La paz perpetua/Prólogo del traductor

 

El tratado Sobre la paz perpetua se publicó en Königsberg, en 1795. La primera edición, de 1.500 ejemplares, se agotó en pocas semanas. En 1796 publicóse una segunda edición, aumentada con el "Suplemento segundo". Al mismo tiempo se hizo, por el mismo editor, una traducción francesa, vigilada por el propio Kant, que estaba muy disgustado de la versión publicada un año antes, en Berna, con el título de Projets de paix perpétuelle. Esa traducción, en efecto, mutilaba gravemente el original alemán.

El éxito enorme alcanzado por este tratadito filosófico-político se explica fácilmente por dos grupos de motivos, ocasionales unos y permanenles otros.

La Revolución francesa habia conmovido al mundo. Un pueblo entero se alzaba decidido a constituirse y gobernarse conforme a los principios, ya vulgares entre los filósofos, de libertad, igualdad y justicia política. Contra ese pueblo coaligadas las monarquías tradicionales, empeñadas, por instinto de conservación, en restaurar el régimen caído, habían sido vencidas, y las jóvenes tropas de la República imponían a los reyes de Prusia y de España la paz de Basilea (abril-julio de 1795.) Muchos espiritus cultos pudieron pensar que esta maravillosa consolidación del régimen republicano en Francia podía, o mejor, debía ser el anuncio de radicales reformas en las viejas instituciones y la aurora de una época nueva de justicia, de paz, de libertad. El anciano Kant, el filósofo del idealismo, de la moral pura, de la libertad, iba todos los días a esperar el correo que le trala noticias de Francia. En este ambiente de férvido entusiasmo, el sueño de la paz perpetua era ya casi una realidad posible; era por lo menos un imperativo moral urgente.

Muchos pensadores habían meditado proyectos de paz universal. En el siglo XVIII esta idea flotaba en el ambiente. El abate Saint-Pierre concibió y escribió un largo Proyecto de paz perpetua. Un resumen de este proyecto y un juicio del mismo, hechos por J. J. Rousseau, hablan popularizado las ideas humanitarias del abate. Pero en la concepción de Saint-Pierre hay aun demasiada minuciosidad de organización y una excesiva confianza en la virtud de las ideas sobre la mente de los principes.

Kant plantea el problema de otra manera. Más que un proyecto, es su tratado una afirmación optimista. Kant no duda de que algún día llegará el mundo a conocer y gustar los beneficios de una paz perenne. Mas para ello deberán realizarse ciertas condiciones, tanto en la política interior como en la exterior de los Estados: respeto a los tratados, supresión de los ejércitos permanentes, organización política de los pueblos sobre principios de libertad y de igualdad, liga o federación de las naciones, constitución de un derecho de ciudadanía mundial, respeto a las naciones pequeñas, carácter público de todos los acuerdos, supresión de diplomacia secreta, etc.

Estas condiciones todas vienen a resumirse en una sola: que la política nacional e internacional concuerde en todo momento con las exigencias del derecho y de la moral.

Si ese acuerdo no se realiza, si aquellas condiciones no se cumplen, no por eso la paz perpetua ha de ser considerada como un sueño de ilusos.

Al fin, tarde o temprano, triunfará la justicia pacífica, y el progreso moral del mundo, lenta pero irresistiblemente, conducirá la humanidad al término deseado.

Hace un siglo que Kant alimentaba, lleno de ansiosa emoción, esas esperanzas consoladoras.

No se cumplió su deseo. Hoy nos hallamos en un momento histórico semejante. El tratado de Kant encierra un eterno valor: su decidido, su obstinado optimismo.