Las inquietudes de Shanti Andía/Libro V

Las inquietudes de Shanti Andía
de Pío Baroja
Libro V

Libro V

Todas las preocupaciones que me servían para olvidarme un poco de mis inquietudes amorosas fueron pronto desechadas al recibir una carta de Genoveva, la hija de Urbistondo.

Genoveva me decía que Juan Machín, el poderoso minero de Lúzaro, galanteaba a Mary. Ella no le hacía por ahora el menor caso, pero él la perseguía y la asediaba cada vez con más ahínco. El barrio entero de pescadores se hallaba preocupado con tal persecución.

Al recibir aquella carta me dispuse a ir a Lúzaro; antes pensaba en esperar a reunir algún dinero para casarme; ya no vacilé, decidí casarme en seguida. Si Mary quería, por supuesto. Pasaría unos días en Lúzaro, pondríamos la casa en Burdeos y me iría a navegar.

Firme en mi decisión, escribí a la compañía, pregunté en el puerto si algún barco zarpaba hacia la costa de España y me metí en un vapor que iba a Bayona.

Recuerdo que hacía un tiempo de agosto pesado, horrible. Los ojos se quemaban contemplando las playas arenosas, las dunas amarillentas, los estanques rodeados de pinos y la reverberación del mar. Venía en el barco un indiano vascongado que se embarcó en Buenos Aires en mi barco. En todo el viaje de América a Europa no se atrevió a hablarme. Debía de ser un hombre muy tímido. Luego, en el vapor que nos llevaba a Bayona, se acercó a mí y hablamos. Había pasado veinticinco años en las pampas hasta enriquecerse. No tenía familia y no sabía qué hacer ni en dónde fijar su residencia.

Era todavía un hombre en pleno vigor, grueso, fuerte, de facciones nobles, de pelo gris.

Me dio mucha pena, y al oírle olvidé mis preocupaciones. Aquel hombre era un Hamlet, un Hamlet campesino, uno de los hombres que me han producido una impresión más triste y desconsoladora.

Este Hamlet indiano me recordó esa canción vasca de un epicureísmo algo grotesco, que dice así:


Muduan ez da guizonic
Nic aña malura dubenic:
Enamoratzia lotzatzenau
Ardo eratia moscortzenau
Pipa fumatzia choratzenau
¡Ay zer consolatucotenau!

(En el mundo no hay hombre de tan mala suerte como yo: el enamorar me avergüenza, el beber vino me emborracha, el fumar en pipa me marea. ¡Ay! ¿Qué me va a consolar a mí?)

Llegamos este Hamlet y yo a Bayona, y yo tuve la suerte de encontrar un patache de cabotaje que iba a Lúzaro: el Rafaelito. Salía al amanecer. Llevé mis baúles a la barca, me tendí, apoyado en un rollo de cuerdas, y esperé impaciente la salida. Tenía esperanzas de que hubiera viento, porque la espuma del mar resplandecía mucho en la oscuridad.

Antes de amanecer nos pusimos en franquía. No había brisa aún, el mar estaba tranquilo, las estrellas brillaban con un gran fulgor.

Veía ir y venir a las sombras de los marineros por la cubierta y sentía las pisadas de sus pies desnudos. Sonaron las tres en el reloj de la catedral de Bayona, y el patrón dio la orden de partir. Había seis hombres, cuatro marineros, el timonel y un grumete.

Salimos llevados por la corriente del Adour, cruzamos por el Boucau, y al rayar el alba, a fuerza de remos, pasamos la barra.

Los marineros retiraron los remos. Las garruchas de las dos velas comenzaron a chirriar, los anillos corrieron por las cuerdas y una oscura forma se levantó en el aire, encima de mí. No se movía ni una ráfaga de viento. La noche estaba tranquila y húmeda. A lo lejos brillaba con intermitencias la luz roja del cabo Higuer.

De pronto la vela se agiró temblorosa, se distendió como con un latigazo; el barco se inclinó de costado y comenzó a deslizarse volando. El patrón se colocó en la caña del timón y los marineros se sentaron en las bordas. El mar se cortaba bajo la proa del barco y cuchicheaba dulcemente. Íbamos dejando una estela blanca, brillante, a la luz del amanecer.

El sol comenzó a abandonar las olas y a subir en el cielo claro y limpio, ahuyentando la bruma; las velas se teñían por el rojo sol naciente y se hinchaban cada vez más. El patrón hablaba a sus hombres y les ordenaba tirar de las cuerdas para recoger las velas de cuando en cuando. El grumetillo cantaba a proa una canción vascongada. Era una canción al mismo tiempo alegre y melancólica, monótona y llena de variaciones.

Pasamos por delante de Biarritz, con sus rocas, y comenzamos a avanzar por delante de esa línea de dunas blancas que forma la costa vascofrancesa hasta llegar al promontorio pizarroso de Socoa. Larrun apareció cortando el cielo, y más lejos, los montes de España.

El viento había aumentado; el Rafaelito volaba como una gaviota; la costa, despejada de brumas, formada por cantiles oscuros, se veía clara y distinta.

Los cuatro marineros del patache, obedeciendo la orden del patrón, comenzaron a meter a golpes de mazo una cuña grande al palo más alto para inclinarlo a barlovento.

Estos pataches de cabotaje, como algunas barcas pescadoras, tienen tan malas condiciones marineras que les es necesario inclinar los palos hacia donde viene el viento, por poco que sea éste fuerte. Marchan a fuerza de habilidad; cualquiera racha huracanada los puede tumbar.

Un poco antes del mediodía cambió el viento; íbamos dejando atrás la costa francesa, sus suaves y bajas colinas, sus dorados arenales y sus lajas pizarrosas carcomidas por el mar.

Pasamos Hendaya y Fuenterrabía, dormidos al sol en las márgenes del Bidasoa. Estábamos delante de Jaizquibel. Era hora de comer. El grumete trajo una cazuela de patatas con bacalao, y comimos todos fraternalmente.

La brisa era cada vez más débil; íbamos avanzando despacio por la costa guipuzcoana.

El comenzar de la tarde fue sofocante; el sol derramaba una lluvia de fuego; el mar se extendía tranquilo, apenas rizado, sin más olas que algunas pequeñas ondulaciones; con la respiración rítmica de un buen monstruo dormido; el agua, soñolienta, reflejaba la costa con todos sus detalles en la claridad de aquella tarde perezosa y espléndida. Yo miraba estas aguas sin pensamiento, con una vaga tristeza.

De cuando en cuando el grumete volvía a su canción. A lo lejos veíamos vagamente los pueblos y el mar, muy azul, con un azul de Prusia, cerca de la costa. Las rocas de los acantilados aparecían ribeteadas por una línea negra dejada por la marea, y los arenales húmedos brillaban al sol.

Antes de llegar a Orio, el viento cesó por completo y las velas quedaron inmóviles, arrugadas en sus grandes pliegues, como muertas en la calma absoluta de la tarde.

Uno de los hombres del patache y el grumete echaron sus aparejos de pesca, mientras los demás marineros sostenían una larga conversación en vascuence acerca de las divisiones de las cofradías de pescadores de Lúzaro.

Pasamos así horas, inmóviles, en el mismo sitio. La languidez de la tarde había acabado con mi impaciencia. Serían las cinco y media cuando el mar comenzó a rizarse con olas redondas, blandas, que fueron tomando anchura y cuerpo con rapidez. El chico se subió por el palo del patache, como una ardilla, a arreglar una polea.

El viento volvía de nuevo; comenzamos a navegar despacio. Cruzamos por delante de la costa alta y escarpada de Orio, pasamos el arenal de Zarauz y dejamos atrás el monte de San Antón, que se dibujaba sobre el mar como una ballena de color gris.

El sol bajaba en el horizonte, inclinándose hacia el mar; su disco rojo iba dejando las olas como formadas por un metal fundido. En el cielo aparecían nubes de colores pronunciados y brillantes; dragones de fuego agitándose en la boca de un horno.

Las grandes nubes escarlata, los estratos oscuros en forma de peces, acabaron por ocultar el sol. En algún momento se abría una abertura y salía un haz de rayos que llenaba el mar de reflejos de color de rosa y morados, reflejos que no llegaban al interior de las olas, porque éstas presentaban su hueco en sombra, de un tono azul verdoso muy pronunciado.

A la altura de Zumaya se ocultó definitivamente el sol, tiñendo de rojo las aguas, y la oscuridad se precipitó sobre el mar. No duró mucho el imperio de las tinieblas; el cielo, oscuro y sombrío, fue aclarándose, y la luna, amarilla, enorme, apareció por encima de un montón de nubes y comenzó a iluminar fantásticamente los acantilados negros de la costa y a brillar con reflejos y cabrilleos en las olas.

-Vamos a tener lluvia -dijo el patrón, señalando la luna, rodeada de un halo rojizo.

El viento, que había saltado a otro cuadrante, se hizo fuerte al avanzar la noche, y pudimos navegar de nuevo. Las velas, ahora retemblaban, se enfurecían, tenían cóleras de algo vivo, brillaban muy blancas a la luz de la luna. El barco marchaba jugueteando entre las olas negruzcas, llenas de reflejos, de blandos meandros de espuma; unos, regulares; otros, desgarrados y rotos.

A los lados del barco el agua producía un murmullo, interrumpido por el estruendo de algún golpe de mar: cuchicheo misterioso y monótono. Las espumas, fosforescentes sobre el lomo negro de las olas, parecían tritones luminosos que nos perseguían jugando.

Pasamos por delante de la playa de las Animas. Bisusalde, y las casas de Izarte, próximas al acantilado, se veían a la luz de la luna.

Frayburu seguía en su desolación y en su tristeza. Dimos vuelta al Izarra y comenzamos a entrar en las puntas.

Las luces del puerto se reflejaban en el mar; brillaba alguna que otra ventana iluminada de la ciudad.

Fuimos penetrando por las calles estrechas formadas por las barcas en el muelle silencioso.

La marcha del patache era lenta; yo les ayudaba a los marineros en la maniobra.

-Ahora mandaré un hombre a que recoja mi equipaje. Me voy, porque tengo prisa -dije.

-Bueno, bueno -me contestó el patrón.

Fui saltando de barca en barca hasta ganar las escaleras del muelle. Estaba desierto. Yo sentía una gran angustia. Al pasar por el taller de tornero de Zelayeta encontré a mi amigo; le cogí del brazo y le pregunté lo que se decía en el pueblo de Mary y de Machín. Su contestación me tranquilizó. Era verdad que Machín galanteaba a la chica, pero ella no le hacía caso.

-Puedes estar sin cuidado -me dijo.

Y ya menos inquieto, fui a casa de mi madre.

Al amanecer del día siguiente me levanté muy de mañana. Estaba el tiempo templado. Saqué una silla al balcón, me senté, y apoyado en la barandilla estuve contemplando el pueblo y la casa donde vivía Mary.

El sol se levantaba, ahuyentando las nieblas; el viejo campanario, las casas, el puerto, la punta del rompeolas iban apareciendo ante mi vista.

No sé qué influencia deprimente tiene en mí la mañana, que es como una matadora de ilusiones; todo lo que me parece fácil y asequible de noche se me figura erizado de dificultades al amanecer.

Era demasiado temprano para ir a ver a Mary Estaba impaciente; salí de casa, y en la carretera me encontré con el médico viejo. Era gran madrugador y salía temprano para su visita. Le saludé, le acompañé, le dije si conocía a Mary y le pregunté qué se decía en el pueblo de las galanterías de Machín.

-Nada malo. Puedes estar tranquilo. No creo que le haga el amor a Mary. Está correctísimo con ella y la trata con gran consideración.

-Sin embargo...-murmuré yo.

A pesar de las palabras del médico viejo no me tranquilicé, y con esta tendencia que se tiene a aumentar el propio mal, le pedí informes de Machín.

-Machín es un hombre de una voluntad de hierro -me dijo el médico-. Tú le conocerás.

-No; no creo haberle visto nunca.

-Pero habrás oído hablar de él.

-Poco.

-Pues Machín es hijo de un caserío de tu abuela. No sé si navegó un poco; pero si navegó, no le tomó gusto al oficio. Yo solía decir de él, cuando andaba vagabundeando por el pueblo, que era un lord Byron de taberna. Juan Machín se fue a Bilbao y se confundió con los holgazanes y perdidos de baja estofa que pueblan de noche el barrio de Miravilla; pero, de pronto, el granuja inútil apareció como un hombre emprendedor; vino a Lúzaro, tomó las minas de Beracochea, y comenzó a explotarlas. A los cuatro o cinco años ganaba el dinero de una manera fabulosa. Ya machucho, a los cuarenta años, se ha casado con una señorita rica y remilgada, pero parece que está harto de su gazmoñería. Los pescadores le odian porque anda rondando a las chicas guapas del barrio. Respecto a lo que me dices de esa muchacha inglesa que es tu novia, no creo que se haya dirigido a ella; pero si tú ves que la importuna, dímelo a mí, yo le llamaré a Machín y le diré algo importante.

Me despedí del médico, que iba a entrar en una casa de la carretera, y me volví al pueblo. No las tenía todas conmigo. Esperé un poco. El recibimiento que me hizo Mary borró todas mis inquietudes. Salí de casa de Recalde loco de contento.

Al llegar a mi casa le dije a mi madre que me casaba con Mary; ella no replicó; mas al día siguiente me dijo que Mary era una buena muchacha, pero que podía haber hecho una boda mejor. Yo le advertí alegremente que no se trataba de hacer una buena boda, sino de ser feliz.

Escribí a Burdeos diciendo que tardaría en volver algo más de lo que había prometido.

Todos los días esperaba a Mary después de que ella concluía su trabajo, y paseábamos juntos, solos o en compañía de Cashilda la de Recalde. Nos sentábamos en el rompeolas y veíamos cómo el mar se agitaba entre las peñas. Algunos amigos me dijeron que Machín me espiaba.

-Ten cuidado -añadían-. Machín tiene malas entrañas.

Me parecía una amenaza ridícula. Era verdad que, al toparse conmigo, me miraba de través; pero no pasaba de ahí. Machín, apenas estaba en Lúzaro; tenía un magnífico pailebot de recreo, bastante grande, muy fino, hecho en Inglaterra, y se marchaba a pasear por el mar.

El primer domingo que pasé en Lúzaro fue uno de los días más felices de mi vida. Todo el día y toda la tarde estuve en compañía de Mary.

Por la tarde, después de comer, cuando fui a casa de Recalde a buscar a mi novia, me encontré con Genoveva. Le pregunté por su padre, el gran Urbistondo, y por toda la chiquillería y, aunque ella se oponía y se ruborizaba, la abracé efusivamente.

A Mary no le hizo mucha gracia el abrazo que di a su amiga, pero se le pasó pronto el enfado.

-¿Qué le pasa a Quenoveva? -le dije a Mary-. La encuentro más pálida y triste que antes.

-Es que está algo enamorada.

-¿De veras?

-Sí.

-¿Y de quién?

-De un chico marinero que tú no conoces, que se llama Agapito. Y él no la hace mucho caso.

-¿No? ¡Qué majadero! ¿Qué más puede desear ese imbécil?

-Si no le parece bien...

Encontraba algo absurdo que un simple marinero desdeñara a una muchacha como Genoveva; pero no quise discutir con Mary.

Días después era la Exaltación de la Santa Cruz, y había romería en Aguiró, un monte próximo a Lúzaro.

Fuimos Mary, la mujer de Recalde con su hijo y Genoveva con toda la chiquillería de Urbistondo.

Llevábamos una gran cesta, que Genoveva subió hasta la cumbre del monte en la cabeza sin permitir que nadie le ayudara.

Tomamos por el camino de Elguea. Nunca me había fijado en la belleza de este camino. A un lado teníamos el monte poblado de robles, de zarzas, de helechos, de toda clase de plantas salvajes y de florecillas silvestres; al otro lado y abajo, el mar, entre castaños y carrascas.

La tarde del domingo era de una calma y de un reposo absolutos; había en el aire una temperatura y un olor admirables; la gente subía al monte, y estos aldeanos, por las cuestas, entre el follaje, parecían figuras de un nacimiento; algo humilde y pastoril.

Hablábamos y reíamos; pero yo en el fondo iba absorto en mi felicidad, gozando de la hermosura del día, del silencio interrumpido por el ruido del mar, de los perfumes de la tierra en otoño.

Llegamos a la cima del monte donde se celebraba la romería. Entramos en la ermita. Brillaban dentro las luces, resplandecían los exvotos y el barquito colgado del techo se balanceaba con las velas desplegadas.

En el raso de la ermita, cercado por una tapia baja encalada, unas cuantas muchachas estaban sentadas.

Hubo que comprar una rueda de rosquillas blancas y regalar una a cada uno de los chicos de Quenoveva y al niño de la Cashilda.

Fuimos después a merendar entre los helechos. Allá abajo, en el fondo, se veía Lúzaro como un pueblo de juguete. Ni una lancha aparecía en el mar. Después de merendar, nos reunimos todos los romeros en el raso de la ermita.

-¡Eh, Shanti, hay que bailar! -me dijeron varios viejos pescadores, algunos dándome una palmada en el hombro.

-Ya lo creo, bailaremos.

Efectivamente; cuando empezó la música, yo fui el primero en sacar a bailar a Mary.

Después de la charanga comenzó a tocar el tamboril. Genoveva miraba a Agapito melancólicamente con el rabillo del ojo; yo me acerqué a él, y dándole un empujón, le dije:

-Anda, no seas tonto; sácala a bailar.

Él se decidió. El tal Agapito era de estos mozos petulantes que se creen guapos, y a quienes la estupidez irremediable de las mujeres (al menos así nos parece a los hombres) va dando alas. Agapito bailaba ex cáthedra. Yo me decidí a intentar bailar el fandango al son del tamboril; pero, como no sabía mover los pies, hice que se rieran de mí las mujeres y los hombres.

-¡Bravo, Shanti! ¡Bravo! -me gritaron los viejos pescadores, que se acercaban a mirarme todos en fila, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

-Creo que estoy bailando como un lobo de mar -le dije a Mary.

Ella no pudo contener la risa. Realmente, los dos desmoralizábamos el baile. Ella, sin poder bailar, riéndose; yo, saltando pesadamente con la gracia de un oso blanco entre los hielos, al lado de Quenoveva y de Agapito, tan serios y tan graves, éramos un insulto a las tradiciones más veneradas del país.

Sabido es que entre estas tradiciones, la religión y el baile son las más importantes. Por eso dijo Voltaire, con razón, que el pueblo vasco es un pequeño pueblo que baila en la cumbre de los Pirineos.

Después de saltar y brincar emprendimos la vuelta, entre la algazara de los chiquillos y las canciones de los mozos.

A primera hora de la noche ya estábamos otra vez en Lúzaro, en la plaza, bailando.

Después de cada baile, en que yo me cubría de gloria, con gran risa de Mary, dábamos una vuelta por la Alameda. A las diez, tras de una tarde de gimnasia y una serie no interrumpida de habaneras y de jotas, ejecutadas (así decimos en el pueblo) unas veces por la banda y otras por los tamborileros, hubo un castillo de fuegos artificiales, que hizo las delicias de la gente menuda y de los pescadores.

Quenoveva encajó toda su chiquillería a un pariente; la Cashilda dejó a su niño, el futuro antropólogo, en casa, y fuimos luego Quenoveva con Agapito, la Cashilda, Mary y yo a dar un último paseo al rompeolas. Esta es la costumbre clásica de Lúzaro.

Al llegar a la cruz del rompeolas, los hombres suelen poner en ella la mano y las mujeres los labios.

En el camino, Cashilda me explicó una particularidad que yo no sabía. «Si las chicas quieren un novio marino -me dijo-, tienen que besar la cruz por el lado del mar; y si lo quieren terrestre, por el lado de tierra.

» Según parece, hay algunas que no tienen inconveniente en ser anfibias.

Llegarnos al rompeolas, y Quenoveva y Mary besaron la cruz por el lado del mar. Al volver a casa, yo quise besar a Mary a espaldas de la Cashilda y devolverle el beso que había dado a la cruz, pero ella se me escapó riendo.

Aunque la veía por las tardes, solía pasar todas las noches por delante de su casa. Los enamorados son insaciables. Ella estaba junto a los cristales, me veía, me saludaba y cerraba las maderas del balcón de su cuarto.

Yo necesitaba estar solo para saborear mi felicidad, y en vez de ir al casino o a mi casa, me marchaba al rompeolas, me sentaba en el pretil con las piernas para afuera y miraba el mar, a la luz de la luna o a la luz de las estrellas, retorciéndose en torbellinos furiosos.

Una noche, ya al final de septiembre, me había retrasado. Estaba solo en el rompeolas; el mar, agitado, hacía el estrépito de una serie de truenos al chocar contra las rocas, y levantaba nubes de espuma.

Oí en el reloj de la iglesia que daban las once de la noche, y me dirigí hacia casa. Había en la explanada del rompeolas dos grandes redes puestas a secar, y para no estropearlas pisando encima, me fui hacia el borde del malecón. Iba marchando de prisa, silbando, cuando de repente dos hombres se lanzaron sobre mí, me agarraron, y antes de que pudiera gritar me taparon la boca y me ataron los brazos.

Creí que me querían tirar al agua, y mis pensamientos se reconcentraron en Mary.

Los dos hombres, rápidamente, me bajaron por la rampa del muelle y me tumbaron a proa en la cubierta de un barco. A popa había un hombre envuelto en un sudeste, a quien no se le veía la cara. A pesar de esto, le conocí. Era Machín. Me había llevado a su goleta.

¿Con qué objeto? Sin duda quería jugarme una mala pasada.

Los dos hombres, dejándome a mí atado y con la boca tapada, cogieron cada uno un remo y, apalancando en las paredes y remando, llevaron el barco hasta las puntas. Ya allí, tiraron de las cuerdas para izar las velas, chirriaron las garruchas, y dos formas oscuras aparecieron en la oscuridad de la noche.

El foque se extendió, dando un estallido como si fuera a romperse; después se hincharon las otras velas; el barquito se torció violentamente; yo me agarré para no caerme al agua. Comenzamos a navegar con gran velocidad.

Encima de mi cabeza la vela se agitaba furiosa, como loca; las garruchas chirriaban, el mar se cortaba debajo de la punta aguda del espolón, y cuchicheaba y parecía entretenerse en contar algo. A veces, la ola entraba sobre cubierta y me calaba por completo.

La noche estaba muy negra, el viento soplaba con furia, nubarrones oscuros se extendían por el cielo y dejaban espacios más claros, donde brillaba un grupo de estrellas.

Hice un esfuerzo y me quité el pañuelo de la boca, respiré a pleno pulmón. Luego pensé con frialdad:

«¿Qué querrían de mí aquellos hombres? Si Machín hubiera pensado echarme al agua, ¿qué esperaba?»

Atravesamos la barra dando terribles bandazos. íbamos escalando una tras otra aquellas montañas de agua y bajando después a los profundos abismos.

La oscuridad era tan grande que no se veía por encima de la borda más que la espuma de las olas, que fosforecía en las tinieblas.

Hice un esfuerzo para volverme y mirar hacia el frente. A dos metros más allá del foque dominaban las tinieblas y las olas oscuras, en su concierto continuo de ruidos y murmullos.

Una hora después estábamos delante de Frayburu. No sé cómo pudo atracar Machín en la roca, en aquella oscuridad, con la terrible marejada. Demostró que era un piloto atrevido.

Hizo encallar la proa de la pequeña goleta en el arenal de Frayburu.

-Cogedle -dijo Machín a los suyos- y dejadle ahí arriba. Puedes hacer reflexiones durante una temporada -añadió, dirigiéndose a mí con ironía-. Ya sabes que esa mujer no es para ti. Que te conste. Hoy me contento con dejarte aquí para que vayas madurando tus ideas; otro día irás a hacer compañía a los peces.

Yo le miré estoicamente y no le contesté. ¿Para qué protestar, si mi protesta no iba a servir de nada? Los marineros se metieron en el agua, me cogieron, el uno de los hombros y el otro de los pies, y con grandes esfuerzos me subieron a una meseta de la roca y me dejaron tendido entre malezas y zarzales.

Luego saltaron los dos al barco y oí el ruido que hacían al alejarse. -Buenas noches -me dijo Machín burlonamente.

Seguí cultivando mi estoicismo; recordé que debía tener un cortaplumas en el bolsillo, y esta idea me animó a esforzarme para soltar la ligadura de las manos.

La noche estaba tan negra que no veía dónde ni cómo me encontraba; tenía miedo de caer al mar en un movimiento brusco. Las olas rugían en la oscuridad a pocos pasos de mí, de una manera lamentable y desesperada.

Tras de muchos esfuerzos y afanes, desollándome una mano, pude soltarla de la ligadura. Registré mis bolsillos y encontré el cortaplumas. Lo abrí y corté la cuerda con que me habían atado los pies. Me senté en la plataforma de la roca; estaba entumecido. Sentía un terror espantoso de pesadilla al pensar que cualquier movimiento podía hacerme caer.

No me atrevía a levantarme y a ver la extensión de roca con que contaba; me parecía que con sólo un paso me faltaría el terreno o que la peña donde descansaba estaría en una pendiente tan grande que con moverme un paso podría caerme.

El viento venía en ráfagas violentas, haciendo un ruido como si se hubieran desencadenado todas las furias del Averno. Pasé la noche de una manera horrible; helado, extenuado. A veces sentía el temor de deslizarme. Comprendía que era una ilusión; pero el terror era más grande que mis facultades de análisis, y me agarraba a las piedras hasta hacerme sangre en las manos, y gritaba frenéticamente como un loco.

Cuando comenzó a amanecer sentí que mi corazón se aligeraba, y mi pecho respiró con desahogo.

La luz venía iluminando el mar, ya calmado y tranquilo.

El resplandor de la mañana aumentaba rápidamente; el horizonte se enrojecía; nubes sonrosadas comenzaron a aparecer en el cielo, y el disco del sol salió del fondo del mar.

Por entre las zarzas y malezas de Frayburu, en donde yo estaba tendido, escaparon una porción de pajarracos y de gaviotas.

Todo el mar iba iluminándose. La brisa ligera hacía temblar los maizales de Izarte; alguna golondrina, sola, como despavorida, pasó por el cielo, y se perdió en la extensión del espacio.

Pensé en lo que sería mejor. Me decidí a esperar a que pasara cerca alguna trainera. En último caso, aprovechando la marea baja, podía ir avanzando por las rocas, nadar hasta la gruta del Izarra, y salir, como en la infancia salimos Recalde y yo; pero el viaje era peligroso, y, además, no me hacía ninguna gracia la perspectiva de entrar solo en aquel agujero.

Lo mejor era tener paciencia. Mi madre habría dado parte de mi desaparición. Al ver que llegaba la mañana y no aparecía, la pobre estaría desesperada, pensando que quizá me habría ocurrido alguna desgracia.

Comenzaron a salir las lanchas pescadoras. Grité, pero iban demasiado lejos para que me oyesen; tampoco era fácil que me pudieran ver. Entonces me acordé del recurso que el atalayero solía emplear para comunicarse con los pescadores a gran distancia: el de hacer la ahumada. Me registré los bolsillos, tenía fósforos. Allí no había paja, pero sí zarzas.

No quería gastar los fósforos en intentar encender hierbas demasiado húmedas, y fui cortando las zarzas y los hierbajos más secos con el cortaplumas, y los puse en una concavidad de la roca resguardada del viento.

Esperé a que saliera el sol y secara un poco la maleza cortada.

Intenté encenderla sin papel; no pude. Me registré los bolsillos. Guardaba unas cuantas cartas de Mary.

Era indispensable, había que sacrificarlas. Encendí una, luego otra, y a la cuarta, una hermosa hoguera se levantó del peñasco.

¡Qué efecto más extraño debía producir desde lejos esta roca solitaria, con su penacho de humo en el aire!

«A ver si los que ven el humo creen que es algo diabólico y no se atreven a venir», pensaba yo.

Realmente, aquella llama en el vértice de la roca debía tener el aspecto de algo sagrado y religioso.

Cuando se calentó el hornillo de la roca, ardían lo mismo las hierbas secas que las verdes, pero pronto dejé talado todo el peñasco, sin el menor rastro de vegetación.

Pasó una hora y otra; llegó el mediodía. Impaciente, escudriñaba el mar. Nadie se acercaba.

Desalentado, en un momento de cansancio y de debilidad, me tendí al sol y quedé dormitando. Me despertó una voz y el ruido de los remos. Una trainera llegaba en mi auxilio. En ella venía Agapito, el novio de Genoveva, y otros marineros. Al verme tendido se asustaron, creyéndome muerto.

Unos chicos de un bote contaron espantados en Lúzaro que habían visto fuego en Frayburu. Mary, mi novia, les instó a Agapito y a sus amigos a que se acercaran a Frayburu, suponiendo que quizá fuera yo el que me encontraba en el peñasco.

No quise decir quién había sido mi secuestrador; pero todo el mundo lo comprendió.

Los de la lancha me dijeron que me limpiara la frente, pues la tenía manchada de gotas de sangre por los pinchazos de las zarzas.

Al llegar al muelle vi a mi madre y a Mary, que me esperaban. Las dos me abrazaron llorando.

-Ahora, abrazaos vosotras -les dije yo.

Y mi madre estrechó a Mary contra su pecho y la besó varias veces efusivamente.

El juez me interrogó por si sospechaba quién podía ser el secuestrador, pero yo declaré que no tenía ningún indicio.

Después supe que la maquinación de Machín no se había limitado a llevarme a mí a Frayburu. La misma mañana envió una carta a Mary, citándola a la salida del pueblo, firmada con mi nombre; pero la Cashilda y mi novia sospecharon un lazo, e interrogando al chico que llevó la carta, averiguaron que procedía de Machín. Al saber luego que yo había desaparecido, comprendieron el plan del poderoso enemigo nuestro.

Al ver a Machín de nuevo, comprendí que se había declarado entre los dos una guerra a muerte. Él, con su dinero y su influencia, podía hacerme mucho daño; yo tenía de mi parte a casi todos los pescadores y marineros, dispuestos a defenderme.

No era fácil que mi enemigo me cogiese desprevenido como la, otra vez; contaba con una policía espontánea que vigilaba mis pasos.

Mi madre estaba deseando que me casara cuanto antes, pero había que pedir dispensa por razón de parentesco; en la partida de bautismo de Mary aparecía como hija legítima de Juan de Aguirre y Lazcano.

Un día, al volver a casa, me encontré con que habían dejado un bulto para mí. Era una caja de unos veinte centímetros en cuadro, muy empaquetada y llena de sellos de lacre.

-¿Qué es eso? -me dijo mi madre.

-No sé.

-¿Has pedido algo?

-Yo, no.

-Pero ¿esperas alguna cosa?

-Ninguna.

Desaté el paquete, le quité el papel, y apareció una caja de metal con su asa, y en ésta una llave sujeta por un cordón. En la tapa, en una banda de papel pegada, decía: «Muy reservado. Para abrirla a solas».

Estaba soltando la llave para meterla en la cerradura, cuando mi madre me dijo:

-No la abras; no sé por qué me parece que viene algo malo para ti dentro.

Me detuve. La verdad es que esta caja con su advertencia era sospechosa. Pesaba lo menos tres o cuatro kilos. La dejé sin abrir, cogí los papeles que la envolvían, y miré a ver si en ellos había alguna indicación de su procedencia. Nada; no había nada. Llamamos a la criada, que era una muchacha nueva.

-¿Tú has recibido esta caja? -le pregunté.

-Sí.

-¿Quién la ha traído?

-Un hombre.

-Me lo figuro. Pero ¿qué hombre? ¿Un hombre de aquí, del pueblo?

-No; yo al menos no le conocía.

-¿Cuándo ha venido?

-Un poco después de llegar la diligencia.

-¿Y qué ha hecho?

-Nada; ha preguntado por usted, ha dejado el paquete y se ha ido.

-¿Le has visto luego en la carretera?

-No.

-¿Ha pasado la diligencia en seguida?

-Sí; no ha tardado mucho.

-¿De manera que se ha podido marchar en el coche?

-Sí, muy bien puede ser.

A la mañana siguiente, cuando pasó Samson, el cochero, le pregunté si recordaba las señas de un hombre con una caja, que había venido en el coche el día anterior; pero no recordaba más que de un carnicero con una cesta y de una mujer con un saco.

No tenía mucha confianza en Samson, porque era hombre muy marrullero, y no quise preguntarle más.

Hablé del caso a Garmendia, el farmacéutico, y éste me dijo:

-Lleve usted la caja a la botica, y veremos lo que tiene dentro. Por la noche la cogí y la llevé.

-Indudablemente, aquí, si hay algo peligroso, debe estar en abrir la caja con la llave. Vamos a atacarla por otro lado.

Garmendia mandó un recado a Zapiain, el relojero, pidiéndole un taladrador de metales, y cuando volvió el mancebo de la botica con él, nos pusimos los dos a horadar la caja por uno de los lados. La caja era fuerte y nos costó mucho tiempo el conseguir hacer un agujero. Hecho éste, metimos una aguja y miramos a ver si salía algo del orificio. Al poco tiempo salió un polvo negro.

-¿Qué será esto? -pregunté yo-. Parece pólvora.

-Lo es-contestó Garmendia-. El que le ha mandado a usted esto no es un amigo. Probablemente si llega usted a intentar abrir la caja, lo hubiera usted pasado muy mal.

Hicimos otro boquete en el metal y sumergimos la caja en agua para que la pólvora se humedeciese, y a los dos Oías, cuando ya se notaba que toda la pólvora estaba mojada, abrimos la caja. Había dentro un mecanismo ingenioso, formado por varios tubos de pistola en forma de abanico, que disparaban al meter la llave en la cerradura y abrir la tapa. Según me dijo Garmendia, unos años antes habían enviado una caja igual al general Eguía, y al abrirla se le destrozaron las manos.

Tampoco quise dar parte a la autoridad de esta tentativa de asesinato de Machín; lo que sí hice fue contar lo ocurrido a la Cashilda y advertirle que si venía algo de fuera para Mary, no se lo diese. Ella, horrorizada, me dijo que no tuviese cuidado; si algo llegaba, ella lo detendría y me lo enviaría.

Una semana después, la Cashilda me entregó un periódico de Bilbao que se había recibido para Mary. Me pareció la previsión un tanto exagerada; pero al leerlo, creí que me había salvado de un peligro tan grande como el de la caja explosiva.

El periódico traía al principio una narración que se llamaba «El duelo de Shanti Andía», y contaba mis amores con Dolorcitas en Cádiz y mi desafío con el marido, todo arreglado de tal manera, dicho con tal perfidia, que yo aparecía como un miserable completo.

El artículo me produjo una cólera profunda y determiné insultar y abofetear a Machín la primera vez que lo encontrara.

Ya hacía también aproximadamente un año que había muerto el padre de Mary, y tenía que entregar a Machín el sobre de mi tío Juan. Mi tío me recomendó que se lo diera en su mano, y pensé hacer las dos cosas al mismo tiempo: entregarle el sobre y desafiarle.

No sé cómo se enteró el médico viejo de mi resolución; el caso fue que dijo que tenía que acompañarme.

Yo me opuse, pero al fin me convenció. Fuimos juntos alzarte, en coche. Paramos en casa de Machín y subimos los dos a su despacho. Me chocó ver a mi enemigo de cerca. En poco tiempo se había avejentado.

Quizá, en vista de su aire miserable, parte de mi cólera desapareció. Machín nos miró con aire sombrío, nos saludó y nos dijo:

-¿Qué quieren ustedes?

-Este señor tiene que hablarle -contestó secamente el doctor-. Yo le hablaré después.

Machín levantó la cabeza, asombrado del tono del médico, dispuesto, sin duda, a replicar con violencia; pero se calló.

-Yo vengo a hacer dos cosas -dije yo-. La una, entregarle a usted este sobre del difunto padre de Mary.

-¿A mí? -preguntó él en el colmo del asombro.

-Sí, a usted -y saqué el sobre y lo dejé encima de la mesa.

-Está bien, muchas gracias -murmuró él.

-La otra, que no emplee usted medios tan miserables y tan indignos como éste -y eché el periódico al suelo.

Las mejillas pálidas de Machín tomaron un tono rojo, sus pupilas fulguraron; pero no replicó.

Yo también tengo que hablar con usted -dijo el doctor, con severidad.

-Muy bien. Si usted quiere, iré a su casa esta tarde.

-¿A qué hora?

-A las cuatro, si le parece bien.

-Bueno.

-Pues a esa hora allí estaré.

El doctor y yo nos levantamos, dejamos a Machín entregado a su desesperación, y nos fuimos.

Unos días después, una mañana de octubre, me desperté con el ruido furioso del viento.

«Hoy debe de estar el mar digno de verse», me dije a mí mismo, y aunque todavía no había aclarado, me vestí, me puse el impermeable y me eché a la calle.

Amanecía una mañana imponente, con un temporal deshecho. El viento mugía en las calles. Las mujeres y chicos de los pescadores que habían salido al mar estaban en el rompeolas y en el muelle contemplando el horizonte en actitud de trágica desesperación.

Recorrí el muelle luchando con las ráfagas de aire y subí al cobertizo del atalayero en el rompeolas.

El viejo, con su gorra calada hasta las orejas, envuelto en el sudeste, se asomaba a una de las ventanas de la atalaya. Tenía la bocina en una mano y el anteojo en la otra. No estaba contento; preveía una catástrofe.

-Estos pescadores son unos brutos -murmuró-. Quieren salir, haga buen tiempo o malo. Sin comprender que vale más pasar apuros que no quedar sepultado entre las olas.

El viejo me explicó con detalles varias costumbres de pescadores, que yo ignoraba.

-Los pescadores -me dijo- suelen tener algunos señeros en el Izarra y en Aguiró para que estudien los cambios atmosféricos. Si las señales son de bonanza, se lo indican a las llamadoras, que se encargan de ir avisando a los tripulantes de cada chalupa dando fuertes golpes en las puertas de sus casas. Si las señales son de tempestad, no hay aviso; pero si el tiempo es dudoso, los señeros, en vez de mandar recado a todos los pescadores, llaman sólo a los patrones, y en el extremo del muelle, al amanecer, discuten las probabilidades de que haya bueno o mal tiempo. Si no se llega a la unanimidad, entonces se somete el fallo a votación, se saca una caja de madera con dos compartimientos y dos ranuras. junto a una de éstas hay pintada una lancha; al lado de la otra, una casa. La lancha quiere decir que se puede salir al mar; la casa, que hay que quedarse en tierra. La votación suele ser absolutamente secreta. Cada patrón echa su cartoncito en el lado de la lancha o en el de la casa, y luego se cuentan unos y otros. Si hay más votos para salir, el que quiera puede ir al mar, y el que no quiera puede quedarse; si la mayoría vota por no salir, entonces es obligatorio permanecer en tierra, y al que no cumple el acuerdo se le condena a una multa y se le decomisa el pescado que traiga.

-Hoy -terminó diciendo el atalayero-, después de discutir los patrones, tuvieron en la votación una mayoría de pocos votos los partidarios de salir. Muchos de los que habían votado por la salida, al ver el cariz del tiempo, concluyeron por quedarse.

La mañana iba poniéndose cada vez peor. El viento soplaba furioso; las olas, corno montes, subían por las rocas, llegaban hasta las casas, arrancaban puertas, arrastraban todo cuanto encontraban.

Llegaban rítmicamente, entraban por las ventanas de la atalaya, nos llenaban de agua al viejo atalayero y a mí, y salían por la escalera de piedra con un ruido de catarata. Algunas veces golpeaban la pared del cobertizo de tal modo que parecía que un puño revestido por un guantelete de hierro llamaba con fuerza.

El aspecto del mar iba siendo cada vez peor. Según dijo el atalayero, quedaban aún cuatro lanchas fuera del puerto.

Vi cómo se acercaban dos en medio de las olas. El atalayero, con la bocina, les mandó pararse, y, cuando vio la ocasión propicia, gritó: ¡Avante!

Las dos lanchas, danzando en el agua, desapareciendo entre las espumas, se acercaron a la barra, atravesaron las puntas y entraron en el puerto.

-Las otras están allá -me dijo el atalayero, señalándolas-; sería preferible que se alejaran a coger Guetaria. Deben venir cansados. Si pretenden entrar aquí, se van a perder. ¿Quiere usted decirle a Larragoyen, el patrón, que prepare el bote salvavidas?

-Sí, hombre.

Salí de la atalaya y crucé el rompeolas. El mar saltaba por los malecones y llegaba hasta las mismas casas, haciendo un ruido de terremoto. Metiéndome por el agua, llegué hasta el ángulo del muelle y dije a los pescadores lo que pasaba, lo que me había dicho el atalayero. Se soltó el bote salvavidas. Larragoyen y otros marineros fueron entrando, a pesar de los gritos de sus mujeres. A mí me miraban come diciendo:

¿Qué irá a hacer éste? Salté al bote, y Larragoyen, con una galantería marina, me dijo que dirigiera yo. La lancha no tenía timón. Para momentos peligrosos, es más conveniente un remo largo, bien sujeto a popa, haciendo de espadilla. Todas las mujeres y chicos nos contemplaban con ansia. Era un momento aquél por el cual yo tenía la certidumbre de que había de pasar alguna vez en mi vida.

Quizá mi sino era morir así, en el mar, de héroe, y que los chicos de mi pueblo hablaran de Shanti Andía como de un personaje de leyenda.

La primera impresión al entrar en el bote fue de sofocación; los sudestes y citas de los pescadores echaban un olor, mezcla de aceite de linaza, de pescado frito y de agua de mar, muy desagradable.

Esperamos a ver lo que ocurría, los seis hombres en los remos; yo, de pie, en el timón. Una de las barcas pasó; la otra, según dijeron, se perdía.

-¡Hala! ¡Fuera! -dije yo.

Salimos de las puntas. El horizonte se llenaba de nubes negras, cuyas formas cambiaban continuamente; a lo lejos, en el fondo del cielo, cerca del agua, se veía una barra negrísima, cuyo borde superior tenía un tinte cobrizo. Las olas, enormes, amarillas, venían de tres o cuatro partes diferentes y se rompían en un torbellino de espumas.

En ese momento, Larragoyen, quitándose la boina, dijo: .

-Un padrenuestro por el primero de nosotros que sé ahogue.

Confieso que la cosa me hizo muy mal efecto. Rezaron todos; yo miraba a lo lejos. El atalayero nos gritó que no fuéramos directamente hacia donde había zozobrado la lancha, sino dando la vuelta.

Así lo hicimos. Realmente la tormenta era ruda, pero manejable; el viento soplaba siempre del mismo lado, sin cambiar apenas. El bote saltaba como un delfín sobre las olas.

Estos peligros grandes y aparatosos quitan el miedo, sobre todo si uno tiene que asumir la responsabilidad; entonces dan la impresión de un problema de matemáticas que hay que resolver. Desde el mar, el espectáculo de la tierra era extraño. El pueblo entero parecía invadido por las olas y las espumas.

Por intervalos llegaba una ola casi cilíndrica, como hueca, más voluminosa que las otras. En vez de recibirla de través, maniobrábamos para cogerla de frente, o, por lo menos, en un ángulo lo más acentuado posible.

Esta maniobra de defensa nos obligaba a inclinarnos y a perder el rumbo. Dimos la primera vuelta, pasando por el sitio donde había zozobrado la lancha, y recogimos a dos náufragos; luego volvimos a dar otra vuelta y pudimos salvar a otro; a la tercera vuelta, no encontramos a nadie.

Faltaban Agapito, el novio de Genoveva, y tres muchachos más. Nuestros remeros estaban rendidos.

Nos acercábamos a las puntas, y el atalayero, con la bocina, nos mandó detenernos.

Yo le dije a Larragoyen que me parecía mejor seguir e intentar pasar la barra lo más pronto posible. Ir a guarecerse a Guetaria, con la gente cansada y anhelante, me parecía peligroso. Larragoyen nada dijo.

El sostenerse allí era casi tan peligroso como pasar. Después de las tres olas fuertes, los golpes de mar de ordenanza, como las llaman los marinos, venía un momento de relativa calma. Este momento creía yo que se debía aprovechar para atravesar la barra; pero los hombres estaban rendidos.

Yo empecé a ver la cosa mal; los hombres se encontraban jadeantes, demasiado cansados para hacer un esfuerzo verdadero y eficaz.

Nuestra inquietud iba en aumento; la moral de nuestros remeros desfallecía. A mí me sostenía la idea de la responsabilidad. Desde donde estábamos, a veces, se oían las conversaciones de la gente en el rompeolas, a veces, en cambio, no llegaban hasta nosotros los gritos del atalayero con su bocina.

Los marineros iban. perdiendo tono; cuanto más tiempo tardáramos en intentar atravesar la barra, nuestra probabilidad de pasar era menor.

El mar seguía cada vez más furioso; las nubes corrían por el horizonte de una manera tan rápida que producían el vértigo. En esto, una ola de aquellas cilíndricas, como hueca, se nos echó encima, vino en diagonal, tan rápida, tan súbita, que no hubo tiempo de ponerle la proa. La ola dio un golpe en la espalda de los dos primeros remeros, les hizo torcerse violentamente y pasó por encima de nosotros.

No hubo nadie de los nuestros que no creyera que aquél era nuestro tinal. Al verme todavía en la lancha, yo me indigné.

-Estamos aquí parados estúpidamente -les dije-. Hay, que pasar. ¡Hala!

-¡Nada, vamos! -dijeron todos.

Estábamos dispuestos a hacer un esfuerzo supremo, cuando, con un enorme estupor, vimos la goleta de Machín, que venía, saliendo de las puntas, con el foque hinchado, como un cisne fantástico, rasando el agua.

Todos nos quedamos atónitos. El pailebot salió de las puntas y dio una larga vuelta, con una rapidez inaudita. Llevaba dos pasajeros: Machín y su criado. Era admirable de precisión: una maniobra mal hecha, una cuerda rota, y la goletilla iba al fondo del mar.

Al cambiar de dirección creímos que se hundía; hubo un momento en que estuvo tendida casi por completo; pero pronto se fue enderezando y vino hacia nosotros ciñendo el viento. Sobre la cubierta estaba Machín, tendido, acurrucado, y al pasar cerca de nosotros, nos echó una cuerda. Uno de los que iban a proa la cogió y la sujetó. Nuestro bote dio un salto al ser arrastrado por la goleta y comenzó a hundir la proa en el agua.

Machín, sin atender a las indicaciones del atalayero, se lanzó sobre las olas amarillas de la barra, allí donde se confundían el cielo y el mar, y pasó él y pasamos nosotros con una velocidad vertiginosa, tan pronto en la cumbre de una montaña de agua como casi atravesándola por el medio.

Antes de que nos diéramos cuenta estábamos a salvo; Machín y su criado bajaron las velas y nosotros remolcamos la goleta.

Salimos al muelle. En aquel momento los chicos de la escuela volvían de rezar de la ermita por nosotros y nos contemplaban con admiración.

Machín sabía que entre los pescadores era odiado, y no quiso presentarse como nuestro salvador. Él y su criado se retiraron. A este último le detuve y le dije:

-Han estado ustedes admirables. ¡Qué bien han hecho la maniobra!

-Sí, el barco es bueno -dijo el criado.

-Y los tripulantes.

El hombre me dio las gracias y desapareció tras de su amo.

Ni mi madre ni Mary se habían enterado de lo sucedido. Iba a marcharme a casa cuando los pescadores porfiaron en que les acompañara, y tuve que prometerles que por la noche iría al Guezurrechape del muelle a comentar los acontecimientos del día.

Cuando por la tarde le conté a Mary lo que había pasado, vi a mi novia palidecer y llorar. La conducta de Machín la dejó asombrada, y la muerte de Agapito la impresionó por el pesar que produciría a Genoveva.

Mary y yo fuimos los encargados de comunicar a la muchacha la triste noticia. Vino con nosotros una hermana de Agapito que estaba sirviendo en Lúzaro. Al llegar al faro, Genoveva salió a abrirnos, y al vernos a los tres comprendió rápidamente lo que pasaba y se alejó llorando.

Yo me separé de las tres muchachas y fui a ver al gran Urbistondo, que me explicó sus ideas acerca del sentimentalismo de las mujeres con una seriedad un tanto cómica.

Volvimos a Lúzaro, dejando a la hija del torrero anegada en un mar de lágrimas.

Por la noche fui al Guezurrechape como había prometido. Allá estaban Larragoyen y sus amigos, que me recibieron entre aplausos y gritos. Ya nadie se acordaba de los sepultados por la mañana en el mar. Así es la vida. Ellos vivían después de haber estado cerca de la muerte, y celebraban su fortuna. Andaban todos un poco intoxicados por el alcohol y se contaban uno a otro las mismas cosas que juntos habían visto.

En general, ninguno quería creer en la buena intención de Juan Machín al socorrernos.

-Pero ¿qué otro objeto podía tener? -pregunté yo.

-¡Quién sabe, Shanti, quién sabe! -me dijeron.

Alguno llegó a manifestar la sospecha de si Machín no habría salido con su barco con la idea de hacernos naufragar. No era posible convencerles de otra cosa y los dejé. A un marinero, y a un marinero vascongado, no se le convence nunca de nada.

Yo pensaba que Machín era, sin duda, un hombre violento, capaz de cosas buenas y de cosas malas, dispuesto lo mismo a salvar a una persona exponiendo su vida, que a asesinarla; pero ni al mismo Larragoyen, que era una persona sensata, le pude convencer de esto.

Se olvidaron los detalles tristes de la jornada para entregarse a la alegría y al vino. Yo me senté entre los patrones y tomamos café y ron.

Shempelar, el del astillero, sacó a relucir una canción que se repitió hasta el mareo. La gracia de la canción consistía principalmente en que se refería a un capitán piloto y se hablaba de un Shanti.

En el fondo, la canción no decía nada; pero ¿eso qué importa? Casi siempre, y aunque parezca absurdo, cuanto menos dice una canción es mejor. La canción era así:

Ni naiz capitan pillotu
Neri bear zait obeditu
Buruban jartzen batzait neri
Bombillum bat, eta
Bombillum bi
Eraguiyoc Shanti
Arraun ori.

(Yo soy el capitán piloto / Hay que obedecerme a mí / Si me ponen en la cabeza / Una botella grande, / Y dos botellas / ¡Mueve Shanti ese remo!)

Así estuvieron repitiendo canción y estribillo hasta medianoche. Después se cantaron otros muchos zortzicos y luego vino un muchacho con un acordeón, que trenzaba, sin parar, la música más heterogénea; un vals se convertía en una habanera, y ésta aparecía al final con las notas de La Marsellesa o de un himno cualquiera.

Yo, en el estado de pesadez en que me encontraba, entre los vapores del alcohol y el humo del tabaco, perseguía estas melodías atropelladas, monstruosas, que salían de la filarmónica y que iban cambiando a cada instante.

A veces decía:

-Bueno, señores, me voy -y me levantaba para marcharme.

-No, no -decían todos.

-No te vayas, Shanti -gritaba un viejo.

-Tengo que marcharme.

-¡Fuera! ¡Fuera! ¡Ese patrón al agua! ¡No te vayas, Shanti! -gritaban los demás.

Cuando ya no podíamos con nuestra alma, abandonamos el Guezurrechape y nos fuimos a casa. Llovía, el muelle estaba cenagoso; yo me equivoqué y en vez de ir hacia casa fui al rompeolas. Gracias al sereno, que me encontró y me acompañó hasta casa, pude encontrarme al amanecer en mi cuarto.

Hacía ya mucho tiempo que Machín no se ocupaba de Mary ni de mí para nada. No se le veía jamás por Lúzaro.

Se iba acercando el día de nuestra boda.

Una noche, al entrar en casa, vi a Machín que me esperaba en el portal. Me eché a temblar, lo confieso. ¿Qué querría aquel hombre?

-Tengo que hablar con usted -me dijo.

-Bueno, pase usted a casa -le indiqué.

Pensé que no intentaría atacarme. Además, yo era más fuerte que él.

Pasó Machín, subió las escaleras conmigo, entró en mi cuarto y se quedó mirando los libros de mi armario y los cuadros de las paredes con gran curiosidad.

-¿Vienen de casa de su abuela estos cuadros? -preguntó.

-Sí.

Quedó mirándolos de nuevo. Yo le contemplaba con marcada impaciencia.

-Usted dirá lo que quiere... -le advertí.

-Sí. Voy a decírselo a usted en seguida. Me entregó usted un sobre del padre de Mary...

-Cierto.

-Pues yo le tengo que entregar a usted otro para ella. Déselo usted el día de la boda.

-¿No será una venganza?

-No, no; puede usted estar tranquilo. Dígale usted que es de parte de su familia. Será para usted y para ella una sorpresa agradable.

Tomé el sobre, vacilante. Él siguió mirándolo todo con atención. Luego me dijo:

-¿Está su madre de usted?

-Sí.

-Quisiera saludarla.

-Bueno; pase usted.

Entramos en el cuarto de mi madre, que al ver a Machín quedó sorprendida no sé por qué. Machín estuvo con ella muy amable. Hablaron los dos largo rato. Yo estaba inquieto con aquella visita incomprensible.

-¿Qué cambio es éste? -me preguntaba.

Al salir Machín me dijo:

-Quiero marcharme de Lúzaro. Probablemente ya no nos volveremos a ver. ¿Me guarda usted rencor?

-No, nunca, a pesar de quie creo que tengo motivos.

-Entonces, ¡adiós!

Me tendió la mano, yo alargué la mía y me la estrechó con fuerza.

Al volver encontré a mi madre un poco excitada.

-¿Qué te pasaba? -la dije.

-Nada, que al verle entrar he creído que venía mi hermano Juan.

-¿Eh?

-Sí.

-¿Tanto se parece?

-Es idéntico.

El tal Machín era un tipo raro en todo: en su conducta, en sus parecidos y en las simpatías y antipatías que despertaba.

Días después, una mañana de otoño muy clara y muy hermosa, Machín, con su criado, se embarcó en la goleta. Pasaron días, semanas, han pasado años: no ha vuelto a saberse más de él.

El día de mi boda, al llegar a casa de mi madre, Mary abrió el sobre que me había dado Machín. Cayeron sobre la mesa una porción de papeles. Eran acciones de minas, títulos de la Deuda..., una fortuna. Entre ellos había una carta que decía así:

Mi querida Mary: La carta de tu padre que me trajo tu marido hace algún tiempo me reveló que tú y yo somos hermanos, hijos del mismo padre. Shanti, a quien tanto he odiado, es pariente mío, casi hermano.

Yo soy hijo de Juan de Aguirre y de una muchacha sirvienta de casa de nuestra abuela. No le culpo a mi padre del abandono en que me han tenido. La fatalidad lo ha dispuesto así.

Tu marido y tú tendréis seguramente la idea de que soy un hombre perverso y dañino. No he podido ser otra cosa; todo el mundo me hizo sufrir cuando era un miserable; yo he contestado haciendo sufrir a los demás cuando he sido poderoso.

La bondad es la fuerza de los privilegiados. La envidia y la tristeza del bien ajeno son enfermedades del espíritu. Los que han luchado y se han agitado en los antros donde se muerden los pestíferos están contagiados.

No todo el mundo puede ser sano ni todo el mundo puede ser bueno. Yo aún no lo puedo ser, y como no lo puedo ser, al enviarte esta dote a ti, hermana mía, para que puedas vivir con tu marido, pienso que ésta es mi venganza, la venganza del sarnoso contra el sano, la venganza del miserable con el descendiente de la familia considerado y mimado.

Adiós, querida hermana. Felicidades.

Juan.


Al escribir esta carta se veía que Machín había arrugado el papel y lo había mojado con sus lágrimas. Machín, nuestro enemigo, se convertía en nuestro protector y nuestro pariente.