La guerra al malón: Capítulo 7

La guerra al malón
de Manuel Prado
Capítulo 7


Concluía su relación el teniente Maza al mismo tiempo en que llegaba al hotel el sargento Acevedo.

Los caballos estaban prontos, y el que debía montar yo aperado con una montura inglesa, perfectamente pelada, obtenida por requisición en la casa del maestro de escuela.

Pagó el alférez la cuenta de la posada, dijimos adiós al teniente Maza y momentos después nos alejábamos de Junín. Requejo no quiso despedirse siquiera del juez de paz.

Mientras íbamos viendo las rancherías del pueblo, y mientras el traqueo del patrio no hacía efecto en mi pobre humanidad, todo me parecía hermoso y agradable. Hasta llegue a pensar que la vida de soldado en la frontera no debía ser tan mala como la pintaban.

Pero a las dos o tres horas de marcha, cuando no se veía en el horizonte más que los tallos secos de los cardos; cuando el trote infame de mi cabalgadura empezó a parecerme molesto y en seguida mortificante; cuando, sobre todo, me apercibí de que allí no habría más remedio que aguantar y callar, me invadió una tristeza profunda y... lloré. ¿No había dicho el alférez Requejo que en la frontera había visto llorar a muchos hombres?; ¿qué de extraño, pues, que llorase yo también, una criatura, un niño, un pobre diablo, a quien mandaban a rodar tierras, sin nociones de la vida, sin experiencia para atravesarla, sin fuerza para resistir a sus embates?

El alférez Requejo se había adelantado solo, al galope, deseoso de llegar el primero y descansar más a sus anchas en el puesto del capitán Abaca, una especie de fortín avanzado en el desierto, y al cual le daban pomposamente el título de estancia porque el citado capitán —un antiguo oficial de junineros— poseía unas cuantas yeguas y una puntita de ovejas.

El sargento Acevedo, que marchaba cerca de mí, el veterano curtido en cincuenta campañas, el hombre de aspecto feroz, patibulario, el paria condenado a cárcel perpetua en las filas del ejército, me vio llorar, arrimó al mío su caballo, y con suave y cariñoso acento me preguntó:

—¿Va cansado, cadete?

—Un poco —respondí haciendo esfuerzos por aparecer sereno.

—También le han dado un mancarrón y una montura... ¡Juna... gran siete! Bájese y monte el mío.

Y, como yo vacilase, agregó:

—Bájese, no más... si es mansito y de buen trote.

Sobre todo el "recao" es más blando y más seguro.

Y me bajé, cambié de caballo, pero no de martirio.

Yo no tenía la costumbre de esas fatigas, y lo que me ocurría era irreparable. En el trayecto había fabricado, al decir de Requejo, charque para una quincena.

Al fin, a eso de las cuatro de la tarde, llegamos al puesto del capitán Abaca, y después de matear y de churrasquear en grande, seguimos hasta Lavalle...

Seis horas más de sufrimiento, de frío, de tristeza y de pena. Así debutaba yo; así empezaba a tejer el galón de alférez para mi kepí; así me echaba en la corriente de mi destino; así pasaba la primera lista de presente en mi existencia de lucha, de amargura y... desengaños.

Eran las once de la noche cuando entrábamos —después de soltar los caballos en el corral del fuerte Lavalle— al rancho en que me brindaba cena y sitio para tender las pilchas el boticario del punto, un andaluz de apellido Gallardo, a quien años después encontré de farmacéutico en Santiago del Estero.

Comimos, me tiré encima de una manta patria y dormí de un tirón hasta las diez de la mañana. ¡Hasta las diez de la mañana!

El Alférez Requejo había tenido la caridad de no seguir ese día, en vista del estado en que yo me hallaba.

Pasamos, pues, treinta horas sin movernos, que fueron para mí otras tantas de bendición y de consuelo.

Tenía el cuerpo hecho pedazos; me dolían hasta los dientes, y cada vez que movía una pierna o un brazo hacía de cuenta que me descoyuntaban. Sin embargo, llegó la hora de la partida, y puesto a caballo a manera de maleta —pero ya en buena y cómoda montura— abandonamos el fuerte Lavalle con rumbo a Trenque Lauquen.

La mañana era fría, pero hermosa. El sol, al saltar del horizonte cual gigantesca bola de fuego disparada de las entrañas de la tierra, se derramaba en olas de luz por la pampa inmensa, cubierta de reluciente y deslumbradora escarcha.

Los caballos galopaban ágiles, nerviosos, como queriendo calentar el cuerpo entumecido en las horas largas y frías del corral; galopaban escarceando y vomitando por las narices nubes de vapor y espantándose, de puro gordos, apenas veían un hormiguero o una cueva de tucu—tucu a la orilla del camino. Y allí iba yo, dolorido, renegando de los escarceos que aumentaban mis dolores, encomendándome a Dios a cada espantada de la bestia.

De pronto nos detuvimos todos, a una voz del alférez. A lo lejos, en el límite remoto del horizonte se había descubierto algo extraño.

Mire yo también hacía el punto adonde miraban los milicos y no vi absolutamente nada.

—¿Que le parece aquello, sargento? —preguntó el alférez.

Acevedo se enderezó sobre los estribos, echó el kepi a la nuca y, haciendo con la mano a manera de pantalla, observó:

—Eso es gente, mi alférez —dijo.

—Si, no cabe duda —repuso el oficial—. Vamos a ver quienes son.

Y separándose de nosotros, puso su caballo al gran galope. Avanzó rectamente una distancia, y luego; cuando calculó que los que venían debían verlo, se alejó de la senda, describiendo un vasto semicírculo, volvió a ella y repitió la maniobra dos o tres veces.

Nosotros distinguíamos ya claro. Era un grupo de diez o quince jinetes, uno de los cuales contestó la evolución del alférez en la misma forma.

—Son milicos —dijo entonces el sargento Acevedo.

Y avanzamos a juntarnos con el alférez que se había quedado esperándonos en el camino. Efectivamente, poco después llegaba el teniente Spikerman del Regimiento 3º de Caballería escoltando al comisario pagador, señor Escalada, que volvía de Trenque Lauquen.

El alférez Requejo conversó un momento con el teniente y el comisario, se enteró que no había novedad hasta el Fortín Timote, y cada uno siguió su camino.

A la hora de almorzar, es decir, a la hora en que suelen almorzar los que tienen con qué hacerlo, llegamos a Timote, destacamento que guarnecía la línea de Lavalle a Trenque Lauquen.

Ya no hay memoria de aquellas viejas defensas que protegían la pampa, y ya ni el recuerdo existe de los individuos que las ocupaban.

Era la primera fuerza militar que veía yo en el servicio de frontera, y confieso que aquello me aterró.

La impresión del fortín, grosero montículo de tierra rodeado por un enorme foso, me dio frío. Al aproximarnos vi salir de unos ranchos, que más parecían cuevas de zorro que vivienda humana, a cuatro o cinco milicos desgreñados, vestidos de chiripá todos ellos; con alpargatas unos; con botas de potro los demás; con el pelo largo, las barbas crecidas, la miseria en todo el cuerpo y la bravura en los ojos.

El comandante del puesto —el teniente Arturo Turdera—, un distinguido oficial y un cumplido caballero, estaba allí, en medio de su tropa, como ella harapiento, como ella destruido y agobiado por aquella vida de hambre, de fatigas y de peligros. Hacía ocho meses que se encontraba destacado y durante ese tiempo no había recibido una libra de carne ni una onza de galleta. El comisario les había pagado dos meses de sueldo, a cuenta de treinta y siete que les debían; ¡pero de qué les valía la plata sin tener dónde gastarla! Las carretas del proveedor hacía la mar de tiempo que debían llegar y no llegaban; las reses vacunas no podían traerse porque era imposible custodiarlas, toda vez que la gente estaba ocupada en cosas más necesarias y precisas. En el campamento, la tropa comía yeguas y en los fortines los pocos avestruces que podían bolear los milicos en los mancarrones extenuados y flacos. En el fortín, no había en aquel momento, ni con qué dar de comer a un mosquito. El día anterior se había boleado una gama y encontrado dos piches, pero la escolta del comisario lo había tragado todo. Los milicos iban a salir al campo, y acaso por la tarde habría como churrasquear. Teníamos que conformarnos con lo único disponible: té pampa y... buena voluntad.

El alférez Requejo invitó al teniente con unos cuantos cigarrillos y Acevedo vació su chuspa en la del sargento del fortín.

Cambiamos de caballos, y con el estómago lleno del brebaje al que Turdera llama "té del Congo", salimos para el fortín Heredia, distante siete leguas de Timote.

En Heredía, adonde llegamos a eso de las dos de la tarde, fuimos más felices. El sargento Urquiza nos brindó el más opíparo de los banquetes que imaginarse pueda. Esa mañana los milicos que hacían la descubierta encontraron una cuadrilla de avestruces y habían boleado cuatro espléndidos ejemplares que están allí, colgados en los postes del corral, gordos y sabrosos. En un periquete se asaron unos alones y una picana, y comimos con deleite, con gula, como no volví a comer nunca en mi vida.

—Si en los demás fortines hubiera buenos caballos —dijo el alférez Requejo al sargento Urquiza— pasaríamos aquí la noche. Yo deseo llegar mañana a Trenque Lauquen, y si más adelante encontrase matungos, no me alcanzaría el día. Además, no quisiera rematar al cadete —agregó señalándome.

—Los caballos, mi alférez, son espléndidos más adelante. En cada fortín hay invernada.

—¿Y los de aquí?

—Le aguantarían para ir de un galope a Desobedientes. Son flacones pero guapos.

—Entonces nos quedamos —repuso el alférez. Y dirigiéndose a mí agregó—: Pídale al sargento un poco de grasa de avestruz y cúrese. Mañana tenemos que prenderle veinte leguas y es bueno que los bifes no lo incomoden.

Desdeñé el remedio, y sabiendo que tenía por delante algunas horas, tendí el recado en uno de los ranchos que pusieron a disposición del alférez y me acosté.

No podía ya más. Satisfecho el apetito, el cuerpo se doblaba rendido de cansancio, extenuado de dolor, abatido por la fatiga brutal a que me había sometido.

Ya de noche, fue un milico a despertarme. El alférez me mandaba un pedazo de picana asada y un jarro enorme de té pampa, maldita infusión amarga que imperaba en la línea de los fortines.

Comí, bebí y cuando al amanecer me llamaron para marchar, me parecía que estaba como nuevo, rehecho, con bríos para llegar, ya no digo a Trenque Lauquen: a la cordillera de los Andes. Y cumplí como bueno.

Anduve las veinte leguas que faltaban para llegar a Trenque Lauquen sin proferir una queja, sin quedarme rezagado, conquistándome las simpatías del alférez Requejo y el cariño del sargento Acevedo.

Ya entrada la oración, cuando las sombras de la noche empezaban como a vestir de luto a la llanura, divisamos a lo lejos algunos puntos brillantes que titilaban en el horizonte:

—El campamento —dijo el alférez.

A poco de andar encontramos una guardia avanzada que vivaqueaba en la cumbre de los médanos, luego las caballadas y finalmente cruzamos por delante de una larga línea de puntos blancos, semejantes a una bandada de gigantescas gaviotas que se hubieran asentado para dormir: eran las carpas del Regimiento 3º, del cuerpo a donde yo iba a empezar aquella gloriosa y facilísima carrera que había entrevisto mi padre.

—¡Al paso —nos gritó una voz— y poniendo al tranco las cabalgaduras pasamos por delante de la guardia de prevención.

Mas allá, al acercarnos a un rancho de adobe y techo de paja nos detuvimos y echamos pie a tierra: estábamos en la mayoría del cuerpo e íbamos a presentarnos al jefe.

En el fondo de aquella covacha y envuelto en el nimbo de una luz temblorosa y mortecina, que desprendía un miserable candil de grasa de potro, estaba sentado un hombre joven, vestido de uniforme, con presillas en los hombros y un sombrero de anchas alas en la cabeza. Era el jefe interino del cuerpo: el mayor Germán Sosa. Nos recibió amablemente; despachó al alférez y haciéndome sentar a su lado llamó al sargento encargado del depósito.

Mientras llegaba este sujeto, el mayor Sosa empezó a examinarme.

—¿Sabe usted leer y escribir correctamente?

—Regular, señor.

—¿Que edad tiene usted?

—Catorce años.

—¿Tiene usted su nombramiento?

—Si, señor... Aquí está.

Leyó el mayor; me devolvió el oficio y dijo:

—Empieza usted una carrera muy difícil, amigo mío.

En ella, todo el camino es cuesta arriba. La senda es angosta y peligrosa; a lo mejor puede usted resbalarse y caer al abismo. Si cae, no piense en salir sano, porque es hondo, y la ladera está llena de espinas y de riscos. Hay que ser guapo, resuelto y subordinado.

Aquí no hay reclamo ni disculpa. El superior manda; y, tuerto o derecho, es preciso obedecerlo. Le advierto que el de arriba tiene siempre la razón. En la vida que llevamos se come cuando se puede y se come lo que le dan; se duerme como la grulla en una pata, y con un solo ojo como el zorro. Si a usted lo castigan, cuando termine la pena, debe presentarse a quien lo castigó y darle las gracias. La murmuración es una falta gravísima y los reclamos son delitos que no se perdonan jamás. Ahora van a darle el armamento y el uniforme. Lo destinamos a una compañía y mañana temprano empezará su servicio. Si necesita algo; véame. Pero estudie mucho y aprenda. La carrera militar necesita hombres instruidos y usted puede instruirse, ya que es joven.

Con estas palabras me despidió, entregándome, previas las instrucciones del caso, al sargento que llegaba.

El depósito de guerra del Regimiento 3º de Caballería de línea, destacado en la frontera norte de Buenos Aires, primera línea, cabía en una carpa mugrienta y reducida. Es verdad que tampoco era gran cosa: un par de cajones grandes con kepis usados, con botas deshechas y deshermanadas, con algunas camisas y calzoncillos, milagrosamente sin usar, unas cuantas chaquetillas y pantalones de sospechosa limpieza, y luego un montón de carabinas, de sables, de cajas de munición: una trapería y no un depósito. Me entregaron una chaquetilla y un pantalón, tan grandes para mi cuerpo, que bien podría sacar de ellas uniforme y medio; dos camisas y dos calzoncillos de lienzo, un poncho roto y sucio, una manta en no mejores condiciones; una carabina, a cambio de la que me dieron en Chivilcoy, y ochenta tiros; un sable de colosales dimensiones para mi talla y de peso descomunal para mis puños; una montura compuesta de lomillos, carona y cincha; un freno y un par de estribos. Las riendas, los bozales, los cabestros, las estri eras, las maneas y las trabas se me entregarían al día siguiente.

—Eche eso al hombro —me dijo el sargento— y venga conmigo.

Iba destinado a la primera compañía del segundo escuadrón que mandaba el teniente Julio Alba.

Este oficial me invitó a comer de su churrasco de yegua, y luego me ofreció en su propia carpa un rincón para tender la montura, que sería, en adelante, la cama y el abrigo que me proporcionaba el gobierno.