La madre Naturaleza: 20

La madre Naturaleza
de Emilia Pardo Bazán
Capítulo XX

Capítulo XX


Patinando sobre aquellas púas endiabladas, se deslizaron y corrieron hasta un grupo de salces inclinado hacia el borde del Avieiro. Oíase el murmurio musical del agua, y el ambiente, tan abrasador arriba, allí era casi benigno. Cruzaron por entre los salces desviando la maleza tupida de los renuevos, y vieron tenderse ante sus ojos toda la anchura del río, que allí era mucha, cortándola a modo de irregular calzada las pasaderas o poldras.

En torno y por cima de las anchas losas oscuras, desgastadas y pulidas como piedras de chispa por la incesante y envolvedora caricia de la corriente, el río se destrenzaba en madejas de verdoso cristal, se aplanaba en delgadas láminas, bebidas por el ardor del sol apenas hacían brillar la bruñida superficie. Para una persona poco acostumbrada a tales aventuras, no dejaba de ofrecer peligro el paso de las poldras. Sobre que se movían y danzaban al menor contacto, no eran menos resbaladizas que la rama del pino. Nada más fácil allí que tomarse un baño involuntario.

-¿Hemos de pasarlas? -preguntó la montañesa, con una sonrisa que significaba -a ver cuándo determinas que paremos en alguna parte.

-Las pasamos -ordenó Perucho con el tono mandón y despótico que había adoptado desde por la mañana.

Manuela tendió la vista alrededor, y eligiendo un sitio favorable, la sombra de un árbol, se dejó caer en un ribacillo, y resignadamente comenzó a desabrocharse las botas. Ni un segundo tardó Perucho en hincársele de rodillas delante.


-Yo te descalzo... yo. Como cuando eras una cativa, ¿te acuerdas?, un tapón así... y yo te descalzaba y vestía... y hasta te tengo peinado mil veces.

Medio riendo, medio enfadándose, la muchacha no retiró el pie de las manos de su amigo. Este hacía ya saltar uno tras otro los botoncitos de la botina de casimir, mal hecha, muy redonda de punta contra todas las leyes de moda. Tiró después delicadamente, con un pellizco fino, del talón de la media de algodón, y la media bajó; arrollola en el tobillo, y con un nuevo tirón dejó el pie desnudo. Sus palmas se distrajeron y embelesaron en acariciar aquel pie, que le recordaba la patita rosada y regordeta de la nené a quien tanto había traído en brazos. Era un pie de montañesa que se calza siempre y que tiene en las venas sangre patricia; no muy grande, algo encallecido por la planta, pero arqueado de empeine, con venillas azules, suave de talón y calcañar, redondo de tobillo, blanco de cutis, con los dedos rosados o más bien rojizos de la presión de la bota, y un poco montado el segundo sobre el gordo. El pie transpiraba, por haber andado mucho y aprisa.

-Enfríate un poco... -murmuró el mancebo-. No puedes meter el pie en el agua estando así; te va a dar un mal.

-Que me haces cosquillas -exclamaba ella con nerviosa risa tratando de esconder el pie bajo las enaguas-. Suelta, o te arrimo un cachete que te ha de saber a gloria.

-Déjame verlo... ¡Qué bonito es! Lo tienes más blanco que la cara, Manola... Pero mucho más blanco.

-¡Vaya un milagro! Como que la cara va por ahí destapadita papando soles y lluvias. ¡Pasmón! ¿Es la primera vez que ves un pie en tu vida? ¡Soltando!

Soltó el que tenía asido, pero fue para descalzar el otro con el mismo cariño y religiosa devoción, y abarcar ambos con una mano, uniéndolos por la planta.

-Que me aprietas... que me rompes un dedo... ¡Bruto!

-¡Ay!, perdón -murmuró él; y bajándose, halagó con el rostro, sin besarlos, los pies desnudos. La montañesa se incorporó pegando un brinco, y echó a correr, y sentó la planta descalza en la primer pasadera. Su amigo le gritó:

-Chica, aguárdate... Déjame recoger las medias y las botas... Allá voy a darte la mano... Vas a caerte de cabeza en el río... ¡Loca de atar!

Con saltos ligeros, volviendo la cabeza a cada brinco lo mismo que los pájaros, Manuela salvaba ya las poldras eligiendo diestramente el trecho seco a fin de caer en él. Dos o tres veces estuvo a punto de dar la zambullida, y la daría de fijo a no ser tan grande su agilidad: saltaba largo, y era su ligereza la ligereza del ave, de la golondrina que vuela rasando el agua. Remangaba las faldas al brincar, y su pierna, no torneada aún, pero de una magrez llena, donde las redondeces futuras apuntaban ya, tenía al herirla el sol, la firmeza y granillo algo duro de una pierna acabada de esculpir en mármol y no pulimentada aún.

Casi había alcanzado la otra orilla, cuando Perucho voló tras ella. El muchacho, calzado con duros zapatos de doble suela, desdeñaba descalzarse, habiéndose contentado con remangar los pantalones.

La chiquilla comprendió que llevaba ventaja a su compañero, y excitada por el juego, quiso hacerle correr un poco. Como una saeta se emboscó entre los árboles de la orilla, y desapareció en la espesura dándose traza para que Perucho no supiese dónde se había metido. Pero al muchacho le asustó aquella pequeña contrariedad como si realmente su amiga se le perdiese de vista, y gritó llamándola con oprimido corazón y angustiada voz: tan angustiada, que Manuela salió al punto de los matorrales, renunciando a continuar el juego.

-¿Qué te pasa? -dijo riéndose al ver el semblante demudado de Perucho.

-¿Qué...? Que no me hagas judiadas... Vamos juntos, ¿entiendes? Tú no te apartes de mí. ¿Dónde estabas? No, no sirve esconderse.

-Pues cálzame -exclamó ella sentándose en un peñasco.

La calzó enjugándole antes los pies húmedos con la falda de su americana, y bromeando ya sobre el enfado y el susto del escondite.

-Y ahora... -murmuró la niña mientras él lidiaba con un botón empeñado en resbalarse del ojal -¿a dónde vamos? ¿Seguimos como locos?

-Ahora... ahora ven conmigo... Ya pararemos, mujer.

Echaron monte arriba, alejándose de la refrigerante atmósfera del río. Aquella montaña era más áspera aún, y en el suelo dominaban las carrascas y las encinas, que daban alguna sombra; pero siendo muy agria la subida, en los puntos descubiertos quemaba el sol de un modo insufrible. Manuela jadeaba siguiendo a Perucho, que parecía llevar un objeto determinado, pues miraba a un lado y a otro para orientarse. Al fin, divisó una encina vieja, un tronco perforado y hueco donde aún gallardeaba algún ramaje verde en lugar de la copa desmochada; dio un grito de júbilo, metió la cabeza dentro con precaución, luego la mano, armada de una navaja, luego el brazo todo... y al cabo de unos cuantos minutos de manipulación misteriosa, sacó en triunfo algo, algo que hizo exhalar a la montañesa clamor alegre.

¡Un panal soberbio de miel rubia, pura y balsámica, de aquella miel natural, un millón de veces más sabrosa que la de colmena, como si el insecto, libre ciudadano de su inocente república, ajena al protectorado del hombre, libase un néctar más puro en los cálices de las flores, un polen más fecundo en sus estambres, elaborase un propóleos más adherente para afianzar la celdilla, y emplease procedimientos de destilación más delicados para melificar la esencia de las plantas, el jugo precioso recogido aquí y acullá, en el prado, en la vega, en el castañar, en el monte!

Manuela chillaba, reía de placer.

-Pero tú mucho discurres... Pero ¿de dónde sacaste eso...? Pero tú creo que echas las cartas como la Sabia... ¿Quién te contó que ahí había miel?

-¡Boba! ¡Gran milagro! Supe que unos hombres de las Poldras pillaron en este sitio un enjambre... pregunté si habían registrado el nido de la miel y contestaron que no, que ellos sólo andaban muertos y penados por las abejas, para llevarlas al colmenar... Yo dije ¡tate!, pues los panales han de estar allí, en un árbol hueco... Ya ves cómo acerté. ¿Qué tal el panalito? ¡Pecan los ojos en mirarlo!

-¿Y si estuviesen en el tronco las abejas, ahora que andan tan furiosas con la borrachera de la flor del castaño? Te comían vivo.

-¡Bah! Yo sé la maña para que no piquen... Hay que meter poco ruido, moverse despacio y bajarse al suelo cuando le sienten a uno...

-¡A comer, a comer la miel! -gritó la montañesa palmoteando.

-Ven, aquí hay una sombra, ¡una sombra que da la hora!

Era la sombra la de una encina cuyas ramas formaban pabellón, y que caía sobre un ribazo todo estrellado de flores monteses, donde crecía el tojo o escajo tan nuevo y tierno, que sus pinchos no lastimaban. Además parecía como si la mano del hombre hubiese labrado allí esmeradamente un asiento, a la altura exigida por la comodidad. Perucho sacó su navaja, y del bolsillo del chaquetón hizo surgir el pedazo de brona tomado contra la voluntad de su dueña la Sabia. Partiolo en dos mitades desiguales, dando la mayor a su compañera; y el panal de miel se sometió al mismo reparto. Sentada ya, tranquila, descansando de la larga caminata y del calor sufrido, con esa sensación de bienestar físico que produce el reposo después de un violento esfuerzo muscular, y la pregustación de un manjar delicioso, virgen, fresco, sano, que hace fluir de la boca el humor de la saliva, Manuela, antes de hincar el diente en la miel puesta sobre el zoquete de pan, tocó en el hombro a su compañero:

-Mira, en comiéndola nos largamos, y vuelta a casita... ¿eh? Ya me parece que dieron las doce en el campanario de Naya... Sabe Dios a qué hora llegaremos allá, y lo que andarán preguntando por nosotros.

Él le echó el brazo al cuello, y con los dedos le daba golpecitos en la garganta.

-Hoy no se vuelve -murmuró casi a su oído.

Pegó un respingo la muchacha.

-¿Tú loqueas? Si fuese en otro tiempo... bien, nadie se amoscaría; pero ¿ahora que está el tío Gabriel? Se armaría un ruido endemoniado por toda la casa.

Perucho le tiró de la trenza.

-Hoy no se vuelve... No me repliques, que no puede ser. Hoy no se vuelve... ¿Sabes por qué? Por lo mismo, por eso... porque está tu tío, tu caballero de tío. Calla, calla, vidiña... Si quieres volver, vuélvete tú sola, muy enhorabuena; yo me quedo aquí... Yo no voy más a los Pazos.

-A mí se me figura que tú chocheaste. Lo que a ti se te ocurre, no se le ocurre ni al mismo Pateta. ¡No volver a los Pazos! Pues apenas se alborotaría aquello todo.

-¿Y qué nos importa, di? -murmuró el mancebo con ardorosa voz-. Tú eres muy mala, Manola: sí señor, muy mala; tú no me quieres a mí así, a este modo que yo te quiero. ¡Qué me has de querer! Ni siquiera sabes lo que es cariño... de este. ¿Lo entiendes? Pues no lo sabes. Vamos, yo no digo que tú no me quieras una miajita; si me muriese, llorarías, ¡quién lo duda!, llorarías una semana, un mes... y te acordarías de mí un año... y soñarías conmigo por las noches, y después... te casarías con el tío Gabriel, y se acabó... se acabó Perucho.


Su voz temblaba, enronquecida por la pasión.

-¡Qué cosas dices! ¡Con el tío Gabriel! -exclamó la montañesa dilatando las pupilas de asombro y limpiándose distraídamente con el pañuelo la boca untada de pegajosa miel.

-O con otro del pueblo, otro señor elegante y de fachenda, así por el estilo... ¡Malacaste! Oye tú: aquí en la aldea no se hace uno cargo de ciertas cosas... pero allá en el pueblo... los estudiantes... unos con otros... nos abrimos los ojos... nos despabilamos... ¿estás? Allá... cuando me preguntaban los compañeros que si tenía novia y que por qué no tomaba una en Orense... atiende, atiende... les dije así: -Tengo mi novia, ya se ve que la tengo, y es más bonita que todas las vuestras, y se llama Manuela, Manuela Ulloa...-. Y ellos a decir: -¿Quién?, ¿la hija del marqués? -La misma que viste y calza... decid ahora que no es bonita, morrales...-. Y ellos con muchísima guasa me saltan: -En la vida la vimos... pero esa no es para ti, páparo... Esa es para un señor, porque es una señorita, hija de otro señor también... y tú eres hijo de una infeliz paisana... ¿eh?, date tono, date tono...-. Le santigüé las narices al que me lo cantó, pero me quedé pensando que lo acertaba... ¿Entiendes? Y tanta rabia me entró, que me eché a llorar como si fuese yo el que hubiese atrapado los soplamocos... Mira si sería verdad... que a... aún... aún...

Manuela, que chupaba muy risueña el panal, alzó la vista y notó que su amigo tenía como una niebla ante aquellas hermosas pupilas azul celeste. En lo más profundo de su vanidad de hembra, quizás a medio dedo de las telillas del corazón, sintió algo, una punzada tan dulce, tan sabrosa... más que la propia miel que paladeaba. Volvió la cabeza, recostola en el hombro de su amigo.

-¿Quién te manda llorimiquear ni apurarte? -pronunció enfáticamente.

-Porque tenían razón -tartamudeó él.

-No señor. Yo te quiero a ti, ya se sabe. Mas que fueses hijo del verdugo. Valientes tontos, y tú más tonto por hacerles caso.

-Bien -murmuró él-; me quieres, corriente, estamos en eso; pero es allá un modo de querer que... Yo me entiendo. Es un querer, así... porque... porque uno se crió desde pequeñito junto con el otro, sin apartarse... y tienes costumbre de verme, como quien dice... y... y... Yo te voy a aclarar cómo me quieres, y si acierto, me lo confiesas. ¿Eh? ¿Me lo confiesas?

-Hombre... -clamó ella con la boca atarugada de brona- siquiera das tiempo a uno para tragar el bocado y contestar... Conformes; te lo confesaré. ¡Falta saber qué es lo que he de con-fe-saaaar!

-Tú me quieres... como quieren las hermanas a los hermanos. ¿Eh? ¿Acerté?

-Mira tú. ¡Verdad! Si yo siempre pensé de chiquilla que lo eras, no entiendo por qué... -Aquí la montañesa dio indicios de quedarse pensativa, con la brona afianzada en los dedos, sin llevarla a la boca-. Y yo no sé qué más hermanos hemos de ser. Siempre juntos, siempre, desde que yo era así... (bajó la mano indicando una estatura inverosímil, menor que la de ningún recién nacido). Aún hay hermanos que no se crían tan juntos como nosotros.

Perucho permaneció silencioso, con el pan caído a su lado sobre la hierba, una rodilla en el aire, que sostenía con las manos enclavijadas, y mirando hacia el horizonte.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara de bobo?

-Eso ya lo sabía yo... -exclamó él desesperado, descargándose de golpe una puñada en el muslo-. ¿Ves...? ¿Ves cómo tenían razón los de Orense? Lo que tú me quieres a mí... es... así... por eso, porque desde chiquillos andamos juntitos y, a menos que fueses una loba, no me habías de tener aborrecimiento... ¡Pues andando! Siga la música... Y que se lo lleven a uno los diablos.

Encarose violentamente con la niña, y tomándole las muñecas, se las apretó con toda su alma y todo su vigor montañés. Ella dio un chillido.

-Yo te quiero a ti de otra manera, muy diferente... te quiero como a las novias, con amor, con amor (vociferó esta palabra). Si se calla uno más de cuatro veces, es por miramientos y consideraciones y embelecos... Que se vayan a paseo todos ellos juntos... Aguantar que a uno no le quieran, ya es martirio bastante; pero ver que viene otro y con sus manos lavadas le escamotea la novia, le roba todo... Eso ya pasa de raya... No tengo paciencia para sufrirlo ni para verlo... No, y no, y no lo veré, me iré, me iré, aunque sea a la isla de Cuba.

Manuela oyó todo esto derramándose en risa, porque el enfado de su amigo le gustaba; y sobre todo, encantábale la idea de calmarlo con unas cuantas frases cariñosas, que sin esfuerzo, antes muy a gusto suyo, le salían del corazón.

-Lo dicho: a ti hoy picote una avispa o un alacrán en el monte... Yo quisiera saber de dónde sacas tanto disparate... ¿Quién te viene a quitar la novia, ni quién me coge a mí, ni me lleva, ni todas esas barbaridades que sueñas tú?

-El tío Gabriel te quiere; está enamorado de ti. Ha venido a casarse contigo. No me lo niegues.

-Vaya, lo dicho.

Manuela se tocó la frente con el dedo y meneó la cabeza.

-No, no me llames loco; porque me parece que haces risa de mí o que me quieres engañar. Dime sólo una cosa. ¿Te gusta tu tío Gabriel?

-¿Gustar?... ¿Qué sé yo lo que es gustar, como tú dices? El tío Gabriel me parece muy bueno, muy listo, y un señor así... no sé cómo te diga... muy fino, y que sabe mucho de muchísimas cosas... Un señor diferente de los de por acá, de Ramón Limioso, del sobrino del cura de Boán, Javier, de los de Valeiro... de todos.

-Ya lo ves -exclamó con aflicción el mancebo-; ya lo estás viendo... Tu tío... ¡te gusta!

-Pues sí; claro que me gusta... ¡No tiene por qué no gustarme!

Las correctas líneas del rostro de Perucho se crisparon. Las raras veces que tal sucedía, palidecían sus mejillas un poco, dilatábansele las fosas nasales, se oscurecían y centelleaban sus ojos de zafiro, poníase más guapo que nunca, y era notable su parecido con las estampas de la Biblia que representan al ángel exterminador o a los vengadores arcángeles que se hospedaron en casa de Lot el patriarca. Manuela lo contemplaba con placer, a hurtadillas; y de pronto, pasándole suavemente una mano por detrás de la cabeza y atrayéndolo a sí, murmuró:

-Tú me gustas más, queridiño.

-A ver, dilo otra vez.

-Te lo daré por escrito. -Hizo ademán de escribir en el suelo con el dedo, y deletreó: Me-gus-tas-más.

-Manola, vidiña... A mí, ¿me quieres más a mí?

-Más, más.

-¿Te casarás conmigo?

-Contigo.

-¿Conmigo? ¿Aunque tú seas señorita y yo... un labrador?

-Aunque fueses el último pobre de la parroquia. Yo no soy tampoco una señorita... como las demás. Soy una montañesa, criada entre las vacas. Estaría yo bonita allá en pueblos de no sé. Más señorito pareces tú que yo.

-Y si tu padre...

Manuela miró al suelo; su boca se contrajo por espacio de un segundo. Luego suspiró levemente:

-Para el caso que me hace papá... Yo no sé de qué le sirvo... ¡Bah! Desde pequeñita sólo tú hiciste caso de mí, y me cumpliste los caprichos y me mimaste... Cuando necesitaba dos cuartos... ¿te acuerdas?, me los prestabas... o me los regalabas... Tú me traías los juguetes y las rosquillas de la feria... En el invierno, cuando te vas, parece que se me va lo mejor que tengo y me quedo sin sombra.

-¡Qué gusto! -exclamó él, y con ímpetu irresistible se levantó, le apoyó las manos en los hombros, y la zarandeó como se zarandea al árbol para que suelte el fruto. Luego se le hincó de rodillas delante, sin el menor propósito de galantería.

-Manola, ruliña, dame palabra de que nos hemos de casar tan pronto podamos. ¿Me la das, mujer?

-Doy, hombre, doy.

-Y de que hasta la tarde no volvemos a los Pazos.

-¡Uy! Reñirán, se enfadarán, armarán un Cristo.

-Que lo armen. Que riñan. Hoy el día es nuestro. Que nos busquen en la montaña. Aquí corre fresco, da gusto estar. ¿No comiste bastante? ¿Tienes hambre? Ahí va el pan, y más miel.

-¿Y qué vamos a hacer aquí todo el día de Dios? -preguntó ella risueña y gozosa, como si la pregunta estuviese contestada de antemano.


-Andar juntos -respondió él decisivamente-. Y subir a los Castros. Desde aquí todavía estamos cerca de Naya.