La media naranja: 05

IV
VI
Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España: Tomo XI


V.

La Luna, ese astro romántico y melancólico que se pasea de noche solitario, tomando el sol por la inmensidad del cielo; ese satélite cortesano de la tierra, amigo de los poetas, protector de los amantes, lámpara de las ruinas y de los sepulcros; ese testigo nocturno, á quien los tristes y enamorados le cuentan sus cuitas y dirigen sus lamentos, que, dicho sea de paso, como tienen que atravesar, sesenta y siete mil leguas, no llegan á los oidos del astro, sordo por añadidura; la Luna, en fin, estaba comme un point sur un i sobre el pequeño y lindo jardin del palacio de nuestra amiga Clara de Monte Real.

La noche estaba deliciosa; las estrellas brillaban sobre uno de esos nocturnos cielos madrileños de otoño que hacen meditar y que parecen dejar entrever, al través de su trasparencia, los misterios del Infinito. El rumor de un vientecillo tibio, el murmullo de las fuentes del Prado, el ladrido de alguno que otro perro y el taconeo de algún transeúnte, era lo único que interrumpía el silencio de que, según Virgilio, es tan amiga la Luna.

Sólo nuestro poeta Gonzalo, apoyado en su ventana, contemplaba meditabundo la magnificencia del cielo y la calma de la tierra. Su ventana estaba sumida en sombra, lo que le permitía contemplar el cielo, los astros y el jardin más cómodamente, sin que el rayo directo de la luna hiriese demasiado sus ojos ni le denunciase á los indiscretos que pudieran sorprender su meditación.

Para las almas tristes y pensadoras, un baño de luna es una medida higiénica, un rayo de estrella es un bálsamo precioso. Las misteriosas contemplaciones de la noche dan al espíritu una serenidad, una beatitud angélica que el ruido de la vida no consiente; una lágrima vertida á la faz de los astros ¡redime de tantas bajezas! ¡consuela de tantos dolores! Un suspiro lanzado al infinito ¡eleva tantas esperanzas!

Ese baño celeste era el que tomaba Gonzalo en el momento en que el reló del cuartel de artillería del Retiro acababa de dar las once.

Gonzalo serenaba su corazón de la impresión dolorosa que recibió en paseo. Se bañaba en la claridad nocturna; con alas de poeta, nadaba por el espacio. Sobre el rayo de cada estrella veía mecerse la sombra pura y esplendente de Clara, y sonreía. Entre las copas de los árboles veia surgir la sombra de Alfonso, y lloraba.

Qué lágrimas y qué sonrisas tan amargas!

El jardin de Clara estaba tan poético, que aquel escenario estaba pidiendo á voces la estética presencia de dos amantes para completar el cuadro.

El ruido de una puerta que se abría hizo á Gonzalo bajar del cíelo á la tierra y fijar sus ojos en una mujer que apoyada en el brazo de un hombre bajó una corta escalinata, y por una alameda central se dirigió á una pequeña plazoleta con una estatua de Diana en el centro y dos bancos verdes á cada lado; plazoleta que justamente caía debajo de su ventana.

Gonzalo se bajó de la silla en que estaba encaramado, y á tientas, pues estaba sin luz, tomó su anteojo, que tenia sobre la mesa, volvió á subirse en la silla, y aplicando su telescopio de amor á las dos personas del jardin que ya se habían sentado en uno de los bancos, le graduó hasta que el cristal le permitió reconocer perfectamente á la hermosa Clara y al esbelto Alfonso.

— Son ellos! Maldición! — exclamó el infeliz poeta arrancándose un mechón de pelo, rechinando los dientes, apretando convulsivamente el anteojo y temblando de ira como un azogado.

No había en el cielo dos estrellas más chispeantes que sus dos ojos. El desesperado astrónomo veia á través de su telescopio todas las constelaciones del tormento, todas las nebulosas de los celos.

Veia á Clara que en cuerpo, con un elegante vestido de seda gris perla, un sencillo medallón de oro al cuello, una pulsera lisa, y dos flotantes tirabuzones cayendo por su espalda aparecía iluminada de lleno por la Luna, como la maga de la noche, el tipo de sus ensueños de poeta.

Y á su lado veia arrogante, gallardo, diabólicamente hermoso y vestido de negro á su rival, á su enemigo, al infernal conquistador, al elegante Alfonso, que manoteando con vehemencia y hablando con una intimidad y calor más que amistoso, demostraba que requería de amores á la adorada mujer de sus platónicos devaneos.

Aquel cuadro le parecía un vampiro devorando á un ángel. Gonzalo sentia el vértigo de la desesperación: hubiera querido convertir en pistola aquel anteojo y en bala su ardiente pupila que apuntaba al corazón de aquella sombra maldita.

Aplicaba el oido para ver si oia lo que hablaban, y hubiera querido ser Júpiter Tenante para castigar al Cefirillo juguetón y á Neptuno, Apolo y Cibeles que con el rumor importuno de sus fuentes le impedían distinguir las palabras de aquellas dos sombras, por más que á veces sacaba casi todo el cuerpo fuera de la ventana, con peligro de caer de cabeza en el jardin.

Pero ya que Gonzalo, por más que se encarame y ahuecando la mano y aplicándosela al oido intente en vano improvisar una oreja de Dionisio, no hemos de quedarnos nosotros sin saber lo que con tanto interés hablan Clara y Alfonso.

Si Gonzalo bajase al jardin, seria peligroso; pero nosotros podemos bajar sin peligro de cometer una imprudencia, y situarnos escondidos detras del pedestal de la estatua de Diana.

Desde allí se oye perfectamente lo que dicen y se ve lo que hacen.

— Los versos son preciosísimos, — decia Clara — y la verdad es que si Vd. es capaz de sentir y hacer lo que en ellos dice, bien puede llamarse dichosa la mujer que sepa inspirar tan profunda pasión y tan generosos sentimientos; pero....

— Siempre ese pero, siempre esa duda! Vd. no sabe, Clara, el martirio que me causa con esa sencilla palabra. Esa simple preposición pero, me hace más infeliz que si Vd. me dijese que me aborrece. Cada sílaba de esa palabra parece una punzante espina de cada uno de esos labios, nacidos sólo para decir esta palabra: creo.

— Creo! já, já! ¿y quién es la mujer que puede decir esa palabra sin peligro de engañarse miserablemente?

— Usted, Clara, Vd. es esa mujer. Usted que enamora, que fascina con su hermosura, con su elegancia, con su talento, con sus incomparables gracias á quien la mira un instante. Usted que me ha vuelto loco, que me ha hecho perder la tranquilidad, el sueño, la alegría, la felicidad: Vd. que podria devolmerme todo eso con una sola palabra más corta que esas dos sílabas de incrédula con que me está atormentando. Tanto le cuesta á Vd. creer, Clara! La duda se ha hecho para el hombre: la fé es el tesoro de la mujer!

— Fé! ¿Y Vd. cree que yo no la tendría, si tantos ejemplos de la falsedad de VV. los hombres, no me hiciera mirarlos con desconfianza, cuando nó con horror? Las palabras cuestan tan poco! Sin pasar por jactanciosa me creerá Vd. si le digo que quizás puedo contar por docenas el número de hombres que me han hablado como Vd. me habla en este momento. Para atenuar el vanidoso alarde que pudiera envolver esto que le digo, le confesaré, que he tenido el modesto buen sentido de decirme siempre como Hamlet: palabras! palabras! palabras!

— Sólo con mirarla á Vd. comprendo el continuo mosconeo amoroso que atormentará sus oidos. Pero dígame Vd., Clara, ¿no tiene el verdadero amor un sello para acreditar su legitimidad? ¿No hay en los labios del verdadero enamorado las vibraciones del corazón conmovido? ¿No brilla en sus ojos algo que refleje la pureza y sinceridad del alma?

— Cuando Vd. va al teatro, ¿no ve Vd. todo eso en la voz y en los ojos del actor? ¿No pinta éste todos los dolores más intensos del corazón, y, al entrar entre bastidores, quizás prorumpe en una carcajada y se burla de las lágrimas que ha hecho derramar al público? Los hombres son VV. casi todos excelentes cómicos.

— Menos cuando amamos de veras. El verdadero amor no se confunde con nada.

— El verdadero amor no tiene más que dos pruebas infalibles.

— Cuáles?

— Las lágrimas ó los sacrificios.

— Lágrimas! ¡Si Vd. viera, Clara, las que tengo derramadas en secreto llorando su ingratitud; si hubiera Vd. visto las que he derramado al escribir esta tarde esos versos que el amor sólo me ha inspirado, convirtiéndome hasta en poeta; esos versos en que Vd. no reconoce la voz de mi alma!.... Qué más? Si Vd. viera las que en este instante quieren brotar de mis ojos, y por vergüenza de tal debilidad estoy conteniendo....

— Si yo le viera á Vd. llorar, dudaria algo menos de sus palabras; el hombre sólo llora por amor ó por orgullo.

Alfonso sondeó su corazón á ver si encontraba alguna lágrima perdida para forzarla á salir como de un pozo artesiano á sus enjutos lagrimales. Aquella lágrima hubiera sido de gran efecto; pero hacia más de diez años que se habia secado el raudal en el desierto de su corazón ambicioso y egoísta.

— Yo no lloraré, Clara, porque esto es indigno de un hombre; pero exíjame Vd. pruebas y todo género de sacrificios, y me hallará dispuesto á hacerlos por este amor que me mata y desespera. Ojalá pudiera arrancar de mi corazón la imagen adorada de Vd.! ¡Ojalá pudiera ahora mismo arrojarla con desden á los pies de usted y decirla: ahi tiene Vd., ingrata; soy libre, son feliz, nada le debo á Vd., ni aun el sacrificio de una credulidad, ni aun la esperanza de una correspondencia! Amar y no ser amado es un tormento, Clara; pero amar y no ser creído es una crueldad que Vd. no puede comprender. ¡Es Vd. terrible, Clara: no tiene Vd. corazón!

Pronunció Alfonso estas palabras poniéndose la mano sobre el pecho, y con expresión tal de verdad y tristeza, que Clara conmovida respondió:

— No, Alfonso, no es que no tenga corazón; es que tengo demasiado corazón, y un desengaño sería para mí una herida mortal. El día en que yo creyese en el amor de un hombre, no habría en el mundo mujer más apasionada, más vehemente, más ciega: mi amor, mi locura, mi felicidad no tendría límites. Este corazón, que Vd. llama de hielo tantas veces, abrasaría al hombre que me lo arrancara con su mano.

— Y ¿no llegará ese día en que crea en mí?

— Yo quiero creer que es verdad lo que me dice. Lo creo.

— Oh, Clara!....

— Lo creo bien, si; pero no basta. No me basta creer en la verdad del afecto que Vd. me manifiesta; necesito creer en otra cosa.

— En qué? — En su constancia.

— Mi amor es eterno! invariable! inf.....

— De eso no puede responder ni Vd., ni ningún hombre. Yo quiero creer que Vd. me quiere como dice. Pero ¿puede Vd. responder de que no es una de esas llamaradas pasajeras de un corazón impresionable?

— No, Clara; esta es una de esas pasiones inmensas, profundas, que resumen toda la vida y llenan la historia de un hombre.

Clara vacilaba y Alfonso adivinó su emoción.

— Clara, por piedad, no me deje Vd. morir de desesperación! No me cree Vd. merecedor siquiera de una esperanza?

— Si Alfonso; le confieso á Vd. que le aprecio mucho, que me es Vd. el más simpático de todos mis amigos, y que á lograr vencer esta duda horrible....

— Duda horrible! — se dijo para si Alfonso, — me ama!

Duda horrible! ah! Clara: ¡más horrible que esa duda es mi ansiedad! No destroce Vd. por más tiempo mi corazón con su incredulidad y sus perpetuas ironías. Quíteme Vd. de una vez esas vagas esperanzas que mil veces sus diferentes preferencias me han hecho concebir: desahucíeme Vd. con una terminante negativa, y me iré ocultar y morir en cualquier rincón ignorado del mundo. Pero si Vd. me cree un caballero incapaz de mentir, si Vd. cree todas mis cualidades dignas de aprecio, y mi amor digno de correspondencia, exíjame pruebas y sacrificios; pero déme una palabra terminante que me dé valor para consumarlos. En mis versos le digo á Vd. que el verdadero amor es el que arrostra la muerte: pídame que muera á sus pies; ni un puñal, ni un veneno me asustarían, con tal que al beber ese veneno ó clavarme ese puñal oyese de sus labios un dulcísimo sí, por respuesta á esta pregunta que por última vez juro dirigir á Vd.: Clara, me ama Vd.?

Alfonso era un actor consumado; al hacer esta pregunta cayó de rodillas ante Clara con una expresión tan suplicante, tan apasionada, tan delirante; cogió las manos de ella con una ternura, se las llevó al corazón con un ademan tan noble; levantó los ojos al cielo con una efusión de amor tal, que Clara se enterneció y sus dudas se desvanecieron. El hielo se fundía: la fé descendía al alma de la hermosa escéptica.

Por primera vez creía de lleno en aquel hombre. Le contemplaba con dulzura. Un sí fatal, un sí de perdición, sentencia de muerte para su tierno corazón, flotaba ya en los trémulos labios de aquella mujer conmovida; lo agitado de su respiración, el brillo de su mirada, el temblor de su mano indicaba que las palabras de Alfonso habian invadido su corazón y conmovido sus cuerdas más secretas y sensibles.

El vampiro iba á devorar al ángel.

Alfonso esperaba con ansiedad aquel sí: triunfo de su orgullo, pedestal de su ambición y premio de su perfidia.

Tomaba ya aliento Clara para pronunciar aquel sí, cuando un grito de Alfonso convirtió aquel adverbio afirmativo, en otro grito de susto y de sorpresa.

Al dar aquel grito inesperado, Alfonso se llevó las manos á la cara, el lente se le cayó de la nariz, y un objeto cuadrado vino á caer á los pies de Clara, que en su asombro no sabia qué pensar de aquella brusca intervención en su diálogo.

— Qué ha sido?

— Algún infame que se quiere divertir con nosotros; pero yo juro que me las ha de pagar, — exclamó Alfonso furioso poniéndose en pié y sacando un pañuelo que se llevó á la nariz y en un momento manchó de sangre.

— Está Vd. herido? — exclamó Clara asustada.

— No, es sangre de la nariz: me han tirado no sé qué; pero caro le ha de costar á quien haya sido: daré parte á la autoridad y si es hombre....

Y al decir esto se dirigia á las espaldas de la casa que caia al jardin buscando en las ventanas con furor algún ser humano á quien provocar y en quien vengar aquella doble herida en el rostro y en la honra; una que le manchaba de sangre, otra que le cubria de ridículo.

— No hay nadie, pero ya averiguaré yo quién es! Veamos qué es lo que han tirado.

Clara se agachó y cogió un objeto que yacia en el suelo junto á un pié del banco.

— Es un libro primorosamente encuadernado. — Y abriéndole dijo en voz alta:

— Poesías de D. Gonzalo de Aguilar y Wolf.

Alfonso quedó petrificado; se acordó del nombre del autor de los versos que copió Ernesto en el café; vio en un segundo lo comprometido de su situación: aquel libro denunciaba su falsedad, patentizaba sus engaños, le cubría de ridículo y le arrancaba su esperanza en el momento en que iba á coger el fruto de su trabajo. Una bomba que hubiera caido á sus pies, le hubiera causado menos espanto que aquella bomba que iba á estallar matándole con el ridículo.

Tuvo intenciones de echar á correr y salir de aquella situación embarazosa; pero reponiéndose y comprendiendo que aquel libro era su perdición, exclamó con furor:

— Déme Vd. ese libro, Clara, y hoja por hoja se le he de hacer comer al que así se burla de mí.

— No, Alfonso; yo averiguaré quién es el que se ha querido divertir con nosotros. Cálmese Vd., esto corre de mi cuenta.

— Déme Vd. ese libro, Clara; se lo pido en nombre de mi honra; se lo pido á Vd. por cuanto más ame en el mundo.

— Nunca, Alfonso; está Vd. acalorado, puede haber un disgusto y sobre todo un escándalo, que yo deseo, más, que yo exijo, que evite Vd.

Alfonso no tenia razón que oponer; pero intentó arrancar aquel libro infernal.

— Doy mi palabra de no hacer nada; pero déme Vd. ese libro: le necesito, Clara.

— Alfonso: hace un instante me decia Vd. que pusiera á prueba su cariño, que le exigiese un sacrificio. Pues bien: ahora le exijo á Vd. la prueba de su sumisión, el sacrificio de su justa cólera, No lo merezco ?

— Si, Clara, pero...

— Ahora soy yo quien prohibo esa preposición que Vd. quería prohibirme. Júreme Vd. no hacer nada y dejar este asunto sólo á mi cuidado.

Clara no comprendía las angustias de aquel hombre; le parecía natural su resistencia, pero por lo mismo quería poner á prueba el cariño y sumisión de Alfonso.

— ¿No dice Vd. en una estrofa de sus versos

Pedidme en vuestros antojos
del esclavo la obediencia
y arrastraré con paciencia
por cadenas vuestros ojos?

Pues bien: sólo pido que acredite Vd. la verdad de esa estrofa para creer en las otras. Con que jure Vd. El argumento era irrefutable; la exigencia no era desmesurada, y la resolución de Clara firme. Resistir era tan peligroso como acceder: asi que Alfonso, cogida su palabra en la tenaza de tan apurado dilema, no tuvo más que responder:

— Bien, Clara, juro no hacer nada; pero déjeme Vd. siquiera saciar en ese libro mi cólera y romperle en mil pedazos. ¿Qué menor venganza?

— No: este es el cuerpo del delito y el hilo de mis averiguaciones.

— Como Vd. quiera! Adiós, Clara,— exclamó Alfonso tratando de salir cuanto antes de tan ridícula y falsa posición, y alejándose bruscamente.

— Pero espere Vd., Alfonso; lávese Vd. la cara.

— No, gracias, no es nada.

Y Alfonso, avergonzado y corrido, se alejó casi sin despedirse de Clara; tomó su sombrero y salió del palacito, y no paró hasta el pilón de la fuente de las Cuatro Estaciones, donde se lavó la cara y las manos, y con el agua refrescó un tanto sus ideas. Entonces le ocurrió si aquella aventura sería alguna broma pesada de las que el calavera Ernesto solia dar, y se dijo: «Voy á su casa, y como no me enseñe su ejemplar de esas poesías, le meto una bala en el cuerpo.» Y con esta idea comenzó á caminar como un desesperado.

Clara no extrañó la brusca despedida de Alfonso, atribuyéndola á su turbación y natural coraje, y aun quedó satisfecha de la sumisión que habia mostrado al fin á su mandato en la primer prueba que le habia exigido. Con el libro en la mano abandonó el jardín, y se dirigió á su gabinetito, donde habia un quinqué encendido.

Ya comprenderá el lector que el libro habia sido lanzado por la celosa mano de Gonzalo.

En efecto, al ver á Alfonso arrodillarse ante Clara, los celos le cegaron de tal modo, que cogió el primer objeto que tropezó á tientas, y le arrojó con toda la fuerza de su ira y todo el tino de su venganza. Cuando vio el efecto de su proyectil y reflexionó en su imprudente arrebato, conoció que habia arrojado el tomo de sus poesías, y sólo dijo estas palabras:

— Buena la he hecho!

Buena era, en efecto, por más que la intención fuese mala, la acción que habia cometido Gonzalo. Sin saberlo libraba á Clara de una eterna desgracia, arrancaba al ángel de las garras del vampiro en el momento en que iba á ser devorado.

El libro de Gonzalo cayó tan á tiempo, que cortó una palabra que encerraba todo el destino de aquella hermosa mujer.

En todas las líneas de los ferrocarriles hay puntos de enlace, en que la via se divide. Un simple movimiento de un guarda-aguja puede hacer que un tren vaya á parar al cabo de Creux ó al de Finisterre.

La vida humana es también un ferro-carril. Hay momentos supremos en que todos llegamos al guarda-aguja: allí un simple movimiento de la mano de la suerte nos dirige á la cumbre de la fortuna ó al escarpado promontorio de la miseria.

Clara habia llegado al guarda aguja del ferro-carril, mejor dicho, del auro-carril de su vida.

El tren de su destino iba á encarrilarse hácia la estación de la Desgracia.

La mano salvadora de Gonzalo acaso le encaminaba hacia esta otra estación enteramente opuesta:

La Felicidad.

Por supuesto, lector, que si te parece prosaico y anti-estético interrumpir una escena de amor con un porrazo en la nariz, no olvides que esa es la vida humana.

La realidad es brutal, ciega y anti-artística, y mezcla, sin reglas, lo cómico y lo ideal; interrumpe lo sublime con lo grotesco; sorprende lo ridículo con lo bello; se complace en las antitesis y en los contrastes; nos hace despertar de sueños, ó nos saca del estercolero de Job á los esplendores de Salomón.

No me acuséis si he dado á Alfonso con el libro en las narices, cuando tantas veces y en mejores ocasiones la realidad suele darnos con la puerta en los hocicos.