Memorias de Voltaire

Memorias de su vida: escritas por él mismo (1920)
de Voltaire
traducción de Manuel Azaña
COLECCIÓNUNIVERSAL
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N.° 145


Voltaire

Memorias
de su vida, escritas por él mismo





Precio: 30 céntimos



MADRID-BARCELONA
MCMXX

En 1758 y 1759, Voltaire vivia en su finca "Las Delicias", a las puertas de Ginebra; allí escribió, por aquellos años, las Memorias que van a leerse. Cuenta en ellas la historia de su amistad y de su riña con Federico II, rey de Prusia. Siendo todavia principe heredero, en 1730, Federico comenzó a escribirse con Voltaire; su admiración por el poeta fué germen de una calurosa amistad, bien correspondida, que en las cartas de los dos grandes hombres se desborda en apasionados elogios y en palabras de mutua admiración. Cuando el principe subió al trono, se apresuró a escribir a su amigo: "Mi querido Voltaire..., no veáis en mi, os lo ruego, más que un ciudadano diligente, un filósofo escéptico, pero un amigo verdaderamente fiel. For Dios, escribidme sólo "como hombre", y despreciemos juntos los titulos, los nombres y toda la pompa exterior." Federico acabó por atraer a Voltaire a su corte, donde fué recibido con admiración y amor y festejado con insólita grandeza. Pasó Voltaire en Berlín unos tres años, hasta que en 1753 llegó la inevitable ruptura. Federico era autoritario y burlón. Voltaire, vanidoso y enredador, se comprometió en intrigas poco nobles, que enojaron al rey. Perdida la mutua estimación personal, Federico y Voltaire acabaron por no poderse aguantar, y el poeta salió de la corte prusiana para no volver más. Camino de Francia, los agentes de Federico le impusieron en Francfort vejaciones intolerables, con pretexto de reclamarle un libro de poesías del rey. Este suceso acabó de envenenar los sentimientos de Voltaire hacia su antiguo amigo; el odio y el deseo de venganza dictaron a Voltaire las páginas de estas Memorias.

A pesar de su título, la autobiografía es sólo un pretexto. El libro abarca veintisiete años, desde 1738 hasta 1760; pero no describe, ni con mucho, toda la vida del autor durante ese periodo. Las proporciones de los personajes y de los sucesos que en la obra aparecen dependen de su relación con la figura principal de ella, el rey de Prusia, contra quien dispara Voltaire en cada linea los dardos de su resentimiento. "La historia de las relaciones del poeta con el monarea-dice el anotador de quien tomamos esta noticia no se presenta bajo su aspecto verdadero si no se completa la lectura de estas Memorias con la de su Correspondencia general."

Las Memorias no se publicaron hasta 1784, seis años después de muerto Voltaire. Beaumarchais las reprodujo en la edición de 1789. Tales son el origen y la historia abreviada de este libro delicioso.


MEMORIAS DE LA VIDA DE VOLTAIRE,
ESCRITAS POR EL MISMO


Estaba yo harto de la vida ociosa y turbulenta de París, de la muchedumbre de petimetres, de los malos libros impresos con aprobación y privilegio del rey, de las cábalas de los literatos, de las bajezas y del bandidaje de los miserables que deshonraban la literatura. Encontré en 1733 una señora joven que pensaba sobre poco más o menos como yo, y que tomó la resolución de ir a pasar en el campo varios años, para cultivar allí su entendimiento, lejos del tumulto del mundo; era la señora marquesa del Chatelet, la mujer con más disposición para las ciencias de toda Francia.

Su padre, el barón de Breteuil, le había hecho aprender latín, y dominaba esta lengua tan bien como la señora Dacier; sabía de memoria los trozos más bellos de Horacio, de Virgilio y de Lucrecio; todas las obras filosóficas de Cicerón le eran familiares. Su inclinación principal era por las matemáticas y la metafísica. Pocos han tenido juicio tan certero ni gusto tan fino, junto con tanto ardimiento por el estudio; no le gustaban menos la vida de sociedad y las diversiones propias de su edad y de su sexo. Pero todo lo dejó para ir a sepultarse en un castillo muy destrozado, en la raya de Champaña y Lorena, en un terreno ingrato y feo. Embelleció el castiIlo, adornándolo con jardines bastante agradables. Yo le añadí una galería, y formé un gabinete de física muy bueno. Reunimos una biblioteca numerosa. Algunos sabios fueron a filosofar en nuestro retiro. Dos años enteros pasó con nosotros el célebre Koenig, que ha muerto siendo profesor en La Haya y bibliotecario de la señora princesa de Orange. Maupertuis fué con Juan Bernouilli; Maupertuis era, de nacimiento, lo más envidioso del mundo; desde entonces me hizo objeto de esa pasión, siempre grata para él.

Enseñé el inglés a la marquesa del Chatelet, y al cabo de tres meses lo supo tan bien como yo, y leía igualmente a Locke, Newton y Pope. Aprendió el italiano con la misma prontitud; leímos juntos todo el Tasso y el Ariosto. De suerte que cuando Algarotti fué a Cirey, donde terminó su newtonianismo per le dame, halló a la marquesa lo bastante conocedora de su idioma para darle buenos consejos, que él aprovechó. Algarotti era un veneciano muy amable, hijo de un comerciante riquísimo; viajaba por Europa, sabía un poco de todo y todo lo animaba con su gracia.

En nuestro delicioso retiro, sólo tratábamos de instruirnos, sin enterarnos de lo que ocurría en el resto del mundo. Durante mucho tiempo, nuestra atención se dirigió sobre todo a Leibnitz y Newton. La marquesa del Chatelet profesó en un principio las ideas de Leibnitz, y desenvolvió parte de su sistema en un libro muy bien escrito, titulado Instituciones de Física. No trató de engalanar esa filosofía con ornamentos extraños; tamaña afectación no cuadraba con su carácter viril y recto. Su estilo era todo claridad, precisión y elegancia. Toda la verosimilitud que alguna vez puedan haber revestido las ideas de Leibnitz ha de buscarse en ese libro. Pero ya cmpieza hoy a no preocupar lo que Leibnitz haya pensado.

Su vocación por la verdad le hizo abandonar muy pronto los sistemas, y se aplicó a los descubrimientos del gran Newton. Tradujo al francés todo el libro de los Principios matemáticos; después, robustecidos sus conocimientos, añadió a ese libro, entendido de muy pocos, un comentario algebraico no más al alcance del común de los lectores. Clairault, uno de nuestros mejores geómetras, lo revisó con escrupulosidad. Hay empezada una edición de él; no es honroso para nuestro siglo que esté sin acabar.

Cultivábamos en Cirey todas las artes. Allí compuse Alzira, Merope, El hijo pródigo, Mahoma. Trabajé para la marquesa en un Ensayo 80bre la historia general, desde Carlomagno hasta nuestros días; escogí la época de Carlomagno, porque en' ella se detuvo Bossuet, y no me atrevia a tocar lo ya tratado por tan grande hombre.

Pero a la marquesa no le satisfacía la Historia Universal de aquel prelado. La encontraba eloDegility cuente nada más, y le indignaba que casi toda la obra de Bossuet gire en torno de una nación tan despreciable como la de los judíos.

Después de pasar seis años en tal retiro, sunidos en la ciencia y en las artes, tuvimos que ir a Bruselas, donde la casa de Chatelet sostenía desde mucho tiempo antes un litigio de importancia con la casa de Honsbrouk. Tuve la dicha de encontrar allí a un nieto del ilustre e infortunado Gran Pensionario De Witt, primer, presidente del Tribunal de Cuentas. Su biblioteca, una de las mejores de Europa, me sirvió de mucho para la Historia general; pero en Bruselas me aguardaba una satisfacción más singular y para mí más gustosa: zanjé el pleito por cuyos dispendios se arruinaban las dos casas desde hacla sesenta años. Obtuve para el marqués del Chatelet doscientas veinte mil libras en dinero contante, y merced a esto quedó todo arreglado.

Aun estaba yo en Bruselas, en 1740, cuando murió en Berlín el craso rey de Prusia Federico Guillermo, el rey menos sufrido del mundo, el más cicatero, sin disputa, y el más rico en dinero metálico. Su hijo, que ha granjeado una reputación tan insólita, sostenía conmigo una correspondencia bastante regular desde hacía más de cuatro años. Acaso no hayan existido en el mundo un padre y un hijo menos parecidos entre sí que estos dos monarcas. El padre era un verdadero vándalo, que en todo su reinado sólo pensó en amontonar dinero y en sostener, con el menortiiliend by gasto posible, las mejores tropas de Europa. Jamás hubo súbditos tan pobres como los suyos ni rey tan rico. Compró a bajo precio gran parte de las tierras de la nobleza, la cual no tardó en comerse el poco dinero producido por la venta; la mitad de él volvió a las arcas reales, merced a los impuestos sobre el consumo. Las rentas de la tierras reales estaban arrendadas a unos asentistas que ejercían la doble función de recaudadores y jueces; de modo que si un cultivador no pagaba el día del vencimiento, el arrendatario poníase el uniforme de juez y condenaba al delincuente al duplo. Es de notar que si el juez y recaudador, por su parte, no pagaba al rey el último día de cada mes, tenía que pagar el doble el día primero del mes siguiente.

Si un hombre mataba una liebre, desgajabauna rama de un árbol en las inmediaciones de una tierra del rey o cometía otra falta cualquiera, pagaba una multa. Si a una muchacha le hacían un chico, la madre, el padre o los parientes tenían que pagar al rey un tanto por el bien parecer.

A la señora baronesa de Kniphausen, la viuda más rica de Berlín, es decir, que tenía siete u ceho mil libras de renta, la acusaron de haber dado a luz un súbdito del rey, a los dos años de estar viuda; el rey le escribió de su puño que, para salvar el honor, enviase en el acto al real tesoro treinta mil libras; tuvo que pedirlas prestadas, y se arruínó.

We Tenía el rey en La Haya un ministro llamado Luiscius; de todos los ministros de las testas coronadas era con seguridad el peor pagado; el pobre hombre, para calentarse, mandó cortar unos árboles en el jardín del Hons—Lardik, propiedad a la sazón de la casa de Prusia; poco después recibió unos despachos del rey su señor reteniéndole el sueldo de un año. Luiscíus, desesperado, se cortó el cuello con la única navaja de afeitar que tenía; un criado antiguo le socorrió y le salvó, desdichadamente, la vida. He vuelto a ver a su excelencia en La Haya, y le he dado limosna a la puerta del palacio llamado La Corte Vieja, palacio perteneciente al rey de Prusia, donde el pobre embajador había vivido doce años.

Preciso es confesar que Turquía es una república en comparación del despotismo ejercido por Federico Guillermo. Por tales medios logró en veintiocho años de reinado amontonar en las cuevas de su palacio de Berlín unos veinte millones de escudos, encerrados en toneles guarnecidos de aros de hierro. Se dió el gusto gran salón de palacio con pesados de adornar el objetos de pla ta maciza, en los que el arte no superaba a la materia. Dió también a la reina, su mujer, inventariado, un gabinete en que todo era de oro, hasta la empuñadura de las tenazas y la paleta de la chimenea, hasta las cafeteras.

El monarca salía de palacio a pie, vistiendo una n'ala casaca de paño azul, con botones de cobre; Miglionby cuando compraba una casaca nueva, aprovechaba los botones de la vieja. Con ese atuendo, su majestad, armado de un grueso bastón de sargento, revistaba a diario su regimiento de gigantes. El tal regimiento era su placer favorito y su dispendio mayor. Formaban la primera fila de su compañía hombres de siete pies de altura cuando menos; los mandaba comprar hasta en los confines de Europa y de Asia. Todavía vi yo algunos después de la muerte del rey. Su hijo, que gustabo de los hombres guapos, pero no de los hombres grandes, puso a éstos al servicio de la reina, su mujer, en calidad de lacayos. Recuerdo haberlos visto dando escolta a una carroza de gala nuy antigua, enviada en busca del marqués de Beauvau, cuando fué a cumplimentar al nuevo rey, en noviembre de 1740. El difunto rey Federico Guillermo, que en otro tiempo mandó vender todos los magníficos muebles de su padre, no consiguió deshacerse de aquella enorme carroza desdorada. Los lacayos que iban junto a las portezuelas para sostenerla en caso de volcar, se daban la mano por encima de la imperial.

Terminada la revista, Federico Guillermo iba a pasearse por la población; todo el mundo huía a escape; si se encontraba a una mujer, le preguntaba por qué perdía el tiempo en la calle.

"Márchate a tu casa, pécora; la mujer honrada se debe a su hogar." Y acompañaba esta admonición con un buen cachete, o con un puntapié en Digiby el vientre, o con unos bastonazos. Lo mismo trataba a los ministros del Santo Evangelio, cuando se les antojaba ir a ver la parada.

Júzguese si a este vándalo le produciría asombro y enfado tener un hijo de gran entendimiento, ingenioso, cortés, deseoso de agradar y de instruírse, y que componía música y versos. Libro que viese en manos del príncipe heredero, lo arrojaba al fuego; tocaba el príncipe la flauta, el padre rompía la flauta, y a veces trataba a su alteza real como a las damas y a los clérigos en la parada.

El príncipe, harto de las atenciones que su padre le dedicaba, resolvió una mañana de 1730 escaparse, sin saber si iría a Inglaterra o a Francia. La sordidez paternal no le permitía viajar como viajaría el hijo de un contratista de contribuciones o el de un comerciante inglés. Pidió a préstamo unos cientos de ducados.

Dos jóvenes muy amables, Katt y Keith, iban a acompañarle. Katt era hijo único de un general muy valiente. Keith era yerno de aquella baronesa de Kniphausen, a quien le costó diez mil escudos hacer un hijo. Ya señalados el día y la hora, el padre lo descubrió todo; el príncipe y sus dos compañeros de viaje fueron arrestados al mismo tiempo. El rey creyó al pronto que su hija, la princesa Guillermina, casada después con el príncipe margrave de Baireuth, era del complot; y como era expeditivo en materia de justicia, la arrojó a puntapiés por una ventana Digili by " abierta a ras del pavimento. La reina madre, que presenció tamaño arranque, logró con dificultad sujetar a Guillermina por las sayas cuando iba a dar la voltereta. A la princesa le quedó de esto una contusión debajo de la teta izquierda, que ha conservado toda su vida como señal del cariño paterno, y me ha hecho el honor de enseñármela.

El príncipe tenía una especie de querida, hija de un maestro de escuela de Brandeburgo, instalada en Postdam. Tocaba el clave bastante mal, y el príncipe la acompañaba con la flauta. Creyóse enamorado de ella, pero se engañaba; no tenía vocación por el bello sexo. Sin embargo, como al parecer la amaba, el rey hizo dar a la señorita una vuelta por la plaza de Potsdam, conducida por el verdugo, que la azotaba a la vista del príncipe.

Después de obsequiarle con ese espectáculo, le mandó trasladar a la fortaleza de Custrin, situada en medio de un pantano. Allí estuvo encerrado seis meses, sin criados, en una especie de mazmorra; al cabo de seis meses le dieron un soldado para su servicio. El soldado, joven, guapo, bien formado, y que tocaba la flauta, sirvió de más de una manera para divertir al preso.

Tantas bellas cualidades labraron después su fortuna. Le he conocido ayuda de cámara y primer ministro al mismo tiempo, con toda la insolencia que esos dos cargos infunden.

Llevaba el príncipe varias semanas en el castillo de Custrin, cuando un oficial veterano, seguido de cuatro granaderos, entró en su habitación deshecho en lágrimas. Federico no dudó de que iban a cortarle el pescuezo. Pero el oficial, sin cesar en el llanto, mandó a los cuatro granaderos que lo llevaran asido a la ventana y le sujetaran la cabeza mientras cortaban la de su amigo Katt en un cadalso levantado inmediatamente debajo del alféizar. Tendió la mano a Katt y se desmayó. El padre presenció el espectáculo, como había hecho con la azotaina de la muchacha.

Keith, el otro confidente, huyó a Holanda. El rey envió soldados en su busca; por un minuto llegaron tarde, y se embarcó para Portugal, donde residió hasta la muerte del clemente Federico Guillermo.

El rey no se dió por satisfecho. Su propósito era cortarle la cabeza a su hijo. Consideraba que aun tenía otros tres varones, ninguno de los cuales hacía versos, y ya era bastante para la grandeza de Prusia. Se preparó todo para condenar a muerte al principe real, como lo fué el zarevitch, hijo del zar Pedro I. No parece que las leyes divinas y humanas declaren por modo terminante que a un joven se le corte el pescuezo por un conato de viaje. Pero el rey contaba en Berlín con jueces tan sagaces como los de Rusia.

En todo caso, hubiese bastado su autoridad paterna.

El emperador Carlos VI, fundándose en que el principe real, como príncipe del Imperio, Mighty by no podía ser juzgado en causa capital sino por una dieta, envió al conde de Seckendorf para amonestar seriamente al padre. Conocí después al conde de Seckendorf, retirado en Sajonia, y me juró que le había costado mucho trabajo obtener que no le cortasen al príncipe la cabeza. Este Seckendorf es el mismo que ha mandado los ejércitos de Baviera, y a quien el príncipe, siendo ya rey de Prusia, retrató con rasgos horribles en la historia de su padre, inserta en una treintena de ejemplares de las Memorias de Brandeburgo.

Después de esto, servid a los príncipes y evitad que les corten la cabeza.

Al cabo de diez y ocho meses, los ruegos del emperador y las lágrimas de la reina de Prusia cbtuvieron la libertad del príncipe heredero, que se puso a hacer versos y música con renovado ardor. Leia a Leibnitz, e incluso a Wolf, a quien llamaba compilador de fárrago, y cultivaba euanto podía todas las ciencias a la vez.

Como su padre le daba poca parte en los asuntos públicos, e incluso que apenas había asuntos en un país, donde todo consistía en revistas, empleó sus ocios en escribir a los hombres de letras de Francia que tenían alguna notoriedad en el mundo. Sobre mí cayó la carga principal: cartas en verso, tratados de metafísica, de historia, de política. Me trataba de hombre divino; yo le trataba de Salomón. Los epítetos no nos costaban nada. Algunas de estas insulseces se han impreso en la colección de mis obras; por fortuna, VOLTAIRE—MEMORIAS no han impreso ni la trigésima parte. Me tomé la libertad de enviarle una escribanía de Martin, muy bella; tuvo la bondad de regalarme unas baratijas de ámbar. Los ingenios de París se imaginaron con espanto que ya estaba hecha mi fortuna.

Un joven curlandés, llamado Keyserling, que, a su modo, hacía también versos franceses y cra, en consecuencia, su favorito de entonces, fué a Cirey desde las fronteras de Pomerania, para visitarnos de parte del príncipe. Dimos una fiesta en su honor; yo puse una hermosa iluminación, cuyas luces dibujaban la cifra y el nombre del príncipe real, con esta divisa: La esperanza del género humano. Lo que es yo, hubiese tenido perfecto derecho para concebir esperanzas personales si hubiera querido, porque me llamaba en sus cartas mi querido amigo, y me hablaba a menudo en sus despachos de las sólidas pruebas de amistad que me reservaba para cuando subiese al trono. Subió a él, en fin, hallándome en Bruselas; comenzó por enviar a Francia, en embajada extraordinaria, a un manco llamado Camas, ex francés refugiado, a la sazón oficial de su ejército. Decía que Francia tenía en Berlín un ministro a quien le faltaba una mano, y que para cumplir con el rey de Francia como debía, le enviaba un embajador con un brazo solo. En Ilegando al parador de la ciudad, Camas.me envió un joven, paje suyo, a decirme que por estar muy cansado no podía ir a mi casa, y a rogarme que fuese a verle sin tardanza, pues tenía que hacerme, de parte del rey su amo, un presente de insuperable magnificencia y grandeza. "Id corriendo —dijo la marquesa del Chatelet—; seguramente os traen los diamantes de la corona." Corrí, y hallé al embajador, que por todo equipaje llevaba en la trasera de su silla de posta una cuarterola de vino de la bodega del difunto rey, que el rey reinante me mandaba beber. Me deshice en protestas de asombro y gratitud por las muestras líquidas de las bondades de su majestad, substituídas a las sólidas con que me había lisonjeado, y a medias con Camas me bebi la cuarterola.

Mi Salomón estaba entonces em Estrasburgo. Al visitar sus largos y angostos Estados, que iban desde Gueldres al mar Báltico, tuvo el capricho de ver de incógnito las fronteras y las tropas de Francia.

Gozó de este placer en Estrarburgo, bajo el nombre de conde de Four, potentado de Bohemia.

Su hermano, el príncipe heredero, que le acompañaba, tomó también un nombre supuesto; Algarotti, que ya estaba a su servicio, fué el único que no se enmascaró.

El rey me envió a Bruselas una relación de au viaje, mitad en prosa, mitad en verso, de gusto parecido al de Bachaumont y de Chapelle, se entiende en cuanto un rey de Prusia puede parecerse a ellos. He aqui algunos trozos de su carta: Digilisent by "Después de unos caminos horribles, hemos encontrado albergues aún más horribles.

Porque, huéspedes interesados, de hambre, viéndonos acuciadosde manera más que frugal, en una cabaña infernalenvenenándonos, nos roban el dinero.

¡Cuán lejos del de Luculo este siglo postrero!"Caminos horribles, inal comidos, mal bebidos; no era esto todo: sufrimos, además, muchos otros accidentes; y sin duda nuestro aspecto era desusado en extremo, pues en cada sitio por donde pasabamos nos tomaban por cosa diferente.

Tomábannos los unos por reyes coronados; los otros, por tunantes redomados.

A las veces, la gente se agolpaba, de hito en hito nos mirahacual curiosos bausanes, con harta impertinencia, "El jefe de postas de Kehl nos aseguró que sin pasaporte no había salvación; y al vernos en la necesidad absoluta de confeccionarlos nosotros mismos o de no ir a Estrasburgo, optamos por lo primero, para lo que nos sirvieron a maravilla las armas prusianas grabadas en mi sello.

"Llegados a Estrasburgo, los piratas de la aduana nos saquearon.

Cada cual un malvado espía, con un ojo el pasaporte Iría, el otro en nuestra bolsa distraido, El oro. de poder no desmentidocon suya rica Iluvia acariclaba Júpiter 3 Danae y la gozaba; el oro con que César gobernaba el mundo tan feliz bajo su imperlo; el cro, más que Amor y que Licurgo sahin. de la noche en el misterio nos abrió las urallas de Estrasburgo." Digilind by.

  1. Se ve por esta carta que aun no había llegado a ser nuestro mejor poeta, y que su filosofia no miraba con indiferencia el metal atesorado por su padre.

Desde Estrasburgo fué a visitar sus Estados de la Alemania baja, y me envió a decir que iría a verme de incógnito a Bruselas. Le aderezamos una buena casa, pero cayó enfermo en Meuse, castillo pequeño a dos leguas de Cleves, .y me escribió que esperaba verme tomar la iniciativa. Fuf, pues, a ofrecerle mis profundos respetos. Maupertuis, que ya tenía sus miras y rabiaba per presidir una academia, se había presentado allí espontáneamente y se alojaba con Algarotti y Keyserling en un desván del palacio. Hallé, por toda guardia, un soldado en la puerta del patio. El consejero privado, Rambonet, ministro de Estado, se paseaba por el patio, soplándose los dedos. Llevaba grandes manguitos de tela, sucios; sombrero agujereado, y una peluca de magistrado, vieja, que de un lado se le metía por uno de los bolsillos, y dei otro apenas le pasaba del hombro. Me dijeron que este hombre tenía entre manos un importante asunto de Estado; y era verdad.

Me condujeron al aposento de su majestad. No tcnía más que las cuatro paredes. A la luz de una bujía percibí un camastro de dos pies y medio de ancho, donde yacía un hombrecillo rebujado en una bata de paño azul recio; era el rey, que sudaba y tiritaba bajo una mala manta, en un violento acceso de fiebre. Hícele acatamiento, y nuesDigby Digili tro trato comenzó tomándole el pulso, como si yo hubiese sido su médico de cabecera. Pasado el acceso, se vistió y se sentó a la mesa. Algarotti, Keyserling, Maupertuis y el ministro del rey cerca de los Estados generales asistimos a esta cena, en la que se trató a fondo de la inmortalidad del alma, de la libertad y de los andróginos de Platón.

Al mismo tiempo, el ministro Rambonet montaba en un caballo de alquiler; caminó toda la roche, y a la mañana siguiente llegó a las puertas de Lieja, donde levantó un acta en nombre del rey su señor, mientras dos mil soldados, procedentes de Wesel, imponían a la ciudad una contribución. Fueron pretexto de la algarada ciertos derechos alegados por el rey sobre un arrabal de Lieja.

Me encargo incluso de redactar un manifiesto, e hice uno pasadero, convencido de que un rey con quien yo cenaba y que me llamaba su amigo debía tener siempre razón. El asunto no tardó en arreglarse mediante un millón de ducados de ley exigido por Federico, que así se indemnizó de los gastos del viaje a Estrasburgo, lamentados en su poética carta.

No dejaba yo de sentir inclinación hacia él por su entendimiento y por sus gracias, y además era rey, que siempre es una gran seducción, dada la humana flaqueza. De ordinario somos los hombres de letras quienes adulamos a los reyes; éste me alababa de pies a cabeza, mientras el abate Highed by Desfontaines y otros ruines me difamaban en París una vez por semana cuando menos.

El rey de Prusia, poco antes de morir su padre, tuvo la ocurrencia de escribir una refutación de Machiavelo. Si Machiavelo hubiese tenido por discípulo a un príncipe, la primera cosa que le hubiera recomendado habría sido que escribiese en contra suya. Pero el príncipe real no procedió en esto con tanta sutileza. Escribió de buena fe cuando aun no era soberano, y cuando su padre le hacía poco amable el poder despótico.

Alababa entonces sinceramente la moderación, la justicia; en su entusiasmo, parecíale un crimen cualquier usurpación. Me había enviado a Bruselas el manuscrito para imprimirlo después de corregido; entregado estaba ya por mí a un librero de Holanda llamado Van Duren, el bribón más insigne de su especie, cuando sentí cierto remordimiento por imprimir el Anti—Machiavelo en ocasión que el rey de Prusia, con cien millones en sus arcas, les quitaba uno a los pobres vecinos de Lieja por mano del consejero Rambonet. Pensaba yo que mi Salomón no se detendría ahí. Su padre le había dejado sesenta y seis mil cuatrocientos hombres completos de excelentes tropas; él las aumentaba, y parecía deseoso de emplearlas a la primera ocasión.

Hícele observar que quizá no convenía imprimir su libro precisamente en el momento mismo en que podrían reprocharle la violación de sus preceptos. Consintió en suspender la edición, y fuí Di a Holanda sólo por hacerle ese pequeño favor; pero ante las exigencias del librero, el rey, nada descontento en el fondo de su alma de verse en letras de molde, prefirió que le imprimiesen de balde a pagar por permanecer inédito.

Cuando andaba yo por Holanda, ocupado en este asunto, el emperador Carlos VI murió, en el mes de octubre de 1740, de una indigestión de setas, de la que resultó una apoplejía; aquel plato de setas cambió los destinos de Europa. No tardó en descubrirse que Federico II, rey de Prusia, no era tan enemigo de Machiavelo como el príncipe real pareció serlo. Aunque ya daba vueltas en su cabeza al proyecto de invasión de Silesia, no por eso dejó de llamarme a su corte. Ya le había yo notificado que me era imposible establecerme en su corte, que anteponía la amistad a la ambición, que estaba ligado a la marquesa def Chatelet y que, filósofo por filósofo, prefería una dama a un rey. Aunque no le gustaban las muje res, Federico aprobaba mi franqueza. En el mes de octubre fuí a Berlín a cumplimentarie.

El cardenal Fleury me escribió una larga carta, llena de elogios para el Anti—Machiavelo y para su autor; no dejé de enseñársela al rey. A la sazón estaba ya reuniendo sus tropas, sin que ninguno de sus generales mi de sus ministros penetrase sus designios. El marqués de Beauvau, enviado a su corte para cumplimentarle, creía que iba a declararse contra Francia en favor de Maria Teresa, reina de Hungría y de Bohemia, hija de Carlos VI; que se proponía apoyar la elección de Francisco de Lorena, gran duque de Toscana, marido de la reina, para emperador; y que podía sacar de esto grandes ventajas.

Tenía yo más motivos que nadie para creer que, en efecto, el nuevo rey de Prusia iba a tomar ese partido, pues me había enviado tres meses antes un escrito político de su cosecha, donde consideraba a Francia como la enemiga natural y la depredadora de Alemania. Pero lo propio de su carácter era hacer siempre lo contrario de lo que decía y escribía, no por disimulo, sino porque escríbia y hablaba con un género de entusiasmo diferente dei que empleaba para obrar.

El 15 de diciembre, enfermo de fiebre cuartana, salió para conquistar Silesia, a la cabeza de treinta mil combatientes bien pertrechados y disciplinados; al montar a caballo, dijo al marqués de Beauvau: "Vamos a jugar de compañeros; si gano, partiremos." Escrita está por él la historia de aquella conquista, y él en persona me la dió a leer entera.

Véase un pasaje curioso del comienzo de aquellos anales; lo transcribí con preferencia a otros, como un monumento único: "Añádanse a estas consideraciones unas tropas preparadas a intervenir en cualquier momento, un tesoro bien repleto y la viveza de mi carácter; tales eran las razones que yo tenía para mover guerra a María Teresa, reina de Bohemia y de Hungría." Unas líneas después, había estas palabras: "La ambición, el interés, el deseo de que se hablase de mí pudieron más, y quedó decidida la guerra." Desde que hay conquistadores en el mundo, o almas ardientes con aspiraciones de serlo, es éste, a mi parecer, el primero que se ha hecho justicia.

Acaso ningún hombre haya percibido mejor la razón ni escuchado con más solicitud a las pasiones. Su carácter ha sido siempre una mezcla de filosofía y de desórdenes de la imaginación.

Es lástima que, al corregir yo después todas sus obras, le indujése a borrar de ellas aquel pasaje; una confesión tan rara merecía pasar a la posteridad, para mostrar el fundamento de casi todas las guerras. Nosotros, los hombres de letras, poetas, historiadores, declamadores de academia, celebramos las hazañas bélicas; y véase cómo un rey que las hace, las condena.

Estaban ya sus tropas en Silesia, cuando el ba—ón de Gotter, su ministro en Viena, hizo a Maía Teresa la incivil proposición de ceder graciosamente al rey elector, su amo, las tres cuartas partes de aquella provincia, mediante lo que el rey de Prusia prestaría a la reína tres millones de escudos, y haría emperador a su marido.

María Teresa no tenía entonces tropas, ni dinero, ni crédito; no obstante, fué inflexible. Prefirió el riesgo de perderlo todo a doblegarse ante un príncipe en quien sólo veía un vasallo de sus antepasados, y a quien el emperador, su padre, había salvado la vida. Sus generales reunieron Digilin y veinte mil hombres escasos; su mariscal, Neipperg, que los mandaba, obligó al rey de Prusia a aceptar batalla bajo los muros de Neisse, en Molwitz.

Al pronto, la caballería austriaca derrotó a la prusiana; el rey, no acostumbrado aún a ver batallas, huyó al primer encuentro hasta Oppeln, a doce leguas largas del lugar del combate.

Maupertuis, creyende labrar su fortuna, había ido con él a campaña, imaginándose que el rey le proveería al menos de caballo. No era ésa la costumbre del rey. El día de la acción, Maupertuis compró un jumento por dos ducados, y se empeñó en seguir a su majestad como pudo, montado en el asno. La montura no resistió la caminata; Maupertuis fué apresado y desvalijado por los húsares.

Federico pasó la noche acostado en un camastrec de un parador del pueblo, cerca de Ratibor, en los confines de Polonia. Estaba desesperado, y ercía no tener otro remedio que atravesar la mitad de Polonia para volver a la parte norte de sus Estados, cuando llegó del campo de Molwitz un cazador con la noticia de haberse ganado la batalla. Un cuarto de hora después, le confirmó la nueva un edecán. La noticia era cierta. Si la caballería prusiana era mala, la infantería era la mejor de Europa. Durante treinta años estuvo disciplínándola el veterano príncipe de Anhalt. La mandaba el mariscal de Schwerin, discípulo de Carlos XII; ganó la batalla en cuanto el rey de Digili oy Prusia huyó. El monarca volvió al día siguiente, y el general victorioso cayó casi en desgracia.

Yo volví a filosofar a mi retiro de Cirey. Pasaba los inviernos en París, donde mis enemigo: eran legión; porque, habiéndoseme ocurrido escribir mucho tiempo antes la Historia de Carlos XII y dar al teatro algunas obras, componer incluso un poema épico, me perseguían, como es de razón, cuantos se las daban de escritores y de poetas. Y como había llevado mi atrevimiento hasta escribir de filosofía, era de rigor que todos los llamados devotos me tratasen de ateo, según costumbre añeja.

Yo fuí el primero que se atrevió a desenvolver, en lengua inteligible para mi nación, los descubrimientos de Newton. Los prejuicios cartesiaos habían substituído en Francia a los prejuicios peripatéticos, y estaban entonces arraigados de tal modo, que el canciller Aguesseau consideraba enemigo de la razón y del Estado a quier adoptaba los descubrimientos hechos en Inglaterra. No consintió jamás en otorgar el privilegio de impresión para los Elementos de la filosofia de Newton.

Era yo gran admirador de Locke; parecíame el único metafísico razonable; alababa en él, sobre todo, la circunspección tan nueva, tan pru..dente y, al mismo tiempo, tan audaz, con que afirma la insuficiencia de las luces de nuestra razón, para sostener que Dios no puede otorgar el don del entendimiento y del pensamiento al ser llamado materia.

Son inconcebibles el encarnizamiento y la intrepidez ignorante con que se desencadenaron en contra mía a propósito de esa cuestión. Hasta entonces no había hecho ruido en Francia el sentir de Locke, porque los doctores leían a Santo Tomás y a Quesnel, y el gran público leía nove las. En cuanto alabé a Locke, gritaron contra él y contra mí. Las pobres gentes, enardecidas por la disputa, no sabían con seguridad qué son la materia ni el espíritu. El hecho es que nada sabemos acerca de nosotros mismos, que tenemos movimiento, vida, sentimiento y pensar, y no sabemos cómo; que los elementos de la materia nos son tan desconocidos como todo lo demás; que somos ciegos, que andamos y razonamos a tientas, y que Locke obró muy cuerdamente al confesar que no nos toca a nosotros decidir lo que el Todopoderoso puede o no puede hacer.

Esto, unido a algunos triunfos de mis obras teatrales, atrajo sobre mí una inmensa biblioteca dle libelos, donde se probaba que yo era mal poeta, ateo e hijo de un labriego.

Se imprimió una historia de mi vida, adjudicándome tan hermosa progenie. No faltó un alemán que recogiera todos los cuentos de esa e3pecie, relleno de los libelos impresos contra mí.

Se me achacaban aventuras con personas para mí desconocidas, y con otras que jamás existieron.

Al escribir esto. tropiezo con una carta del seDigiby ñor mariscal de Richelieu, en la que me anunciaba la publicación de un abultado libelo, probatorio de que su mujer me había dado una carroza muy buena y alguna cosa más, en tiempos en que el mariscal no tenía mujer. Al principio me divertía en coleccionar estas calumnias; pero se multiplicaron tanto que desistí.

Este era todo el fruto que había sacado de mis trabajos. Me consolaba fácilmente de ello, ya en el retiro de Cirey, ya entre la buena sociedad de París.

Mientras los excrementos de la literatura me hacían así la guerra, Francia guerreaba con la reina de Hungría; esta guerra no era más just que aquélla, preciso es confesarlo; porque, después de estipular, garantir y jurar solemnemente la pragmática sanción del emperador Carlos VI, y la sucesión de María Teresa en la herencia de su padre; después de adquirir la Lorena como precio de estas promesas, no parecía muy conforme al derecho de gentes faltar a tal compromiso.

El cardenal Fleury fué arrastrado más allá de lo que se proponía. No podía decir, como el rey de Prusia, que la vivacidad de su temperamento le impulsaba a tomar las armas. Aquel afortunado clérigo reinaba a la edad de ochenta y seis años, y sostenía con mano muy débil las riendas del Estado. Nos unimos al rey de Prusia cuando se apoderaba de Silesia; enviamos a Alemania dos ejércitos, mientras María Teresa no tenía ninguno.

Uno de esos ejércitos llegó a cinco leguas de VieDigest na sin encontrar enemigos; habíamos cedido Bohemia al elector de Baviera, elegido emperador luego de ser nombrado teniente general de los ejércitos del rey de Francia. Pero no tardamos en cometer las faltas necesarias para perderlo todo.

El rey de Prusia, que durante ese tiempo maduró su valor y ganó algunas batallas, ajustó la paz con los austriacos. María le abandonó, bien a su pesar, el condado de Glatz con la Silesia.

Rajo estas condiciones se separó de Francia sin niramiento alguno, en junio de 1742, y me envió a decir que se había puesto en cura, y que aconsejaba a los otros enfermos que se restableciesen.

Velase entonces este príncipe en el ápice de su poderío, con ciento treinta mil hombres de tropas victoriosas a sus órdenes, rehecha ya la caballería, con la Silesia recién conquistada, en la que se consolidó, sacando de ella el doble de lo que producía a la casa de Austria, y tanto más dichoso cuanto infortunadas eran las otras potencias. Hoy, los príncipes se arruinan por la guerra; en ella se enriqueció Federico.

Consagró entonces sus cuidados a embellecer la ciudad de Berlín, a edificar una de las salas de ópera más hermosas de Europa y a atraerse toda clase de artistas; quería llegar a la gloria por todos los caminos y con la mayor baratura posible.

Su padre había vivido en Postdam, en una casa ruin; Federico la convirtió en un palacio. Postdam se transformó en una linda ciudad. Berlín se agrandaba; empezaban a ser conocidas las dulDigiby zuras de la existencia que el difunto rey había desdeñado con exceso; algunas personas tenían muebles; la mayor parte incluso llevaban camisa; en el reinado precedente apenas se conocía más que las pecheras, atadas con unos cordones; el rey reinante se crió de ese modo. Las cosas cambiaban a ojos vistas. Lacedemonia se transformaba en Atenas. Roturáronse los yermos; ciente tres pueblos se levantaron en pantanos desecados. No por eso el rey se olvidaba de la música ni de los libros; no había, pues, razón para guardarme rencor por llamarle el Salomón del Norte.

En mis cartas le daba yo ese remoquete, que le duró mucho tiempo.

Las cosas de Francia no iban tan bien como Jas suyas. Gozaba Federico del placer secreto de ver cómo los franceses perecían en Alemania, después que su intervención le había valido la Silesia. La corte de Francia perdía tropas, dinero, gloria y crédito por haber llevado al Imperio a Carlos VII; y el emperador lo perdía todo por haber creído que los franceses le sostendrían.

El cardenal Fleury murió el 29 de enero de, a los noventa años de edad; nunca había liegado nadie tar tarde al Gobierno, y nunca mixistro alguno se había sostenido en su puesto tanto tiempo. Su fortuna comenzó a los setenta y tres años de edad, siendo verdadero rey de Francia, y lo fué sin contradicción hasta su muerte; afectó siempre gran modestia, no amontonó riquezas, vivió sin fausto, limitándose úniDaylist by appscamente a reinar. Dejó fama de espíritu fino y amable, más que de genio, y pasó por haber conocido mejor la corte que Europa.

Tuve yo el honor de verle con frecuencia en casa de la señora mariscala de Villars, cuando sólo era obispo dimisionario de Frejus, ciudad pequeña y fea, de la que siempre se había intitulado obispo por la indignación divina, como se lee en algunas de sus cartas. Frejus fué para él como una mujer feísima, a quien repudió lo antes posible. El mariscal de Villars, ignorando que el obispo había sido por mucho tiempo amante de la mariscala, su mujer, se lo recomendó a Luis XIV para preceptor de Luis XV; de preceptor se convirtió en primer ministro, y no se prívó de contribuir al destierro del mariscal, su bienhechor. Era, ingratitud aparte, un hombre bastante bueno. Pero como no se distinguía en nada, alejaba a cuantos tenían algún don, de cualquier género que fuese.

Varios académicos quisieron que ocupara yo su vacante en la Academia francesa. Se preguntó, en la cena del rey, quién pronunciaría la oración fúnebre del cardenal en la Academia. El rey respondió que yo. Su querida, la duquesa de Chateauroux, lo deseaba; pero el conde de Maurepas, secretario de Estado, se opuso. Por pura manía se malquistaba con todas las queridas de su señor, y así le ha ido a él.

Un viejo imbécil, preceptor del Delfín, teatino en otros tiempos, después obispo de Mirepoix, VOLTAIRE. MEMORIASllamado Boyer, se encargó, por deber de con ciencia, de secundar el capricho de Maurepas.

El tal Boyer corría con la provisión de beneficios; el rey le abandonaba todos los asuntos del clero; trató la cuestión mía como un caso de disciplina eclesiástica. Expuso que sería una ofensa a Dios reemplazar con un profano como yo a un cardenal. Sabía yo que esto era un manejo de Maurepas; fuí a ver a este ministro; le dije: "Una plaza de académico no es un cargo de gran importancia; pero una vez que ha sonado mi nombre, es triste verse excluído. Estáis de malas con la duquesa de Chateauroux, a quien el rey quiere bien, y con el duque de Richelieu, que la gobierna; ¿qué tienen que ver, decídmelo por favor, tales desavenencias con una modesta plaza en la Academia francesa? Os conjuro a que me respondáis francamente: en caso de que la duquesa de Chateauroux pueda, más que el señor obispo de Mirepoix, ¿os opondréis...?" Se recogió un momento, y me dijo: "Sí, y os aplastaré." El cura, al fin, pudo más que la querida. Me quedé sin un puesto que me importaba muy poco.

Recuerdo con gusto esta aventura porque descubre las pequeñeces de los llamados grandes, y señala cuánta importancia conceden a veces a las bagatelas.

Los asuntos públicos, muerto el cardenal, no iban mejor que en sus dos últimos años. La casa de Austria renacía de sus cenizas. Francia se veía acosada por ella y por Inglaterra. Nuestro único recurso era entonces el rey de Prusia, quien, después de arrastrarnos a la guerra, nos habís abandonado cuando le convino.

Surgió la idea de enviarme secretamente cerca de este monarca para sondear sus intenciones y averiguar si estaba dispuesto a precaverse contra las borrascas que tarde o temprano irían desde Viena a descargar sobre él, luego de haber caído sobre nosotros, y si a la sazón nos prestaría cien mil hombres, que le consolidarían en la Silesia. La idea brotó en la cabeza del duque de Richelieu y de la duquesa de Chateauroux; el rey la adoptó, y el señor Amelot, ministro de Negocios Extranjeros, pero ministro muy subalterno, sólo tuvo que ocuparse en acelerar mi partida.

Hacía falta un pretexto. Lo encontré en mi querella con Boyer, ex obispo de Mirepoix. Al rey le pareció bien este expediente. Escribí al rey de Prusia que no podía sufrir más las persecuciones del teatino, y que iba a refugiarme junto a un rey filósofo, a salvo de los enredos de un gazmoño. Aquel prelado firmaba siempre en abreviatura, y, como tenía muy mala letra, se leía: el asno de Mirepoix (1). Esto dió pie para muchas bromas; no he visto negociación más divertida.

El rey de Prusia, que tenía la mano pesada cuando se trataba de herir a los frailes y a los (1) El obispo firmaba, según Voltaire, l'ano. éveq. de Mirepoix, y se lefa l'âne, en lugar de l'ancien.

Highest by prelados palaciegos, me respondió con un diluvio de burlas a costa del asno de Mirepoix, y me instó a marcharme pronto. Tuve buen cuidado, de dar a leer todas mis cartas y las respuestas recibidas. Se enteró el obispo, y fué a quejarse a Luis XV, porque, según decía, yo le estaba haciendo pasar por tonto. en las cortes extranjeras.

El rey le respondió que eso era cosa convenida, y no tenía por qué ocuparse de ello.

Esta respuesta de Luis XV, poco en armonía con su carácter, me ha parecido siempre extraordinaria. Saboreaba yo el placer de vengarme del obispo, que me había excluído de la Academia, y al propio tiempo el de hacer un viaje muy agradable y el de ponerme en situación de ser útil al rey y al Estado. El mismo señor de Mauxepas tomó con calor esta aventura, porque manejaba por entonces al señor Amelot y creía ser el verdadero ministro de Negocios Extranjeros.

Lo más singular de todo fué que hubo necesidad de revelar el secreto a la marquesa del Chatelet. De ningún modo consentía que la dejase por el rey de Prusia; separarse de una mujer para ir en busca de un monarca le parecía lo más cobarde y abominable del mundo. Hubiera promovido un barullo horrible. Para apaciguarla, se convino en descubrirle el misterio, y que todas las cartas pasasen por sus manos.

El señor de Montmartel me entregó, bajo simples recibos, cuanto dinero quise para el viaje.

No abusé. Me detuve un poco de tiempo en HoDigle landa, mientras el rey de Prusia recorría sus Estados de punta a punta, pasando revistas. No fué inútil mi estancia en La Haya. Vivía yo en el palacio de la Corte Vieja, perteneciente entonces al rey de Prusia por sus particiones con la casa de Orange. Su enviado, el joven conde de Pedewils, enamorado y amado de la mujer de uno.de los principales miembros del Estado, se agenciaba, por la bondad de la dama, copia de todas las resoluciones secretas del Gobierno de la República, muy predispuesto contra nosotros. Enviaba yo las copias a la corte, y mis servicios agradaban mucho.

Al llegar a Berlín, el rey me alojó en su palacio, como en mis viajes precedentes. Llevaba en Potsdam, desde su advenimiento al trono, una vida uniforme, que merece ser conocida en detalle.

Se levantaba a las cinco de la mañana en verano, y a las seis en invierno. Si me preguntan cuáles eran las regias ceremonias con que se levantaba, cuáles la solemnidad y aparato de las recepciones en su cámara, cuáles las funciones de su capellán mayor, de su gran chambelán, de su primer gentilhombre de cámara, de sus ujieres, responderé que un solo lacayo entraba a encender la lumbre en su alcoba, a vestirle y a afeitarle; y aun se vestía casi solo. Su aposento era bastante bueno; una rica balaustrada de plata, ornada de amorcillos muy bien esculpidos, encerraba un estrado sobre el que, al parecer, había un lecho oculto por unas cortinas; pero detrás de Big las cortinas había una biblioteca en lugar de lecho; el rey dormía en catre de tijera sobre un colchón delgado, detrás de un biombo. Marco Aurelio y Juliano, sus dos apóstoles, los hombres más grandes del estoicismo, no dormían en peor cama.

Vestido y calzado su majestad, el estoico concedía unos instantes a la secta de Epicuro; mandaban llamar a dos o tres favoritos, tenientes de su regimiento, o pajes, o cadetillos. Tomaban café.

Aquel a quien arrojaba el pañuelo quedábase a solas con el rey medio cuarto de hora. Las cosas no llegaban nunca a los últimos extremos, ya que el príncipe, en vida de su padre, salió muy mal parado de sus amores pasajeros, y no menos mal curado. No podía desempeñar el primer papel; tenía que contentarse con los segundos.

Concluídas estas diversiones de colegiales, los asuntos de Estado ocupaban su atención. Llegaba su primer ministro, por una escalera de escape, con un grueso envoltorio de papeles debajo del brazo. El tal primer ministro era un covachuelista que vivía en el segundo piso de la casa de Fredersdorf, aquel soldado convertido en ayuda de cámara y favorito, que en tiempos pasados sirvió al rey cuando estaba preso en el castillo de Custrin. Los secretarios de Estado enviaban Eus despachos a ese escribiente del rey, y él se los presentaba extractados; el rey dictaba las respuestas marginales en dos palabras. Todos los asuntos del reino se despachaban así en una hora. Rara vez le abordaban los secretarios de Estado, los ministros titulares; alguno ha habido ccn quien no ha hablado jamás. El rey, su padre, había puesto tan en orden la Hacienda, se ejecutaba todo tan militarmente, la obediencia era tan ciega, que un país de cuatrocientas leguas se gobernaba como una abadía.

A eso de las once, el rey, con botas de montar, pasaba revista en el jardín a su regimiento de guardias; a la misma hora, todos los coroneles hacían otro tanto en todas las provincias. En el intervalo de la parada y la comida, los príncipes sus hermanos, los oficiales generales, uno o dos chambelanes, comían a su mesa, que era todo lu buena posible en un país sin caza, sin carne pasadera, sin gallinas, y donde tienen que ir a buscar el trigo a Magdeburgo.

Después de comer se retiraba solo a su gabinete y hacía versos, hasta las cinco o las seis.

Luego llegaba un joven llamado Darget, ex secretario de Valori, enviado de Francia, y le leía un rato. A las siete empezaba un concierto íntimo; el rey tocaba la flauta como un consumado artista. Los músicos ejecutaban a menudo composiciones suyas; porque no había arte que no cultivase, y no hubiera sufrido entre los griegos la mortificación que sufrió Epaminondas, al confesar que no sabía música.

Se cenaba en una salita, cuyo adorno más notable era un cuadro que su pintor de cámara, Pesne, uno de nuestros mejores coloristas, pinté Mighty by ateniéndose al dibujo hecho por el mismo rey. El cuadro era una magnífica priapea. Veíanse en él hombres y mujeres abrazados, ninfas debajo de sátiros, amores que jugaban los juegos de Giton y Escolpo, unas cuantas personas que contemplaban con arrobamiento esos combates, tórtolas besándose, chivos y moruecos que saltaban sobre las cabras y ovejas.

Las comidas no eran a menudo menos filosóficas.

Cualquiera que llegase de improviso y nos oyera, hubiera creído, al ver aquel cuadro, ofr a los sie te sabios de Grecia en un burdel. Jamás en ningún lugar del mundo se ha hablado con tanta libertad de las supersticiones humanas, ni se las ha tratado con más burla ni desprecio. A Dios se le respetaba; pero no perdonábamos a ninguno de los que, en nombre suyo, han engañado a los hombres.

Nunca entraban en palacio mujeres ni clérigos.

En una palabra, Federico vivía sin corte, sin consejo y sin culto.

Unos jueces provincianos quisieron quemar a cierto infeliz campesino acusado por un clérigo de una intriga galante con una pollina: no podía ejecutarse a nadie sin que el rey confirmase Ja sentencia, ley muy humana, practicada en Inglaterra y en otros países; Federico escribió al pie de la sentencia que concedía en sus Estados libertad de conciencia y de V......

Un clérigo de las cercanías de Stettin, escandalizado de tanta indulgencia, deslizó en un serDigiliby 1 món acerca de Herodes ciertos rasgos que podían aplicarse al rey, su señor; el clérigo rural fué llamado a Postdam, citándole a consistorio, aunque en la corbe no lo había, como no había tampoco mása. Al pobre hombre lo llevaron allá; el rey se disfrazó con traje eclesiástico, así como DeArgens, el autor de las Cartas judias, y un barón de Pollnitz, que había cambiado tres o cuatro veces de religión; pusieron sobre la mesa un tomo del Diccionario, de Bayle, a guisa de Evangelio, y el culpable, conducido por dos granaderos, compareció ante esos tres ministros del Señor, Hermano mío—le dijo el rey—, en nombre de Dios os pregunto de qué Herodes habéis predicado...

—Del que mandó matar a todos los niños—respondió el pobrete.

—Os preganto—añadió el rey—si ese Herodes era el primero de este nombre, porque debéis saber que hubo varios así llamados.

El clérigo de aldea no supo responder.

—ICómo dijo el rey—, os atrevéis a predicar de un Herodes sin conocer a su familia! Sois indigno del Santo Ministerio. Por esta vez os perdonamos; pero tened entendido que se os excomulgará si volvéis a predicar de alguien sin conocerle.

Luego le entregaron la sentencia y el perdón.

Las firmas eran tres nombres ridículos, inventados a capricho.

—Mañana vamos a Berlín—añadió el rey; pediremos vuestro indulto a nuestros hermanos. No dejéis de ir a vernos.

El clérigo fué a Berlín en busca de los tres ministros; se burlaron de él; el rey, más bromista que liberal, no se cuidó de pagarle el viaje.

Federico gobernaba la Iglesia tan despóticamente como el Estado. El en persona decretaba los divorcios cuando una mujer y un marido querían concertar otro matrimonio. A propósito de un caso de éstos, un ministro de la religión le citó un día el Antiguo Testamento..

—Moisés—respondió—, guiaba a sus judíos como quería, y yo gobierno a mis prusianos como me parece.Un gobierno tan singular, unas costumbres más raras aún, el contraste de estoicisma y epicureísmo, de severidad en la disciplina militar y de molicie en el interior del palacio, los pajes con quienes se divertía en su gabinete y los soldados a quienes se daba treinta y seis carreras de banquetas debajo de las ventanas del rey, que lo miraba; los discursos de moral y la licencia desenfrenada, componían un cuadro extraño por demás, conocido entonces de muy pocas personas, y que después se ha difundido por Europa.

En Postdam, todos los gustos del rey se sujetaban a una estricta economía. Su mesa, y la de sus oficiales y servidores, estaban ajustadas en treinta y tres escudos diarios, y el vino aparte.

En lugar de intervenir en estos gastos los dignatarios de la Corona, como ocurre en las demás cortes, Fredersdorf, su ayuda de cámara, desempeñaba a la vez las funciones de mayordomo mayor y de ropero mayor y de jefe de la panadería.

Fuese por economía o por política, nunca otorgaba la más insignificante merced a sus antiguos favoritos, y menos aún a los que habían arriesgado la vida por él siendo príncipe real. No pagaba ni aun el dinero que entonces tomó prestado; y así como Luis XII no vengaba los agravios hechos al duque de Orleans, el rey de Prusiz se olvidaba de las deudas del príncipe real.

Aquella pobre manceba a quien el verdugo azotó por su causa vivía entonces en Berlín, casada con un oficinista llamado Shommers, empleado en la administración de carruajes de alquiler; en Berin había diez y ocho; su amante la gratificaba con una pensión de setenta escudos, pagada siempre con puntualidad. Era una mujer alta, flaca, con aspecto de sibila, y que en modo alguno parecía haber llevado azotes por causa de un príncipe.

Sin embargo, cuando Federico estaba en Berlín, desplegaba gran magnificencia en los días solemnes. Para los hombres vanos, es decir, para casi todo el mundo, era un espectáculo muy hermoso verle sentado a la mesa, rodeado de veinte principes del Imperio, servido en la vajilla de oro más suntuosa de toda Europa, con treinta lindos pajes y otros tantos lacayos jóvenes soberbiamente vestidos, portadores de fuentes de Mig oro macizo. Los grandes dignatarios se presentaban entonces, pero fuera de tales ocasiones no se los veía.

Después de comer íbamos a la Opera, a la gran sala de trescientos pies de largo, edificada, sin valerse de arquitectos, por uno de sus chambelanes, llamado Knobelsdorff. El rey tenía a sueldo a los mejores cantantes, a los mejores bailarines.

Entonces bailaba en su teatro la Barberina, que se casó después con el hijo del canciller. Por orden del rey, unos soldados raptaron a la bailarina en Venecia, y, pasando por la propia Viena, la llevaron a Berlín. Estaba un poco enamorado de ella, porque tenía piernas de hombre. Lo incomprensible es que la pagase treinta y dos mil libras de sueldo. Su poeta italiano, a quien hacía poner en verso las óperas planeadas por él, sólo tenía mil doscientas libras de emolumentos; verdad es que era muy feo y no bailaba. En una palabra, la Barberina cobraba por sí sola más que tres ministros de Estado juntos. En cuanto al poeta italiano, se pagó un día por mano propia. Descosió unos galones de oro viejo que adornaban una capilla del primer rey de Prusia. El rey, como no frecuentaba ninguna, dijo que no salía perdiendo nada. Además, acababa de escribir una disertación en favor de los ladrones, impresa en las compilaciones de su academia; y no juzgó oportuno aquella vez destruír sus escritos con sus hechos.

Esa clemencia no alcanzaba a los militares. Había en las prisiones de Spandau un hidalgo viejo Digilint by del Franco Condado, de seis pies de alto, a quien el rey difunto había mandado raptar por su buena estatura; le prometieron una plaza de chambelán, y recibió una de soldado. El pobre hombre no tardó en desertar con algunos camaradas suyos; lo cogieron y, conducido ante el difunto rey, tuvo la candidez de decir que lo único que sentía era no haberlo 'matado por tirano.

Por toda respuesta le cortaron la nariz y las orejas, le dieron treinta y seis carreras de banquetas; después de esto fué a arrastrar una carre tilla en Spandau. Arrastrándola continuaba cuando el señor de Valori, nuestro enviado, me instó para que pidiese su indulto al clementísimo hijo del durísimo Federico Guillermo. A su majestad se le antojaba decir que para agradarme había dispuesto la representación de la Clemenza di Tito, ópera llena de bellezas, del célebre Metastasio, puesta en música por el mismo rey, con ayuda de su compositor. Esperé una oportunidad para recomendar a sus bondades al infeliz franco—condés desorejado y desnarigado, y le disparé esta amonestación: ¡Oh, genio universal, ánimo firme y tierno!

¡Qué! Ha de haber desgraciados reinando vos, #efior?

Poned a los tormentos de ese culpable término, y nunca, generoso, los pongáls al favor: ved en derredor vuestro las súplicas ardientes, hijas de contricción y orla de nobles mantos, espantadas regando con lloros Impotentes esas manos que deben secar todos los llantos, ¿A qué, pues, espectáculo de tal magnificencie, en el que triunfa Tito emperador, me das?

Para que nada falte, iguala au clemencia, y asi imitadle en todo, o no, le ensalcéis más.

Digilin y La solicitud era un poco fuerte; pero es un privilegio poder decir en verso cuanto a uno sa le antoja. El rey ofreció mitigar sus rigores; y algunos meses más tarde llegó incluso a internar en el hospital al hidalgo, con un pequeño socorro.

Había rehusado esta gracia a la reina su madre, que, por lo visto, se la pidió tan sólo en prosa.

En medio de las fiestas, de las óperas, de las cenas, mi negociación secreta progresaba. El rey me permitía hablarle de todo, y a menudo, a propósito de la Eneida y de Tito Livio, intercalaba yo algunas preguntas acerca de Francia y de Austria. La conversación se animaba a veces; el rey se acaloraba, y me decía que mientras la corte de Francia fuera como hasta allí de puerta en puerta en demanda de paz, se guardaría él muy bien de guerrear por nuestra causa. Desde mi habitación le envié a su aposento mis reflexiones escritas en un papel, a medio margen; escribió la respuesta al lado de mis osadías. Aun conservo el papel, donde le decía: "Dudáis de que la casa de Austria exigirá la devolución de Silesia a la primera ocasión?" He aquí su respuesta marginal: "Pues serán recibidos, biribitoigual que barbaritosamiguito." El final de esta negociación de nuevo género fué un discurso que me dirigió en un arranque contra el rey de Inglaterra, su querido tío. Los dos reyes no se querían bien. El de Prusia decía: Het by ""Jorge es tío de Federico, pero no del rey de Prusia." Acabó por decirme: "En cuanto Francia declare la guerra a Inglaterra, que cuente conmigo." Yo no deseaba más. Volví presuroso a la corte de Francia; di cuenta de mi viaje. Transmití las esperanzas recibidas en Berlín. No fueron engañosas; a la primavera siguiente, el rey de Prusia hizo, en efecto, un nuevo tratado con el rey de Francia. Avanzó en Bohemia con cien mil hombres, hallándose los austriacos en Alsacia.

Cualquier buen parisino que me hubiera oído contar este suceso y el servicio prestado por mí, hubiese tenido por indudable mi promoción a un buen empleo. Véase cuál fué mi recompensa.

• A la duquesa de Chateauroux le molestó no haber intervenido directamente en la negociación; tenía ganas de echar a Amelot, porque era tartamudo, y este defectillo la desagradaba; aborrecía, además, a Amelot, porque se dejaba manejar por Maurepas; Amelot fué exonerado a los ocho días, y yo me vi envuelto en su desgracia.

Algún tiempo después sucedió que Luis XV estuvo a la muerte en la ciudad de Metz; el señor ae Maurepas y su pandilla se aprovecharon de la ocasión para perder a la duquesa de Chateauroux. El obispo de Soissons, Fitz James, hijo de un bastardo de Jacobo II, que estaba en opinión de santo, intentó, por su calidad de capellán mayor, convertir al rey, y le declaró que no le daría la absolución ni la comunión si no despedía a su Digition by querida, a su hermana, la duquesa de Lauraguais, y a sus amigos. Las dos hermanas salieron de Metz, agobiadas por la execración del pueblo. Po: este hecho, el pueblo de París, tan simple como el de Metz, dió a Luis XV el sobrenombre de Bien Amado. Un chusco, llamado Vadé, inventó el título, propagado por los almanaques. Cuando el príncipe se puso bueno, sólo quiso ser el Bien Amado de sus queridas. Se amaron mucho más que antes. La de Chateauroux iba a reintegrarse a sus funciones, iba a salir de París para Versailles, cuando murió de repente, de resultas de la rabieta que su destitución le causó. Fué olvidada sin tardanza.

Hacía falta una querida. La elección recayó en la señorita Poisson, hija de una mujer amancebada y de un labrador de la Ferté—sous—Jouarre, que había reunido algún dinero vendiendo trigo a los abastecedores. Este pobre hombre, condenado por alguna malversación, andaba huído entonces. Casaron a su hija con el subarrendatario de Rentas públicas, Le Normand, señor de Etiole, sobrino del arrendatario general, Le Normand de Tournehem, que sostenía a la madre.

La hija era bien educada, formal, amable, com muchos talentos y gracias, de buen sentido natural y bondadoso corazón. Yo la conocía bastante; hasta fuí confidente de su amor. Me confesaba que siempre había tenido el secreto presentimiento de que sería amada por el rey, y sentido hacia él una inclinación violenta, sin pararse a explicársela.

Semejante idea, que en su posición hubiera podido parecer quimérica, se fundaba en que la habían llevado a menudo a las cacerías del rey en el bosque de Sénart. Tournehem, amante de su madre, tenía una casa de campo en las inmediaciones. La mujer de Etiole se paseaba en una calesa muy bonita. El rey se fijaba en ella, y con frecuencia le regalaba algún corzo. La madro no cesaba de decirle a su hija que era más guapa que la duquesa de Chateauroux, y el vejete de Tournebem exclamaba muchas veces: "Hay que confesar que esta muchacha es un bocado regio." En fin, así que tuvo al rey en sus brazos, me dijo que creía firmemente en el destino; tenía razón. En 1746, pasé unos cuantos meses con ella en Etiole, estando el rey en la campañia de aquel año.

Esto me valió unas recompensas nunca otorgadas hasta entonces a mis obras ni a mis servicios. Me encontraron digno de ser uno de los cuarenta inútiles miembros de la Academia. Fuf nombrado historiógrafo de Francia; el rey me hizo merced de una plaza de gentilhombre ordirario de cámara. Deduje que para progresar la más mínimo era mejor decir cuatro frases a la querida de un rey que escribir cien volúmenes.

Así que pareció sonreírme la fortuna, todos los ingenios de París, mis colegas, se desencadenaron en contra mía, con la animosidad y el encarnizamiento que pudieran sentir contra un usurpador de recompensas por ellos merecidas.

VOLTAIRE —MEMORIAS Continuaba yo unido a la marquesa del Chatelet por una amistad inalterable y por la afición al estudio. Vivíamos juntos en París y en el campo. Cirey está en los confines de la Lorena. EI rey Estanislao tenía entonces su corte, pequeña y agradable, en Luneville. Tan viejo y devoto como era, tenía una querida: la marquesa de Boufflers.

Repartía su alma entre la marquesa y un jesuíta llamado Menou, el clérigo más intrigante y audaz que he conocido. El hombre había sacado al rey cerca de un millón, valiéndose de su mujer, a quien gobernó a su antojo, y empleó parte de él en construir una casa magnífica para sí y otros jesuítas en Nancy. La casa tenía de dotación veinticuatro mil libras de renta, doce mil para la mesa de Menou y el respeto para regalar a quien quisiera.

La querida no tenía, ni con mucho, tan buena paga. Apenas si le sacaba entonces al rey de Polonia lo bastante para vestirse; sin embargo, el jesuíta codiciaba su porción, y tenía furiosa envidia a la marquesa. Al pobre rey le costaba todos los días gran trabajo, al salir de misa, reconciliar a su confesor y a su querida.

En fin, el jesuíta, habiendo oído hablar de la marquesa del Chatelet, que aun estaba de buen ver, imaginó reemplazar con ella a la marquesa de Boufflers. Estanislao se metía a veces a escribir algunas obrillas bastante malas; Menou creyó que una mujer autor tendría sobre él mayor ascendiente que otra alguna. Sin más ni más by 1 se presenta en Cirey, y urde esta preciosa trama: adula a la marquesa del Chatelet y nos dice que el rey Estanislao se alegraría mucho de vernos; vuelve a la corte y dice al rey que ardemos en deseos de ir a ofrecerle nuestros respetos; Estanislao recomienda a la marquesa de Boufflers que nos lleve. Fuimos, en efecto, a pasar en Luneville todo el año 1749. Ocurrió todo lo contrario de lo que deseaba el reverendo padre. Nos hicimos muy amigos de la marquesa de Boufflers, y el jesuíta tuvo que combatir a dos mujeres en vez de una.

La vida en la corte de Lorena era bastante agradable, aunque hubiese, como en todas partes, intrigas y embrollos. A fines de año, Poucet, obispo de Troyes, comido de deudas y sin reputación, fué a aumentar la corte y sus embrollos; al decir que había perdido la reputación, entiéndase también la reputación de sus oraciones fúnebres y de sus sermones. Obtuvo, por mediación de las dos damas, el nombramiento de capellán mayor del rey, que se envanecía de tener un obispo a sueldo, y a sueldo muy reducido.

El obispo no llegó hasta 1750. Para empezarse enamoró de la marquesa de Boufflers, y lo echaron. Su cólera recayó sobre Luis XV, yerno de Estanislao: vuelto a Troyes, quiso desempeñar un papel en el ridículo asunto de las cédulas de confesión, inventadas por el arzobispo de París, Beaumont; hizo cara al Parlamento y al rey. No era éste el medio de pagar sus deudas; Digilint of pero era el de que lo encerraran. El rey de Francia lo mandó preso a Alsacia, a un convento de frailotes alemanes. Pero volvamos a lo que me concierne.

La marquesa del Chatelet murió en el palacio de Estanislao, después de dos días de enfermedad.

Tan aturdidos anduvimos todos, que nadie se ocupó en mandar venir ni cura, ni jesuíta, ni sacramento. No sufrió los horrores de la muerte; sólo nosotros los pasamos. Una aflicción dolorosísima se apoderó de mí. El buen rey Estanislao fué a mi aposento a consolarme y a llorar conmigo. Pocos colegas suyos hacen lo mismo en ocasiones parecidas. Quiso retenerme a su lado; pero yo no podía soportar a Luneville, y me volví a París.

Era mi destino correr de un rey para otro, aunque amaba mi libertad con idolatría. El rey de Prusia, a quien había yo dicho que nunca dejaría a la marquesa del Chatelet para irme con él, resolvió, en cuanto hubo desaparecido su rival, atraparme a toda costa. Disfrutaba entonces de la paz ganada con sus victorias, e invertía sus ocios en escribir versos, o la historia de su país y de sus campañas. La verdad es que el rey estaba plenamente convencido de que sus versos y su prosa eran muy superiores a mi prosa y a mis versos, ateniéndose al fondo de las cosas; pero creía que, resperto de la forma, podía vo, en calidad de académico, limar un poco by .

sus escritos; no hubo seducción ni lisonja que no empleara para hacerme ir a su lado.

¿Quién resiste a un rey victorioso, poeta, músico y filósofo y que, al parecer, me quería? Yo también creí quererle. En suma, en junio de 1750 tomé de nuevo el camino de Postdam. No fué mejor recibido Astolfo en el palacio de Alcina.

Vivir alojado en las habitaciones que ocupó el mariscal de Sajonia, tener a mi disposición a los cocineros del rey cuando quería comer en mi aposento, y a sus cocheros cuando quería pasearme, eran los favores más pequeños que recibía.

Las cenas eran muy agradables. No sé si me engaño: me parece que en ellas se derrochaba el ingenio. El rey lo tenía, y era diestro en realzar el de los demás; lo más extraordinario es que nunca he asistido a otras comidas tan libres. Trabajaba dos horas diarias con su majestad; corregía todas sus obras, alabando mucho, sin falta, lo bueno que había en ellas, al borrar lo que no valia nada. De todo le daba razón por escrito; así nacieron una retórica y una poética para su uso; sacó partido de ellas, y su genio le sirvió aún mejor que mis lecciones. No tenía que hacer cumplidos ni visitas, ni funciones que llenar. Llevaba yo una vida independiente, y no concebía otra más agradable.

Alcina Federico, viéndome ya un poco trastorrado, redobló sus pociones mágicas para acabar de embriagarme. La última seducción fué una carta que me mandó desde su aposento al mío.

Digit by Una amante no se explicaría con más ternura; en la carta esforzábase por disipar el temor que me inspiraban su rango y su carácter; lefanse en ella estas frases singulares: "¿Cómo podría yo nunca ser causa del infortunio de un hombre a quien estimo y quiero, que me sacrifica su patria y los afectos más caros del hombre?... Os respeto como maestro mío en elocuencia. Os quiero como amigo virtuoso. ¿Qué sujeción, qué infortunio, qué mudanza son de temer en un país donde os estiman tanto como en vuestra patria, y en casa de un amigo de corazón agradecido? He respetado la amistad que os unía a la marquesa del Chatelet; pero, después de ella, yo era uno de vuestros amigos más antiguos. Os aseguro que mientras yo viva seréis aquí dichoso..." Pocos reyes escriben una carta así. Con este último vaso acabó de embriagarme. Sus protestas verbales fueron aún más enérgicas que las escritas. Estaba habituado a singulares demostraciones de ternura con favoritos más jóvenes que yo; olvidando por un momento que yo no era de la edad de aquéllos, ni tenía la mano bonita, quiso besármela; yo le besé las suyas y me entregué por su esclavo. Hacía falta un permiso del rey de Francia para pertenecer a dos amos.

El rey de Prusia se encargó de todo.

Escribió pidiéndome al rey mi señor. No me imaginaba yo que en Versailles se ofendieran porque un gentilhombre ordinario de cámara, la casI ta más inútil de la corte, fuera de chambelán, también inútil, a Berlín. Me otorgaron el permiso; pero se picaron mucho, y nunca me lo han perdonado. Desagradé mucho al rey de Francia, sin agradar más por oso al de Prusia, que en el fondo de su alma se burlaba de mí.

Me vi, pues, con una llave de plata sobredorada pendiente de la casaca, una cruz al cuello y veinte mil francos de pensión. Maupertuis enfermo del disgusto; yo no me di por enterado. Había entonces en Berlín un médico, llamado La Mettrie, el ateo más decidido de todas las Facultades de Medicina de Europa; hombre, por lo demás, jovial, agradable, alocado, tan conocedor de la teoría como cualquiera de sus colegas, y, sin disputa, el peor médico de la tierra en la práctica; por eso, gracias a Dios, no ejercía. Se había burlado de la Facultad en pleno, en París, y hasta escribió contra los médicos no pocos ataques personales, que no se los perdonaron; obtuvieron contra él una orden de prisión, y La Mettrie se retiró a Berlín, donde divertía mucho por su jovialidad; escribía e imprimfa además los mayores atrevimientos imaginables sobre la moral. Sus libros agradaron al rey, que lo nombró no su médico, pero su lector.

Un día, después de la lectura, La Mettrie, que decía al rey cuanto se le antojaba, le contó que mi valimiento y mi fortuna suscitaban muchas envidias. "Dejad las cosas correr—respondió el rey; primero se exprime una naranja y luego Dighiedy by se tira, después de beberse el zumo. "La Mettrie no dejó de referirme tan hermoso apotegma, digno de Dionisio de Siracusa.

Resolví desde entonces poner a salvo la cáscara de la naranja. Tenía yo unas trescientas mil libras por emplear. Me guardé muy bien de colocar este capital en los Estados de mi Alcina; lo empleé con ventaja en las posesiones del duque de Wurtemberg, en Francia. El rey abría todas mis cartas, y sospechó que mis intenciones no eran las de quedarme a su lado. Pero la furia de versificar le poseía como a Dionisio. Era menester corregir sin descanso; tuve aún que repasar su Historia de Brandeburgo, y todas las que escribía.

La Mettrie murió después de haberse comido en casa de milord Tirconnel, enviado de Francia, un pastel relleno de trufas, entero, al final de una comida copiosa. Dijeron que se había confesado antes de morir; el rey se indignó; mandó hacer una averiguación minuciosa; le aseguraron que el dicho era una atroz calumnia, y que La Mettrie había muerto como había vivido, renegando de Dios y de los médicos. Su majestad, satisfecho, compuso en el acto su oración fúnebre, que mandó leer en su nombre a Darget, su secretario, en la sesión pública de la Academia, y concedió seiscientas libras de pensión a una moza que La Mettrie llevó de París cuando abandonó a su mujer y a sus hijos.

Maupertris, conocedor de la anécdota de la naby ranja, aprovechó la oportunidad para esparcir el rumor de que yo había dicho que el cargo de ateo del rey estaba vacante. Esta calumnia tuvo mal éxito; pero añadió que los versos del rey me parecían malos, y ésta prosperó.

Adverti desde entonces que las cenas del rey eran menos alegres; me daban menos versos para corregir; mi desgracia era completa.

Algarotti, Darget y otro francés, llamado Chasot, uno de los mejores oficiales de Federico, le abandonaron al mismo tiempo. Me disponía yo a hacer otro tanto. Pero antes quise darme el gusto de burlarme de un libro que Maupertuis acababa de imprimir. La ocasión era buena; nunca se había escrito cosa más ridícula y necia. El muy simple proponía en serio hacer un viaje en de.rechura a los dos polos; disecar cabezas de gigantes para descubrir en la masa encefálica la naturaleza del alma; edificar una ciudad donde no se hablase más que latín; abrir un agujero hasta el centro de la tierra; curar a los enfermos untándolos de resina, y, en fin, predecir el futuro por la exaltación del alma.

El rey se río del libro, yo me ref, todo el mundo se rió. Pero ocurría entonces un incidente más grave a propósito de no sé qué simpleza de matemáticas que Maupertuis quería hacer pasar por un descubrimiento. Un geómetra más competent llamrado Koenig, bibliotecario de la princesa de Orange en La Haya, le advirtió de su error, y le dijo que Leibnitz, al examinar en tiempos pasados Die sy by la misma idea, demostró su falsedad en algunas de sus cartas, de las que le enseñó copia.

Maupertuis, presidente de la Academia de Berlín, indignado de que un asociado extranjero le demostrase sus yerros, comenzó por persuadir al rey que Koenig, por hallarse establecido en Holanda, era enemigo suyo, y había censurado mucho antes a la princesa de Orange la prosa y la poesía de su majestad.

Tomada esta primera precaución, Maupertuis, valiéndose de unos cuantos pobres pensionarios de la Academia, que dependían de él, consiguió borrar a Koenig, por falsario, de la lista de académicos. El geómetra de Holanda se le adelantó, devolviendo la patente de su dignidad de académico de Berlín.

Todos los literatos de Europa se indignaror con los manejos de Maupertuis, tanto como se aburrieron con su libro. Se ganó el odio y el desprecio de cuantos se las daban de filósofos y de cuantos no entendían nada de filosofía. En Berlín se contentaban con encogerse de hombros; como el rey ya había tomado partido en tan desdichado asunto, nadie se atrevía a hablar; yo fuí el único que levantó la voz. Koenig era amigo mio; tenía yo a un tiempo el placer de defender la libertad de los escritores al defender la causa de mi amigo, y el de mortificar a un enemigo, que era tan enemigo de la modestia como mío.

No tenía yo la menor intención de permanecer en Berlín; he preferido siempre a todo la liberby tad. Pocos escritores proceden así. La mayor parte son pobres; la pobreza enerva el ánimo; un filósofo en la corte cae en igual esclavitud que el primer dignatario palatino. Comprendí cuán desagradable había de ser mi independencia a un rey más absoluto que el Gran Turco. En el interior de su casa, el rey era muy agradable, lo confieso. Protegía a Maupertuis, y se burlaba de él como de nadie. Se puso a escribir en contră suya, y me envió el manucrito a mi aposento por uno de los ministros de sus placeres secretos, llamado Marwitz; ridiculizó mucho el agujero hasta el centro de la tierra, el método de curar con un barniz de resina, el viaje al polo austral, la ciudad latina y la cobardía de la Academia, que soportó el tíránico proceder contra el pobre Koenig.

Pero como su lema era: No hay más ruido que ei que yo hago, mandó quemar todos los escritos sobre este asunto, excepto su obra.

Renuncié a cuanto me había dado: orden, llave de chambelán y pensiones; entonces hizo cuanto pudo para retenerme, y yo cuanto pude para dejarle. Me devolvió la cruz y la llave, y se empeñó en que cenase con él; hice, pues, una nueva cena de Damocles; después me marché, con promesa de volver, pero con el firme propósito de no verle más en mi vida.

De manera que en muy poco tiempo nos egcapamos cuatro: Chasot, Darget, Algarotti y yo.

En efecto, no se le podía aguantar. Ya se sabe que con los reyes siempre se ha de pasar algún Digle trabajo; pero Federico abasaba un tanto de su prerrogativa. La sociedad tiene sus leyes, a no tratarse de la sociedad del león y la cabra. Federico faltaba de continuo a la primera ley de toda sociedad, que es no decir cosas desagradables a nadie. Muchas veces preguntaba a su chambelán Pollnitz si no estaba dispuesto a cambiar de religión por cuarta vez, y ofrecía pagar cien escudos al contado por su conversión. "Por Dios, querido Pollnitz—le decía otras veces, he olvidado el nombre de aquella persona a quien robásteis en La Haya, vendiéndole por buena plata falsa; refrescadme la memoria, os lo ruego." Lo mismo trataba, sobre poco más o menos, al pobre De Argens. Sin embargo, estas dos víctimas se quedaron. Pollnitz, por haberse comido todos sus bienes, veíase obligado a devorar tales enormidades para vivir; no tenía otro pan; De Argens no poseía en el mundo más bienes que sus Cartas judías y su mujer, llamada Cochois, cómica de provincias, bastante mala, y tan fea, que no ganaba nada en ningún oficio, aunque ejerció varios. En cuanto a Maupertuis, tuvo la mala ocurrencia de colocar su dinero en Berlín, sin pensar que es preferible tener cien pistolas en un país libre, a mil en uno despótico, y no le quedaba más recurso que soportar los grillos que se había forjado.

Al salir de aquel palacio de Alcina, fuí a pasar un mes con la señora duquesa de Sajonia—Gotha, la mejor princesa de la tierra, la más dulce, la más prudente y de humor más igual, y que, a Dios gracias, no hacía versos. Después estuve unos días en la casa de campo del landgrave de Hesse, aun más alejado de la poesía que la princesa de Gotha. Respiré. Continué despacio el viaje por Francfort. Aquí me acechaba mi singularísimo destino. Caí enfermo en Francfort; una de mis sobrinas, viuda de un capitán del regimiento de Champaña, mujer amabilísima, de muchas prendas, y que además figuraba entre la buena sociedad de París, tuvo el valor de dejar París para ir a buscarme a orillas del Mein; me encontró prisionero de guerra. Esta aventura tan buena ocuTrió del siguiente modo: Había en Francfort un tal Freytag, desterrado de Dresde después de haberle puesto allí en el cepo y condenado a prisión; fué promovido después en Francfort agente del rey de Prusia, que se servía con gusto de talles ministros, porque su única retribución era lo que podían arrancar a los viajeros.

Tal embajador, y un comerciante llamado Schmid, condenado a multa tiempo atrás por expender moneda falsa, me notificaron, de parte de su majestad el rey de Prusia, que no saliese de Francfort hasta devolver los objetos preciosos que le había quitado a su majestad.

—¡Ay, señores, os juro que no me llevo nada de aquel país, ni siquiera un buen recuerdo! ¿Qué joyas de la corona brandenburguesa me reclamáis?

—Es, monsir—respondió Freytag—, la obra e poashia del rey, mi gracioso señor.

Mis by —Oh, le devolveré de muy buen grado su prosa y versos repliqué yo—, aunque después de todo tengo ciertos derechos sobre esa obra. Me ha regalado un ejemplar muy hermoso, impreso a su costa. Por desgracia, el ejemplar está en Leipzig con mis demás equipajes.

Entonces Freytag me propuso que permaneciese en Francfort hasta la llegada del tesoro dejado en Leipzig, y me firmó esta hermosa cédula: Monsir: tan pronto como el gran fardo de Leipzig esté aquí, donde está la obra de poashia del rey mi señor, que su majestad pide, y la obra de poashia devuelta a mi, podréis marcharos adonde os parezca. En Francfort, 1.º de junio 1753. Freytag, residente del rey mi señor.

Al pie escribí yo: Vale por la obra de poashia del rey vuestro señor; con lo que el residente se quedó muy contenta.

El 17 de junio Ilegó el gran fardo de poashias.

Entregué fielmente el sagrado depósito, y creí poder marcharme sin ofensa de ninguna testa coronada; pero en el instante de la partida nos detienen a mí, a mi secretario y a mis criados; detienen a mi sobrina; cuatro soldados la llevan a rastra por el barro a casa del comerciante Schmid, poseedor de no sé qué titulo de consejero privado del rey de Prusia. Aquel comerciante de Francfort se creía entonces un general prusiano; en asunto tan grave mandaba doce soldados de la ciudad, con la importancia y grandeza convenientes. Mi sobrina tenía un pasaporte del Digilir by rey de Francia, y además no había corregido nunca los versos del rey de Prusia. De ordinario, se respeta a las señoras aun en los horrores de la guerra; pero el consejero Smichd y el residente Freytag, al proceder por cuenta de Federico, creían halagarle arrastrando al pobre bello sexo por el fango.

Nos metieron a los dos en una hostería de mala muerte, y a la puerta colocaron doce soldados; pusieron otros cuatro en mi aposento, cuatro en el desván donde habían llevado a mi sobrina, cuatro en una bohardilla abierta a los cuatro vientos, donde hicieron acostarse a mi secretario en un montón de paja. Es verdad que mi sobrina tenía una cama pequeña; pero los cuatro soldados, con bayoneta calada, substituían a las cortinas y a las doncellas.

En vano decíamos que apelábamos ante César que el emperador había sido elegido en Francfort, que mi secretario era florentino y súbdito de su majestad imperial, que mi sobrina y yo éramos súbditos del rey cristianísimo, y que no teníamos nada que ver con el margrave de Brandeburgo; nos respondieron que el margrave tenía en Francfort más influencia que el emperador.

Doce días fuimos prisioneros de guerra, y tuvimos que pagar ciento cuarenta escudos por día.

El comerciante Schmid se había apoderado de mis equipajes, y me los devolvieron aligerados en la mitad. No se podía pagar más caro la obra de poashia del rey de Prusia. Perdí próximamente Maglie by la suma que el rey había gastado para llevarme a su casa y tomar mis lecciones. Por tanto, quedamos en paz. Para completar la aventura, un tal Van Duren, librero de La Haya, bribón de oficio y fallido por costumbre, hallábase entonces retirado en Francfort. Era el mismo a quien trece años antes di el manuscrito del Anti—Machiavelo de Federico. Los amigos son para las ocasiones.

Afirmó el librero que su majestad le debía una veintena de ducados, y que yo era responsable de ello. Sacó la cuenta del interés, y del interés del interés. El señor Fichard, burgomaestre de Francfort, y burgomaestre reinante, como suele decirse, encontró justísima la cuenta, en su cualidad de burgomaestre, y en su cualidad de reinante, me obligó a desembolsar treinta ducados, guardó veintiséis para sí y dió cuatro al bribón del librero.

Acabado este pleito de ostrogodos y vándalos, abracé a mis huéspedes, y les di las gracias por su amable recibimiento.

Algún tiempo después fuí a tomar las aguas de Plombiéres; bebí, sobre todo, las del Leteo, hart convencido de que los infortunios, cualquiera que sea su especie, sólo son buenos para olvidados.

Mi sobrina, madame Denis, que era el consuelo de mi vida, muy unida a mí por su afición a las letras y un tierno afecto, me acompañó desde Plombiéres a Lyón. La ciudad me recibió con aclamaciones; pero el cardenal de Tencin, arzobispo de Lyon, muy conocido por la prosperidad " que granjeó convirtiendo al catolicismo a ese Law o Lass, inventor del sistema que trastornó a Francia, me recibió bastante mal. El concilio de Embrun, presidido por él, coronó el engrandecimiento empezado con la conversión de Law. El sistema le enriqueció tanto, que tuvo para comprar el capelo de cardenal. Fué ministro sin cartera, y, por su calidad de tal, me declaró en confianza que no podía invitarme a una comida oficial, pues el rey de Francia estaba disgustado conmigo por haberme ido con el de Prusia. Contesté que no comía nunca, y que respecto de los reyes no había en todo el mundo hombre más dispuesto que yo a tomar las cosas como vinieran, y otro tanto me sucedía con los cardenales. Me habían aconsejado las aguas de Aix de Saboya; aunque estaban bajo el dominio de un rey, me puse en camino para ir a beberlas. Había que pasar por Ginebra; el famoso médico Tronchin, establecido en Ginebra desde poco antes, me anunció que las aguas de Aix me matarían, y que, en cambio, él me curaría.

Adopté el plan que me propaso. A ningún católico se le permite arraigar en Ginebra, ni en los cantones suizos protestantes. Me pareció divertido adquirir posesiones en el único país de la tierra donde me estaba prohibido tenerlas, Por un contrato muy singular, de que no había ejemplo en el país, compré una pequeña finca, de unas sesenta yugadas, que me vendieron por el doble de lo que hubiera costado en las afueras VOLTAIRE.—MEMORIAS 5 de París; pero el placer nunca es demasiado caro; la casa era linda y cómoda; la vista, encantadora; asombra y no cansa. Por un lado está el lago de Ginebra; la ciudad, por el otro. El Ródano sale del lago a borbotones y forma un canal al pie de mi jardín; el rio Arve, que baja de Saboya, se precipita en el Ródano; más lejos se ve aún otro río, Cien casas de campo, cien jardines rientes adornan las márgenes del lago y de los ríos; a lo lejos se yerguen los Alpes, y por entre sus precipicios se columbran veinte leguas de montañas cubiertas de eternas nieves. Tengo también otra casa, más hermosa y con mejores vistas, en Lausana; pero mi casa de los alrededores de Ginebra es mucho más agradable. Encuentro en estas dos viviendas lo que los reyes no dan, o más bien, lo que quitan; reposo y libertad; y tengo también lo que suelen dar a veces, pero que yo no he recibido de ellos; pongo en práctica lo que digo en El Mundano: ¡Oh, qué fellz siglo este siglo de hierro!

En mis dos casas se encuentran todas las comodidades apetecibles en ajuar, servidumbre y buen trato; los ratos que el estudio y el cuidado de mi salud me dejan libres, los lleno con el amistoso comercio de gentes de talento. Esto hará reventar de dolor a más de uno de mis queridos compañeros en letras; sin embargo, yo no nací rico; muy lejos de eso. Me preguntan por qué artes he llegado a vivir como un asentista, y es Het bueno decirlo para que cunda el ejemmplo. A fuerza de ver literatos pobres y despreciados, pensé hace mucho tiempo que no era cosa de aumentar su número.

En Francia hay que ser yunque o martillo; yo nací yunque. Un patrimonio reducido se reduce aún más cada día que pasa, porque a la larga los precios suben, y a menudo los Gobiernos ponen mano en las rentas y en el metálico. Debe estarse atento a las operaciones que el ministerio, siempre entrampado y fluctuante, realiza en las finanzas del Estado. Nunca falta alguna que puede aprovechar un particular, sin quedar obligado a nadie; nada tan sabroso como labrarse uno mismo su fortuna; el primer paso cuesta más trabajo; los otros, son fáciles. Hay que ser económico en la juventud; así, en la vejez, se encuentra uno sorprendido con un capital. En esa edad es cuando hace falta la fortuna; yo la disfruto ahora, y, después de haber vivido en las casas de los reyes, me he hecho rey en la mía, a pesar de inmensas pérdidas.

Desde que vivo en esta opulencia tranquila / en esta independencia plena, el rey de Prusia ha vuelto a mí; en 1755 me envió una ópera que había sacado de mi tragedia Mérope; era, sin disputa, la peor que había escrito en su vida.

Desde entonces sigue escribiéndome; siempre he estado en correspondencia con su hermana, la margrave de Baireuth, cuya bondad para conmigo ha sido inalterable.

Digilired by Mientras gozaba yo en mi retiro la vida más dulce que se puede imaginar, tuve el filosófico gustito de ver que los reyes de Europa no saboreaban la misma feliz tranquilidad, y deduje que la situación de un particular és con frecuencia preferible a la de los más insignes monarcas, como vais a ver: Inglaterra hizo una guerra de piratas contra Francia, por unas yugadas de nieve, en 1756; al mismo tiempo, la emperatriz, reina de Hungría, pareció entrar en ganas de recuperar, a ser posible, su cara Silesia, que el rey de Prusia le había arrancado. Con tal propósito negociaba con la emperatriz de Rusia y con el rey de Polonia: pero sólo en su cualidad de elector de Sajonia, porque con los polacos no se puede tratar. El rey de Francia, por su lado, deseaba vengar en los Estados de Hannover el daño que el elector de Hannover, rey de Inglaterra, le hacía por mar.

Federico, aliado entonces con Francia, despreciaba profundamente a nuestro Gobierno, y prefirió la alianza con Inglaterra a la de Francia, uniéndose a la casa de Hannover, en la idea de impedir con una mano a los rusos avanzar en Prusia, y con otra a los franceses entrar en Alemania; se engañó en estas dos cuentas; pero había echado una tercera que no falló: fué la de invadir Sajonia so capa de amistad, y hacer la guerra a la emperatriz, reina de Hungría, con el dinero que pilló a los sajones.

Por esta singular maniobra, el marqués de Higit by Brandeburgo, por sí solo, cambió todo el sistema de Europa. El rey de Francia, para conservar su alianza, le envió al duque de Nivernais, hombre de talento, autor de muy lindos versos. La embajada de un duque y par. y poeta debía, al parecer, halagar la vanidad y las aficiones de Federico; pero se burlo del rey de Francia, y firmó el tratado con Inglaterra el mismo día de la llegada del embajador a Berlín, engañó con fimura al duque y par y disparó un epígrama con.tra el poeta.

El Gobierno de los Estados era entonces privilegio de la poesía. Había en París otro poeta, de noble cuna, muy pobre, pero amabilísimo, en una palabra, el abate de Bernis, después cardenal.

Había comenzado haciendo versos contra mí, y después llegó a ser amigo mío, lo que no le sirvió de nada; pero lo fué de la marquesa de Pom padour, y eso ya le fué más útil. Desde el Parnaso lo mandaron de embajador a Venecia; por entonces estaba en París en grandísime predicamento.

El rey de Prusia, en aquel hermoso libro de poashias, que el tal Freytag me pedía en Francfort con tanta insistencia, deslizó un verso contra el abate de Bernis: "Evitad de Bernis la estéril abundancia." No creo que el abate conociese el libro ni el verso; pero, como Dios es justo, Dios se sirvió de él para vengar a Francia del rey de Prusia..

El abate concluyó un tratado ofensivo y defensivo High by con el señor de Stahremberg, embajador de Austria, a despecho de Rouillé, entonces ministro de Negocios Extranjeros. La marquesa de Pompadour dirigió la negociación: a Rouillé se le obligó a firmar el tratado, conjuntamente con el abate de Bernis, caso sin precedentes. Hay que confesar que el ministro Rouillé era el secretario de Estado más inepto que haya tenido nunca un rey de Francia, y el pedante más ignaro entre la gente de toga. Un día preguntó si la Veteravis está en Italia, Mientras no hubo asuntos difíciles que tratar, lo soportaron; pero en cuanto hubo grandes proyectos, comprendieron su incapacidad, fué despedido y el abate de Bernis ocupó su puesto.

La señorita Poisson, casada después con Le Normand y luego marquesa de Pompadour, era el verdadero primer ministro. Algunas palabras ofensivas lanzadas contra ella por Federico, que no perdonaba ni a las mujeres ni a los poetas, hirieron en el corazón a la marquesa y contribuye ron no poco a esa revolución en el sistema europeo, que 'reunió en un momento las casas de Francia y de Austria, después de más de doscientos años de un odio tenido por inmortal. La corte de Francía, que en 1741 intentó aplastar a Austria, la sostuvo en 1756, y se vió, en fin, a Francia, Rusia, Suecia, Hungría, a la mitad de Alemania y al fiscal del Imperio declarados contra el marqués de Brandeburgo solo.

Este príncipe, cuyo abuelo apenas podía sostener veinte mil hombres, tenía un ejército de cien mil infantes y cuarenta mil jinetes, bien constituído, aún mejor adiestrado, con buenos pertrechos; pero, en fin, había más de cuatrocientos mil hombres en armas contra el Brandeburgo.

Ocurrió en esta guerra que cada parte comenzó por apoderarse de cuanto estaba a su alcance tomar. Federico se apoderó de Sajonia; Francia, de los Estados de Federico, desde la ciudad de Gueldres hasta Minden, sobre el Weser, y se apoderó por cierto tiempo de todo el electorado de Hannover, y de Hesse, aliado de Federico; la emperatriz de Rusia se apoderó de toda Prusia; este rey, derrotado primero por los rusos, derrotó a los austriacos, y después lo derrotaron en Bohemia en 18 de junio de 1757.

La pérdida de una batalla debía, al parecer, destruír a ese monarca; acosado en todas partes por los rusos, por los austriacos y por Francia, se ereyo perdido. El mariscal de Richelieu acababa de imponer, cerca de Stade, a Hannover y Hesse, un tratado semejante al de las Horcas caudinas.

Su ejército no continuaría la lucha; el mariscal estaba a punto de entrar en Sajonia con sesenta mil hombres; el príncipe de Soubise iba a entrar también allí con más de treinta mil, y le secundaba el ejército de los cfrculos del Imperio; luego marcharían sobre Berlín. Los austriacos habían ganado un segundo combate, y estaban ya en Breslau; uno de sus generales incluso habla hecho una incursión a Berlín y sacado tributo 2 Miglivet la ciudad; el tesoro del rey de Prusia estaba casi exhausto, y de allí a poco no le quedaría ni una sola aldea; iban a proscribirlo del Imperio; ya estaba empezado su proceso; declarado rebelde, era lo más probable que, de cogerlo, le hubiesen condenado a muerte.

En tamaña extremidad, la idea de matarse pasó por su ánimo. A su hermana, la señora margrave de Baireuth, le escribió que iba a terminar su vida; no quiso que la obra concluyera sin unos cuantos versos; su pasión por la poesía era aún más fuerte en él que su aborrecimiento de la vida.

Escribió, pues, al marqués de Argens una larga epístola en verso, donde le participaba su determinación y le decía adiós. Por singular que sea esta epístola, dados el asunto, el autor y el personaje a quien va dirigida, no es posible reproducirla aquí por entero; tantas son sus repeticiones; pero hay en ella algunos trozos no del todo mal compuestos para ser de un rey del norte; he aquí varios pasajes: "Amigo, la suerte está echada.

Cansado de inclinar el cuello al yugo de la adversidad, quiero acortar el tiempo amargo que la Natura nuestra madre a mi existencia miserable prodigar se ha dignado con liberalidad.

Firmes el ánimo y los ojos, sin miedo y sin esfuerzo alguno, me acerco ya al dichoso términoque me ha de precaver de la contraria suerte.

Adiós, grandezas y quimeras; las ilusiones pasajeras ya no deslumbran, no, a mis ojus.

Si vuestro falso brillo, en mt naclente aurora, hizo brotar, harto ligerosdeseos indiscretos, ha tiempo ya esfumados, con su filosofía, templo de la Verdad, Zenón supo apartarme de la frivolldad, do los errores nacen del sueño de la vida...

Adiós, voluptuosidad; adiós, suaves placeres que halagáls la molicie, y que en tropel risueflo con guirnaldas floridas encadenáls el goce...

¡Mas qué hago, oh, Dios; rendido bajo la adversa suerte!

¿Cábeme los placeres nombrar y la alegria?

Bajo la garra del halcón ¿vistels jamás la tortolilla, o la llorosa Filomela cantar o suspirar amor?

Para mí hace ya tiempo que de la luz el astro sólo ha alumbrado dias por mi mal y que Morfeo, avaro de sus adormideras, señalados, no se digna con ellas cerrar mis tristes párpados, Digole a la mañana, llorando de mis ojos: "El día que va a despertar me anuncia ya nuevos reveses." Y le digo a la noche: "Vas a surgir ya pronto para eternizar mi dolor..." ¡Oh, vosotros los héroes a quienes reverencio, manes de Bruto y manes de Catón!

Ilustrado por vuestro ejemplo en el error y en el abuso, de vuestra antorcha funeraria gufome en el camino que el vulgo desconoce, y que vuestras antiguas virtudes nos trazaron.

Dejo a un lado romances y pomposos fantasmas, en el seno engendrados de la superstición, y para conocer profundamente al hombre no he de volver los ojos nunca a la Iteligión.

Por Epicuro, mi maestrosé que la Injuria cruel del tiempo disuelve los seres compuestos, y que ese soplo. chispa o furgo Mito 78 que vivifica el cuerpo orgánico no es inmortal naturaleza: mas con el cuerpo nace, y así en los niños crece, sufre con el dolor crueleclipsase, se plerde, desciende con los afios; perecerá sin duda cuando la eterna noche venga a arrancarnos de entre el número de los vivos.

Vencido, perseguido, errante por el mundopor mor de perversos amigos, sufro yo en mi dolor profundo más malea aquí en esta vida que en las ficciones de la Fábula fecunda nunca sufriera Prometeo en los infiernos.

Así, para acabar mis penas, como el desventurado, preso en su calabozo, contra el destino alzándose engaña a su verdugo, y con viril esfuerzo rompe al fin sus cadenas, sin preocuparme de los medios, rompo los lazos tan funestoa cuya autil y fina trama a este cuerpo de dolor roldo harto tiempo lígó mi alma.

He aquí, pues, en sombrio cuadro la justa causa de mi muerte...

No creerás que en la nada obscura aspiro, no, a la apoteosis.

Mas siempre que renazca priinavera fecunda, de su seno ofreciéndote las flores olorosascon un ramo de mirtos y rosas acuérdate de adornar mi tumba." Me envió esta epístola escrita de su mano. Hay en ella varios hemistiquios robados al abate de Chaulieu y a mí. Las ideas son incoherentes; los versos, en general, mal hechos; pero los hay buenos; y ya es mucho para un rey hacer una epístola de doscientos versos malos en la situación en que se hallaba. Quería que se dijese que había conservado plena presencia y libertad de ánimo en unos momentos en que los hombres suelen perderlas.

La carta que me escribió atestiguaba iguales sentimientos; pero había en ella menos mirtos y rosas, menos dolor profundo. Combatí en prosa la determinación de morir, que me decía haber tomado, y no me costó trabajo decidirle a vivir.

Le aconsejé que abriera negociaciones con el mariscal de Richelieu, y que imitara al duque de Cumberland; me tomé, en suma, cuantas libertades puede uno permitirse con un poeta desesperado que está a punto de dejar de ser rey. Escribió, en efecto, al mariscal de Richelieu, pero, como no tuvo respuesta, resolvió derrotarnos. Me avisó que iba a combatir al príncipe de Soubise; su carta terminaba con versos más propios ya de su situación, de su dignidad, de su valor y de su talento.

"Próximo ya a naufragar, es menester afrontar el mal viento, pensar, vivir y morir como rey." Al marchar contra franceses e imperiales, escribió a la señora margrave de Baireuth, su hermana, que iba a dejarse matar; pero fué más afortunado de lo que decía y pensaba. El 5 de diciembre de 1757 esperó al ejército francés e imperial en una posición bastante ventajosa, en Rosbach, en las fronteras de Sajonia; y como había hablado tanto de dejarse matar, quiso que su hermano, el príncipe Enrique, a la cabeza de cinco batallones prusianos destinados a sostener el primer empuje de los ejércitos enemigos, mientras su artillería los cañoneaba y su caballería Iatacaba a la del adversario, cumpliese por él lo ofrecido.

En efecto: un tiro de fusil hirió ligeramente en la garganta al príncipe Enrique; y éste fué, a lo que creo, el único prusiano herido en aquella jornada. Los franceses y los austriacos huyeron a la primera descarga. Fué la desbandada más inaudita y completa de que hablan las historias.

La batalla de Rosbach será célebre por mucho tiempo. En ella se vió a treinta mil franceses y veinte mil imperiales darse a una fuga vergonzosa y precipitada ante cinco batallones y unos escuadrones.

Las derrotas de Azincourt, de Crecy, de Poitiers, no fueron tan humillantes. La disciplina y el ejercicio militar, establecidos por su padre y robustecidos por el hijo, fueron la causa verdadera de tan singular victoria. El ejército prusiano se habia perfeccionado durante cincuenta afios. En Francia y en otros Estados quisieron imitarlo; pero en tres o cuatro años, y con franceses poco disciplinables, no se podía hacer lo que en eincuenta con prusianos; se llegó en Francia a variar los movimientos casi casi a cada revista, de suerte que los oficiales y los soldados, con ejercicios nuevos mal sabidos y enteramente distintos unos de otros, no habían aprendido nada ni tenían en realidad disciplina ni preparación algunas. En una palabra, a la sola vista de los prusianos, la desbandada fué general, y la fortuna llevó a Federico en un cuarto My .

de hora desde la suma desesperación a las cimas de la prosperidad y de la gloria.

Sin embargo, temía que su ventura fuese muy pasajera; temía verse obligado a resistir todo el peso del poder de Francia, Rusia y Austria, y de buen grado hubiera querido separar a Luis XV de María Teresa.

La funesta jornada de Rosbach hacía murmu rar a toda Francia contra el tratado del abate de Bernis con la corte de Viena. El cardenal de Tencin, arzobispo de Lyón, conservaba su calidad de ministro, y sostenía correspondencia privada con el rey de Francia; era más opuesto que nadie a la alianza con la corte austriaca. El arzobispo tenía motivos para creerme descontento de la acogida que me dispensó en Lyón; sin embargo, el afán de intrigar que le perseguía en su retiro, y que, en opinión común, jamás abandona a los hombres públicos, le impulsó a concertarse conmigo para obtener de la señora margrave de Baireuth que confiara en él y remitiera a su cuidado los asuntos del rey su hermano. Deseaba reconciliar al rey de Prusia con el rey de Francia, y creía procurar la paz. No era muy difícil inclinar a la margrave de Baireuth y al rey su hermano a esa negociación; me encargué de ella con tanto más gusto cuanto que veía claro un fracaso cierto.

La señora margrave de Baireuth escribió de parte del rey a su hermano. Las cartas de esta princesa y las del cardenal pasaban por mi mano; Hey by tenía yo la secreta satisfacción de ser intermediario en tan importante negocio, y acaso un placer más: el de prever que mi cardenal caminaba a un gran chasco. Escribió al rey una elegante carta, remitiéndole la de la margrave; pero quedó muy sorprendido al recibir una seca respuesta del rey, diciéndole que el secretario de Estado de Asuntos Exteriores le informaría de sus intenciones. En efecto: el abate de Bernis dictó al cardenal la respuesta para la margrave; era una negativa redonda a entrar en negociaciones. Se vió obligado a firmar el modelo de carta enviado por el abate de Bernis; me envió la triste carta, que ponía fin a todo, y a los quince días murió de pesadumbre.

Nunca he comprendido bien que uno se muera de pesar, ni cómo un ministro o un cardenal viejo, que tienen el alma tan dura, conservan, no obstante, sensibilidad suficiente para que un sinsabor pequeño los hiera de muerte: mi propósito había sido burlarme de él, mortificarle, pero no darle la muerte.

No carecía de cierta grandeza el Ministerio de Francia al rechazar la paz con el rey de Prusia; sacrificarse aún por la casa de Austria era una prueba de fidelidad y bondad; estas virtudes fueron por mucho tiempo mal recompensadas por ra fortuna.

Hannover, Brunswick y Hesse guardaron con menos fidelidad sus tratados y les fué mejor. Tenían convenido con el mariscal de Richelieu que no harían armas contra nosotros y que repasarían el Elba, más allá del cual los habían echado; en cuanto supieron nuestra derrota en Rosbach rompieron su convenio de las horcas caudinas.

La indisciplina, la deserción, las enfermedades destruyeron nuestro ejército, y el resultado de todas nuestras operaciones era, en la primavera de 1758, haber perdido trescientos millones y cincuenta mil hombres en Alemania por María Teresa, como hicimos en la guerra de 1741, combatiendo contra ella.

El rey de Prusia, que había derrotado a nuestro ejército en Turingia y en Rosbach, se fué a combatir al ejército. austriaco a sesenta leguas de allí. Los franceses podían aún entrar en Sajonia, pues los vencedores se marohaban a otra parte; nada hubiera contenido a los franceses; pero habían tirado las armas, perdido la artillería, las municiones, los víveres y, sobre todo, la cabeza.

Se dispersaron. Con dificultad se pudo reunir los restos. Federico, al cabo de un mes, alcanzó en igual día una victoria más señalada y más disputada sobre el ejército de Austria, cerca de Breslau; reconquistó Breslau, haciendo quince mil prisioneros; lo demás de la Silesia cayó de nuevo en su poder; Gustavo Adolfo no había hecho cosas tan grandes. No hubo más remedio entonces que perdonarle sus versos, sus burlas, sus picardigüelas y hasta sus pecados contra el sexo femenino. Todos los defectos del hombre desaparecieron ante la gloria del héroe.

En "Las Deliclas", el ó de noviembre de 1759, Digition by Aquí dejé interrumpidas mis MEMORIAS, creyéndolas tan inútiles como las Cartas de Bayle a su cara madre, mi señora, o que la Vida de SaintEvremond, escrita por Des Maiseaux, y que la del abate de Montgon, escrita por él mismo; pero una porción de cosas que me parecen nuevas o divertidas me llevan otra vez al ridículo de hablarme de mí mismo.

Desde mis ventanas veo la ciudad donde reinaba Juan Chauvin, el picardo llamado Calvino, y el sitio donde, por orden suya, quemaron a Servet para bien de su alma. Casi todos los clérigos de este país piensan hoy como Servet, y hasta van más lejos que él. No creen en modo alguno en la divinidad de Jesucristo; y estos señores, que en tiempos pasados hicieron tabla rasa del purgatorio, se han humanizado hasta el punto de indultar a las almas del infierno. Afirman que sus penas no serán eternas, que Teseo no permanecerá siempre en su sitial, ni Sísifo rodará siempre con su peñasco; así, del infierno, en el que ya no creen, han hecho un purgatorio, en el que no creían.

Es ésta una donosa revolución en la historia del espíritu humano. En otro tiempo, habría bastado con eso para degollar, quemar y hacer una nueva jornada de San Bartolomé; ahora, sin embargo, ni siquiera se han cruzado injurias; tan cambiadas están las costumbres. Sólo contra mí las ha lanzado un ministro de éstos, por haberme atrevido a enunciar que el picardo Calvino era un alma dura que mandó quemar a Servet muy inWie by cre tempestivamente. Admirense, por favor, las conie: tradicciones de este mundo: una gente, secuaz de Servet sin disimulo, me injuria por haber censuerado que Calvino le quemase a fuego lento con er leños verdesas e ha na o, e de var e to Hui pe erá —con ende de era U caê T Han pretendido demostrarme en toda regla que Calvino era un buen hombre; han rogado al Consejo de Ginebra que pusiera a su disposición los documentos del proceso de Servet; el Consejo, más cuerdo, se ha opuesto; no les ha sido posible escribir contra mí en Ginebra. Considero este pequeño triunfo como el mejor ejemplo de los progresos de la razón en este siglo.

La filosofía ha conseguido aún otra victoria más grande contra sus enemigos en Lausana. Algunos ministros de la religión de este país tuvieron la courrenoia de compilar en contra mía no sé qué libraco, "por honor decían de la religión cristiana". No me ha costado trabajo conseguir el secuestro de los ejemplares y su prohibición por or den del juez; acaso sea ésta la primera vez que se ha obligado a los teólogos a callar y a respetar a un filósofo. Júzguese si no tengo motivos parn amar con pasión a este país. Advierto a los seres pensantes que es muy agradable vivir en una república a cuyos jefes puede uno decirles: "Venid a comer mañana a mi casa." Con todo, aun no me encontraba yo bastante independiente, y es, en mi opinión, digno de notar que para serlo por entero he comprado tierras en Francia. Había a una legua de Ginebra dos posesiones convenientes VOLTAIRE—MEMORIAS 6 para mí, que en tiempos pasados participaban de las franquicias de aquella ciudad. Tuve la fortuna de obtener una real cédula declarando subsistentes tales privilegios. En suma: he arreglado mi vida de modo que me encuentro independiente en Suiza, en territorio de Ginebra y en Francia a la vez.

Oigo hablar mucho de libertad; pero no creo que en Europa ningún particular se haya 1brado una como la mía. Siga mi ejemplo quien pueda y quiera.

No podía aprovechar ciertamente mejor coyuntura para buscar libertad y reposo lejos de Pa: rís. La locura y el encono por querellas pueriles eran allí tan grandes entonces como en tiempos de la Fronda; sólo faltaba la guerra civil; pero como París no tenía ya un rey de los mercados, como aquel duque de Beaufort, ni un coadjutor que echase la bendición con un puñal, sólo hubo enredos civiles; comenzaron por los billetes de banco para el otro mundo, inventados, como ya dije, por Beaumont, arzobispo de París, hombre testarudo que hacía el mal de todo corazón por exceso de celo; un loco grave, un verdadero santo, por el estilo de Tomás de Cantorbery. La disputa se caldeó por un destino en el hospital que el parlamento de París pretendía proveer, y que el arzobispo reputaba empleo sagrado, dependiente tan sólo de la Iglesia. Todo París se dividió en bandos; las faccioncillas jansenista y molinista no se privaron de entrar en liza; el rey decidió traDigisy by tarlas como se hace a veces con los que se pegan en la calle; se les echa cubos de agua para separarlos. Quitó la razón a los dos bandos, como era debido; pero esto los envenenó más; desterró al arzobispo, desterró al Parlamento; pero un amo no debe despedir a sus criados sin estar seguro de encontrar otros para reemplazarlos; la corte acabó por verse obligada a ordenar la vuelta del Parlamento; porque una sala llamada real, compuesta de consejeros de Estado y relatores del consejo, erigida para fallar los pleitos, no encontró clientela. Los parisinos se obstinaron en no litigar más que ante el tribunal de justicia, llamado Parlamento. Se llamó, pues, de nuevo a todos sus miembros, y creyeron haber alcanzado sobre el rey una victoria insigne. En una representación al trono le advirtieron paternalmente que no debía volver a desterrar al Parlamento, "visto que decían—eso era de mal ejemplo". En fin, tanto hicieron, que el rey decidió disolver al menos una de las salas y reformar las otras. Todos los señores presentaron entonces la dimisión, salvo la Sala Suprema; las murmuraciones estallaron; an el palacio de justicia se declamaba públicamente contra el rey. El fuego que salía de todas las bocas prendió por desdicha en la sesera de un lacayo. llamado Damiens, que frecuentaba las audiencias. En el proceso de este fanático de la toga se probó que su intención no era matar al rey, sino infliginle una ligera corrección tan sólo. No hay cosa que no se le ocurra a un homDigilired by bre. El desdichado había sido fámulo en el colegio de los jesuítas, colegio donde yo he visto a veces a los escolares repartir pinchazos con los cortaplumas, y a los fámulos devolvérselos. Damiens fué, pues, a Versailles con esa determinación, e hirió al rey, rodeado de sus guandias y cortesanos, con un cortaplumas.

En el primer movimiento de horror producido por este accidente, no se dejó de atribuír el golpe a los jesuítas, que desde antiguo, decía la gente, venían descargando otros iguales. He leído una carta de un padre Griffet, en la que decía: "Esta vez no hemos sido nosotrps; ahora les toca el turno a los magistrados." Correspondía, naturalmente, al gran preboste de la corte juzgar al asesino, por tratarse de un crimen cometido en el recinto del real palacio. El desdichado comenzó a acusar a siete miembros del Parlamento; no había más que dejar subsistir la acusación y ejecutar al criminal; de esta suerte, el rey hacía al Parlamento odioso para siempre, y adquiría sobre él un predominio tan duradero como la monarquía. Créese que el señor de Argenson forzó al rey a otorgar al Parlamento el permiso para conocer del proceso; fué debidamente recompensado por ello, porque ocho días más tarde Argenson fué exonerado y desterrado.

El rey tuvo la debilidad de conceder fuertes pensiones a los consejeros que instruyeron la causa de Damiens, como si hubieran prestado algún servicio insigne y diffcil. Esta conducta acabó de Digition by inspirar a los señores togados confianza nueva; creyéronse personajes importantes, y sus quimeras de representar a la nación y de ser tutores de los reyes se reanimaron; concluído este incidente, y como ya nada tenían que hacer, se entretuvieron en perseguir filósofos.

Omer Joly de Fleury, abogado general del Parlamento de París, ostentó, ante las salas en pleno, el triunfo más completo que la ignorancia, la mala fe y la hipocresía hayan alcanzado nunca.

Unos cuantos hombres de letras, muy dignos de estimación por su ciencia y su conducta, se habían asociado para componer un diccionario inmenso con cuanto puede servir a ilustrar el espíritu humano; era para la librería francesa objeto de grandísimo tráfico; el canciller, los ministros, favorecían tan hermosa empresa. Ya habían aparecido siete volúmenes; traducíanlos al italiano, al inglés, al alemán, al holandés; podía considerarse semejante tesoro, abierto por los franceses a todas las naciones, como lo que entonces nos honraba más; de tal modo los artículos excelentes del Diccionario enciclopédico compensaban los malos, que son, sin embargo, harto numerosos.

Lo único que podía reprocharse a la obra es el exceso de declamaciones pueriles, admitidas con poco acierto por los autores de la compilación, que alzaban mucho la mano para engrosar la obra; pero lo que ellos escriben es excelente.

Pues he aquí que Omer Joly de Fleury, en 23 de febrero de 1759, acusa a esas pobres gentes Deglicht by Digiced by sejeros para decidir acerca de los puntos de geometría y de metafísica contenidos en la Enciclopedia. Un canciller de alguna firmeza hubiese casado el fallo del jurado por incompetencia: el canciller Lamoignon se contentó con renovar el privilegio, para evitarse el bochorno de ver juzgado y condenado lo que él mismo había revestido con el sello de la autoridad suprema. Diríase que esta aventura es de los tiempos del padre Garasse y de las sentencias contra el emético; sin embargo, ha ocurrido en el único siglo ilustrado que ha tenido Francia; tan verdad es, que basta un tonto para deshonrar a una nación. Se reconocerá sin trabajo que, en tales circunstancias, París no podía ser residencia de un filósofo, y que Aristóteles obró muy ouerdamente al retirarse a Calcis cuando el fanatismo dominaba en Atenas. Por lo demás, la condición de hombre de letras en París es inmediatamente superior a la de banquero; el cargo de gentilhombre ordinario de su majestad, que el rey me había quitado, es poca cosa. Los hombres son muy tontos, y yo creo que vale más edificar una buena casa, como yo he hecho, y allí representar comedias y darse buena vida, que verse hostigado en París, como Helvecio, por los satélites del parlamento o por algún mozo de cuadra de la Sorbona. Como a buen seguro yo no podía hacer a los hombres más razonables, ni al Parlamento menos pedante, ni a los teólogos menos ridículos, continué viviendo dichoso lejos de ellos.

Casi me avergüenzo de serlo, contemplando desy de el puerto todas las tormentas: veo a Alemania inundada de sangre; a Francia, arruinada; nuestros ejércitos y escuadras, derrotados; los ministros, destituídos unos tras otros, sin que el estado de nuestros asuntos mejore; el rey de Portugal, asesinado, no por un lacayo, sino por los grandes del país, y sin que esta vez los jesuítas puedan decir: No hemos sido nosotros. Conservaban incólume su derecho, y se ha probado de sobra después que los buenos padres pusieron el cuchillo santamente en manos de los parricidas. Dan como razón que son soberanos en el Paraguay, y que han tratado con el rey de Portugal de potencia a potencia.

Véase ahora una aventurilla tan singular como la que más desde que hay reyes y poetas en la tierra. Federico, después de pasar bastante tiempo custodiando las fronteras de Silesia en un atrincheramiento inexpugnable, se aburrió, y por entretenerse escribió una oda contra Francia y contra el rey. A principios de mayo de 1759 me envió la oda, firmada Federico, con un paquete enorme de versos y de prosa. Abro el paquete y me percato de que no he sido yo el primero en abrirlo; se echaba de ver que habían roto los sellos en el camino. Quedé transido de espanto al leer en la oda las estrofas siguientes: "¡Oh, nación de oprobio llena!,do fueron guerreros tales que & Luxemburgo y Turena dieron lauros inmortales, y enamorados de gloria corrían por la victoria peligros que el valor calla?

I ya he visto su ruin coraje: valientes, en el pilaje; cobardes, en la batalla.

¡Cómo! De la Pompadour juguete, vuestro señor, señalado del albur con vergüenzas del amor, y que al azar encomienda, por hufr culdados, la rienda del imperto y de aus reyes, esclavo ensoberbecidoquiere, mimoso, Cupido dictar la ley a los reyes?"Temblé, pues, al ver estos versos, entre los que hay algunos muy buenos, o que pasarían por tales.

Por desgracia, tengo fama, merecida, de haber corregido hasta ahora los versos del rey de Prusia. Abierto el paquete en el camino, los versos llegarían al público, el rey de Francia los creería míos y me tendrán por culpable de lesa majestad, y, peor aún, culpable para con la marquesa de Pompadour.

En esta perplejidad rogué al residente de Francia en Ginebra que viniese a mi casa; le enseño el paquete, y concede que lo han abierto antes de llegar a mi poder. Opina que, en un asunto en que me jugaba la cabeza, no podía tomar otra decisión que enviar el paquete al duque de Choiseul, ministro en Francia; en cualquier otra circunstancía no hubiese yo dado este paso; pero era forzoso prevenir mi ruina; descubría así a la corte por completo el fondo del carácter de su enenmigo.

Sabía yo bien que el duque de Choiseul no abusaría, y que se limitaría a persuadir al rey de Francia de que el de Prusia era un enemigo irreconHigit by ciliable, a quien había que aplastar a ser posible.

El duque de Choiseul no se limitó a eso; es un hombre de mucho ingenio, hace versos y tiene amigos que los hacen; pagó al rey de Prusia en la misma moneda, y me envió una oda contra Federico, tan mordaz y terrible como la de Federico contra nosotros. Véanse algunas muestras: $1.

"No aquel cuya feliz insanla de las artes en Alemania quiso la rápida fortuna; hijo, hermano y esposo fieroes el que un padre justiciero quiso ahogar ya estando en la cuna.

Es el mismo, aí, cuya audacia de las Nueve y del dlos de Traciaquiere las gracias y el arresto, y que en el Parnaso o con Marte no encuentra, a falta de otra parte, sino entre Zollo y Mevio puesto.

La guardia romana no enfrena, al salir Nerár a la escena, el desprecio de las legiones; y el opresor de Siracusa entrega, sin fruto, su muse a la befa de las naciones.

Sufre, pues, sin rigor, que luegose den a su inocente juego naturaleza y los amores.

¿Condenar puede acaso al goce quien, como tú, no lo conoce sino en brazos de sus tambores?", El duque de Choiseul, al enviarme esta respuesta, me aseguró que la mandaría imprimir si el rey de Prusia publicaba su obra, y que le vencería a plumazos como esperaba derrotarle a estocadas. En mi mano estaba, si hubiese querido divertirme, ver al rey de Francia y al rey de PruDigest by sia hacerse la guerra en verso: espectáculo nuevo en el mundo. Me procuré un placer diferente: el de ser más cauto que Federico; le escribí que su obra era muy hermosa, pero que no debía publicarla, que no tenía necesidad de esa gloria, que no debía cerrarse todos los caminos para una reconciliación con el rey de Francia, ni enojarle sin remedio, y obligarle a los mayores esfuerzos para tomar sobre él justa venganza. Añadía que mi sobrina había quemado la oda, muerta de miedo ante el peligro de que me la imputasen. Me creyó y me dió las gracias, no sin algunos reproches por haber quemado los mejores versos que había hecho en su vida. El duque de Choiseul, por su lado, cumplió su palabra y se calló.

Para que la burla fuese completa se me ocurrió asentar los primeros cimientos de la paz de Europa sobre esas dos obras, al parecer destinadas a perpetuar la guerra hasta el aplastamiento de Federico.

De mi correspondencia con Choiseul nació esa idea, y me pareció tan ridícula, tan digna de cuanto estaba pasando, que la adopté; me procuraba la satisfacción de comprobar por mí mismo sobre qué frágiles goznes giran los destinos de los imperios. El duque de Choiseul me escribió varias cartas ostensibles, concebidas de modo que el rey de Prusia pudiera aventurarse a hacer ofertas de paz sin que Austria encontrara motivo para recelar del Ministerio de Francia; y Federico me escribió otras parecidas, en las que esquivaba el Higilized by riesgo de disgustar a la corte de Londres. Esta correspondencia delicada subsiste aún; se parece al juego de dos gatos, que tan pronto sacan las uñas como las esconden. El rey de Prusia, derrotado por los rusos y habiendo perdido Dresde; necesita la paz; Francia, derrotada en tierra por los hannoverianos y en el mar por los ingleses, dilapidados sus tesoros, se ve obligada a concluír esta guerra ruinosa.

En "Las Dellcias". el 27 de noviembre de 1759.

Continúo, y siempre para narrar cosas singulares. El rey de Prusia me escribió el 17 de diciembre: "Os diré más desde Dresde, donde estaré de aquí a tres días." Y a los tres días, el mariscal Dann le derrota y pierde diez y ocho mil hombres. Todo lo que veo me parece la fábula de la lechera. Nuestro gran marino Berryer, ex lugarteniente de Policía en París, y que desde este puesto pasó a secretario de Estado y ministro de los mares, sin haber visto nunca otra escuadra que la galeota de Saint—Cloud y la barca de Auxerre, nuestro Berryer, digo, se había empeñado en equipar una gran escuadra para hacer un desembarco en Inglaterra; apenas nuestra flota asomó la nariz fuera de Brest, fué derrotada por los ingleses, rota por los escollos, destruída por los vientos o tragada por el mar.

Hemos tenido un inspector general de Hacienda llamado Silhouette, a quien sólo conocíamos por haber traducido, en prosa, unos versos de Pope; I I pasaba por un águna, pero en menos de cuatro meses el águila se ha convertido en ganso.

Ha descubierto el secreto de aniquilar el crédito, hasta el punto de que el Estado se ha visto de pronto sin dinero para pagar a las tropas. El rey ha tenido que mandar fundir sus vajillas en la casa de la moneda; una buena parte del reino ha imitado su ejemplo.de febrero de 1760.

En fin, después de algunas perfidias del rey de Prusia, como enviar a Londres cartas que yo le había confiado, querer sembrar cizaña entre nosotros y nuestros aliados, perfidias todas permitidas a un gran rey, sobre todo en tiempos de guerra, recibo proposiciones de paz de manos del rey de Prusia, no sin algunos versos; no puede dejar de hacerlos. Las envío a Versailles, dude que las acepten; no quiere ceder nada, y propone, para indemnizar al elector de Sajonia, que le den Erfurt, perteneciente al elector de Maguncia: necesita siempre despojar a alguien, es su manera. Veremos lo que resulta de estos propósitos, y, sobre todo, de la campaña que se va a emprender.

Como esta grande y horrible tragedia va siempre mezclada con lo cómico, acaban de imprimirse en París las Poashias del rey mi señor, como decía Freytag; llevan una epístola al mariscal Keith, en la que se burla mucho de la inmortalidad del alma y de los cristianos. Los devotos no están contentos; los pastores calvinistas murmuran; estos pedantes le miraban como el sostén de la buena causa, le admiraban cuando encerraba en un calabozo a los magistrados de Leipzig y vendía sus camas para sacar dinero. Pero desde que se le ha ocurrido traducir unos pasajes de Séneca, de Lucrecio y de Cicerón, le miran como a un monstruo. Los clérigos canonizarían a un forajido devoto.

Fin