Al entrar, el círculo de hombres se puso de pie, mas Erdosain se detuvo estupefacto al observar entre los reunidos un oficial del ejército con el uniforme de mayor.

Estaban allí el Buscador de Oro, Haffner, un desconocido y el Mayor. Los dos primeros de codos en la mesa. Haffner releyendo unos papeles en blanco, y el Buscador de Oro con un mapa frente a él.

Un pedrusco precintado impedía que el viento se llevara el dibujo. El Rufián estrechó la mano de Erdosain y éste se sentó a su lado, poniéndose a observar al Mayor, que bruscamente había despertado toda su curiosidad. Realmente el Astrólogo era maestro en sorpresas.

Sin embargo, el desconocido le produjo mala impresión.

Era éste un hombre de elevada estatura, lívido y ojos renegridos. Había en él algo de repugnante, y era el labio inferior replegado en un continuo mohín de desprecio, la nariz larga y arqueada, arrugada sobre el ceno por tres muescas transversales. Un sedoso bigote caía sobre sus labios rojos y su mirada apenas se fijó en Erdosain, pues ni bien fue presentado a él se dejó caer en una hamaca, permaneciendo así con la cabeza apoyada en un respaldar, la espada entre las rodillas y un alón de cabello pegado a su frente plana.

Y durante unos minutos todos permanecieron en silencio, observándose con evidente malestar. El Astrólogo, sentado a un costado de la entrada de la glorieta, encendió un cigarrillo observando oblicuamente a los «jefes». Así se les llamó en una reunión posterior. De pronto levantó la cabeza mirando a los otros cinco hombres que estaban frente a la cabecera de la mesa, y dijo:

–No creo necesario que volvamos a repetir lo que todos conocemos y hemos convenido en reuniones particulares..., es decir, la organización de una sociedad secreta cuyo sostenimiento se efectuará mediante comercios morales o inmorales. En esto estamos todos de acuerdo, ¿no? ¿Qué les parece a usted (a mí me gusta la geometría) que llamemos «células» a los distintos jefes radiales de la sociedad?

–Así se llaman en Rusia –dijo el Mayor–. Los componentes de cada célula no podrán conocer a los miembros de otra.

–¿Cómo..., los jefes no se conocerán entre sí?

–Los que no se conocerán, insisto, no son los jefes, sino los socios.

El Buscador de Oro interrumpió:

–Así no va a ser posible hacer nada. ¿Qué es lo que liga a los miembros de las distintas células?

–Pero si la sociedad somos nosotros seis.

–No, señor... la sociedad soy yo –objetó el Astrólogo–. Hablando seriamente, les diré que la sociedad son todos..., siempre con restricciones por lo que me atañe.

Intervino el Mayor:

–Creo que la discusión no tiene objeto, porque según tengo entendido extistirá un escalafón perfectamente establecido. Cada ascenso pondrá al miembro de célula en contacto con un jefe nuevo.

Habrá tantos ascensos así como jefes de células.

–¿A cuántas asciende por el momento las células?

–Son cuatro. Yo estaré encargado de todo –continuó el Astrólogo–. Usted, Erdosain, Jefe de Industrias; el Buscador de Oro –un joven que estaba en el ángulo de la mesa, inclinó la cabeza–, tendrá a su cargo las Colonias y Minas; el Mayor ramificará nuestra sociedad en el ejército, y Haffner será el Jefe de los Prostíbulos.

Haffner se levantó exclamando:

–Perdón, yo no seré jefe de nada. Estoy aquí como podría estar en cualquier parte. Lo único que hago en obsequio de ustedes es darles un presupuesto y nada más. Si les molesto me puedo retirar.

–No, quédese –rectificó el Astrólogo.

El Rufián Melancólico volvió a sentarse y a trazar garabatos con un lápiz en el papel. Erdosain admiró su insolencia.

Pero fuera de toda duda allí el que centralizaba la atención y curiosidad de todos era el Mayor, con el prestigio de su uniforme y lo extraño de su sociedad.

El Buscador de Oro se volvió hacia él:

–¿Cómo es eso? ¿Usted tiene esperanza de filtrar nuestra sociedad en el ejército?

Todos se habían incorporado en los sillones. Era aquello la sorpresa de la reunión, el golpe de efecto preparado en silencio. Indudablemente, el Astrólogo tenía toda la pasta de un jefe. Lo lamentable era que siempre guardara el secreto de sus procedimientos. Pero Erdosain sentíase orgulloso de compartir una complicidad con él. Ahora todos se habían incorporado en sus asientos para escuchar al Mayor. Este observó al Astrólogo, y luego dijo:

–Señores, yo les hablaré con palabras bien pesadas. Si no, no estaría aquí. Ocurre lo siguiente:

Nuestro ejército está minado de oficiales descontentos. No vale la pena de enumerar los motivos, ni a ustedes les interesarán. Las ideas de «dictadura» y los acontecimientos políticos militares de estos últimos tiempos, me refiero a España y a Chile, han hecho pensar en muchos de mis camaradas que nuestro país podría ser también terreno próspero para una dictadura.

El asombro más extraordinario abría las bocas de todos. Aquello era lo inesperado.

El Buscador de Oro replicó:

–¿Pero usted cree que el ejército argentino... digo... los oficiales, aceptarán nuestras ideas?

–Claro que las aceptarán..., siempre que ustedes sepan ordenarlas. Desde ya puedo anticiparles que son más numerosos de lo que ustedes creen los oficiales desengañados de las teorías democráticas, incluso el parlamento. No me interrumpa, señor. El noventa por ciento de los diputados de nuestro país son inferiores en cultura a un teniente primero de nuestro ejército. Un político que ha sido acusado de haber intervenido en el asesinato de un gobernador ha dicho con mucho acierto: «Para gobernar un pueblo no se necesitan más aptitudes que las de un capataz de estancia». Y ese hombre ha dicho la verdad refiriéndose a nuestra América. El Astrólogo se restregaba las manos con evidente satisfacción.

El Mayor continuó, fijas las miradas de todos en él:

–El ejército es un estado superior dentro de una sociedad inferior, ya que nosotros somos la fuerza específica del país. Y sin embargo, estamos sometidos a las resoluciones del gobierno... ¿y el gobierno quién lo constituye?... el poder legislativo y el ejecutivo... es decir, hombres elegidos por partidos políticos informes... ¡y qué representantes, señores! Ustedes saben mejor que yo que para ser diputado hay que haber tenido una carrera de mentiras, comenzado como vago de comité, transando y haciendo vida común con perdularios de todas las calañas, en fin, una vida al margen del código y de la verdad. No sé si esto ocurre en países más civilizados que los nuestros, pero aquí es así. En nuestra cámara de diputados y de senadores, hay sujetos acusados de usura y homicidio, bandidos vendidos a empresas extranjeras, individuos de una ignorancia tan crasa, que el parlamentarismo resulta aquí la comedia más grotesca que haya podido envilecer a un país. Las elecciones presidenciales se hacen con capitales norteamericanos, previa promesa de otorgar concesiones a una empresa interesada en explotar nuestras riquezas nacionales. No exagero cuando digo que la lucha de los partidos políticos en nuestra patria no es nada más que una riña entre comerciantes que quieren vender el país al mejor postor.

Todos miraban estupefactos al Mayor. A través de los rombos y campánulas veíase al celeste cielo de la mañana, pero nadie reparaba en ello. Erdosain contábame más tarde que ninguno de los concurrentes a la reunión del miércoles había previsto de los concurrentes a la reunión del miércoles había previsto una escena de tan alto interés. El Mayor pasó un pañuelo por sus labios y continuó:

–Me alegro de que mis palabras interesen. Hay muchos jóvenes oficiales que piensan como yo.

Hasta contamos con algunos generales nuevos... Lo que conviene, y no se asombren de lo que les voy a decir, es darle a la sociedad un aspecto completamente comunista. Les digo esto porque aquí no existe el comunismo, y no se puede llamar comunistas a ese bloque de carpinteros que desbarran sobre sociología en una cuadra donde nadie se quita el sombrero. Deseo explicarles con nitidez mi pensamiento. Toda sociedad secreta es un cáncer en la colectividad. Sus funciones misteriosas desequilibran el funcionamiento de la misma. Pues bien, nosotros los jefes de células, les daremos a éstas un carácter completamente bolchevique. –Fue la primera vez que esa palabra se pronunció allí, e involuntariamente todos se miraron–. Este aspecto atraerá numerosos desorbitados y, en consecuencia, la multiplicación de las células. Crearemos así un ficticio cuerpo revolucionario. Cultivaremos en especial los atentados terroristas. Un atentado que tiene mediano éxito despierta todas las conciencias oscuras y feroces de la sociedad. Si en el intervalo de un año repetimos los atentados, acompañándolos de proclamas antisociales que inciten al proletariado a la creación de los «soviets»... ¿Sabes ustedes lo que habremos conseguido? Algo admirable y sencillo. Crear en el país la inquietud revolucionaria.

«La 'inquietud revolucionaria' yo la definiría como un desasosiego colectivo que no se atreve a manifestar sus deseos, todos se sienten alterados, enardecidos, los periódicos fomentan la tormenta y la policía le ayuda deteniendo a inocentes, que por los sufrimientos padecidos se convierten en revolucionarios; todas las mañanas las gentes se despiertan ansiosas de novedades, esperando un atentado más feroz que el anterior y que justifique sus presunciones; las injusticias policiales enardecen los ánimos de los que no las sufrieron, no falta un exaltado que descarga su revólver en el pecho de un polizonte, las organizaciones obreras se revuelven y decretan huelgas, y las palabras revolución y bolcheviquismo infiltran en todas partes el espanto y la esperanza. Ahora bien, cuando numerosas bombas hayan estallado por los rincones de la ciudad y las proclamas sean leídas y la inquietud revolucionaria esté madura, entonces intervendremos nosotros, los militares...»

El Mayor apartó sus botas de un rayo de sol, y continuó:

–Sí, intervendremos nosotros, los militares. Diremos que en vista de la poca capacidad del gobierno para defender las instituciones de la patria, el capital y la familia, nos apoderamos del Estado, proclamando una dictadura transitoria. Todas las dictaduras son transitorias para despertar confianza.

Capitalistas burgueses, y en especial, los gobiernos extranjeros conservadores, reconocerán inmediatamente el nuevo estado de cosas. Culparemos al gobierno de los Soviets de obligarnos a asumir una actitud semejante y fusilaremos a algunos pobres diablos convictos y confesos de fabricar bombas. Suprimiremos las dos cámaras y el presupuesto del país será reducido a un mínimo. La administración del Estado será puesta en manos de la administración militar. El país alcanzará así una grandeza nunca vista.

Calló el Mayor, y en la glorieta florida los hombres prorrumpieron en aplausos. Una paloma echó a volar.

–Su idea es hermosa –dijo Erdosain–, pero el caso es que nosotros trabajaremos para ustedes...

–¿No querían ser ustedes jefes?

–Sí, pero lo que recibiremos nosotros serán las migajas del banquete...

–No, señor... usted confunde... lo pensado...

Intervino el Astrólogo:

–Señores... nosotros no nos hemos reunido para discutir orientaciones que no interesan ahora... sino para organizar las actividades de los jefes de célula. Si están dispuestos, vamos a empezar.

Un recio mozo que hasta entonces había permanecido callado, intervino en la discusión.

–¿Me permiten ustedes?

–Cómo no.

–Pues entonces creo que el asunto hay que plantearlo en esta forma: ¿Quieren ustedes o no la revolución? Los detalles de organización deben ser posteriores.

–Eso... eso, son posteriores... si, señor.

El desconocido terminó por explicarse:

–Soy amigo del señor Haffner. Soy abogado. He renunciado a los beneficios que podrían proporcionarme mi profesión por no transigir con el régimen capitalista. ¿Tengo o no derecho a opinar así?

–Sí, señor, lo tiene.

–Pues entonces aseguro que lo dicho por el Mayor imprime una nueva orientación a nuestra sociedad.

–No –objetó el Buscador de Oro–. Puede ser la base de ella sin la exclusión de sus otros principios.

–Claro.

–Sí.

La discusión se iba a renovar. El Astrólogo se levantó:

–Señores, discutirán otro día. Ahora se trata de la organización comercial... no de ideas. Por lo tanto suprimiremos todo lo que se aparte de ello.

–Eso es la dictadura –exclamó el abogado.

El Astrólogo lo miró un momento, luego dijo parsimoniosamente:

–Usted se siente con pasta de jefe, a lo que creo... Creo que la tiene. Su deber, si usted es inteligente, es organizar lejos de nosotros otra sociedad. Así provocaremos el desmoronamiento de la actual. Aquí usted me obedece, o se retira.

Durante un instante los dos hombres se examinaron; el abogado se levantó, detuvo los ojos en el Astrólogo, se inclinó con una sonrisa de hombre fuerte y salió.

Terminó con el silencio de todos la voz del Mayor, que dijo al Astrólogo:

–Ha obrado usted muy bien. La disciplina es la base de todo. Le escuchamos.

Rombos de sol ponían su mosaico de oro en la tierra negra de la glorieta. A lo lejos sonaba el yunque de una herrería, innumerables pájaros echaban a rodar sus gorjeos entre las ramas. Erdosain chupaba la flor blanca de la madreselva y el Buscador de Oro, los codos apoyados en las rodillas, miraba atentamente el suelo.

Fumaba el Rufián y Erdosain espiaba el mongólico semblante del Astrólogo, con su guardapolvo gris abotonado hasta la garganta.

Siguió a estas palabras un silencio molesto. ¿Qué buscaba ese intruso allí? Erdosain súbitamente malhumorado se levantó, exclamando:

–Aquí habrá toda la disciplina que ustedes quieran, pero es absurdo que estemos hablando de dictadura militar. A nosotros, sólo pueden interesarnos los militares plegándose a un movimiento rojo.

El Mayor se incorporó en su asiento y mirando a Erdosain, dijo sonriendo:

–¿Entonces reconoce usted que hago bien mi papel?

–¿Papel?...

–Sí, hombre... yo soy tan Mayor como usted.

–¿Se dan cuenta ahora ustedes del poder de la mentira? –dijo el Astrólogo–. Lo he disfrazado a este amigo de militar y ya ustedes mismos creían, a pesar de estar casi en el secreto, que teníamos revolución en el ejército.

–¿Entonces?

–Este no fue nada más que un ensayo... ya que representaremos la comedia en serio algún día. Las palabras resonaron tan amenazadoras que los cuatro hombres se quedaron observando al Mayor, que dijo:

–En realidad no he pasado de sargento –pero el Astrólogo interrumpió sus explicaciones, diciendo:

–¿Amigo Haffner, tiene el presupuesto?

–Sí... aquí está.

El Astrólogo hojeó durante unos minutos los pliegos borroneados de cifras y explicó a la concurrencia:

–La base más sólida de la parte económica de nuestra sociedad, son los prostíbulos.

El Astrólogo continuó:

–El señor me ha entregado un presupuesto que se refiere a la instalación de un prostíbulo con diez pupilas. He aquí los gastos a efectuarse.

Y leyó:

–10 Juegos de dormitorio, usados $ 2.000

–Alquiler de la casa, mensual $400

–Depósito, tres meses $ 1.200

–Instalación, cocina, baños y bar. $ 2.000

–Coima mensual al comisario $300

–Coima al médico $150

–Coima al jefe político para la concesión $ 2.000

–Impuesto municipal mensual $50

–Piano eléctrico $ 1.500

–Gerenta $150

–Cocinero $150

Total: $9.000

«Cada pupila abona 14 pesos por semana en concepto de gastos de comida y tiene que comprar en la casa, la yerba, azúcar, kerosene, velas, medias, polvos, jabón y perfumes.

«Fuera de todos gastos podemos contar con una entrada mínima de dos mil quinientos pesos por mes. En cuatro meses hemos recuperado el capital invertido. Con el cincuenta por ciento de las entradas líquidas instalaremos otros lenocinios, el veinticinco por ciento será destinado a cubrir las deudas, y la otra tercera parte se destinará al sostenimiento de las células. ¿Se autoriza el gasto de diez mil pesos o no?

Todos inclinaron la cabeza aprobando, menos el Buscador de Oro, que dijo:

–¿Quién es el revisor de cuentas?

–Se elegirá terminado todo.

–De acuerdo.

–¿Usted también, Mayor?

–Sí.

Erdosain levantó la cabeza y miró el pálido semblante del pseudo–sargento, cuyos ojos aviesos se habían detenido en una mariposa blanca que movía sus alas en lo verde, y esta vez no pudo menos que decirse cómo era posible que el Astrólogo moviera tales comediantes. Pero el Astrólogo lo interpretaba:

–Usted, señor Erdosain, ¿cuánto necesita para instalar el taller de galvanoplastia?

–Mil pesos.

–¡Ah! ¿Usted es el inventor de la rosa de cobre? –le dijo el Mayor.

–Sí.

–Lo felicito. Yo creo que la venta tendrá éxito. Naturalmente hay que metalizar flores en gran cantidad.

–Así, es. Yo he pensado agregar el ramo de fotografía. Salvaría los gastos del taller.

–Eso queda a su criterio.

–Además, yo cuento ya con un práctico amigo mío para la galvanoplastia –al decir esto pensaba en la familia Espila, que bien podía ingresar en la sociedad secreta, mas el Astrólogo interrumpió sus reflexiones, diciendo:

–El Buscador de Oro nos va a dar noticias de la zona donde pensamos instalar nuestra colonia –y ésta se levantó.

Erdosain se asombró al considerar el físico del otro. Se había imaginado a éste de acuerdo a los cánones de la cinematografía, un hombre enorme, de barbazas rubias apestando a bebidas. No había tal cosa.

El Buscador de Oro era un joven de su edad, la piel pegada sobre los huesos planos del rostro y palidísima, y renegridos ojos vivaces. La enorme caja toráxica parecía pertenecer a un hombre dos veces más desarrollado que él. Las piernas eran finas y arqueadas. Entre el cinto de cuero y el paño del pantalón se le veía el cabo de un revólver. Tenía la voz clara, pero en él todo revestía un continente extraño, como si el sujeto estuviera compuesto de diferentes piezas humanas correspondientes a hombres de distintos estados. Así, su cara era la de un hombre de tapete acostumbrado a bizquear tras de los naipes, su pecho el de un boxeador y las piernas pertenecientes a un jockey. Y él tenía un poco de ese amasijo, en aquella realidad informe que trascendía de su cuerpo. Hasta los catorce años había vivido en el campo, luego mató a tiros a un ladrón, y más tarde el miedo a la tuberculosis lo arrojó nuevamente a la llanura y había galopado días y noches extensiones increíbles. Erdosain simpatizó con él inmediatamente de conocerle.

El Buscador de Oro desenvolvió unas piedras. Eran trozos de cuarzo aurífero. Luego dijo:

–Aquí tienen el certificado de análisis de la Dirección de Minas e Hidrología.

Las piedras pasaron rápidamente de mano en mano. Los ojos afirmaban una voracidad extraordinaria y las yemas de los dedos rozaban con delectación el cuarzo con escamas y compactos injertos de oro. El Astrólogo, liando lentamente un cigarrillo, observaba todos los semblantes que habían recibido una descarga de alma... una tentación los tensionaba al examinar las piedras. El Buscador de Oro volvió a sentarse y dijo conversando con todos:

–Allá abajo hay mucho oro. Nadie lo sabe. Es en el Campo Chileno. Primero estuve en Esquel... están las máquinas tiradas de una explotación que fracasó, después anduve en Arroyo Pescado... caminé... allá, no sé si ustedes lo sabrán, los días no se cuentan y entré al Campo Chileno. Selva, puro bosque de miles de kilómetros cuadrados. Me acompañaba la Máscara, una prostituta de Esquel que conocía una picada para entrar porque antes había estado con un minero al que lo asesinaron al volver.

Bueno, allá abajo se mata a uno por nada. Estaba sifilítica y se me quedó en el bosque. La Máscara. ¡Sí, me acuerdo! Veinte años hacía que daba vueltas por esos pagos. De Puerto Madryn fue a Comodoro, después a Trelew, después a Esquel. Ella los conoció a todos los buscadores de oro. Primero fuimos hasta Arroyo Pescado... es cuarenta leguas más al sur de Esquel... pero no había sino un poquito de polvo en las arenas... a caballo seguimos quince días y entre monte y monte llegamos al Campo Chileno.

Con voz clara y fija en el motivo del relator el Buscador de Oro narraba su odisea en el sur.

Escuchándole, Erdosain tenía la impresión de cruzar en compañía de la Máscara, desfiladeros gigantescos negros y glaciales, cerrados en el confín por triángulos violetas de más montañas. Los altiplanos desaparecían bajo el altísimo avance del bosque perpetuo de troncos rojizos y follaje de negro verde, y ellos, alucinados, seguían adelante bajo el espacio profundo y liso como un desierto de hielo celeste.

Con gestos lentos, indiferentes al asombro que suscitaba su relato, contaba el Buscador de Oro la aventura de meses. Todos le escuchaban absortos.

Luego, una mañana llegó al desfiladero negro. Era un círculo de piedra negra, basáltica, crestada, un brocal empenachado de estalagmitas oscuras, donde lo celeste del espacio se hacía infinitamente triste. Pájaros errantes rozaban en su vuelo los bloques de piedra, sombreados por otros círculos de montes más altos... Y en el fondo de aquel pozal, un lago de agua de oro, donde refluían hilachos de cascadas destrenzados por las breñas.

Nunca el Buscador de Oro había estado en parajes tan siniestros. Aquella profundidad de agua de bronce espejando los farallones negros lo detuvo asombrado. Los muros de piedra caían perpendicularmente, moteados de sarcomas verdosos, de largas malaquitas, y en aquel fondo de bronce su figura pálida y barbuda se reflejaba con los pies hacia el cielo.

Al pronto se le ocurrió que el agua sería de oro, pero desechó la hipótesis por absurda, porque no había leído ni oído nunca nada semejante, y continuó contando:

–Pero al volver, encontrándome un día en Rawson esperando en la sala de un dentista, se me ocurrió hojear una revista llamada «La Semana Médica», que había en una de las mesas del vestíbulo... y aquí se produce el prodigio. Abro al azar el folleto y en la primera página que miro veo un artículo titulado: «El agua de oro, o el oro coloidal en la terapéutica de lupus eritematoso». Me puse a leer y entonces aprendí que el oro es susceptible de quedar suspendido en el agua en partículas microscópicas... y que ese fenómeno que para mí era flamante, lo habían descubierto los alquimistas que lo llamaban «agua de oro». La obtenían por el procedimiento más simple que es dado imaginar: echando un trozo candente de oro en agua de lluvia. Inmediatamente me acordé del lago cuya coloración atribuí a substancias vegetales. Yo había estado, sin reconocerlo, junto a un lago de oro coloidal que quizá cuántos siglos había tardado en formarse por el paso del agua junto a las vetas. ¿Se dan cuenta ustedes ahora, lo que es la ignorancia? Si el azar no arroja esa revista en mis manos, yo hubiera ignorado para siempre la importancia de ese descubrimiento...

–¿Y volvió usted? –interrumpió el Mayor.

–Pero, naturalmente. Volví solo hace ocho meses de esto, fue cuando le escribí a usted... pero yo partía de un error... tengo que estudiar la obtención metálica del oro... además hay filones allá... es cuestión de trabajar... conseguirse un traje de buzo, porque el fondo del agua es dorado y al agua en sí no tiene color.

Haffner dijo:

–¿Sabe que es interesante lo que cuenta? Poniendo que no existiera oro, aquello es siempre más divertido que esta puerca ciudad.

El Mayor agregó:

–Si se instala la colonia en el Campo Chileno, será necesario contar con una estación telegráfica.

Erdosain replicó:

–Si es así, puede armarse una estación portátil con longitud de onda de 45 a 80 metros. Costaría quinientos pesos y tiene un alcance de tres mil kilómetros.

Nuevamente intervino el Mayor:

–La colonia tiene toda mi preferencia porque allí se podrá instalar la fábrica de gases asfixiantes. Usted, Erdosain, conoce algo al respecto.

–Sí, que el aristol se puede fabricar electrolíticamente, pero no he estudiado nada al respecto, aunque los gases asfixiantes y el laboratorio bacteriológico son los que deben preocuparnos en grado mayor. Sobre todo el laboratorio de cultivo de microbios de la peste bubónica y el cólera asiático. Habría que conseguirse algunas bacterias «tipos», que la ventaja consiste en la enorme baratura de la producción.

El Astrólogo intervino:

–Creo que lo más conveniente sería dejar para más adelante la organización de la colonia. Por ahora debemos limitarnos a llevar a cabo el proyecto de Haffner. Sólo cuando dispongamos de entradas, organizaremos el primer contingente que partirá para la colonia. ¿Usted, Erdosain, me había hablado de una familia?

–Sí; los Espila.

Haffner repuso:

–¡Qué diablo! Me parece que no hacemos nada más que hablar macanas. Si bien es cierto que yo en la sociedad de ustedes no paso de ser un simple informante, me parece que ahora mismo debería resolverse algo.

El Astrólogo lo miró y repuso:

–¿Está usted dispuesto a dar el dinero para hacer algo? No. ¿Y entonces? Espere usted a que dispongamos de un capital, que no puede pasar muchos días tendremos, y entonces, ya verá. Haffner se levantó, y mirándolo al Buscador de Oro, dijo:

–Ya sabe, compañero; cuando el asunto de la colonia esté listo, me avisa; y si necesita gente, mejor que mejor, yo le proporcionaré una gavilla de malandrines que no van a tener ningún inconveniente en dejar Buenos Aires –y poniéndose el sombrero, sin darle la mano a nadie y saludándolos a todos con un gesto, iba a salir, cuando, recordando algo, exclamó dirigiéndose al Astrólogo–: Si se apura a conseguir el dinero, hay un magnífico prostíbulo en venta. Tiene anexo y churrasquería, y además se juega mucho. El patrón es un uruguayo y pide 15.000 pesos al contado, pero con diez mil y los otros cinco a un año de plazo creo que se conformará.

–¿Puede usted venir el viernes aquí?

–Sí.

–Bueno, véame el viernes, creo que arreglaremos el asunto.

–Salú. –Así saludó el Rufián, y salió.