Manuela Rosas: Rasgos biográficos (1917)
de José Mármol
I
II


MANUELA ROSAS


He ahí un nombre conocido de todos, pero que indistintamente lo han aplicado unos a un ángel, otros a un demonio.[1] Pues esa mujer, que ha inspirado ya tantas páginas en su favor y tantas en su daño, puede contar, entre los caprichos de su raro destino, el no haber sido comprendida jamás ni por sus apolojistas ni por sus detractores.

En buena hora los aduladores de su padre quieran adormirla embriagada con el incienso de sus lisonjas. Y dibujarla, idealizándola con rasgos estravagantes, algunos mercenarios escritores que, en la Europa como en la América, han pretendido formar un cielo, un aire, un sol donde subir y colocar la diosa bellísima de sus imaginación, pero que ellos se empeñan en llamar Manuela Rosas, de Buenos Aires, en 1840, 45, etc.

En buena hora también los adversarios poco reflexivos del dictador argentino, se afanen en presentar a su hija como un modelo de perdición.

Unos y otros no habrán hecho más que falsificaciones de un personaje que pertenece ya a la historia argentina; y como tales, sus pinturas apasionadas pasarán inapercibidas más tarde, ante el ojo frío y desinteresado del historiador.

Emprender un trabajo circunspecto y tranquilo sobre esa mujer, es hoy una empresa con más dificultades de lo que parece al primer examen; no por el trabajo en sí, sino por las vulgaridades con que se habrá de luchar en una época en que el vulgo de las ideas y de los hombres predomina con admirable superioridad entre nosotros; quiero decir, en Buenos Aires y Montevideo.

Arrostrando, pues, ese inconveniente vamos a ocuparnos de Manuela Rosas, en un sentido nuevo, y más racional que aquellos que se han adoptado antes para hablar de ella.

Perdón, señorita; voy a tocar ciertas fibras de vuestro corazón, y os estremecereis un momento; voy a levantar una punta del velo misterioso de vuestra vida íntima, y vuestro semblante se encenderá de pudor o de enojo; voy a fijar mi vista en ciertos hechos de vuestra vida social, y vuestra mirada orgullosa querrá quemar mi frente con su rayo. Pero — y creed lo que os digo — no hay en mi ningún deseo de ofenderos. Pues si bien sois ya para mi patria una propiedad de su historia, que pertenece al examen público de sus contemporáneos, no habeis dejado para mi de ser una mujer. Y cuando la causa política a que tengo el honor de pertenecer, llegase a un grado tal de postración, que, para sostenerla, tuviese necesidad sus defensores de hacer las guerras a las mujeres, yo me pasaría gustoso a vuestro padre, antes de someterme a tal conducta, y tendría el honor de hacerme presentar en vuestros espléndidos salones, vestido de colorado de pies a cabeza, como los diablos de Hoffman, o el general Mansilla.

Por el contrario, lejos de querer ofenderos, quiero ser el primero de los enemigos del sistema político de vuestro padre, que alce la voz para haceros justicia, en lo que realmente la merezcáis.

Cierto; el nombre de Manuela Rosas es ya una propiedad de la historia. Su padre habrá tenido la triste misión en el mundo, de grabar sello indeleble y de reprobación, a cuanto lo haya rodeado en el período memorable de su dictadura.

Único dueño de su poder como del pueblo que esclaviza con él; radiante con esa aurora de sangre que rodea su frente; fascinador con su inefable tiranía, no es un Dios, pero es un demonio que hace bajar la frente a cuantos se le acercan, presa todos de esa doble enfermedad del cuerpo y del espíritu, que se llama el terror.

Y su hija, única persona que lo vé, que lo oye, y que participa de su confianza, es para el pueblo enfermo, débil y fanatizado, el altar donde corre a deponer de rodillas el homenaje servil de su postración.

Manuela oye a todos; recibe a todos con afabilidad y dulzura. El plebeyo encuentra en ella bondad en las palabras y en el rostro.

El hombre de clase halla cortesía, educación y talento.

Manuela no es una mujer bella, propiamente hablando; pero su fisonomía es agradable y simpática, con ese sello indefinible, pero elocuente, que estampa sobre el rostro la inteligencia, cuando sus facultades están en acción continua.

Su frente no tiene nada de notable, pero la raíz de su cabello castaño oscuro, borda perfectamente en ella, esa curba fina, constante, y bien marcada, que comunmente distingue a las personas de buena raza y de espíritu.

Sus ojos, almo más oscuros que su cabello, son pequeños, límpidos, y constantemente inquietos. Su mirada es raza. Se fija apenas en los objetos, pero se fija con fuerza. Y sus ojos, como su cabeza, parece que estuvieran siempre movidos por el movimiento de sus ideas.

El color de su tez, es pálido, y muy amenudo con ese tinte enfermizo de los temperamentos nerviosos.

Agregad a esto una figura esbelta; una cintura leve, flexible, y con todos esos movimientos llenos de gracia y voluptuosidad que son peculiares a las hijas del Plata, y tendréis una idea aproximada de Manuela Rosas, hoy a los 33 años de su vida; edad en que una mujer es dos veces mujer.

Todo cuanto en la tierra puede lisonjear la vanidad de una mujer, se acumula en derredor de Manuela. El poder, el lujo, la admiración, la obediencia, todo está rendido bajo el imperio de sus ojos, que no se abren sino para deslumbrarse con los recejos de la espléndida boreal que circunda su existencia!

Los paseos públicos se cuajan de gentes que se apresuran y disputan el honor de recibir una mirada de ella.

Los teatros no dan principio a los espectáculos, antes que esta dama de un perpétuo torneo, no se presente en ellos.

Los enviados de las primeras naciones del mundo, se acercan a buscar en sus ojos una mirada de distinción, con más fervor que otros llegaban a Catalina de Medicis sobre el trono de Francia, a María Stuar bajo el solio Escocés, o a Elisabeth con el cetro de Enrique VIII. Y si Manuela deja escapar de sus labios una frase cualquiera en favor del diplomático o del gobierno que representa, el diplomático se cree entonces más insinuativo que Buckingham, en el ánimo de las mujeres más astuto que Richelieu, en los laberintos de la diplomacia: y más inteligente que Pombal, en las conquistas políticas. ¡Tal es la influencia magnética de los gobiernos despóticos y personales, hasta
Señorita MANUELA ROSAS en 1849
(Reproducción de un cuadro de D. Prilidiano Pueyrredón,
existente en el Museo de Bellas Artes)
ta en el espíritu de aquellos hombres, que menos debieran temerles al parecer!

Así, aquella criatura nacida en los florestas del mediodía americano, donde la mujer como las flores del aire, solo fascina por su delicada belleza y por la fragancia de su alma, puede mirar con desdén las mujeres más abrillantadas de la Europa, en medio de cuanto el arte y el respeto tradicional les consagran, colocadas por su nacimiento y su fortuna en la eminencia de las graderias sociales.

Pero filtremos la mirada al través de ese horizonte deslumbrador, y sondiemos despacio el lóbrago vacío que se esconde tras él.

¡Pobre mujer! En torno de Manuela Rosas, el mundo es una orjía donde se embriagan sus sentidos; y sin saberlo ella, olvida, como el Manfredo de Byron, la esterilidad o las angustias de su alma, en las ilusiones materializadas de la vida.

Manuela, como se ha visto, tiene más de 30 años. [2] Su vida nació, abrió la flor de su juventud, bajo este cielo bellísimo del Plata, donde el alma se impresiona de amor y se apasiona, en el curso de una hora o de un minuto, impulsada por esas propensiones simpáticas, que se desenvuelven prodigiosamente en un instante bajo los climas meridionales, donde el alma no quiere ser menos armoniosa ni menos pródiga de encantos, que la naturaleza en que respira.

El alma de una bonaerense, se marchitaría y moriría dentro de si misma, si la faltara un instante el hálito de las ilusiones y del amor, que ella absorve en la luz suave y azulada que refleja sobre las nubes de cisne de nuestro cielo: de las brisas sútiles que perfuman en sus jardines del Paraná, y de las perspectivas variantes y poeticas de la hermosa y virginal naturaleza que nos rodea.

Pues bien; a esa edad Manuela, esa criatura del Plata, cuyos ojos húmedos y claros, cuya tez pálida y boca voluptuosa, revelan con candidez que es una hechura perfecta de su clima, no ha podido sentir una pasión de amor; o la ha sentido escondiéndola en los misterios de su alma para devorarla en secreto; o ha tenido que pedir a la intriga una felicidad que no lo es dado gozar franca y honestamente.

Confidente de su padre; educada por él para servir a los juegos externos de su política; dando a entender en una palabra, en un jesto de ella, los deseos de su voluntad despótica, que va luego a estrellarse, como leyes de fierro, sobre la frente encorvada de sus esclavos, ella no puede pertenecer a ningún hombre, en la tierra, porque los ojos de ningún hombre han de ver de cerca los subterráneos de una dictadura, que solo es como es por la lejanía en que vive del contacto ajeno.

Dar un esposo a su hija, sería en Rosas un acto negativo de su conocida sagacidad. Porque eso sería dar o otro hombre las confidencias de su hija, es decir los secretos todos de sus debilidades, de sus vicios, y de los medios vulgares de que hace uso para llegar a sus estraordinarios fines.

El lo comprende bien. El sabe que por una ley de la naturaleza, más incontrastable que las que dicta su voluntad de tirano, su hija habría de pertenecer más a su marido que a su padre, el día que partiera su lecho, como su cariño, con aquel.

Esto por una parte; por otra, vistas futuras en su política, que ya no son misterios a los ojos de los que estudian de cerca, hacen que Rosas vele, como un amante celoso, los latidos del corazón de su hija.

Vendrá un día quizás, si la providencia no se cansa al fin de soportar los delitos de un solo hombre, que es la protesta viva de la justicia del cielo sobre el mundo, en que él saque de su hija, soltera, un partido más ventajoso, que el que reportaría de un ejército de 10.000 hombres. Y él espera ese día; o más bien, él hace que ese día le espere a él, para realizar su sueño dorado, que está bullendo hace años bajo la melena de salvaje que no cesará sino bajo el peso de una corona, o bajo la cuchilla del verdugo.

Paso audaz, cuyas consecuencias él mismo no comprende, pero a que él se encamina — por que solo él podría alcanzarlo — no en busca del principio, por que ignora lo que es, sino en busca de su abrillantamiento personal.

Y llegado ese día — blanco perenne de todo sus esfuerzos — su obra imaginada está cumplida entonces, y la mano de su hija le será quizá un apoyo eficaz a sus designios.

Pero todo eso es eventual; está sujeto a todas las vicisitudes de su carrera pública. Y entretanto, hoy, el resultado es el mismo para su hija; pues cualquiera que sean las causas que lo motiven, ella tiene que vivir una vista esteril, e infecunda, para ese sentimiento semidivino, que hace en el mundo la felicidad de las mujeres; o apurar bajo la sombra del misterio y en la copa de los culpables, una dicha que su padre la niega.

No hay medio: o ella tiene que poner llave de diamante a su corazón, para respetar la voluntad de su padre, o ella tiene que hacerse criminal en la intriga, según el lenguaje de la moral social.

Pero no es esta la mayor de sus desgracias.

La más ágria de todas es, que ese mismo padre no ha dejado en derredor de su hija, un hombre solo capaz de inspirarle una pasión noble y profunda, de que pueda envanecerse.

La mujer que desde el primer momento se contempla superior al hombre que se le acerca, ya no puede jamás apasionarse dignamente por él.

Sea en el curso de una hora o de un año, es necesario que el espíritu de una mujer sea dominado, fascinado por el espíritu de un hombre, para que su corazón dé los primeros latidos del amor; del amor al alma; de ese que comienza por la abnegación y acaba por el sacrificio. Pues es de el que hablamos, y no de esas impresiones carnales que envilecen el amor, ni de esas afecciones fugaces que hieren la imaginación y la deslumbran, pero que pasan luego, como el aliento sobre un cristal, o la huella de un cisne sobre un lago.

Para aquel amor es necesario que una mujer tenga algo que admirar o respetar en un hombre. Y no es solo el prestigio de la gloria, del poder, del talento y de la hermosura varonil, lo que puede imperar sobre el espíritu entusiasta y poético de las mujeres. Hay en la naturaleza moral de los hombres otro elemento de fascinación sobre ellas, mucho más eficaz y poderoso, que la gloria con toda su aureola, y el talento y la hermosura con sus atractivos seductores. Y es esa indefinible influencia de la voluntad varonil, que, ejerciendo sobre el alma tímida de las mujeres el despotísmo de lo fuerte sobre lo débil, hace que ellas comprendan que se hallan en la presencia de un hombre que tiene un corazón para amar una voluntad para obrar, y un brazo para defender a su querida.

Pero Manuela Rosas no encuentra uno solo de esos hombres, en cuantos van a mendigar de sus ojos un rayo de favor que los abrillante un momento, no de amor sino de protección oficial.

Si bajo el gobierno de Rosas pueden haber quedado hombres de corazón en Buenos Aires, no es en las antesalas de Palermo donde en encontrarán por cierto: sino en el retiro de sus casas, procurando que Rosas y sus satélites los olviden, hasta que llegue el momento en que ellos mismos les hagan acordar, que aun quedaban hombres a la patria de los libertadores de la América.

Pero en Palermo, en esa parodia Versalles donde se huelga la vanidad estúpida de Rosas, no halla Manuela sino lo más abyecto de la sociedad bonaerense, que viene allí cubierta de lujo y vilipendio.

Jira sus ojos y esa mujer desgraciada en medio de su teatral felicidad no descubre sino hombres débiles, sometidos, prosternados, que se hacen un deber y un honor en humillarse delante de la mujer misma a quien pretenden lisonjear.

Vestido, lenguaje, opiniones, todo en ellos es una imposición del amo que los gobierna; y ante Manuela, ante ella que conoce el origen de cuanto pasa en la República, todos los frecuentadores de Palermo no son otra cosa que los títeres de las ideas de su padre. Hombres todos que a la más leve insinuación de Rosas, cometerían una infamia, o se le ofrecerían de payasos sin repugnancia, por que el terror ha gastado en ellos la dignidad, y su amor propio.

En medio de esos reptiles Manuela es un Dios.

Más fuerte, más sabia, más independiente que todos ellos, su voluntad domina en todos. Y cuando sus ojos les honran con una mirada, no hallan otra que la sostenga con valor.

A medida que ellos se postran, el espíritu de esa mujer se levanta, y se dice así mismo y con razón, cuantos se me acercan son inferiores a mí.

Así, ninguno de esos hombres pueden inspirar una pasión noble y orgullosa en el corazón de Manuela ninguno puede levantarla a esa altura de engreimiento y vanidad por su querido, que hace la gloria de las mujeres; ninguno, en fin, puede despertar en su alma esas ilusiones abrillantadas con que la imaginación de las mujeres forman cielos donde ven y admiran el Dios de sus amores; porque los hombres prosternados y manchados no inspiran jamás una pasión; puede su hermosura física dar lugar a un deseo — eso es todo lo más que pueden ellos.

Pero más, todavía. Al mismo tiempo que Rosas sentencia a su hija a un solterismo eterno, como un genio del mal, la empuja a las tentaciones y al vicio.

El hace de su barragana la primera amiga y compañera de su hija; él la hace testigo de sus orjías escandalosas, a que lo impele su temperamento carnal y cínico; él la case el instrumento de sus deseos salvajes con las jóvenes, que el vicio de sus padres arrastra hasta Palermo; y, al mismo tiempo de estos ejemplos, él concede a su hija toda la libertad de un hombre; a su hija, para quien todos los hombres son casados, pues que a ninguno puede amar legítimamente y con franqueza.

¿Qué resulta de aquí? Que su hija respetando un fondo de moral que puede existir en su alma, tiene que cerrar su pecho a toda sensación amorosa que quisiera tener cabida en él, y entonces es desgraciada hasta el martirio; o tiene que arrastrarse a las intrigas culpables a que los ejemplos de su padre la incitan, y asesinando toda pasión noble en su alma, dá espansión a sus sentidos entre el misterio, y entonces es desgraciada hasta la compasión, pues esas faltas en las mujeres, que son impulsadas a ello por circunstancias ajenas a su voluntad, mercen más el título de desgracia que de crimen.

"En la familia de Rosas no se encuentran esas pasiones angélicas de los seres sin ambición y sin mancha; no, no es allí donde ese sentimiento es considerado como la primera felicidad de la existencia. Hombres y mujeres nececitan las sensaciones fuertes de la intriga y del delito, para satisfacer su inclinación al mal"; así me repetía una persona cuyo talento admiro y cuyo temperamento frío y desapasionado le hace ver las cosas en su verdadero punto de vista, generalmente. [3]

Pero admitiendo tal clasificación para Manuela ¿quién sería sino su padre el responsable de sus faltas? ¿quién sería sino ella la víctima de esa imposición terrible de vivir soltera, de no poder hacer ostentación legítima de sus amores, a que le ha condenado el mismo que le dió la vida?

Así, la última de las jóvenes argentinas en la gerarquía social, es más feliz que la hija de don Juan Manuel Rosas. Esa joven que se presenta humildemente con su vestido de muselina y sus manos desnudas; que pasa por en medio a la muchedumbre sin recibir afecciones del miedo, que no tiene oro, ni poder, ni vasallos, que es sola y huérfana en el mundo, como las azucenas del desierto, es más feliz que Manuela. Para ella hay un corazón en el mundo, que corresponde a los latidos del suyo puro y descubiertamente; ella encuentra una mirada en que interpreta y traduce un idioma entero de felicidad inefable, con esa inteligencia íntima y perceptible del alma armoniosa de las mujeres: y ella, después, alcanza la realidad soñada en sus amores recibiendo el primer beso de su esposo. ¡Pero Manuela! árida, sombria, infecunda, su vida se ha escurrido en el mundo, como esos horizontes de invierno donde la mirada se sumerge sin encontrar un cambiante de luz que la distraiga. ¡O bien esa infeliz habrá tenido que hacerse criminal ante la moral y los preceptos de la sociedad, haciendo en secreto un delito de un afecto, que, con otro padre, habría podido descubrirlo a la sociedad sin rebozo!

¡Cuántas veces, allá en las soledades de su espíritu, como las aves terrestres arrebatadas por el viento a las llanuras desiertas de los mares, habrá ambicionado un abrigo legítimo para su corazón huérfano a las pasiones que la naturaleza, la religión y la sociedad autorizan!

¡Providencia divina, la acción de tu justicia es impenetrable como el soplo creador con que diste la vida al universo: y, por uno de esos fallos terribles de tu voluntad soberana, parece que castigas a ese hombre a quien la humanidad debe tantas lágrimas y sangre, haciendo que él mismo sea la causa de la desgracia de su hija!!!


MANUELA ROSAS DE TERRERO
A LA EDAD DE 35 AÑOS

(Reproducción de un retrato litográfico que
aparece en la obra Vindicación y Memorias de
Don Antonino Reyes, arregladas y redactadas
por Manuel Bilbao y publicada en 1883.

Este retrato es tomado de un daguerreotipo
hecho en Londres el año 1852.)

  1. Para poder formarse un juicio exacto sobre esta mujer debe leerse nuestra obra, titulada: Ma-Rosas de Terrero. Datos biográficos y genealógicos con motivo del primer centenario de su nacimiento. (J. A. S.)
  2. Manuela Rosas de Ezcurra nació en esta ciudad (Buenos Aires) He aquí su fe de bautismo, tal como se halla asentada en el libro 24, folio 77 vuelta de bautismos que da principio en 1 de Marzo de 1816, existente en el archivo de la iglesia de la Merced. En veinte y quatro de Mayo de mil ochocs. diez y siete: con mi licencia: el Dr Dn José María Terrero bautizó, solemnemte a una párvula que nació hoy; y se llamó Manuela Robustiana hija legitima de Dn Juan Manuel Ortiz de Rosas y de D. María de la Encarnación Escurra, naturales de esta Ciudad; fueron sus padrinos: Dn Felipe Escurra y D. Agustina Lopez, quienes quedaron advertidos de las obligs. que contrahian; y por verdad lo firmo.
    (Firmado) Don Man Grego Alvarez.
  3. Marmol se refiere al brigadier don Tomás Guido según me manifestó cierta ocación el general don Bartolomé Mitre. (J. A. S.)