Nota: Se respeta la ortografía original de la época

LAS DOS CUÑADAS



A

fines del año 1792, el regimiento de húsares en que era yo alférez pasó de guarnición á la Rusia Blanca y á mi escuadrón lo alojaron en un pueblecillo perteneciente á los hermanos, príncipes L—ky, que vivían con sus mujeres y sus hijos en un soberbio castillo.

La entusiasta acogida que dispensaban á los oficiales rusos y la vida fastuosa y alegre que ambos hermanos llevaban traían á la memoria la suntuosa hospitalidad de los antiguos maguates de Polonia y llegaron á hacerse tan proverbiales entre nosotros que cuando queríamos ponderar la elegancia y fastuosidad de un banquete, soliamos decir: Parece que lo han dispuesto los príncipes, L—ky!

De todos los oficiales de mi escuadrón fuí yo el que mayores atenciones recibió de esta familia y el que en el transcurso de algunas semanas se convirtió en íntimo amigo de ella.

Ambas princesas eran la amabilidad personificada y tan bellas como amables. Si hubiesen sido hermanas nada hubiera tenido de particular la intima amistad que las unía, pero á decir verdad resultaba raro que dos jóvenes, amas de casa las dos y viviendo bajo el mismo techo, con atribuciones idénticas é idénticos derechos, se confiasen hasta los menores secretos.

No podía decirse que sus gustos fuesen los mismos puesto que la esposa del hermano mayor, de nombre Josefina, era amable, pero fría y reservada, mientras que su cuñada era de condición ale—gre y muy amiga de bromas, pero no obstante estas diferencias de carácter, que solo salían á la superficie en sociedad, jamás turbaba la discusión más pequeña el acuerdo perfecto en que vivían.

—No puede V. figurarse, me dijo en cierta ocasión Josefina, hablándome de la amistad que la unía con su cuñada, qué sentimiento más extraño y más incomprensible experimentamos la una para con la otra. Dicen que vivimos como si fuésemos hermanas, pero no es así. Yo he tenido tres hermanas y las quise de un modo distinto. Cuando por primera vez ví á Casimira—así se llamaba la cuñada—me pareció que sería un obstáculo para mi felicidad. No sé porqué se me antojaron conocidos los rasgos de su fisonomía, el metal de su voz y hasta alguna que otra de sus frases y de sus costumbres, me pareció que nos habíamos visto y querido en otra parte y que hasta alguna vez_habíamos vivido juntas. ¿Verdad que era raro? Pero aún lo es más el que Casimira, al conocerme, experimentase idéntica impresión. ¡Vaya V. luego á dudar de las simpatias! Cuántas veces no me ha sucedido idear un pasatiempo, una fiesta, con ánimo de sorprenderla y ocurrirsele á ella idéntica idea para sorprenderme á mí. No nos hemos separado jamás y creo que semejante cosa gería para nosotras una desgracia grandísima, puesto que podríamos morir estando separadas... No tiene V. idea de cuánto nos hace sufrir este pensamiento, y por eso hemos tomado precauciones, nos hemos juramentado.

—¿Con que objeto?

Nos hemos prestado mútuamente el juramento de que si el destino nos separa y una de nosotras fallece lejos de la otra, la difunta está obligada, antes de abandonar el mundo en que vivió á presentarse á la que sigue en vida.

—¿Pero, acaso depende semejante cosa de la voluntad de Vdes?

—¿Cómo no? Todo juramento que no se cumple en esta vida atormenta á nuestras almas después de la muerte, impidiéndoles que gocen de la eterna bienaventuranza, si es que la han merecido.

Hemos jurado con determinadas condiciones...

—¿Con determinadas condiciones?

—Nuestro juramento no será valido sino en tanto en cuanto quepa en los límites de lo posíble.

Por más que la princosa hablase seriamente me costó trabajo dominar la risa.

—¡Princesa, exclamé, veo que está V. muy al corriente de las prescripciones legales! Así resultará que si una de Vdes. cumple su promesa no tendrá nada de particular, puesto que lo habrá hecho dentro de los límites de lo posible.

—Puede V. reirse lo que guste, replicó mi interlocutora, pero tengo la firme convicción de que si mi no muere en brazos ó yo en suyos, nos veremos antes de separarnos para siempre á menos que la muerte nos sorprenda á las dos en un mismo instante.

II

El marido de la princesa Casimira, padecía desde hacía algunos años, una enfermedad crónica, que á pesar de los esfuerzos de los médicos más renombrados de la localidad iba desarrollándose y amenazando convertirse en incurable padecimiento. Los médicos todos aconsejaron al enfermo que marchaso al extranjero y consultase con los más célebres de Europa, especialmente con el_famoso Frank, que residía á la sazón en París. Por muy doloroso que fuese para las princesas separarse por tan largo tiempo, era tan imperiosa la necesidad, que al punto consintieron en ello, no sin renovar al despedirse el juramento de que hemos hablado y prometerse que se escribirían con frecuencia. Pasaron dos meses. Cierto dia, una carta de Casimira anunció que habían llegado á París. Esta noticia preocupó mucho á su cuñada.

La revolución francesa se hacia cada día más amenazadora y terrible y aunque la sangre no corría aún, todo hacía presumir que las predicciones de los periodistas extranjeros, como los grazuidos de las aves de rapiña, no anunciaban nada bueno. En vano tranquilizó Casimira á su euñada diciéndole que nada tenían que temer; que eran extranjeros y que no pensaban meterse en asuntos políticos sino vivir tranquilos y en paz para que nada denotase su presencia. A Josefina le pareció todo esto muy poco y siguió dudando de la seguridad de sus hermanos. Entre tanto, pasó el tiempo. Robespierre, Marat, Danton y sus corifeos hacían correr á torrentes la sangre de sus conciudadanos y la máquina filantrópica funcionaba sín tregua ni descanso. Josefina se enteró de todo por los periódicos y la tranquilidad la abandonó por completo. El principe L—ky que notaba la tristeza de su esposa daba continuas fiestas, bailes, conciertos, en una palabra, empleaba todos los procedimientos imaginables para distraerla. En uno de estos bailes al que habían acudido unos doscientos convidados observé que la princesa estaba más triste que de costumbre.

—¿Está usted indispuesta? le pregunté sentándome á su lado.

—¿Acaso tengo cara de enferma? murmuró.

—Entonces permítame usted que le diga que no parece ser la dueña de una casa en que se da un baile como éste. Mire usted que animación hay en los salones: tres mazurcas se están bailando á un mismo tiempo. Anímese usted, pues de lo contrario creerán que le desagrada la alegría de los presentes.

—¡Que se figuren lo que quieran! Hoy no tengo ganas de bailar.

—Me está V. alarmando princesa. ¿Será cosa que haya usted recibido malas noticias ó que carezca de ellas?

—Al contrario. He tenido hoy carta de mi cuñada y me dice que se distrae mucho en París; que los periodistas lo exageran todo; que al rey lo quieron, por más que otra cosa digan, que la exaltación de los ánimos no puede prolongarse y habría cesado ya si el monarca hubiese demostrado un poco de energía; que la reina es muy amable con ella y la ha invitado á su tertulia y que habiéndose puesto Mirabeau de parte del Gobierno, los demás revolucionarios son despreciables y hasta antipáticos á los parisienses. Todo esto debía tranquilizarme, lo comprendo, pero nunca he estado tan intranquila como esta noche.

—¿Qué es lo que V. siente?

—Yo misma no lo sé. Tengo el corazón en un puño y no puedo con la tristeza. Dirá V. que todo ello no es más que falta de valor. No le diré que no, pero ¿qué voy á hacer, si estoy bajo la influencia de algo extraordinario? Podría aparentar alegría, pero sería un engaño.

— Y V. los detesta. Sin embargo, trate V. de aparentar contento. He oído decir que los actores se figuran ser real y verdaderamente los personajes que representan; haciendo lo propio quizás eche V. sus penas en olvido. Baile V. la primera mazurca de mala gana y verá como la segunda la bailará con gusto. ¡Ande V!

La princesa se levantó sin contestar á mis palabras y nos pusimos á bailar. Sucedió lo que yo había dicho, Josefina se distrajo y al terminar el baile no quedaba ni rastro de su pasada tristeza.

III

Después de la cena se despidieron los invitados; los que habitaban en las cercanías marcharon á sus fincas y los que vivían á gran distancia se quedaron en el castillo para pasar la noche. Entre estos últimos había algunas señoras y sefina determinó que durmieran con ella en un gran salón. Me retiré á mi cuarto y de seguro hubiera dormido hasta la hora del almuerzo, si no me hubiese despertado al rayar el día el movimiento inusitado que en toda la casa se observaba. Las puertas se abrían y se cerraban con estrépito ylos criados corrían por los pasillos. De habor olido á quemado hubiese creído que estábamos ardiendo. Salté de la cama y me vesti apresuradamente, con ánimo de averiguar la causa de aquella revolución... Julia, doncella de la princesa, preciosa muchacha de ojos negros, á quien solia yo cortejar, me salió al encuentro y me dijo sin detenerse que su señora se hallaba indispuesta, que había pasado muy mala noche y que debia haber visto algo que la aterrorizase pues la habían encontrado desmayada. Al cabo de dos horas marcharon los invitados que quedaban aún y poco después vinieron á decirme que la princesa deseaba verme.

La hallé en pleno conocimiento, vestida como de costumbre; sentada en su divan y á mis preguntas contestó que ya estaba bien del todo. A decir verdad su rostro, aunque pálido, no revelaba sufrimiento y solamente los ojos demostraban que había llorado mucho.

—Siéntese V. á mi lado, me dijo en voz baja.

—¿Qué le ha pasado á V. princesa?

Nada que yo no supiese de antemano. Mi corazón lo presentía y mi corazón no se equivoca jamás.

—¿Pero, qué le ha pasado?

—La he visto.

—A quien á visto V.?

—A ella. Ha venido á despedirse de mi.

—Pero ¿de quién habla V.?

—De mi amiga.

—¿De su cuñada de V.?

—Si.

—¿Por Dios, princesa qué está V. diciendo? Sin duda su imaginación de V. se hallaba en estado anormal. Bailó V. mucho; tenía V. la sangre en movimiento y quizás algún sueño...

—Sí, sueño!.. murmuró Josefina sonriéndose amargamente. No estaba dormida. Escuche V.

No aparte de ella los ojos durante todo el tiempo que duró su relato, tan extraño era lo que contaba; pero sus ojos no revelaban sino el dolor que la poseía. Sus palabras se grabaron de tal suerte en mi memoria que puedo repetirlas sin omitir ninguna. He aquí lo que me cuenta.

Después de despedirse de sus invitados se retiró á sus habitaciones y de alli á poco dormía proente. No pensaba en Casimira más de lo acostumbrado. Según sus cálculos habría dormido ya una hora, cuando de repente oyó un murmullo muy suave y sintió sobre el rostro algo parecido al fresco agradable de la brisa. Se despertó. A su cabecera estaba una mujer vestida de blanco, con los cabellos cortados, sin más adornos que un collar rojo y un cinturón de cuero con hebilla de acero. A pesar de que en la habitación no había más luz que la de una lamparilla, la princesa vió estos detalles con solo abrir los ojos. El rostro de aquella mujer estaba oculto, ó mejor dicho envuelto en un velo blanco. Se hallaba inmóvil y tenía las manos cruzadas sobre el pecho. Asustada, la princesa quiso gritar, pero no pudo y cuando cobró ánimos y se levanto para llamar á sus doncellas, la aparición se quitó el velo que ocultaba sus facciones y exclamó en voz baja: ¡No te asustes, soy yo!

¡Dios mío, eres tú, Casimira! gritó Josefina.

¿Es posible que no sueñe? ¿Cuando has llegado?

Y ya se aprestaba á abrazarla cuando su cuñada retrocedió y dijo con voz apenas perceptible:

—¡No te acerques! Aún no ha llegado la hora en que podrás abrazarme y sentirme en tus brazos. He venido á despedirme de tí.

¿A despedirte?

—Sí. ¿Acaso has olvidado nuestro juramento?

Josefina lo comprendió todo, pero cosa extraña ni se asnstó ni se deshizo en lágrimas. Estas vinieron después, pero en aquellos momentos se sentía perfectamente tranquila.

—¿Entonces has muerto? preguntó.

—He muerto en París. Me han guillotinado.

—¿Por qué?

—Por mi amistad con la reina de Francia.

—¡Malvados!

¡Silencio! Yo los bendigo puesto que han abierto las puertas de mi cárcel.

—¿De tu cárcel? ¿Que cárcel es esa?

La aparición se sonrió y gnardó silencio.

—Dime, repuso Josefina, ¿es tan terrible el morirse como dice la gente?

—Si. Es tan terrible como lo sería para un ciego de nacimiento la contemplación repentina del sol y de los cielos.

—El último momento será terrible, pero el primero...

Las inmóviles facciones de la aparición se animaron, pero no dió respuesta.

—¡Qué miserables deben ser esos sentimientos que nosotros llamamos goce y felicidad!.. prosiguió Josefina sollozando.

—Tenemos que separarnos, dijo la aparición. ¡Adiós Josefina, hasta la vista allá... en nuestra patria común!

—¡Espera, espera! ¿Crees acaso, que nos veremos de nuevo?

—No lo dudes. Voo tu alma que lucha por escapar de su cárcel. Escucha...

La sombra de Casimira se inclinó y murmuró unas palabras al oído de su amiga.

—Después, dijo la princesa al terminar su relato mis ojos se cerraron; escuché allá en lo alto sones agradabilísimos y no sé si me dormí ó si perdí el conocimiento: lo cierto es que todo desapareció de mi vista.

—¿Y qué fué lo que le murmuró al oído? pregunté llevado de la curiosidad.

—No me lo pregunte V. Aquellas palabras morirán irremediablemente conmigo.

Por mucho que hice por que me revelase aquel secreto no pudo conseguirlo, pero noté que cuantas veces le hablaba del particular, lloraba, pero ans lágrimas no eran de pena.

IV

Tres semanas después leíamos en el periódico de Paris L'Ami de l'homme, que á poco del asesinato de la princesa de Lamballe había subido al cadalso una señora extranjera, cuyo nombre, por muy estropeado que estuviese—según costumbre francesa—nos reveló al punto ser el apellido de los príncipes L-kys.