapores o de ferrocarriles; marineros que venían a la capital a olvidar siquiera por un día el penoso servicio de a bordo.

El grupo que aguardaba la llegada del tren se acercó presuroso a uno de los balconcillos, sobre el cual acababa de aparecer un joven alto, delgado, de fisonomía franca y agradable, labios sensuales y ojos llenos de fuego. Vestía un largo gabán gris y llevaba en la mano un saco de viaje.

Cruzados los abrazos y preguntas de rigor, se dirigieron todos a los coches alquilados de antemano. El viajero ocupó uno con el joven de bi-