Los Santos Reyes
de Emilia Pardo Bazán


Mientras atravesaban el desierto, al zanquilargueo cachazudo de sus camellos, sólo acelerado por un sobresalto de miedo cuando el aire de la noche traía una tufarada del bravío hedor de los chacales y las hienas, los que dejaron su reino por seguir a una estrella singular, más fúlgida que todas, conferenciaban desahogando las preocupaciones y esperanzas que sugería la aventura.

-En verdad, sabio Baltasar -murmuraba Melchor el etíope-, que no sabemos a dónde vamos, ni quién sea ese Rey, más grande que nosotros, más grande que cuantos existen, al cual llevamos tan espléndido tributo de oro de Ofir, mirra de Arabia e incienso índico.

-No lo barruntamos siquiera -confirmó Gaspar el guerrero-, cuyas armas lucientes refractaban los destellos del astro guía.

El monarca de la barba de plata hilada, semejante a las aguas de un río, no contestó al pronto. Reflexionaba, como suelen los ancianos prudentes, antes de opinar. Al cabo, mirando no sin recelo hacia el horizonte escueto e interminable, sobre el cual la bóveda del firmamento era un casquete de metal sombrío, respondió pausadamente:

-Me has llamado sabio, Melchor... Es cierto que he estudiado la magia y la astronomía, y conozco virtudes de piedras y plantas, y puedo calcular distancias y movimientos de los cuerpos celestes... Pero ya lo dijo un soberano de esta comarca, el poeta Suleimán: quien añade ciencia, añade dolor. Ignoro tanto, además, que con los conocimientos que me faltan se formaría una legión de verdaderos sabios, y no puedo deciros quién sea ese prodigioso Rey, al cual hemos de adorar. Presumo que su dominio superará al de cuantos rigen imperios y monarquías, y en eso cifro mi ilusión. Todos mis estudios no han impedido que mi barba sea blanca y mi frente calva, que mi sangre se enfríe y vacilen mis piernas. Mi cuerpo se inclina ya a la sepultura, que me han preparado con pompa, al estilo egipcio, en un monumento al borde de un lago. Si el Rey desconocido me devuelve la mocedad, a sus plantas estaré siempre, y él será el sabio por excelencia.

-¡Ah! -exclamó Gaspar, alzando su hermoso rostro varonil y fino, de semita, cercado de puntiaguda barba, y alumbrado por dos ojos de gacela, negros, ovales y magníficos-. ¡Si el rey pudiese hacer verdad mi sueño! Yo me resigno a la vejez, con todos sus achaques, y a la muerte, porque lo escrito, escrito está, y nuestra vida pasa como el humo. Pero, antes de morir, debemos dejar una huella, una memoria. Mi brazo es fuerte, y respiro con gozo los remolinos de polvo de las batallas. Quiero combatir, ser libre, y los romanos me imponen tributos y me reducen a la vergonzosa situación del Tetrarca de Galilea. Soy un vasallo que ciñe corona. Si no fuésemos cobardes y viles, nos uniríamos, y acabaríamos con Roma. Mi espada corva ansía cruzarse con la corta espada de los del Lacio. Si el Rey de Reyes viene a destruir el poderío de la loba de bronce le besaré los pies.

Melchor, entretanto, sonreía de un modo triste, mostrando sus dientes de cuajada nieve, entre los gruesos labios morados.

-¡Lo que yo le pediría al Rey de los Reyes, bien lo sé! -murmuró-. Me han traído una cautiva griega y otra del país de los galos. Son a cual más hermosas. La griega sabe tañer la cítara, y cuando contemplo su perfil puro, su recta nariz, me avergüenzo de mi cara aplastada y mi tez de carbón. Las rubias trenzas de la hija de Lutecia me hacen pensar con desesperación en mi testa lanosa. Amo a mis dos cautivas, y veo en su cara la repugnancia que les produzco. Quisiera que me mirasen con placer, que sus brazos se ciñesen gustosos a mi cuello. La forzada sumisión no es el amor. Si el Rey dispone de un poder sobrenatural, si devuelve a Baltasar su juventud florida, si hace caer de su pedestal a la Loba, ¿por qué no ha de aclarar mi piel, hermosear mi rostro? ¿Por qué no?

Movió Baltasar la cabeza: era, como vicio, el más desconfiado.

-¡Yo creo que sí! -insistió Melchor-. Si no, ¿a qué la estrella? La estrella nos manda creer. Me acercaré a Él: le diré «soy tu siervo» y extenderá la mano, y será bastante.

Y al detenerse la estrella sobre el establo, fue, en efecto, Melchor el primero que se hincó de hinojos, mientras Baltasar miraba alrededor, asombrado, y titubeaba. Un establo, una criatura. El sabio no comprendía. Por fin, imitó la actitud del negro, y, con su pomo de oro en las manos, arrastrando por el suelo barroso los amplios pliegues del manto orlado de armiño, adoró. Los tres Magos, a un tiempo, pedían lo que anhelaban, expresándose cada uno en su lengua, y vieron que del corpezuelo desnudo del Niño salía algo como una luz suave, tembladora. Dentro de sus almas, la fe alzaba roja llamarada, el incendio era delicia. Se estremecían de gozo, al paso que exponían su ruego, el secreto de su ideal.

El Niño sonreía, casi enterrado entre la rubia paja de trigo, y en lo alto, un himno, una melodía como ruido de aguas de cristal parecía salir de la estrella, ya inmóvil.

-¡La estrella canta!, exclamó Baltasar.

-¿No oyes lo que dice? -susurró Melchor, el más creyente-. Yo sí. Dice que en otra vida, larga y eterna, infinita, seré blanco y más hermoso que el sol.

-No -objetó Gaspar-. Lo que dice es que Roma será arrasada, y la invadiremos los caudillos de las comarcas lejanas, y daremos agua a nuestros caballos en los estanques de sus villas de recreo; y que el Niño será por fin el dueño de Roma.

-Otra es la profecía -afirmó Baltasar-. Asegura que, muriendo este cuerpo gastado, vestirá mi alma otro, ágil, vigoroso, fresco como la aurora. Y que ese cuerpo será inmortal.

Y todos, a su voz, gritaron:

-¡Gloria al Niño!

Al levantar las frentes que se habían postrado tocando la tierra, los tres reyes eran Santos.