Nota: Se respeta la ortografía original de la época

MYRRHA



I

V

oy á contar, tal y como mi abuela solia hacerlo, un suceso extraño que acaeció á un pariente lejano mío, el Principe Pablo Antonovitch Sgaborsky. Este suceso, lo of contar una vez solamente, hace mucho tiempo, en los días de mi infancia, pero se quedó impreso de tal suerte en mi memoria, que puedo narrarlo con las palabras mismas que mi abuela empleaba, sin olvidar un solo detalle y casi con el mismo colorido que ella.

El príncipe Pablo Antonovitch, último vástago de la antigua y esclarecida familia de los Sgaborsky, regresó á Moscon allá en los últimos años del siglo XVIII, después de haber pasado cuatro en París. Tenia entonces unos treinta y pertenecia al grupo de los novios más apetitosos y agasajados de la alta sociedad moscovita. Durante su estancia en Francia había frecuentado los salones más en copotados de París y asombrado á las gentes con la magnificencia de sus trajes, el esplendor de suscoches y libreas, la suntuosidad de sus broches y botones de brillantes, su rica colección de bastones y el avanzado liberalismo de sus ideas. Los primeros chispazos de la Revolución le quitaron muchas ilusiones y hasta le prodnjeron disgusto y aversión profunda hacia los que la dirigian, lo cual no impidió que continuase siendo admirador ferviente de Voltaire y discípulo convencido de los sensualistas ingleses.

Una vez érase el día de Nochebuena de 1790 y tantos (el año exacto no lo sabía mi abuela,) hallábase el príncipe en un gabinete de la antigua casa—palacio de su familia, la cual, dicho sea de paso, existe aún, por más que haya cambiado de dueño y que tenga un piso más sobre los dos de que consta. Eran las ocho de la noche y el joven se preguntaba entre bostezo y bostezo, qué haría con su persona cuando la puerta del gabinete se abrió sin ruido y el ayuda de cámara entró llevando en una bandeja de plata una carta pequeña, pero muy elegante. El sobre era de papel fino, de color amarillento, con los cantos dorados y la letra con que estaba escrita la dirección era tan desigual que al punto revelaba ser de mujer, y de mujer nerviosa.

—La ha traído una señora y desea inmediata respuesta, dijo el criado.

El príncipe miró las señas, escritas en correcto francés, rasgó el sobre y leyó lo que sigue:

"Monsieur le Prince:
Si queréis realizar una acción generosa y santa, ser dueño de una mujer hermosa y recibir en recompensa 7.000.000 de rublos no tenéis más que seguir á la dadora de esta carta. Lo demás llegará á su tiempo y razón.

Myrrha.»

El principe, sorprendido, abrió los ojos, ya grandes de por sí, y los fijó en el ayuda de cámara.

—La señora, manifestó éste, ha dicho que no podía pasar de la antesala, pero exije de V. A. respuesta inmediata y categórica: sí ó no.

El príncipe se quedó un momento pensativo y luego replicó poniéndose rápidamente en pie:

¡Dame el frac gris!

Mientras se vestía se miraba en un espejo que podía reemplazar con éxito un bruneau. El principe tenía el rostro entrelargo, no usaba bigotes pero sí patillas pequeñas y estaba peinado á la républicain, de suerte, que sus cabellos, de color rubio muy claro, casi ceniciento, caían formando ligeros bucles sobre el frac gris con botones de nácar. La corbata blanca de encajes y las anchas solapas caían formando armoniosos pliegues; el chaleco era blanco, con pequeñas florecillas, y cenía elegantemente el ancho pecho del príncipe el cual completaba su traje con pantalones de color claro que desaparecían én relucientes botas de piel fina con vueltas de piel de zapa.… El joven pasó revista á su traje y antes de salir ocultó en sus bolsillos un par de pistolas de dos cañones, pequeñas y lujosas, con ricos adornos de oro y cogió un sombrero redondo yun par de guantes grises de gamuza. Dos lacayos de librea le seguían.

II

Pusiéronle en la antesala una pelliza de oso americano. Junto á la puerta, sentada en un sillón de alto respaldo, estaba una señora de edad, vestida de negro, con el rostro oculto por un espeso velo. Apenas entró el príncipe en la antesala, se puso en pie y se dirigió hacía la puerta.

—¿Es V. Ia dadora de la carta? le preguntó el principe.

La señora volvió la cabeza, la inclinó en señal de asentimiento y traspuso el umbral de la habitación.

Ante la puerta cochera, bajó la marquesa, que estaba sostenida por una hilera de macizas columnas, había un coche, sin cifras ni blasones, de aspecto majestuoso y solemne. Un lacayo alto y fornido, vestido de negro y con el rostro oculto por el ancho cuello de pieles, abrió la portezuela, tiró de la escalerilla que servía de estribo y ayudó á la señora á subir al coche. El príncipe trepó detrás de ella con agilidad y destreza militares. En aquel tiempo la jeunesse dorée hacía gala de su arrojo y despreciaba los peligros.

La pesada portezuela se cerró con estrépito y el carruaje echó á andar. Una linterna, sujeta en la pared delantera del coche alumbraba su interior.

Las cortinas de las ventanillas estaban corridas y al querer levantar el principe la de su lado, su acompañanta lo detuvo exclamando con voz entrecortada:

—"¡Ihr Ehrlaucht!¡ Das ist verboten! ¡Se lo prohibo á V! Las cortinas no pueden descorrerse; están elavadas. Si Y. A. no tienc aire bastante para respirar, se abrirá la ventanilla del techo. Así diciendo tiró de un cordón y abrió una pequeñisíma ventana.

—Principe, repuso la señora volviéndose hacia él, comprenderá V. A. que el paso que ha dado viniendo conmigo no pertenece al número de los comunes y corrientes. V. A. no se expone al menor perjuicio, mientras que la persona que le espera corre grandísimos riesgos y tiene derecho á que un caballero respete el misterio de que se rodea.

Así diciendo se reclinó en un rincón y suspiro profundamente.

—¿Pero, quién me garantiza, gnádige Frau, dijo el príncipe en alemán, que todo cuanto hace usted conmigo no es una broma de mal género?

—¡Oh! Ihr Ehrlauch!! replicó con tembloroso acento la señora. El asunto de que se trata es muy serio, por todo extremo serio no hay lugar á bromas; es más, lo aseguro á V. A. que no corre el menor riesgo.

El príncipe míró á su acompañante con escudriñadora mirada. Los ojos de ésta brillaban á través del velo, que dejaba ver una barba diminuta.

—Bueno, pensó el príncipe ¡Mystére, pues, Mystére! Seguramente será alguna broma de Nochebuena, preparada por mi Lucie ó por la Cécile del Principe Mischa.

.y el joven se quedó convencido de que todoaquello era una broma y de que no ya siete millones, sino 700 rublos sería imposible hallarlos en un momento dado en casa de Lucie, en la de Cécile y en la del mismo Príncipe Mischa.

III

93 El carruaje marchaba rápidamente dando saltos inclinándoseal dar las vueltas y hundiéndose en los baches del camino. Al principio pudo seguir el príncipe, con la imaginación, las calles por donde marchaban, pero esto se hizo muy pronto imposible, pues el coche dió tantas vueltas que se confundió por completo. Miró el reloj: eran las ocho y media.

—¿Está todavía muy lejos el sitio adonde me lleva V. gnadige Frau? preguntó el príncipe volviéndose hacia su acompañante.

—No está cerca, Ihr Ehrlaucht.

—¿Pero se encuentra en la ciudad?

—No.

—¿A una media hora de ella entonces?

—A algo más.

—¡¡Por vida del diablo! pensó el príncipe. ¿Dónde pensará llevarme esta mujer? Déspués de todo, lo mismo me da.

El carruajo rodó aún más deprisa por un camino sin desniveles y el joven dedujo que lo llevaban por la calzada de la ciudad. Más de una vez se aprestó á dirigir la palabra á la señora pero bien pronto renunció á su propósito, pues ésta unas veces guardaba silencio, otras replicaba con monosílabos, hasta que por último dijo:

—La curiosidad de V. A. quedará satisfecha á su debido tiempo.

—¡Hm! se dijo el príncipe. Mucho sabrás si á viejo llegas. ¡Tengamos paciencia! Se recostó lo mejor que pudo, se envolvió en la pelliza y se dispuso á dormir. Ya comenzaban á pasar ante sus ojos imágencs que no pertenecían á la realidad, ni tenían nada que ver con su situación presente, cuando lo despertó un fuerte golpe. Las rucdas crugían lentamente. El coche rodaba por una pendiente y el cochero sujetaba los caballos que marchaban al paso y se detuvieron por último. El lacayo abrió de golpe la portezucla. La señora bajó y volviéndose hacia el príncipe le dijo:

—Tenga la bondad de bajar, Alteza, hemos llegado ya.

El carruaje se había detenido bajo una marquesa bastante ancha que sobresalia de un muro sin ventanas. Lo primero que le chocó al principe fué aquella entrada. Se acordó de las pirámides de Egipto. Las vigas que formaban la marquesa estaban dispuestas en forma de cono y sostenían en la cúspide la figura del sol. En el escalón superior de los que ála puerta conducían se hallaba un hombre alto y de aspecto lúgubre, envuelto en un ámplio albornoz rayado y cubierta la cabeza con un turbante. Llevaba en la mano una pequeña lámpara, que recordaba las primitivas romanas. Se hallaba en actitud de saludar, con la cabeza inclinada y una mano en el pecho.

Apenas llegaron el príncipe y su acompañante al último escalón superior, el misterioso personaje se volvió pausadamente y tomo la delantera alumbrando el camino. Los tres penetraron en un corredor de abovedado techo. Al punto senotó la humedad propia de los sótanos. Los pasos resonaban sordamente en los muros de piedra. Sin llegar al final del corredor, penetraron en otro igualmente largo, después en otro y subieron, por último una pequeña escalera. Arriba había una hahitación inmensa, una de cuyas paredes, la del fondo, ostentaba una cortina de terciopelo negro. El bombre que los había guiado se dirigió á la cortia, profirió una frase en un idioma desconocido y al punto sonó bajo tierra una campanada lúgubre y prolongada.

Apenas se había extinguido aquella vibración, cl hombre del albornoz levantó la cortina, se inclinó profundamente y dijo en inglés:

—Caballero, os ruegan que entreis..

El príncipe entró en una inmensa sala abovedada. La cortina cayó tras él.

IV

Del techo de la sala caía, a través de un vidrio mate, una luz igual, azulada y débil, que dejaba la habitación envuelta en sombras. A la izquierda se veía un ancho espejo; con marco negro que cubría toda la pared. Aquel espejo no era limpido, como los de Venecia, sino grisáceo, como los de metal, y los objetos se reflejaban turbios en él. Tenía delante un alto trípode con figuras de relieve, que servía de sostén á nna cazoleta cubierta asi mismo de arabescos y de inscripciones. Frente al espejo había un encerado con signos cabalísticos y apuntes en idioma desconocido. En el fondo del salón se veía una pequeña bóveda, tapizada de negro y en el interior de ella, se elevaba, sobre un pedes—tal de mármol obsenro, un tronco de árbol en torno del cual se enrollaba una serpiente negra y resplandeciente, cuya boca aprisionaba una manzana. La cabeza de la serpiente tenía expresión casi humana y los enormes y relucientes ojos del inmundo bicho, cual si estuvieran iluminados interiormente miraban al príncipe con expresión sombría y malévola.

—¿Adónde he venido yo? murmuró el príncipe al contemplar estas cosas. Seguramente, añadió para tranquilizarse, es esta una de las cuevas en que celebran sus ritos esas sectas que no desprecian la magia ni los demás misterios de esa índole.

Preciso es hacer observar que ya en aquella época comenzaban á multiplicarse las escuelas místicas, que contaban con buen número de adeptos.

Apenas había cruzado este pensamiento por la mente del príncipe, se oyó nuevamente el son agudo y lúgubre de la campana y la cortina negra que ocultaba el fondo de la bóveda, onduló y se descorrió lentamente. El resplandor de una luz brillante cayó formando un circulo resplandeciente sobre el negro pavimento y un perfume suave y finísimo se esparció por la sala. En la bóveda se había abierto una puerta y la luz caía desde arriba, desde lo alto de una pequeña escalera de mármol.

Una voz femenina, melodiosa y suave dejó oir estas palabras:

¡Entrad, príncipe!

Este subió rápidamente los escalones y se encontró en una habitación bastante grande, pero baja de techo, que ofrecía extraño contraste con la sala de que acababa de salir.

Respirábanse allí los fuertes y embriagadores perfumes del Oriente, iluminaban la habitación innumerables luces que ardían en dos enormes candelabros de oro. El suelo estaba cubierto de suavísimos tapetes orientales de historiado dibujo. Una cortina formada por un ancho tapiz aislaba la parle posterior de la habitación, en donde se veía un diván grande y cómodo, cubierto de tapices finísimos, de pieles de Angola y de cogines de seda.

Ante el divan se hallaba de pio una joven vestida con traje oriental de seda blanca bordada de plata.

El príncipe la miró y se detuvo lleno de asombro. Jamás había visto belleza semejante; ni aún en sueños podía figurarse que existiese. Aquella joven unia la gracia á la majestad; sus largos cabellos negros caían formando ondas de azabache sobre sus hombros y se deslizaban hasta el suelo.

Llevaba una diadema de gruesos brillantes, pero ol brillo esplendoroso de ellos no lograba atenuar el de los grandes y rasgados ojos negros que miraban franca y abiertamente defendidos por largas y espesas pestañas, bajo las delgadas y bien trazadas cejas. La nariz era recta, prominentes los labios, suave y delicado carmín de las mejillas, pálida la tez. Todo en ella era perfecto, armonioso, y bello. Rico aderezo de brillantes adornaba su pecho, medio oculto bajo un tenue velo de seda y los brillantes lanzaban chispas á compás de la respiración de aquel alto y hermoso pocho virginal.

Los brazos, cuyo cutis recordaba la finura de la seda, estaban desnudos y sus formas traian á la memoria las estatuas de los mejores tiempos del arte griego.

—Tome V. asiento, príncipe, dijo la hermosa joven, indicándole un pequeño diván turco que ha bía á su lado.

El príncipe se inclinó y tomó asiento sin apartar los ojos de aquella mágica hermosura. La joven se sentó en el divan. Todas sus posturas, todos sus movimientos, eran artísticos, bellos, graciosos.

No era la plástica severa de las estatuas griegas ó romanas; en aquel cuerpo de mujer se hallaban concentradas la agilidad y el apasionamiento del Oriente.

Comenzó á hablar y se animó su rostro. Los ojos ora languidecían, ora lanzaban chispas, palpitaban las ventanillas de su nariz; levantábase su labio superior descubriendo una bilera de diminutos y blanquísimos dientes. Hablaba el francés con regular facilidad pero con acento extranjero, empleando giros orientales, demostrando falta de práctica y suprimiendo palabras:

—Príncipe, dijo, me llaman Mirrha... Soy hebrea.

Más no necesita V. saber por ahora. Mi padre y yo llegamos aquí hace tiempo; á principios de otoño.

Vinimos del lejano Oriente y desde el mismo día de nuestra llegada, nuestros agentes le han buscado á V. en vano.

—¡A mí, señora! ¡Es demasiado honor para un mísero mortal!

—Si le he mandado llamar esta noche, ha sido porque los designios del Único se realizan siempre y todo cuanto él dispono se efectúa. Usted príncipe, no es un mísero mortal! Ignora V. Ia importancia que tiene la vida para la humanidad.

Y al decir esto le miraba fljamente.

El principe que la contemplaba con verdadero asombro.

—Ante todo, prosiguió la joven, le haré á V. algunas preguntas acerca de sus antepasados, por más que ya tengo datos exactos acerca de ellos. ¿Es cierto que su familia es antiquísima y que sus anantecesores vinieron de la Escandinavia?

Por lo menos, eso pretenden, respondió el príncipe.

—Tengo pruebas fehacientes de que esa pretensión es cierta. Bajo el reinado de Ivan IV, llamado el Terrible, uno de sus antepasados se halló en el sitio de Kazan, donde sedujo á una hermosa cosaca llamada Gulschamal, lo cual quiere decir Ros del Paraíso, y tuvo de ella un hijo, á quién puso por nombre Boris. Este último fué también uno de los progenitores de V.

El príncipe inclinó la cabeza en señal de asentimiento y guardó silencio.

—En tiempos del Rey Segismundo III, uno de los abuelos de V., Alejo Sgaborsky, pasó á Hungría y contrajo matrimonio en Pest con una hija del magnate húngaro Mongo Kittakol, llamada Constantina.

El príncipe asintió de nuevo.

—De este matrimonio nació el primer individuo de la rama á que pertenece V.

La joven guardó silencio durantes breves instantes y luego aproximándose á su interlocutor, clavó en él la centelleante mirada y dijo, casi en voz baja:

—¿Es cierto, principe, y esto es de suma importancia para nosotros, es cierto que su abuelo de V.

Constantino, estuvo enamorado de una gitana llamada Faina y que su padre de V. fué hijo de ella?

El principe se apartó involuntariamente de la joven. Lo que ésta preguntaba era un secreto de familia, cuya revelación podía muy bien acarrear un proceso y con él, la perdida de la enorme fortuna de los Sgaborskys.

—¡Señora! exclamó, ¿cómo sabe V. eso?

—Se muchas cosas más. Nosotros disponemos de dos medios para averiguar aquello que nos interesa: uno es el todopoderoso metal; otro es la magia, que descubre al hombre cosas que están más allá de sus cortos alcances. Mi padre posee esta eiencia.

Dicho esto, guardó silencio y miró á su interlocutor. Este, no pudiendo soportar el brillo de aquellos ojos tan francos, tan puros y tan hermosos á través de los cuales parecía verse el camino que iba derecho al corazón, bajó la vista.

VI

Ahora, prosiguió Mirrha, véome en la necesidad de comunicarle unos cuantos datos, que, no obstante referirse á su familia, le son desconocidos por completo. Su antepasado de V. el príncipe escandinavo Smoild, marchójuntamente con los normandes, á Bretaña y casó allí con Griselda, normanda de nación, de la que nació Sgabor, el cual vino á Rusia, antes de que en ella se estableciese el reino de los Skifkas. Por lo tanto, tiene V. en sus venas sangre de los primitivos normandos eomolo demuestran sus armas que son un león negro y una rosa. Griselda había nacido de una gala cuyos antepasados eran sacerdotes druidassegún dice una antigua tradición relatada en un romance primitivo y si esto no bastase, otra leyenda, aún más antigua, habla del enlace de uno de los abuelos de Griselda, con una mujer de la raza de los alanos, llamada Ruminda. Tengo en mi poder pruebas escritas de todo esto, que constituyen valiosísimos documentos históricos. Su familia de V. tiene sangre de todos los pueblos de la Europa septentrional y central pero los datos que poseo hacen remontar su origen a una época más antigua: Sus antepasados procedieron de la antigua y esclarecida familia Magna Pausania, cuyo jefe casó la con griega Cletia, es más, por un misterioso decreto del destino habíase mezclado la sangre de los Pausanias con la de los cartagineses, fenicios y etruscos... ¡Príncipe, en V. semezclan y confunden todas razas de Europa! Los renos del Norte y las águilas del Sur se hallan confundidos en V...

La hermosa joven pronunció estas últimas palabras en voz baja y respetuosa, y, abandonando el diván en que estaba sentada púsose á contemplar al príncipe, como si la complicación y grandeza de la familia de éste le produjesen asombro.

Trás breve pausa prosiguió sin apartar los ojos de su interlocutor con voz reposada y armoniosa dijo:

—Mi familia, es en Oriente, lo que en Occidente la de V. No creo necesario explicarle por qué laberínticos caminos se mezcló con su saugrela de todos los pueblos orientales pero es el caso, que se unió á la suya la de los remotos Faraones, la de los ninivitas, la de los asirios, modos y persas, la de los cananeos y caldeos. Mi familia procede de la tribu de Judá y mi padre y yo somos descendientes legítimos de ella. Por nuestras venas corre la mejor sangre del pueblo predilecto de Jehová.

La joven guardó silencio breves instantes, inmóvil crguida orgullosamente, respirando con fuerza, como si estuviese poseída de la inmensa grandeza de su antiquísimo linaje, y la diadema de brillantes que adornaba su cabeza, resplandecía, como si ciñora la frente de la reina de Levante.

Después se apagó su mirada; bajo los ojos, frunció las cejas y lanzando un profundo suspiro se dejó caer en el diván y ocultó su rostro entre las manos. Al hacer esto, los ricos brazaletes sonaron como si fuesen las cadenas de una esclavitud dorada. Apoyóse en una mesita adornada con figuras de plata é incrustaciones de perlas y esmeraldas y al cabo de un instante apartando las manos del rostro prosiguió su discurso con voz en la que temblaban las lágrimas.

—La grandeza del pasado no existe... El pueblo de Dios anda disperso. El Unico, que todo lo dispone por caminos misteriosos y ocultos y ha dispersado por la faz de la tierra los diversos pueblos con el fin de reunirlos después en uno solo. ¡Cuántas penas, cuantos desprecios cuantas injusticias, cuántas persecuciones ha sufrido Israel! Pero la hora se acerca, quizás ha sonado ya aquella en que se unirán los pueblos formando una tribu de hermanos. ¡Príncipe! mi padre posee una ciencia, legada á la humanidad por los antiguos magos, la cual consiste en el divino arte de conocerlo porvenir. Mi padre sabe leer en las estrellas el destino de los pueblos; en la piedras la historia de la tierra, escripor el Espíritu que la gobierna y en espejos mágicos lo que ahora sucede en lejanos paises; mi padre sabe lo que ignoran los míseros mortales, y las poderosas y sagradas fuerzas que se ocultan á los ojos de los hombres le obedecen. ¡Estas fuerzas lo han designado á V. para ser el medio supremo de realizar la unión de todos los pueblos!

ta El príncipe quedó aturdido.

La joven sacó rápidamente de debajo de los cojines del divan un rollo, envuelto en un pañuelo de seda.

—He aquí el porvenir de los pueblos: este porvenir se encuentra en sus manos.

En mis manos? exclamó el príncipe y miró con cierto recelo á su interlocutora.

—En sus manos, repitió ésta, recalcando las pa labras mientras desplegaba el rollo, cubierto de caracteres hebraicos —Escuche V. lo que la dicho un siervo del Todopoderoso, dijo la joven, y comenzó á traducir al francés el manuscrito.

(De qué modo llogó á mis manos la tradución del mismo, lo diré después: ahora lo copio sin comentarios.)

VII

Mirrha leyó:

«Gloria al Eterno. Él castiga y recompensa. En sus manos está el destino de los destinos. El humilló la soberbia de los hijos de Aizail y destruyó á los impuros que se apartahan de su camino.

El confundió las lenguas de los soberbios y de los contrarios á su ley.

103 »Y dijo: prepararé la tierra y alimentaré á las gentes y les enseñaré á utilizar el cobre, el hierro y la plata y el oro y las esmeraldas, y las riquezas de mi pueblo serán más numerosas que las arenas del mar.

»Y su trabajo será más estimado que el oro.

»Y libertará al oro de su cárcel y hará que el bienestar se esparza entre todas. las gentes de la tierra y ésto las unirá en un solo pueblo.

»Tal es la voluntad del Señor.

Pero de la tribu de David saldrá una serpiente y apartará á las gentes unas de otras. La serpiente se enroscará en el árbol de la muerte y se ofrecerá á los ojos de los hombres como rey de los Judíos y muchos serán seducidos. Y sembrará, y su semilla despertará luchas intestinas en los rei nos. El hermano se levantará contra el hermano el rey contra el rey; el pueblo contra el pueblo Vendráu gentes do las comarcas de Oriente y de Occidente del Mediodía y del Septentrión y se inclinarán ante la serpiente, pues sus enseñanzas tendrán mucha fuerza..

»Y se pondrá en contra mía y hará que los pueblos de la tierra se aparten de mí.

»Pero yo vigilo mis caminos y protejo mis tesoros.

» Vendrá la Emperatriz del Oriente, de la sangre de Ismael, de Osor y de Tares.

»—Esto se refiere á mí, dijo en voz baja Mirrha.

»De la sangre de Joaquin, de Jehoni, de Salafil, de Zorobabel.

»De la sangre de Salomón, de Jelind, de Matofán y de Jacob.

»Ella, por cuyas venas corre la sangre de las do ce tribus de Israel.

Reunirá la sangre del Oriente con la del Occidente en la persona de Aril.

»De la sangre de Gotol, de Atti, de Gemaros y de Tod.

» De la de Attila, de Walla, de Galo y de Krosso..

»De la de Kormon, de Curio, de Saaf y de Sgabor.

Y esta unión traerá la concordia y pondrá término á las luchas. La mujer vencerá la serpiente y aumentará su gloria..

Leyendo tan extraordinaria predicción, la vozde la joven adquiría vigor y sonoridad extraordinarias, sus ojos brillaban con asombroso fulgor; agitábase su pecho y su rostro se cubría de profunda palidez. Parecíase á las antiguas pitonisas en el momento del éxtasis.

El principe la contemplaba admirado. Comprendía que sus palabras eran solemnes, pero no alcanzaba el sentido exacto de ellas.

Transcurrieron algunos momentos antes que la joven hablase de nuevo.

—He aquí la gran misión que nos está encomendada, exclamó con un suspiro, enrrollando cuidadosamente el manuscrito y ponióndolo en su funda de seda.

—Y ahora, añadió, le leeré á V. la explicación de lo que acaba de oir y le comunicaré nuevos datos.

Así diciendo, se puso en pie, abrió un pequeño armario tallado con rioos adornos de oro y saco de él un libro de gran tamaño, encuadernado en piel negra. Sobre el lomo se veía la figura de la serpiente negra, enroscada en el árbol. Mirrha se sentó de nuevo en el diván y leyó lo siguiente:

«En la ciudad de Aarama, que se halla bajo la estrella de Halleva, se encuentra Aril, el hombre del Occidente, hermoso como un cedro del Libano y descendiente de las doce tribus de Occidente.»

—Este es V. principe y ese su nombre en el lenguaje de los orientales.

»La reina del Oriente tendrá que reunir la sangre de las doce tribus con la de las doce tribus del Occidente.

»Que se purifique con ayunos y oraciones.

»Que se vista con blancos ropajes y perfume su cabeza con mirra. » A medida que avanzaba en la lectura la voz de la joven se hacía entrecortada, un ligero carmín se extendía poco á poco por sus mejillas y su pecho se agitaba.

«Se presentará ante el hombre del Occidente y compartirá con él sus riquezas.

»Y el hombre del Occidente se apartará de la serpiente y cxclamará» : «¡Kella! ¡Todo se ha consumado!» »Y la sangre de ambos servirá de nueva alianza entre el eterno y las gentes.

»El pueblo de Israel se unirá á los demás que habitan en la tierra y sobre ellos lucirá la luz de la verdad.» La joven miraba al príncipe sin pestañear, á tiempo que cruzaban por sus ojos apasionados pensamientos. Cerró el libro, lo colocó nuevamento en el armario y echó la llave á éste.

—Ahora, príncipe, dijo volviendo á su sitio, después de las indicaciones que acabo de hacerle, cumpliré una parte de las órdenes que he recibido.

La joven sacó de debajo de los cogines un 30bre abultado provisto de siete sellos, que ostentaban el ojo de la Providencia y una palabra hebrea que significa Verdad.

—Tome V., prosiguió, con voz cariñosa melódica á la par que enérgica dando el sobre á su interlocutor. Es la mitad de cuanto poseo. Aquí están los siete millones mencionados en mi carta Señora, exclamó el príncipe, apartando involuntariamente el sobre, ¿á qué título voy á tomar ese dinero?

—Se lo doy á V. porque así es la voluntad del Eterno, replicó solemne y enérgicamente la joven.

Mi deber es dárselo á V. Puede V. hacer de ello lo que guste ó dárselo á quién se le antoje, pero yo tengo que entregarlo, por ser la mitad de mi fortuna terrena. Yo le suplico á V. que lo acepte y que se lo lleve.

Myrrha le entregó el sobre con una mano mientras que la otra se la llevaba al pecho.

El príncipe, sin saber lo que hacía, lleno de admiración, cogió el paquete y lo guardó en su bolsillo. En aquel mismo instante sonó, allá en las profundidades, el timbre penetrante y lúgubre de la campana, cuyo eco se extingnió lentamente en el ambiente templado y aromático de la estancia oriental.

VIII

—Principe, dijo Myrrha, ahora le ruego que se siente aquí, y le indicaba un taburete próximo áá ella. El príncipe obedeció. Laatmosfera mágica que parecía flotar en torno de la joven; lo rodeó y sintió el calor del hermoso cuerpo de suinterlocutora.

—Príncipe, preguntó ésta á media voz con cierto sentimiento de terror. ¿Es V. ateo?

El aludido pensó llevado de la cortesía, característica en la jeunesse doree de entonces, dar una evasiva, diciendo:

—¿Puedo yo acaso ser ateo cuando estoy en presencia de una divinidad? más no lo dijo y sc limitó á hacer un gesto afirmativo.

—Sin embargo, lleváis una cruz en el pecho.

El príncipe miró á la joven con sorpresa. Llevaba una cruz en efecto, pero solo los criados de más confianza lo sabían.

—Una cruz, prosiguió ella, que es una obra maestra de la antigua escuela florentina y que le envió á V. cuando niño su tía Edvigis Skamoiskaya.

También era verdad. Llevaba esta cruz por costumbre adquirida en la infancia y porque á ella iba unido el recuerdo de su tía á quien había querido mucho por más que allá on su fuero interno ni siquiera creia en el Ebre Supréme y solo se inclinaba ante ia razón pura y todopoderosa.

—Príncipe prosiguió Myrrha, en tono aún más bajo, démé V. esa cruz: eso no es más que un prejuicio.

La joven alargó el brazo. Istaba sentada no más que á media vara de él, y su interlocutor veía clara y distintamente los contornos de su pecho á través del ligero y transparente velo que los cubría y que dejaba adivinar hasta el sonrosado de la carne. Myrrha se aproximó al príncipe y sus perfumados y sedosos cabellos rodearon á éste de mágicos efluvios.

—Príncipe, murmuró—déme V. esa cruz. Se lo ruego.

El joven desabrochó maquinalmeute su frac, apartó con temblorosa mano los encajes de su camisa, cogió la cruz, que era maciza, grande y con adornos en relieve y rompiendo la finísima cadena de oro, de que pendia, puso el sagrado símbolo en manos Myrrha.

—Principe, dijo ésta, mirándole fjamente, esto no es más que un prejuicio, una costumbre infantil, pero así y todo si yo le propusiera que arrojase esta cruz al suelo y la pisoteasc ¿lo haría?

La joven lo miraba con centelleantes ojos, los brillantes que adornaban su gentil cabcza formaban á modo de aureola entorno de su frente y en el silencio de la cámara parecían percibirse los latidos del corazón que palpitaba en el agitado pecho de la hebrea.

...Dámela, dámela, murmuró el príncipe con tono suplicante. Eso lo hago ahora mismo... ¿Qué no pisotearía yo, qué no destruiría yo por una sola sonrisa de tus labios, por tu amor?

—¡Después, después! replicó ella con voz entrecortada y reclinándose, ocultó la cruz en los almohadones del diván. El príncipe temblaba y Myrrha era presa también de agitación semejante. No era sangre, sino fuego lo que corría por las venas de ambos. Sin notarlo, sin darse cuenta de ello el príncipe sentôse junto á Myrrha, sobre el blanco y muelle diván. Los brazos de la joven, cual si obrasen por sí solos aprisionaron al principe, suaves como la seda, en tanto que sus maravillosos y perfumados cabellos lo envolvian en sus hondas de azabache.

Una nube pasó ante los ojos de Sgaborsky.

Myrrha murmuraba á su oído con tierno acento:

—¡Amado mío, deseado de mi alma, cedro del Libano!

Los labios de ambos se confondieron en un ardiente beso.

Las bujías se apagaron. En la habitación reinó encantadora y aromática oscuridad. El principe lo olvidó todo; para ći todo habia desaparecido y se había confundido con el delirio de la pasión.

IX

El tañido lúgubre, lento y penetrante de la campana se dejó oir de nuevo. Myrrha volvió en sí.

¡Príncipe! gritó asustada, ¡príncipe! Aquí está la cruz. No olvide V. decir: «¡Kella, todo se ha consumado!» El príncipe se levantó y sin decir palabra, embriagado aún por la pasión y la felicidad, arrojó su la cruz sobre el blando tapiz y levantó sobre ella el sacrilego pie. En aquel mismo instante abriéronse con espanto sus ojos, tembló su cuerpo y un grito de horror se escapo involuntariamente de su garganta.

Ante él se alzaba una espesa niebla y én medio de ella se destacaba la imágen de Jesús, en todo su dolor, rodeado de la aureola del amor y del perdón. Los ojos del Salvador lo miraban con expresión tan bondadosa y amante, que llegaban hasta el corazón del príncipe, del hombre que osaba levantar el pie sobre el que sufrió muerte cruenta por el amor, por la libertad, por lo más santo que puede darse en la tierra.

El príncipe retrocedió como si una fuerza invisible lo impulsase. Lanzó un ronco gemido; la luz se había hecho en un espíritu y había comprendido que á sus pies yacía aquel que puede únicamente unir todos los pueblos en uno y todas las tribus en una sola familia con la fuerza del amor y de la caridad. La habitación en que se hallaba desapareció de su vista, la mágica beldad del Oriente se ocultó á sus ojos, su amor hacia ella desapareció también, juntamente con el fuego de la pasión que momentos antos dominaba su corazón y su mente; todo le pareció vacío, perecedero miserable, pequeño á la luz esplendorosa y eterna de aquel otro amor infinito.

De pronto la voz de Myrrha resonó en sus oid como si saliese de las tinieblas y viniese de muy lejos.

—¡Apresúrate, apresúrate! decía. La media noche está próxima. De nuevo nacerá él y de nuevo habrá Incha y desesperación.

—No puedo, murmuró Sgaborsky, temblando como si tuviese ficbre.

—No puedes? gritó Myrrha levantándose como si le hubiera picado una serpiente. ¡No puedes!

¡Miserable!

Al punto se borró la aparición celestial y de nuevo apareció Myrrha, cuyo rostro reflejaba perversa locura.

—¡No puedes! gritó con desesperación no puedes? cobarde. Te confié todo cuanto era grande y sagrado. La esperanza de Israel y de la humanidad entera la puse en tus manos. Te entregué cuanto una mujer puede sacrificar a un hombre, y ¡no puedes! ¡Vete!

Levantó la mano y quiso cogerlo, pero el príncipe se apartó de ella con involuntario temor.

En aquel istante resonó otra vez el penetrante son de la campana y tras él un reloj dió sorda y confusamente las doce.

La última campanada resonó solemnemente por todas partes y pareció que temblaban las paredes.

El príncipe miró á la joven. Estaba pálida, sus dientes castañcteaban y se escapaban roncos sonidos de su garganta.

—¡Kella, Kella! gritaba con voz entrecortada y terrible. ¡Astuta serpiente! ¡Me has engañado vilmente! Y después volviendo hacia el príncipe su descompuesto semblante, exclamó extendiendo el brazo: ¡Maldito seas, cobarde, maldito seas! Sus palabras silbaban como serpientes. ¡Que sobre tu cabeza caiga la maldición de las doce tribus de Israel y sobre la do tus descendientes, sobre las de todos los hombres! El pecado de Cain será su lote y la cólera del Señor pesará eternamente sobre ellos. Sus madres, sus mujeres y sus hijas serán estériles. Vegetarán en la deshonra... ¡Yo te maldigo con la sangre de Abel, de Absalón y de Macabeo, con la sangre de todos los que fueron justos, con mi misma sangre!...

De pronto vió el príncipe que en la diminuta mano de la joven brillabaun largo y afilado estilete y lo hacía desaparecer con brusco movimiento en el desnudo pecho en el sitio del corazón.

Al príncipe le pareció que la sangre de la herida le salpicaba el rostro cegándolo. Sintió que se desplomaba y muy luego todo se confundió y se oscureció ante sus ojos.

X

Aquella noche trajeron al príncipe á su casa en un estado de absoluta inconsciencia; avisados á los médicos estos á su vez llamaron al príncipe Alejo Danilitsch, mi tio en tereer grado y al conde Alejandro D. L., primo del enfermo.

Al cabo de una semana abandonó éste el lecho, pero no era ni sombra de lo que fué; estaba amarillo, delgado y muy débil. Continuamente se echaba mano al pecho, decía que le quemaba algo sobre el corazón y pedia la cruz que estaba acostumbrado á llevar.

Le compramos diferentes cruces, decía mi abnela, pero las rompía y pedía que le trajesen la que había perdido. Esta no parecía por haberse quedado en la casa maldita.

El dinero lo trajo en el bolsillo del frac; estaba en billetes del Banco de Inglaterra. En el mismo sobre había, además, diferentes papeles escritos en francés con letra menuda, que contenían las revelaciones místicas leídas por Myrrha. Mi abuela guardó estos papeles los conservó cuidadosamente y me los regaló después.

Una parte del dinero de Myrrha se empleó en practicar investigaciones acerca de la misteriosa morada subterránea en que acaeció el hecho. No se evitaron gastos, pero cuantos esfuerzos se hicieron resultaron estériles é infructuosos. Solo en un espeso bosque de los alrededores de Wolinsk se descubrieron montones de piedras que yacían en un profundo barranco.

—Todo lo ocultaron aquellos malditos, decia mi abuela; solo una cosa me admiró y fué que no le matasen.

Después de este suceso vivió el príncipe Pablo Sgaborsky tres años y se apagó lentamente, presa de tranquila melancolía.

A veces ésta se trocaba en locura; los ataques más fuertes solía tenerlos en Nochebuena. En tales días no se encontraba bien en ninguna parte; recorría las habitaciones lanzando gemidos como si busease algo.

Mi abuela empleó todos los medios posibles para aliviar sus sufrimientos, lo llevó á varios monasterios y ermitas, consultó á los médicos más famosos, lo acompañó al extranjero á fin de que lo viera un célebre alienista inglés pero todo fué en vano.

Días antes de su muerte se quedó extraordinariamente tranquilo y recobró su inteligencia; despidióse de todos, recibió los auxilios espirituales y sentándose en una butaca murió murmurando: ¡Kella!

Todo el dinero de Myrrha pasó á su muerte al Conde L. á quién correspondía la fortuna de su primo, pues la línea primogénita de los Sgaborsky terminaba con él.