Mezclilla
de Leopoldo Alas
Maximina



Novela de Armando Palacio


Uno de los deberes más importantes de la crítica en España, en los días que alcanzamos, es atender con mucho cuidado a distinguir de la multitud de libros de imaginación que se publican, y de los cuales la gacetilla hace elogios de apología, aquellos otros que realmente merecen atención, por encerrar algún mérito, y que no suelen ser tan alabados. Generalmente, no coincide el arte de saber hacer libros con el de saber faire l'article; y a juzgar por lo que se observa, y también por lo que la reflexión dice, suelen estar ambas habilidades en razón inversa. Así, por ejemplo, Pérez Galdós es uno de los españoles más ineptos para dar publicidad y renombre a sus novelas mediante los periódicos; y reconociendo esta ineptitud, que radica en sentimiento de la dignidad propia y en el amor a la dignidad del arte, prefiere pegar un sencillo anuncio en La Correspondencia, esa esquina, a ir de redacción en redacción repartiendo tomitos y sonrisas y palmadas en el hombro. Se echa la cuenta de que le cuesta mucho menos trabajo que esto, escribir un libro bueno, que se vende porque lo es, y que se acredita por lo que vale, no por lo que de él digan cuatro o seis periodistas satisfechos de los miramientos que con ellos guarda el autor.

La misma Emilia Pardo Bazán, que por ser dama, y muy activa, y ocuparse en muchas clases de asuntos literarios, y tener copiosa correspondencia con publicistas de muchos géneros, suele encontrar favorable acogida entre los olímpicos gacetilleros y ver sus libros muy anunciados, podría quejarse con justicia más de una vez del silencio de la prensa, sobre todo ahora, que después de haber publicado su mejor novela, se encuentra con que únicamente hablamos de ella los que para hacerlo sólo hemos necesitado los impulsos de una sincera admiración.

Armando Palacio, de quien hoy se trata, gran enemigo de buscar buenos éxitos por los mismos procedimientos por que se busca en España un destino, tampoco tiene nada que agradecer, en general, a la prensa más traída y llevada; pues no le basta con tener excelente carácter, un trato afable, una modestia simpática, ni con haber dejado el látigo de la crítica, para conjurar los desdenes fingidos ni las pretensiones efectivas de revisteros presumidillos y censores de ocasión. Palacio, que ya no se mete con nadie, tiene, sin embargo, enemigos; ahora no se le aborrece por ser crítico satírico, pero se le odia por lo que vale.

Maximina ha obtenido elogios de mucha parte de la prensa, es verdad; pero los más fueron de pacotilla, y el autor hubiera preferido un estudio concienzudo a tantas insulsas alabanzas. Sin embargo, debo decir que ha habido excepciones; así, por ejemplo, el artículo de José Zahonero, en La Opinión, merece ser leído, porque se aparta de lo vulgar, sin caer en lo extravagante, y prueba conciencia literaria y profundo sentimiento.

Y en verdad, que pocos libros se prestan como Maximina a un análisis detenido y provechoso. Maximina es un documento, no sólo para estudiar la historia íntima, interesante por cierto, del talento y del corazón de su autor, sino para ver algo de lo que aporta a la literatura la nueva generación, acaso como nota original y característica.

En el artículo de Zahonero, sí bien por el sistema casi siempre injusto del contraste, se apunta algo de lo que principalmente debe llamar la atención en este libro.

Ello es, que así el mérito principal de la novela como sus defectos mayores, revelan la misma preocupación del autor, el mismo anhelo: la absoluta sinceridad artística, tomando por forma la sencillez.

Mucho tiempo hace que Palacio vive, como artista, para este dogma: lo bueno sencillo es la poesía; y sin detenerse ante sacrificios, que juzga necesarios, mutila el propio ingenio, consintiendo en privarse de ciertas facultades de que estaba pródigamente dotado por la naturaleza, pero que él no cree compatibles con la austeridad de su profesión artística. Aspira a lo sencillo, no como puro dilettante, no como esteticista, sino como literato que es además hombre y cree que la moral entra también en la poesía, y que hay modos de ser poeta morales e inmorales. Lo moral en el arte es ser sincero principalmente, y no hay más modo de ser sincero (siendo como Palacio) que ser sencillo.

Aquí yo debo advertir que, en mi juicio, la sinceridad artística, necesaria en muchos géneros, no en todos; en ciertos estilos, no en todos, pero sí en los géneros y en los estilos más elevados y dignos de admiración, no exige siempre la sencillez, porque lo complicado y aun lo retorcido y quintiesenciado pueden ser tan sincera manifestación del espíritu, como el idilio más sencillo que queramos imaginar. Negarle a Amiel la sinceridad, sería un absurdo; y en ese espíritu lo compuesto (composite) es lo natural y lo característico. –Baudelaire, en sus Flores del mal, no parece sincero ante una observación que, con el respeto debido a Valera, yo estimo a mi vez poco sincera y superficial; y, sin embargo, hay allí la sinceridad de una enfermedad, la sinceridad del delirio poético, la sinceridad de la afectación espontánea, si se quiere; la que encuentra y explica magistralmente en este poeta Pablo Bourget.

De modo que, en mi opinión, Palacio obra como un sabio bueno proclamando el dogma de la sinceridad, dado el género de literatura que cultiva; pero en lo de añadir el dogma formal de la sencillez, sólo hace bien si se limita a predicarlo como creencia subjetiva (si vale decirlo así); aún más, si se limita a predicar y practicar la sencillez como única forma de la sinceridad, dado su propio temperamento literario. Sí: un escritor como Palacio, hoy por hoy, sólo será sincero siendo sencillo.

La principal belleza de Maximina está en la sencillez, porque revela cómo es el alma del autor en los días en que este escribe. Una niña de la aldea que se casa con un periodista madrileño, egoísta, que no resulta antipático (y tal resultado no sería defecto, es claro), porque se le estudia poco; una descripción superficial, pero en ocasiones bastante sugestiva y transparente de la vida de un matrimonio joven; una muerte casi repentina, artísticamente considerada, oportunísima, de mucha belleza; un aprendizaje brusco, inopinado, de un alma vulgar, que ve en la desgracia (que juzga la mayor de su vida) algo de lo que importa a la salvación del alma; esto es, en suma, lo principal de la novela. Hace sentir, hace pensar. A mí me ha hecho pensar que había acertado al clasificar a Armando Palacio, por síntomas anteriores, entre los jóvenes que tal vez anuncian una vida nueva.

En España hay muy pocos, que yo conozca; González Serrano es uno, Menéndez Pelayo es otro, Oller y algún catalán más pueden contarse entre estos; hay algunos otros...; pero, en fin, ahora no importa a mi propósito contar con todos; en Francia hay muchos más, v. gr., Bourget, J. Lemaître; en Portugal no faltan... ¿Qué quiere esta juventud?

No se puede decir a punto fijo; no todos ellos piden lo mismo en todo; pero hay algo de común en las tendencias; podría decirse que se espera una aurora de poesía espiritual, una vida nueva en que entren por mucho algunas cosas santas muy viejas, una filosofía hecha con el amor de la historia y las esperanzas nuevas y el respeto a lo averiguado por estas generaciones más cercanas, a quien debemos también mucha gratitud... Pero es absurdo dejar que la pluma corra sobre este asunto, del que apenas se podría hablar, sin ponerse en ridículo o sin pecar de oscuro, en muchas, muchísimas páginas consagradas a él exclusivamente.

¿De qué hablaba? De Maximina, novela para el corazón de los que lo tienen; libro escrito sin cuidado en gran parte, donde hay hasta faltas de sintaxis, y citas infieles y episodios de mediana fuerza y de poco interés; novela donde está acaso lo peor de Armando Palacio en lo secundario, pero que encierra también lo que ya le ha dicho a él que era, hasta hoy, su gran marea de artista: todo lo que va desde la lección de astronomía hasta el índice. Allí hay alma, profundidad poética, intereses morales, como diría Chateaubriand, que inventó la frase.

Si yo tuviera espacio, que no tengo, diría mucho de lo malo de este libro, que toca a la obra muerta, y así, taparía la boca a los envidiosos de Palacio y a los murmuradores; pero tendría que decir mucho más de lo bueno, de lo muy bueno, que no verán acaso ciertos espíritus, medianos en todo, pero que han visto los sencillos de corazón y los artistas de corazón. Así, Maximina ha gustado mucho a las mujeres honradas y hacendosas, a las que empuñan la escoba los sábados... y los demás días de la semana, y ha gustado mucho también a José Pereda, un hombre que hace obras de caridad escribiendo.