Memorias Íntimas - Gustavo Becquer

Obras Completas de Eusebio Blasco
Tomo IV, Memorias Íntimas.
Capítulo XVIII - Gustavo Becquer
de Eusebio Blasco

Nota: se ha conservado la ortografía original, excepto en el caso de la preposición á.


XVIII
Gustavo Becquer.

¡Becquer! La juventud de hoy no le conoció y le ama mucho. Voy a tratar de contar como era.

Le conocí por el año de 66. Era él entonces censor de novelas. ¡Censor de novelas!

Cargo inventado por gobiernos tontos. Allí donde el novelista hubiera dicho algo que pudiera ofender a la religión ó a las buenas costumbres, el censor lo tachaba, para que la monarquía, Dios y el Gobierno no se diesen por ofendidos.

¡Cómo debía reír de esta tiranía a que un ministro amigo le destinaba, el poeta que no reconocía ni rey ni amo!

Su mundo era el ideal. Amaba, y lo decía en líneas cortas, que durante su vida apenas fueron leídas, y que después de su muerte impuso al público lector Ramón Correa, íntimo amigo del poeta.

Porque en honor de la verdad, ninguno de los que tomábamos café cotidianamente con Becquer, en el Suizo viejo (Bernardo Rico, el dibujante Vallejo, Angel Avilés, Inza, Luis Rivera, Robert, etc.), ninguno, repito, creíamos ni podíamos sospechar que al año de muerto nuestro amigo sus versos recorrerían el mundo y él figuraría en la inmortalidad al lado de los melancólicos poetas alemanes.

Era un hombre negro. Moreno hasta la exageración, sombrío hasta la grosería, soñando despierto, viviendo modestísimamente del sueldo de doce mil reales que su amigo González Brabo le dió como censor de los demás, Gustavo Becquer fué durante su vida víctima de la prosa de la existencia.

Vivía en la calle de las Huertas, en un tristísimo cuarto bajo que yo alquilé cuando él lo dejó y que pareció destinado a engendrar la tristeza en el ánimo de sus habitantes. Allí perdí yo seres queridos, allí pasó él grandes amarguras, allí debió decir:

    Dejé la luz a un lado, y en el borde
de la revuelta cama me senté ...

Porque el cuarto bajo aquel parecía una cárcel... Su conversación, como su persona, era triste. Todo lo veía bajo un prisma distinto de los demás mortales. En cuanto tenía un puñado de duros, se iba a Toledo ó al monasterio de Veruela... no vivía a gusto sino en lugares aislados y melancólicos: había algo de trapense en aquel hombre a quien González Brabo admiraba mucho. Pretendía de conservador, sin duda porque el lujo, la fastuosidad de que hacen alarde estos partidos, se acomodaba mejor con su temperamento de artista. Hay pocos hombres que sepan sentir la democracia vestidos de limpio, y Becquer era uno de ellos.

No es un secreto para nadie que el poeta estuvo ciegamente enamorado de una hermosura que no debo nombrar porque existe todavía y tiene ya legal y legítimo dueño. Muy hermosa criatura. Un admirable busto, pero mujer tal vez incapaz de comprender las delicadezas del hombre que quiso vivir para ella. A él no le importaba; sabía que era ignorante, vulgar, prosaica.

           ... pero
es tan hermosa!

exclamaba en sus versos; porque Becquer era esclavo de la forma, artista desde la planta de loe pies hasta el cabello.

¿Cómo se explica que después de esta pasión malograda y no comprendida, fuese a caer en las vulgaridades de un matrimonio absurdo? Aun vive su viuda, a la que no he de negar honradez, carácter tranquilo y cualidades de mujer de su casa.

¿Pero era ésta la mujer del poeta?

¡Ah! El poeta no debiera tener nunca mujer: el matrimonio es enemigo mortal de lavada imaginativa; Becquer fué desgraciado en sus pasiones, pero debió serlo aún más en vida doméstica.

Imaginad a un hombre dotado de todas las altas cualidades que constituyen el genio, condenado a vivir con un ser vulgarísimo. Vulgar la novia, vulgar la esposa. ¡Qué tristes destinos! ¿Fué despecho? ¿deseo de contrarrestar aquella ambición y sed de ideal que le devoraba? Lo ignoro. Solo sé que en los últimos días de la enfermedad fuí a ver a mi pobre amigo, y su interior me hizo desear que se muriese pronto. Dá placer al ánimo y envidia de la vida matrimonial ese hogar pobre y limpio donde compiten en delicadeza los niños y las flores, la alegría de la felicidad íntima é ignorada... pero la casa descuidada, el cuarto en desorden, la compañera del poeta que no sabe hablaros de nada, el enfermo solo y entregado a la desesperación sorda... ¡oh, qué triste fin, que horrible martirio para quien nació con alas de águila y debía morir como el último de los seres pedestres!

    La luz que en un vaso
ardía en el suelo

iluminaba el moribundo rostro de Becquer la noche en que su alma enamorada dejó la tierra.

La mujer mascullaba un padre nuestro en otro aposento... sentíase en derredor del fementido y solitario lecho como un revoloteo de ángeles invisibles... ¡Hace bien en morir, le dije a un compañero, porque su reino no era de este mundo!