XXVII

Lisonjera fue la mañana del 27. Cundió por la villa la creencia de que Espartero iba sobre Castrejana, y si conseguía forzar el puente y pasar a la orilla derecha del Cadagua, los sitiadores se verían comprometidos. Valentín Arratia, que conservaba su excelente vista marinera, subió a la torre de Miravilla, y puesto su ojo en buenos catalejos, distinguió los batallones isabelinos desfilando por el valle de Baracaldo. En Bidebarrieta y el Arenal los patriotas difundían la buena noticia de corrillo en corrillo.

«Para mí -decía Valentín Arratia- no pasa de mañana el tener aquí a D. Baldomero. He visto las tropas de la Reina, como les veo a ustedes, marchando en columnas hacia el puente».

-Lo que resultará no lo sabemos; pero que se están zurrando de lo lindo es evidente -dijo Antonio Cirilo de Vildósola-. Lo que fuere, sonará.

-¡Si ya está sonando! Hemos oído un tiroteo horroroso -aseguró D. Francisco Bringas, rico indiano, exaltado liberal y el primer optimista de la villa. Apuesto lo que quieran a que levantan el sitio esta tarde... ¡contro!...

-Diga usted que convida, D. Francisco, y todos seremos de su opinión.

-Pues me corro, ¡contro!... Aún me quedan dos docenas de botellas de chacolí de Baquio.

-Tanto como esta tarde, no diré yo que nos perdonen la vida -indicó Arratia-; pero mañana temprano... Aquí llega el amigo Arana. Viene de la Diputación, donde habrán llegado gordas y buenas.

-José Blas, ¿qué sabes?

-Sólo sé que no sé nada, como dijo el otro.

-Te lo callas, por no convidar.

El tal José Blas de Arana, uno de los más exaltados corifeos de la defensa, era comerciante en sebo, sardinas de barril, raba y otros artículos similares. En su campechana modestia, permitía que los amigos le llamasen Borra, y se cobraba esta conformidad aplicando apodos a sus conciudadanos.

«¿Convidar yo?... ¿a qué? A metralla, si quieren. Con todo, si se confirma que renuncian generosamente a la mano de Leonorita, como dice Guzmán en La Pata, convido. Poseo una bacalada y hasta medio ciento de galletas mohosas».

Acercose Tomás Epalza, rico por su casa, banquero, como los anteriores perteneciente a la Junta de Armamento. Era hombre jovial, satisfecho en toda ocasión y circunstancias, de una fe ciega en la resistencia de Bilbao, dispuesto a dar cuanto tenía si de ello dependiera el completo apabullo de la Pretensión.

«Estos no piensan más que en comer -dijo riendo-. Bueno anda ello... A lo que parece, Espartero viene y nos trae pan de trigo».

-Y si no nos lo trajere o se perdiera en el camino -apuntó Arana-, aquí están los ricos de Bilbao, los más ricos, dispuestos a comer borona y gato estofado hasta que San Juan baje el dedo.

-Los ricos de Bilbao -afirmó el indiano Bringas con jactancia de buena sombra, que no ofendía- tienen su dinero para gastarlo en la defensa ¡contro!, y en su mesa siempre hay un plato para todos los Borras, que no se rinden al yugo servil. Ya sabes... en la calle del Perro tienes la mesa puesta... ¿Te has comido ya todas las velas de sebo?... Pues en casa hay de todo, verbigracia, cacao en grano y nueces... Con que, sepamos, ¿qué se cuenta?

-Que cansados de obtener victorias -dijo Vildósola, el cual se ponía muy serio para bromear-, se van a ponerle sitio a la peña de Orduña, donde está el tesoro escondido.

El indiano expresaba su regocijo rascándose la sotabarba, con cerquillo o carrillera de pelos grises, y dando pataditas para entrar en calor.

«Compañero -le dijo Epalza-, si tiene usted ganas de bailar el aurrescu, aquí viene Ostolaza, que no desea otra cosa, para celebrar la venida de Espartero».

Era el llamado Ostolaza uno de los más valientes patricios, comerciante en las Siete Calles, tan aficionado a la danza euskara que no perdía coyuntura de armarla por cualquier motivo que hiciera vibrar la fibra patriótica.

Antes de que el tal hablase, retumbaron terribles cañonazos.

«Ostolaza, ahí los tienes -le dijeron-. ¿No querías aurrescu? D. Nazario quiere bailarlo contigo».

-Bonita música, compañeros -replicó el bailarín gozoso, restregándose las manos-. Yo sé por qué tiran... Es miedo; se les van las aguas de puro canguelo, y creen que tirando nos engañan, para que no hagamos una salida.

-Como les embista esta tarde el amigo Espartero, señores -dijo Bringas-, y dispongamos aquí una salidita con gracia, no se escapa ni una rata.

Acercose al grupo D. Juan Durán, el valiente coronel de Trujillo, que venía de casa del gobernador San Miguel, y les dijo: «Nada, nada: esto es claro. Quieren gastar las municiones para hacernos todo el daño posible antes de retirarse».

-¿Está en Castrejana D. Baldomero?

-Y arreando de firme, según parece.

-Pronto saldremos de dudas. Señores, a comer la puchera el que la tenga.

-La tengo yo para todos -dijo Bringas-, con cecina superior, ¡contro!

-Ea, señores, a comer. Cada cual a su borona... A las tres, junta.

-Y a las cuatro, aurrescu.

-Y a las cinco abrazos... ¡Espartero!... ¡Arriba Bilbao!

Al dispersarse, tomó Valentín la dirección de San Nicolás, donde tenía que dejar una orden de la Comisión de Guerra, y no había andado veinte pasos cuando vio venir a Churi con otros corriendo a todo escape. En el mismo instante sonó vivo tiroteo hacia San Agustín. Llegándose a su padre, el sordo, con aterrada expresión, hablando más con el gesto que con la palabra, le dijo: «En San Agustín, ellos... visto yo... Fuego mucho... Por bajo entraron... Corra; veralos piso alto... fuego». Otros que venían de allí decían lo mismo con distintas expresiones. La noticia cundía con rapidez eléctrica... Valentín se plantó detrás de San Nicolás, vacilante... La curiosidad y el patriotismo empujábanle hacia San Agustín; el miedo le mandaba retroceder. Casi sin darse cuenta de ello fue arrastrado por un tropel de paisanos y nacionales que hacia la Cendeja corrían. Entre ellos vio a Churi, y cogiéndole por un brazo le llevó consigo. «No te separes de mí... Vamos al fuego. Si hace falta gente, aquí llevo un sordo y un cojo: no tengo más».

Habían hecho los carlistas sigilosamente una excavación, por donde penetraron en la alcantarilla del convento; de ella subieron al piso principal, dominando la portería y claustros bajos. Sorprendida la tropa que guarnecía el edificio, se defendió con bizarría entre paredes, en las crujías bajas, viéndose obligada a retirarse ante la superioridad dominante de las posiciones del enemigo. Diose una batalla disputando el paso a la sacristía. Ganada esta por los facciosos, empeñose otra acción por el paso de la sacristía a la iglesia. Los valientes de Trujillo hubieron de retirarse, dejando media compañía prisionera. Aún intentaron defender a la desesperada el paso al coro, y el de este a la próxima casa llamada de Menchaca; pero sucumbieron ante el número. En aquella serie de acciones breves, terribles, dentro de un laberinto formado por murallones ruinosos y tapiales medio destruidos, aprovechando unos y otros las ventajas de un ángulo, de un boquete, de un escalón, desarrollaban instintivamente los mismos principios estratégicos que en un gran campo de guerra, donde hay río, colinas, desfiladeros y otros accidentes. ¡Espantosa miniatura! Todo lo que disminuía el tamaño del escenario, aumentaba el horror de la tragedia; y los combatientes eran más grandes cuanto más chico el campo de su encarnizada porfía. Quedaron al fin los carlistas dueños del edificio y casa próxima; desde las altas ventanas dominaban las baterías que antes fueron segunda línea de defensa, y ya eran primera línea. En el frente de esta podían leer la lúgubre inscripción: Tránsito a la muerte.

Cuando llegaban Valentín y Churi a la calle de la Esperanza, el fuego era horroroso. Las baterías carlistas cañoneaban sin cesar. Considerado el espacio entre San Agustín y el Arenal como llave de la plaza, el sitiador no tenía más que alargar la mano, alargar el pie para franquear aquel breve terreno, cosa en verdad muy fácil si allí no estuviera el corazón bilbaíno. Y este se apresuró a obstruir el paso con tanta celeridad como bravura. Acudieron todos los jefes militares, todos los nacionales que no hacían falta en otros puntos, los paisanos que se hallaban en disposición de tomar un fusil. Mucha carne hacía falta para cerrar aquel boquete. Allí se jugaban los bilbaínos la suerte de su querida villa: un paso más de los facciosos, y Bilbao les pertenecía.

Toda la tarde duró el formidable duelo: uno de los primeros heridos fue el Gobernador de la plaza, D. Santos San Miguel, y a poco cayó también el brigadier Araoz: ni uno ni otro tenían heridas graves; pero quedaron inutilizados. Urgía elegir otro jefe de la defensa. Reunida en San Nicolás la Comisión permanente de guerra, nombró al brigadier Arechavala, que mandaba en Larrinaga. Fue a buscarle Valentín Arratia, ansioso de ser útil, ya que no se creía apto para la lucha, pues ningún arma sabía manejar. Maquinalmente, sin darse cuenta de lo que hacía, entregó a Churi el fusil y los cartuchos que le habían dado momentos antes, y se fue corriendo hacia Larrinaga. No bien se vio el sordo armado y con pertrechos de guerra, corrió a donde con más ardor hacían fuego nacionales y tropa. Él también tiraba; su puntería no era mala. Del cañoneo y estruendo del combate no percibía más que un mugido y trepidaciones hondas; ¿pero qué le importaba? En un momento gastó los cartuchos que le había dejado su padre, y pidió más, y se los dieron, y sin cesar hizo fuego, con vivo deleite de su alma ruda, solitaria. Habría querido poseer un arma que de un solo tiro lanzase infinidad de balas para matar a muchos de una vez, no importándole gran cosa que al caer los facciosos cayera también alguno de los de acá. Estimaba en poco las vidas humanas, y pues él no era feliz, ni podía serlo por carecer de un precioso sentido, extendiérase por el mundo la infelicidad, y reinara la muerte donde debía florecer la vida. Ignoraba absolutamente el por qué fundamental de la guerra, y no había sabido discernir el motivo de que la causa de una Isabel fuera mejor que la de un Carlos. Participaba, eso sí, sin darse cuenta de ello, de la fiera terquedad bilbaína. ¡Defenderse a todo trance! Esto era una causa, una razón, una bandera.

Corrió, pues, Valentín al cumplimiento de su misión, como individuo de la Junta, y en la calle de la Ronda se encontró a José María, que venía del hospital con un convoy de camillas, llevadas por viejos del Hospicio y algunas mujeres. «Corre, hijo, corre, que buena falta hará todo esto... ¡No es mal chubasco el que hay por allá! Pero antes que las camillas, harán falta buenos tiradores... Antes que pensar en heridos, pensemos en matar... Oye, oye. Si no te dan un fusil, ayuda al acarreo del agua... Llévate todas las mujeres del barrio... y señoras llévate... que trabajen a la hormiga. Cubos hay en San Nicolás... Hoy perece Bilbao, si no echamos el resto...».

Partieron en dirección contraria. Al regreso de Larrinaga, pasando por la calle de Ascao, multitud de mujeres, así del pueblo como del señorío, refugiadas en tiendas y portales, querían detenerle con sus clamores, con ansiosas preguntas. «¿Es cierto que también atacan por el Circo? ¿Y de la Cendeja qué sabe, Valentín? ¿Hay muchos heridos?... ¡Qué horror de día! ¿Se acabará pronto?... ¿Entrarán?... ¡Como no entren!».

De un grupo de señoritas y muchachas del pueblo, en deliciosa confusión, vio salir a Aura, pálida, desordenado el pelo, los ojos echando chispas. «Tío Valentín, ¿están allí Zoilo y su hermano? ¿Sabe algo de ellos?».

-Hija, no es ocasión de dar noticias... ni puedo detenerme... No sabemos cómo acabará esto. Apretada anda la cosa.

-¿Entrarán?... ¿Pero entrarán?

-¿Quién, ellos? ¡Nunca!...

Irguiéndose en medio de la calle, soltó el registro más ronco de su voz para gritar: «¡viva Isabel II, viva la Libertad!, y sepan que donde está Bilbao está la bravura española...».

Las exclamaciones que respondieron a estos gritos atronaban la calle.

«Niñas, mujeres, señoras, ser valientes... Que los hombres no os vean cobardes... Si vosotras sois bravas, el chimbo no cae, ¡qué ha de caer!... Ánimo, y que desde allá os oigan reír, no llorar... llorar no. Hoy no se llora aquí... Y si os mandan llevar cubos de agua para refrescar los cañones... ¡hala con ellos, a la hormiga!».

Los desplantes que tuvo que hacer al largar los vivas recrudecieron su dolor crónico, y se fue renqueando, mas no por eso menos presuroso, aunque le molestaba horrorosamente su antigua avería en la aleta de estribor. Oíase en toda la calle el coro, con diversidad de voces, cantando las animadas estrofas del himno compuesto en aquellos días por los milicianos Zearrote y Casales:

    Entre ruinas, valientes bilbaínos,
vuestras sienes ceñís de laurel,
y en estruendo marcial sólo se oye
libertad y que viva Isabel.

Soldados de Trujillo y Toro, y algunas compañías de Nacionales, defendían la Cendeja, llave del Arenal y de Bilbao, con un tesón de que sólo se encontraría ejemplo en las épicas jornadas de Zaragoza y Gerona. Decididos a que los dueños de la posición de San Agustín no dieran un paso fuera de ella, juraron hacer con su carne y sus huesos una compuerta que no abriría el sitiador sin desembarazarse antes de las vidas que la componían. Tan firme voluntad, entereza tan grande, produjeron en el curso de la tarde estupendas hazañas particulares y colectivas y lastimosas muertes. Cada instante el número de heroicos bilbaínos mermaba dolorosamente. Antes que resignarse los vivos a una muerte segura, discurrieron un arbitrio que les permitiría fortificar sus posiciones y redoblar su esfuerzo. Para que los carlistas no pudieran hostilizarles con tan terrible insistencia en las formidables posiciones que habían conquistado, era menester proporcionales ocupación distinta del tiroteo de cañón y fusil. Pensaron algunos combatientes de la Cendeja que si lograban pegar fuego a San Agustín y a la casa de Menchaca, el enemigo tendría bastante que hacer con apagarlo. Esta idea se fue condensando en las cabezas calientes que allí había, y al fin tomó cuerpo de eficaz resolución en la cabeza principal, en el jefe de la defensa, el brigadier D. Miguel de Arechavala. Propúsolo en la cruda forma propia del apretado caso: «Muchachos, ¿os atrevéis a incendiar el convento?». Respondieron que sí. Y el jefe de Nacionales, D. Antonio de Arana, gritó: «El enemigo quiere fumar: ¿hay quien se atreva a llevarle candela?». No se oía más que «¡yo, yo, yo!».