La santa realidad
de Ramón de Campoamor


    ¡Inés! Tú no comprendes todavía
    el ser de muchas cosas.
    ¿Como quieres tener en tu alquería,
    si matas los gusanos, mariposas?

    Cultivando lechugas Diocleciano,
    ya decía en Salermo
    que no halla mariposas en verano
    el que mata gusanos en invierno.

    ¿Por qué hacer a lo real tan cruda guerra,
    cuando dan sin medida
    almas al cielo y flores a la tierra
    las santas impurezas de la vida?

    Mientras ven con desprecio tus miradas
    las larvas de un pantano,
    el que es sabio, sus perlas más preciadas
    pesca en el mar del lodazal humano.

    Tu amor a lo ideal jamás tolera
    los insectos, por viles.
    ¡Qué error! ¡Sería estéril, si no fuera
    el mundo un hervidero de reptiles!

    El despreciar lo real por lo soñado,
    es una gran quimera;
    en toda evolución de lo creado
    la materia al bajar sube a su esfera.

    Por gracia de las leyes naturales
    se elevan hasta el cielo
    cuando logran tener los ideales
    la dicha de arrastre por el suelo.

    Tú dejarás las larvas en sus nidos
    cuando llegue ese día
    en que venga a abrasarte los sentidos
    el demonio del sol de mediodía.

    Vale poco lo real, pero no creas
    que vale más tampoco
    el hombre que, aferrado a las ideas,
    estudia para sabio y llega a loco.

    Tú adorarás lo real cuando, instruida
    en el saber de las cosas,
    acabes por saber que en esta vida
    no puede haber, sin larvas, mariposas.

    ¡Piensa que Dios, con su divina mano
    bendijo lo sensible,
    el día que, encarnándose en lo humano,
    lo visible amasó con lo invisible!