El Museo universal (1868)
Melodías
de Antonio Vidal y Domingo

Nota: Se ha conservado la ortografía original.

De la serie:

Literatura.
MELODÍAS.


El combate de la vida

¿Conocéis el palenque en que se encuentra trasportado el hombre al llegar á la tierra, y antes de que haya tenido tiempo de reconocer á sus enemigos? La vida es ese palenque, del que ninguna alma se escapa sin combatir.

Terribles son los enemigos que la esperan en la ardiente arena: allí está el dolor armado de sus agudos puñales, y todo el ejército innumerable de las pasiones humanas, nuevos gladiadores, mas esforzados aun que los que combatían en los circos de la reina del universo.

¡Cuántos atletas vieron sucumbir los siglos en esos combates de la vida! El débil que desfalleció un instante, el orgulloso que despreció á sus fuertes enemigos, cayeron vencidos, y como en la Roma de los emperadores, no hubo piedad para ellos.

La lucha es de gigantes y dura toda la vida; y después de terminada, después de haberla coronado la mas espléndida victoria, apenas veréis á un hombre que no salga del combate con el pecho cubierto de heridas y el escudo destrozado.

Flores

Hay hombres que han creído que la tierra era su patria; mas, sin hablar de las cosas del alma ¿por qué pierde la tierra su sol de primavera? ¿por qué el cielo y la vida tienen nubes? ¿por qué se marchitan las flores en un momento, siendo imagen de los breves dias del hombre?

Ese sueño tan triste para las almas, habría sido muy bello para los flores. Brillante fuera su destino, cuando ahora es tan humilde, pues Dios no las siembra sobre la tierra sino para adornar la corona del año. ¿Pueden quejarse las flores, de la obra divina? ¿quién no admira sus colores? ¿qué niña no quisiera su fragancia?

Ellas suspiran por la luz, como las almas; y á la manera de la virtud, lo dan todo por amor.

El año no tiene estación mas generosa que la primavera: en su encantado canastillo hay llores para e abalsamar los prados, las aguas, los cementerios y las aldeas. Salid en esos dias al campo á respirar el fresco ambiente: si vais á pasear por las faldas de la montaña, encontrareis al pastorcillo que coge las primeras violetas para la corona de su amada; si os detenéis en los huertos de la aldea, veréis caer los claveles y las rosas mas encendidas; si pasáis á los prados de la ribera, acompañareis á las niñas que hacen sus ramilletes cantando; para la fiesta del domingo, os dirán ellas; pero no todas esas llores adornarán el altar de la Virgen.

Después, á medida que el dia crece, el sol aumenta sus ardores. El hombre, pasa las horas del medio dia bajo el techo de sus padres; las llores, abriendo sus hojas y revelando sus misterios al mismo sol que las marchita. Tan generosas con el sol, y negarán su fragancia á la noche; á la noche que las devuelve con sus rocíos la lozanía de la juventud. ¡Vedlo! ya se pone el astro ardiente, ya sin oír las quejas de la noche se cierran casi todas las flores; se cierran en virtud de una ley misteriosa, llena de amor, como todas las que emanan de lo alto.

El destino del poeta.

¡Salud al hijo de las musas! ¿Sabéis el destino que en la tierra deben llenar los que tienen el poder del canto?... Escuchad á los que aman su gloria, la gloria inmortal del poeta.

Si el cielo dio al poeta un alma mas armoniosa, infundiéndole la bella inspiración, ¿piensa con lo divino enaltecer lo terreno, aquello que ha de perecer sin glorias ni recuerdos?

¡Oh poeta! olvida á la serpiente que se arrastra por el polvo, y mira el águila que vuela hacia el sol: ¡ el mismo es tu destino! Aspira á lo sublime, (y desde allí, ¡feliz si tu canto valiente y simpático inflama á algún peregrino de la vida!

Poderosos te saldrán al encuentro y te pedirán can- tos para sus fiestas: di á esos hombres, si quieren oir el cántico severo de la verdad; díles que para aspirar á los elogios del poeta, es preciso ser digno de ellos. ¡Hijos de las musas! sea vuestra vida una batalla heróica contra el vicio y el error que aspiran á seducir nuestro mundo; sed fieles á la bandera que Dios ha puesto en vuestra mano; que los humanos, son- solados y fortalecidos por los cantos del poeta, lean siempre en su divisa, los santos nombres del amor, de la gloria y de la esperanza.

Antonio Vidal y Domingo.