La imperial de Otón/Acto II

Acto I
La imperial de Otón
de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto II

Acto II

Salen caja y bandera; en orden soldados; DORICLEO, ATAÚLFO, ALBERTO, OTÓN y, en la ventana, la Reina.
ETELFRIDA:

  Mi querido Otón adiós;
y en vuestra custodia y guarda
vaya el ángel de la guarda.

OTÓN:

Basta, mi bien, que vais vos;
  que aunque es verdad que es tan alta
de un ángel la compañía,
si él me faltase, podría
la vuestra suplir su falta.
  Que si al hombre Dios crio
del ángel, tan poco menos,
dese menos a lo menos
poco al ser ángel faltó.
  Que una mujer virtuosa,
casta, varonil y santa,
merece alabanza tanta
mejor que la que es hermosa.
  Y si a la hermosa dan nombre
de ángel por alabanza:
la que este tan buena alcanza,
mejor es que ángel se nombre.

ETELFRIDA:

  No os quiero agora tan tierno
sino más fuerte y feroz,
que la afeminada voz
desdice al marcial gobierno.
  Como el que muere ha de ser
el hombre que va a la guerra,
que lo que deja en la tierra
no piense volver a ver.
  Perdono vuestras ternuras
al amor que me tenéis,
porque aún sentido no habéis
cuánto son las armas duras.
  Nunca Cipión venciera,
ni al fiero español domara,
si a su gente no quitara
lo que tierno entre ellos viera.
  La música, las mujeres,
todo, en fin, supo quitallos,
que las armas y caballos
no quieren tantos placeres.
  Alejandro a sus soldados,
que en sus conquistas y alardes
iban flojos y cobardes
del oro indiano cargados,
  les quitó por fuerza el oro
y estando pobres vencieron
cuantas guerras emprendieron
libres del rico tesoro.

ETELFRIDA:

  No os traigo ejemplos, que vos
no los habéis menester.
Soy, Otón, vuestra mujer:
que me queráis manda Dios
  y que lo hagáis agradezca,
mas suspéndase mi amor
mientras al marcial furor
esas ternuras ofrezca.
  No suene la tierna voz
sino la caja sonora
y la trompa vencedora
hiriendo el aire feroz.
  Alegre la chirimía,
el caballo castellano
que abra el suelo con la mano
viendo la silla vacía.
  Huela pólvora y no algalia,
bullen galas soldadescas
y no cueras de olor frescas
con pasamanos de Italia;
  que espero en Dios mi señor
que volveréis vitorioso.

OTÓN:

Hablé galán como esposo:
perdonad si ha sido error.
  En vuestros ojos presentes
escusé fieros alardes
porque, en fin, es de cobardes
ser, con mujeres, valientes.
  Allá con el enemigo
no he de estar enamorado:
si haberos «ángel» llamado
fue culpa, dadme el castigo.

ETELFRIDA:

  Ojalá que yo lo fuera
como vos me lo llamáis
y que a la guerra que vais
acompañaros pudiera;
  que por tan diversas vías,
por tierra, o por mar cruel,
fuera siempre el Rafael
de tan gallardo Tobías.
  No os enojéis, Otón mío,
que si ocasión os he dado,
fue por veros enojado
para veros con más brío.
  Las gracias de los amantes
al descuido han de perderse
porque no pueden sufrirse
con cuidados semejantes.
  Así yo con invención
os quiero mirar brioso
para veros más hermoso
sin que entendáis la razón.

OTÓN:

  Sois, Reina, discreta en todo,
dais a entender sin pesar
lo que queréis avisar
por estraordinario modo.
  Con licencia vuestra quiero
marchar y salir de aquí.

ETELFRIDA:

Con vos voy.

OTÓN:

Y vos en mí.

ETELFRIDA:

¡Con la vitoria os espero!

OTÓN:

  No volveré a vuestra puerta
sin la corona imperial.

ETELFRIDA:

Deste palacio real
mayor la hallaréis, y abierta,
  porque para entrar por ella
no cabréis si no se ensancha:
que la imperial es muy ancha
y está el mundo encima della.

OTÓN:

  Yo os doy palabra mi amor
no venir sin ella a veros.
Adiós.

ETELFRIDA:

¡Adiós, caballeros!
¡Servid al Rey mi señor!

ATAÚLFO:

  Crea Vuestra Majestad
que le hemos de dar la vida.

ETELFRIDA:

¡Adiós, mi Otón!

OTÓN:

¡Mi Etelfrida,
adiós! ¡Tocad y marchad!

(Sale un MAYORDOMO y criados.)
MAYORDOMO:

  Poned ese estrado bien
y aquesta silla imperial.

CRIADO:

¿Luego la silla está mal?

MAYORDOMO:

Y el dosel lo está también.

CRIADO:

  No viene bien este aquí:
mejor estaba el pasado.

MAYORDOMO:

Ese a la Iglesia se ha dado
y el estrado carmesí.

CRIADO:

  Es hecho cristiano y santo.

MAYORDOMO:

Y digno de gran valor
del Rodulfo, emperador,
del mundo gloria y espanto.
  Cuanto sirve en estas fiestas
a pobres lo manda dar.

CRIADO:

¿Qué días han de durar?
Que ya, señor, son molestas.
  Son a los de afuera buenas,
que aquí se asoman despacio,
mas para los de palacio,
de pena y cansancio llenas.

MAYORDOMO:

  No pasarán deste mes,
que es ya la costa excesiva.

[VOCES]:

(Dentro.)
¡Viva nuestro César! ¡Viva!

MENDOZA:

Música suena: él es.

(Salga con chirimías el emperador RODULFO, y el CONDE ARNALDO, y acompañamiento; siéntense en su silla debajo de dosel, y los demás se arrimen.)
RODULFO:

  Fue esta tarde bizarra con estremo
la carrera gallarda, conde Arnaldo.

ARNALDO:

En fin, ¿os agradó, César supremo?

RODULFO:

Apenas sé decirlo: imaginaldo.

ARNALDO:

La poca fiesta desta noche temo.

RODULFO:

¿Quién la ha trazado?

ARNALDO:

Dicen que Cotaldo.

RODULFO:

Creed que el secretario es muy discreto.

ARNALDO:

Y vos, señor, un príncipe perfeto.

RODULFO:

  Los caballos del Duque fueron nueve,
y buenos los mejores que yo he visto:
que no los haya, sustentar se atreve,
mejores desde el Cancro hasta Calisto.
¿Por qué son nueve?

ARNALDO:

A imaginar se mueve,
si no es que con los tuyos le resisto,
que son los nueve de la fama.

RODULFO:

Es justo:
refiérelos, Arnaldo, por mi gusto.

ARNALDO:

  Con la espalda manchada a moscas negras,
entró don Felis sobre un turco blanco,
más que en Olimpias y soberbias Flegras,
aquí gigante, destrozado y manco.
Y pues que refiriendo te aseguras,
mostrándose a la tierra el cielo franco,
de damas en balcones y ventanas,
al sol acompañaron mil mañanas.
  Los ocho se dividen y él aplica
a un tiempo a entrambos lados las espuelas,
aliéntale el bocado, corre y pica.

RODULFO:

Parece, Conde, que a su lado vuelas...

ARNALDO:

Al puesto llega, párase y duplica
de las estampas las herradas huellas.
Luego, con pie siniestro, a mano diestra
le hiere y vuelve a la primera muestra.
  A un villano de España, que de plata
una pequeña estrella trae en la frente,
con una azul mochila y de su ingrata
mil cifras de oro y nácar transparente,
la rienda Horacio coge y se dilata,
con mucha gracia a tiempo conveniente:
ya sabes que es Horacio su sobrino.

RODULFO:

Y que ha muy poco que de Italia vino.

ARNALDO:

  Con las piernas y espuelas le desvía;
a un punto le levanta, alza la mano,
y con un salto al aire le confía,
que el Pegaso imitar pretende en vano.
Da luego un paso y otra vez le envía
a que sobre los vientos busque el llano,
y como ondea el mar, ya bajo, ya alto,
si le müeve tras el paso al salto,
  a corbetas después süave y tardo.
Vino Leonero en un feroz jinete
de la costa de Córdoba gallardo,
que apenas sufre que el ijar le apriete,
álzase en alto y entre el polvo pardo;
todo en las ancas al caer se mete
de suerte que los pies, aunque no quiera,
vuelve a imprimir en la señal primera.
  Del salto a las corbetas después vuelve,
y no haciendo jamás estampa nueva,
alza el siniestro pie y en tres resuelve
el peso todo,y del que encima llena.
Luego a la mano diestra se revuelve
danzando así donde la vara mueva,
que al paso de la mano, o baja o alta,
el andaluz overo danza y salta.

ARNALDO:

  Isminio luego con su bayo escuro,
y en dos bárbaros, Pánfilo y Aluesto,
arena levantando al aire puro,
la palestra ocuparon de aquel puesto.
Un melado de Frisa trujo Arturo,
galán de entrambas sillas, y dispuesto.
Colouro, un tordillo a lo que pienso franco,
corto de cuello y que bebió con blanco.
  El Duque en un rosillo por la arena
entra gallardo y los ijares bate;
alza el bocado que la boca enfrena
para que el salto al viento se dilate;
toca la espalda de remiendos llena,
la vara al mismo son del acicate,
y mientras el caballo al aire pende,
dos coces en un tiempo al cielo estiende.
  Las narices tenía de suerte hinchadas,
y cada hueco de manera abierto,
que pudieran las venas ser lineadas
y el músculo más breve descubierto.
Apenas las arenas lastimadas
tocan las plantas, cuando el Duque, experto,
con pies y freno se levanta en alto,
el hierro al viento hasta el tercero asalto.

CRIADO:

  Ya están los de la fiesta apercebidos.

RODULFO:

¿Qué ha compuesto Cotaldo?

CRIADO:

Dos pastores.

RODULFO:

¿Para tratar del campo introducidos,
o para celos y cuestión de amores?

CRIADO:

Sobre celos están desavenidos:
uno dice que son de amor favores
y otro dice que no hay amor con celos.

RODULFO:

Pues si lo he de juzgar, salgan y oirelos.

(Sale LIDIA, pastora, y ANFRISO, pastor.)
ANFRISO:

  Basta, Lidia, que presumes
vencer en esta cuestión,
y todo cuanto resumes
es mostrar la sinrazón
con que mi vida consumes.
  Juzguen tu engaño los cielos
y duélanse de mis duelos,
que es un notable rigor
decir que no tengo amor
porque me abraso de celos.

LIDIA:

  Torno a sustentar, Anfriso,
que no es amor el celoso.

ANFRISO:

Pues ya no culpo tu aviso:
mi desdicha es más forzoso,
que ella lo pudo y lo quiso.
  Si no es amor el que cela,
el tuyo ha sido cautela:
digo que me has engañado
o sin amor has amado,
que es decir que el fuego yela.

LIDIA:

  ¿Qué es amor?

ANFRISO:

Deseo y saber
que la hermosura conquista.

LIDIA:

¿Quién le engendró?

ANFRISO:

Los süaves
espíritus de la vista,
que son del alma las llaves.

LIDIA:

  ¿Qué es lo primero?

ANFRISO:

El deseo.

LIDIA:

¿Qué viene tras desear?

ANFRISO:

Celos.

LIDIA:

¿Qué es celos?

ANFRISO:

No creo
que jamás supiste amar,
pues vas por ese rodeo.
  Celos, Lidia, es un temor
que en su amiga la sospecha
dicen que engendra el amor.

LIDIA:

¿Que no es su mujer?

ANFRISO:

¡Qué estrecha
cuenta de un largo dolor!
  No es su mujer, que es su amiga.

LIDIA:

¿Que adúlteros son?

ANFRISO:

La pena
a bastardos los obliga.

LIDIA:

¿Qué es su efeto?

ANFRISO:

Tener llena
el alma de su fatiga.

LIDIA:

  ¿Qué es su fatiga?

ANFRISO:

Pensar
un hombre que ha de perder
lo que otro puede ganar.

LIDIA:

¿Ves cómo eso no es querer?

ANFRISO:

¿Con qué lo piensas probar?

LIDIA:

  No piensa mal el que piensa
que su dama le hace ofensa.

ANFRISO:

Mal piensa.

LIDIA:

Luego no ama
el que a su dama disfama
si amor le obliga a defensa.

ANFRISO:

  No es querer mal pensar mal
sino temer mal suceso,
que esa es desdicha fatal.

LIDIA:

Amor que es amor de peso,
tiene la balanza igual:
  la honra y buena opinión
un peso tiene, Anfriso,
y otro la satisfación.
Amor pesa y nunca quiso
peso falso en la razón:
  siempre ha de estar en un fil,
que si por no ver es fe,
quien tiene fe y es sutil
ya le falta fe pues ve
en quien ama cosa vil.
  Cuanto más que eso no es bien,
que no hay más que reprehender
sino solo sospechar,
y es sospechar en amar
principio de aborrecer,
  pues quien comienza algún vicio
ya pasó de la virtud.

ANFRISO:

Quieres quitarme el juicio
y con esa ingratitud
sacar la razón de quicio.
  Amor vuelve aquí por mí;
si amar es temor y aquí
este temor celos llaman,
esos que recelan aman:
¡aquí de Dios! ¿No es así?
  Harasme que tome el viento;
bueno es que no llegue amor,
ingrata, a tu entendimiento,
y por tenelle mejor,
pruebes tu falso argumento.
  Amor es deseo.

LIDIA:

Concedo.

ANFRISO:

El deseo es esperanza.

LIDIA:

Concedo.

ANFRISO:

Esperanza es miedo.

LIDIA:

Concedo.

ANFRISO:

Desconfianza
es miedo.

LIDIA:

Negar no puedo.

ANFRISO:

  Desconfiar es celar;
celos, efecto de amor,
luego celar es amar.

LIDIA:

Niego.

ANFRISO:

Pruébalo mejor
y harasme desesperar.

LIDIA:

  Amor es querer.

ANFRISO:

Concedo.

LIDIA:

Quien quiere, confía.

ANFRISO:

Sin duda.

LIDIA:

Quien confía pierde el miedo,
el que no teme no duda,
el que duda estase quedo.
  Un firme nada recela
pero celar es cautela
pues quien engaña no ama:
luego ya amor no se llama.

ANFRISO:

Eres de engaños escuela...

(Sale LEONCIO.)
[LEONCIO]:

  Aunque parece atrevimiento grande
interrumpir tus fiestas, César ínclito,
la ocasión no permite otro respeto:
el fiero Otón, el rey bohemio, tiende
veinte y siete banderas a los vientos,
con trece mil infantes valerosos,
españoles, tudescos y bohemios,
sin otros que conduce italianos.
Trae cinco mil caballos y, de suerte,
viene talando el campo de tus tierras,
que ya se atreven a las grandes villas,
y ponen cerco a las ciudades grandes.
La fama y los correos han llegado
a un tiempo mismo a tu palacio y corte:
agora mira lo que hacer pretendes.

RODULFO:

Cesen las fiestas, cesen ya las galas,
no haya más regocijo, caballeros.
Resistamos la furia del contrario
que está agraviado y viene riguroso,
que con tanto secreto y tanta prisa
que ha igualado su prisa y el secreto.
Baje Otón a mi tierra, Otón se atreve
contra elección que aprueba todo el mundo
con bendición y gusto del Pontífice
no ve que a la verdad es imposible
contrastarla jamás poder humano
si no es por los pecados de su dueño.
Esa esperanza tuvo, esa arrogancia
encubrió la humildad con que pedía
la sagrada corona deste imperio.
¡Oh, corona envidiada, si alcanzarte
cuesta lo que juzgar Rodulfo puede,
no será conservarte menos gloria!
¡A las armas, valientes caballeros!
Resistamos a Otón, que es arrogante,
y al que corre furioso: solo un niño
que se detenga le derriba al suelo.
Desdoblad mis banderas y las águilas
de Roma coronadas justamente,
que yo quiero regiros en persona.

ARNALDO:

Si Otón te mira el rostro y no se rinde,
invictísimo César, Otón viene
a mal lograr su vida entre tus armas.

RODULFO:

Vos sois mi general, Arnaldo.

ARNALDO:

Beso
tus pies reales.

RODULFO:

¿Quién es el contrario?

LEONCIO:

Ataúlfo, decían.

RODULFO:

Vamos luego,
que me río de Otón y de Ataúlfo.

ARNALDO:

¡Viva el Emperador!

TODOS:

¡Viva Rodulfo!

(Sale OTÓN, ALBERTO y ATAÚLFO.)
OTÓN:

  Prosigue.

ALBERTO:

Estaba el conde Palatino
del español oyendo la arrogancia,
con Federico, que de Londres vino.
  Hizo con más fuerza que elegancia
una larga oración del parentesco
que tiene España con san Luis de Francia,
  y luego blasonando al viento fresco
amenazó desde el bohemio al franco
y desde el anglo al borgoñón tudesco.
  Yo entonces, de colérico más blanco
que el más blanco papel, aunque el respeto
del Conde miro si la espada arranco,
  lo digo en alta voz como es secreto:
«El valor de tu rey discreto ha sido
en publicarle para el mismo efeto;
  que Federico y yo no hemos querido
loar el gran valor de nuestros dueños,
en cuanto el sol alumbra conocido.
  Y esos méritos todos son pequeños
respeto de los muchos que a Otón sobran,
y así serán tus pretensiones sueños.»
  Respondió el español: «Si aliento cobran
por el Conde tus bríos siempre, Alberto,
las lenguas hablan y las manos obran:
  ya fuera aquesta sala campo abierto,
que yo te hiciera confesar que España
jamás su gran valor tuvo encubierto.»
  «Hicieras -dije- una famosa hazaña,
fuera de que igualar tu rey al mío
es la alta palma con la débil caña.»

ALBERTO:

  Cuando esto dije con gallardo brío,
ya de la sala estábamos afuera
y el español trazando el desafío.
  Los reyes dejo, no es razón prefiera,
por ser tan deudos; pero los vasallos
que tiran sueldo y siguen su bandera...
  Pedían ya, los príncipes, caballos
cuando le respondí: «Probarte puedo
que los de Otón no puedes igualallos.»
  Saliose con decir: «Yo soy Toledo.»
«Si la misma ciudad fueras -replico-,
a toda junta no tuviera miedo.»
  Metiose de por medio Federico.
Partimos a la junta donde atento
a tu nombre real el alma aplico
  cuando dentro de un hora por el viento
al eco escucho, y popular ruido,
y el Conde siempre en el postrero acento,
  pues viendo que Rodulfo era elegido
ni cuido de don Juan ni de sus fieros
ni de los electores me despido.
  Solo honrado de algunos caballeros,
salgo de Franconfordia alzando el brazo
y mostrando desnudo tus aceros,
de cuyo juramento llega el plazo.

OTÓN:

  Mostraste Alberto valor:
eres de mis brazos dino.

(Sale UN PAJE.)
PAJE:

Aquí ha llegado, señor,
un español de camino
con su ordinario rigor.

OTÓN:

  ¿Está de la tienda cerca?

PAJE:

A tu persona se acerca:
la tienda quiere pasar.

OTÓN:

¡Qué bravos son!

PAJE:

Por entrar
con tus soldados alterca.

(Salen DON JUAN DE TOLEDO [y] MARGARITA, dama en hábito de paje, con una rodela.)
TOLEDO:

  ¡Ah, qué valeroso Otón!
Que entre tiendas y soldados
son más humanos los reyes
que en sus cortes y palacios
sin conquistarlos por tiros,
atrevidos y enojados,
los de tu dorada llave,
endiosados cortesanos.
Te habla un hombre español
del linaje antiguo y llano,
cuya cabeza es el dueño
de Alba, Coria, Huesca y Carpio.
Este Carpio es el castillo
de aquel famoso Bernardo
que le dejó a los Toledos
por famoso mayorazgo.
Aquel valor tienen todos:
yo, el menor, don Juan me llamo,
con mi jirón de Mendoza
y un poco de Acuña y Bravo.
Pasé a Alemania en disculpa
de Alfonso, rey castellano
elegido Emperador
y depuesto por contrarios;
que si se tardó mi rey
fue con moros peleando,
que no es bien perder los propios
buscando reinos estraños.

TOLEDO:

Visitando a un elector
de mi rey mal informado,
a tu embajador Ataúlfo
hallé para el mismo caso.
Proponiendo mi justicia
ciertas palabras pasaron
de que no estoy satisfecho
si me ha resultado agravio.
Y antes que a España me vuelva,
quise venir a tu campo,
que contra Ataúlfo le pido
si me das licencia y plazo;
que basta que a Alfonso llevo
las malas nuevas que traigo,
sin que lleve alguna duda
en los puntos de hijodalgo,
ya sabe Ataúlfo quién soy,
de quien la respuesta aguardo
de las palabras que dijo
a mis espaldas hablando.
Si bravo la parecí
entre libros y letrados,
agora le desafío
entre espadas y venablos.
Y pues la ventaja es suya
salga como entonces bravo,
porque vencedor o muerto
pienso quedar en el campo.

ALBERTO:

  Español, jamás dudé
de tu valor como aquí,
que cuanto favor se ve
ya es razón ser para ti
y que de tu parte esté;
  que al estraño, en paz o en guerra,
siempre el que es noble en su tierra
más que a su vasallo ayuda.

TOLEDO:

No quiero que naide acuda
y quien lo imagina, yerra.

OTÓN:

  Toledo fuerte, si hubiera
causa para el desafío
que agravio bastante fuera,
conforme al arbitrio mío
campo señalado os diera.
  Palabras, y no pesadas,
sobre ajenas pretensiones,
bien pueden ser perdonadas
porque son como razones
sobre argumentos fundadas.
  Tomo a cuenta de mi honor,
como rey, el vuestro.

ALBERTO:

Advierte
que he de responder, señor.

OTÓN:

Calla, Alberto.

TOLEDO:

De esa suerte
vos sois mi propio valor:
  no tengo yo que temer.

ALBERTO:

¡Ni Alberto que responder!

TOLEDO:

Dadme esos pies y licencia.

OTÓN:

Eso no, que en mi presencia
amistad habéis de hacer;
  ved que es lo justo y lo cierto.

TOLEDO:

Obedezco vuestro gusto.

ALBERTO:

Y yo tu real concierto.

TOLEDO:

Partirme, señor, es justo
a mi rey del caso incierto.

OTÓN:

  También os quiero pedir
que en esta honrada jornada
que ya me veis proseguir,
me ayude esa fuerte espada.

TOLEDO:

Yo os debo, señor, servir,
  mas no podré detenerme.

OTÓN:

Gustad de favorecerme,
que os probaré con razón
que tenéis obligación,
como hidalgo, de valerme.

TOLEDO:

  Mayor que ese deseo,
en que me hacéis gran merced
y en que obligado me veo.

OTÓN:

Esta cadena os poned
que es de mi insignia el trofeo.
  ¡Hola! Alojad a don Juan
y hoy venga a comer conmigo.

TOLEDO:

¡Dadme esos pies!

MARGARITA:

¡Buenos van
tus desinos, enemigo,
si con este espacio están!
  ¡Que aquí te quedes agora!

TOLEDO:

¿Qué te parece, señora,
de tan estraño suceso?

(Vanse el Rey y los demás; DON JUAN y MARGARITA queden.)
MARGARITA:

Que pierdo de enojo el seso,
que tienes alma traidora,
  que eres falso, que eres hombre,
que eres español...

TOLEDO:

Ansí:
dime en afrenta ese nombre
que, por Dios, que has visto aquí
que no hay hombre que no asombre.

MARGARITA:

  ¿Es esto el llevarme a España
robada del padre mío
con esta apariencia estraña?
Si haciendo este desafío
murieras en la campaña,
  ¿qué remedio me dejabas?
¿Y agora a dónde me vuelves,
si cuando a España pasabas
casi a volver te resuelves
a la posada en que estabas?
  Trátame como a quien soy,
que si este traje en que voy
me hace tratar como paje,
haré pedazos el traje
con que la ocasión te doy.

TOLEDO:

  No te disgustes así,
pues sabes que aquesto es fuerza.

MARGARITA:

La que tú me hiciste a mí
es la fuerza que me esfuerza
a buscar lo que perdí.
  No sé quién mete en amor
a hombres que son tan bravos,
todos guerras y furor.

TOLEDO:

Que con más tiernos esclavos
de tu amoroso rigor,
  mira, mi bien, que dirán
que vienes arrepentida.

MARGARITA:

No me arrepiento, don Juan,
que te he dado el alma y vida,
que en esas manos están,
  mas veo que no has cumplido
lo que tú me has prometido
pues no me llevas a España;
que dilación tan estraña
alguna causa ha tenido...

TOLEDO:

  Yo te diré en qué se apoya
que dilatando me veas
dar a Castilla esa joya:
porque de España no seas
lo que Helena fue de Troya.

MARGARITA:

  Ya me dices, como sueles,
falsedades españolas,
pero de mi honor te dueles.

TOLEDO:

Allá hablaremos a solas,
que es bien que aquí te receles.

(ATAÚLFO entre y un CRIADO.)
ATAÚLFO:

  Ya tenéis alojamiento
y el Rey a comer aguarda.

TOLEDO:

Vete a la tienda al momento.

ATAÚLFO:

Ve tú y enséñale.

TOLEDO:

¡Aguarda!

MARGARITA:

¿Mandas algo?

TOLEDO:

Estame atento.
  Vida, haced que Mendoza
me traiga aquí la carroza
y el alazán y el overo,
que al Rey presentarlos quiero,
y guarde Dios el que os goza.

(Vase.)
MARGARITA:

  Mi señor, yo voy; y amigo,
mi cama os puedo dar yo.

ATAÚLFO:

Bien harás, duerma contigo.

TOLEDO:

No le digáis eso, no;
que el paje duerme conmigo.

(RODULFO, emperador, ARNALDO y gente.)
RODULFO:

  ¡Tan cerca el enemigo
que se escuchan las cajas
y que ya nos despiertan las trompetas!

ARNALDO:

Notable furia trae,
furiosamente baja.

RODULFO:

Todo es furor de vengativo pecho;
todo es juvenil sangre.

ARNALDO:

Cosas estrañas cuentan
del daño que Alemania
a su causa padece,
que no ha dejado villa ni castillo
en su defensa flaco
que a sangre y fuego no metiese a saco.
En diciendo Rodulfo
les pasaba el cuchillo,
desde el pequeño infante al viejo anciano,
mas luego considera
que, habiendo resistencia,
no han mostrado valor ni diciplina.

RODULFO:

Gente desordenada,
capitanes bisoños
que otra cosa prometen,
no habrá quitado al cielo
la escura capa el alba con sus manos
de aljófar y oro llenas,
lirios, violetas, rosas y azucenas,
cuando mi campo en orden
le presente batalla
descansado, regido y gobernado
por más cuerdo consejo,
por menos furia y cólera:
esta noche haced fuegos y velando
estaremos a punto prevenidos.
(Tocan a marchar y éntrase.)
Llegadme aquí una silla,
que he de dormir si puedo
con la espada ceñida.

ARNALDO:

Aquí la tienes.

RODULFO:

Salios todos a fuera,
tú con mi guarda conde Arnaldo espera:
estrañas fantasías
revuelve un hombre solo,
y más con el cuidado que yo tengo,
cuando imposible juzgo
que duerma quien espera
la gran dificultad de una vitoria.
¿Qué rüido es aqueste?
Si acaso es el contrario,
Arnaldo, aguarda solo.

(Sale ARNALDO.)
ARNALDO:

Tu Majestad Cesárea
no se alborote desto.

RODULFO:

Pues ¿qué escándalo
nació tan de repente?

ARNALDO:

De un hombre que a tu tienda trae tu gente.

RODULFO:

¿Quién es?

ARNALDO:

Merlín se llama
aquel grande adivino
que se precia de espíritu profético,
y dice que ha de hablarte,
que importa a tus discursos
pero que no ha de estar delante naide.

RODULFO:

Dile que entre y espera.

ARNALDO:

¿Podrelo oír?

RODULFO:

Escucha desde afuera.

(MERLÍN, viejo, como ermitaño.)
MERLÍN:

  Invictísimo Rodulfo:
por largos años me aguarda
el cielo para este día.
Oye atento estas palabras:
no te dé cuidado alguno
de la esperada batalla
el dudoso fin que temes,
que la vencerás sin falta.
Que para empresas mayores
te está llamando la fama,
y para que el tronco seas
de la ilustre Casa de Austria.
Que revolviendo los siglos
felices, edades largas,
procederán de tu tronco
al cielo famosas ramas:
emperadores y reyes,
papas, príncipes, monarcas,
señores de Austria y Borgoña,
Flandes, Bohemia y Irlanda.

MERLÍN:

Tu gran sucesor, Felipo,
nos dará con gloria tanta
al duque Carlos, famoso,
padre de María Madama.
Casará con el invicto
emperador de Alemania,
Maximiliano fuerte,
de los dos naciendo a España
el primero rey Felipo
que case con doña Juana,
de Fernando e Isabela
hija hermosa y fenis rara.
Cubrirá a España de luto
su muerte atroz y temprana,
y de gloria un heredero
que dejará de tu casa,
del cual, si el cielo me diera
lenguas que en eterno hablaran,
no te dijera los menos
de sus altas alabanzas:
Carlos Quinto Emperador
le llamarán en voz alta
desde el equinocio al norte,
del Aries al Pez de plata.
No hará guerra ni conquista
que con vitoria no salga,
dando a los cisnes mil plumas
en sus historias doradas.

MERLÍN:

Pondrá en prisión en palabra
a Francisco, rey de Francia,
después que el Albis se vea
llenas de rayos las armas,
y al duque de Sajonia
bañada en sangre la cara,
y a que al maldito Lutero
en mil concilios deshaga.
Irá Solimán huyendo
con infame retirada
de sus águilas divinas
que hasta el mismo sol no paran.
Dará Túnez a su rey,
tirándose de las barbas
el valiente Barbarroja...
Mas, como en cosas tan largas
discurre mi corto ingenio,
huye el sucesor que aguarda,
que es el segundo Felipo,
felicísimo monarca,
a quien esperan esposo
cuatro generosas damas,
y a quien verá San Quintín
desnuda la heroica espada,
por quien tendrá San Laurén
casa y maravilla octava.

MERLÍN:

Pues de su hermano famoso,
que al Turco, en naval batalla,
ha de vencer en Lepanto,
¿qué ha de decir mi voz flaca?
Pues del hijo milagroso
que los siglos de oro llaman
Tercero Filipo, ¿qué historias
no ocuparán sus hazañas?
Saboya le dará nietos
de aquella dichosa infanta,
segundo en el nacimiento
de la hermosa Isabel Clara.
Mas, ¡ay!, que como me veo
tan lleno de glorias tantas,
mi espíritu desfallece,
lengua y aliento me faltan.
¡Adiós, Rodulfo!

RODULFO:

¿Agora
vuelves, Merlín, las espaldas?

ARNALDO:

¿Qué es esto, señor?

RODULFO:

¡Huyó!

ARNALDO:

¿Seguirele?

RODULFO:

¡Corre!

ARNALDO:

¡Aguarda!

(Salga una sombra con su espada ceñida y, tras ella, OTÓN.)
OTÓN:

  Sombra espantosa, ¿qué me quieres? Tente,
que me oprimes el pecho, que no dejas
que la respiración del aire goce.
Toda la noche asistes a mi tienda,
el pabellón ocupas y la cama,
pesada, más que si de plomo fueras,
como si fuese corporal la sombra...
Háblame, ¿qué me quieres?, ¿de quién eres?,
¿quién te envía?, ¿qué debo que no pago?
Mira que ya me va faltando esfuerzo
y se me cubre el corazón de nube
recogiéndose allí toda la sangre.
¡Habla o llamaré mi gente! ¿Callas?
Pues ya llamo mi gente: ¡criados, hola!
¿No escuchan? ¡Pues con esta haré que huyas!
¡Oh, perro! ¿Contra mí sacas la espada?
¿Si es mi imaginación? ¡Hola, soldados!
¡Ataúlfo, don Juan, Alberto, Leoncio!

TOLEDO:

¿Qué es esto, gran señor? ¿De qué das voces?

OTÓN:

¡Mata ese negro!

ATAÚLFO:

¿Cuál?

OTÓN:

¡Por ahí es ido!

TOLEDO:

¿Aquí negro? Señor, ¿cuándo se ha visto
en Alemania etíope ninguno?
Si en España estuvieras no faltaran,
y más si fueras a Sevilla o Córdoba,
pero el frío del norte no los sufre.

OTÓN:

Sin duda que es la sombra de mi muerte...
Sin duda que morir tengo mañana:
yo no traigo razón, que es lo primero
y en que fundar debiera mi justicia;
y lo segundo, un campo de bisoños
cargados de la hacienda mal ganada...
Dios me castiga, ¿qué he de hacer?

TOLEDO:

No digas
cosas, señor, ¡por Dios!, tan melancólicas.
Razón tienes y llevas en tu campo
famoso general y capitanes
con gente veterana y belicosa,
y un Toledo de España por agüero
que no emprende hazaña que no venza.

OTÓN:

Yo sé que la justicia es de Rodulfo,
que toda aquesta noche lo he pensado:
tratar quiero la paz por justos medios.

TOLEDO:

Pues si tratas de paz, trátela otro,
que pues para la guerra te servía
desde este punto doy la vuelta a España.

OTÓN:

Parte, Ataúlfo, y con Rodulfo trata
lo que ahora en mi tienda escribir quiero.

ATAÚLFO:

Señor, si el cielo dices que te avisa:
no vayas contra el cielo.

OTÓN:

¡Venid todos
y llamad mi Consejo de la Guerra!
¡Oh, fiera sombra, prodigiosa y triste!

(Váyanse y queda DON JUAN.)
TOLEDO:

¡Oh qué bien disfrazada cobardía
esperando mañana la batalla!
Como el que llega al mar le ha sucedido,
que va furioso hasta pasar la barca
y al partir de la nave vuelve a tierra...
Pusilánimo príncipe, y cobarde,
no hará cosa jamás que buena sea.
(Sale MARGARITA en hábito de hombre.)
¡Marcelino!

MARGARITA:

Señor.

TOLEDO:

¡Oh, Margarita!,
dile a Mendoza que mi gente llame,
que no he de amanecer entre esta gente.

MARGARITA:

¿Quieres volver a España?

TOLEDO:

Y luego, digo.

MARGARITA:

Dame esa mano.

TOLEDO:

Y aun los brazos. Parte.

MARGARITA:

¡Bravo español Toledo!

TOLEDO:

Soy un marte.