<< Autor: Manuel González Prada, 1901.


Cuando se dijo: La fuerza está sobre el derecho, los sentimentales de ambos mundos lanzaron un grito de horror, como si hubieran nacido en un planeta de rosas sin espinas, de animales sin garras y de hombres sin atavismos de fiera. Sin embargo, la célebre frase (atribuida sin razón a Bismarck) no sancionaba un principio, reconocía un hecho.

Lo mismo ha sucedido últimamente con la afirmación de los chilenos: La victoria es la suprema ley de las naciones. Los sudamericanos, principalmente los hijos del Perú, nos hemos horripilado, hemos proferido clamores de indignación. Si la victoria no es la ley suprema de las naciones, si no concede ningún derecho, ¿qué da, entonces, a los pueblos? ¿Tendrá el victorioso la obligación de cubrir los gastos de guerra, indemnizar los daños y perjuicios, ceder una faja de su territorio y signar el tratado impuesto por el vencido? Desde que el hombre existe, el derecho figura como un lujo de los fuertes, la victoria como la ley suprema.

En el terreno de la realidad, no pasa todo como en el mundo de la imaginación y del sentimentalismo. Los hombres respiramos en una atmósfera de crímenes y abominaciones; y como nos figuramos vivir en una tierra de gloriosa beatitud, confundimos lo real con lo fantástico y queremos hallar en los individuos y en los pueblos lo que sólo existe en las células de nuestro cerebro. Felizmente, la experiencia diaria nos enseña que no basta un silogismo para detener un ataque alevoso, ni que dos beligerantes deponen las armas porque un mediador bien intencionado les predica las excelencias del arbitraje.

Nosotros mismos, las gemebundas y lacrimosas víctimas de hoy, ¿qué hablamos de justicia ni derechos, cuando muy bien nos convertiríamos mañana en los detentadores y verdugos de nuestros vecinos? No somos agresivos ni malos con el extranjero porque la debilidad nos reduce al papel de inofensivos y buenos. Los que en las guerras civiles incendiamos poblaciones y fusilamos prisioneros, los que fríamente flagelamos en los cuarteles y torturamos en las cárceles; los que nos mostramos hienas de nosotros mismos, ¿nos transformaremos en ovejas al miramos frente a frente de un pueblo enemigo? Un patriotismo de conveniencia y pacotilla no debe inducirnos a echar un velo sobre las páginas abominables de nuestra historia: si hay la perfidia y la iniquidad chilenas, hubo también la perfidia y la iniquidad peruanas, que no siempre fuimos generosos y leales con Bolivia ni el Ecuador.

Hablemos sin hipocresía ni fórmulas estereotipadas. ¿Por qué figurarse a los hombres más buenos de lo que generalmente son? ¿Por qué imaginarnos a las naciones más civilizadas de lo que en realidad se encuentran? Verdad, convergemos hacia una tierra de paz y misericordia; pero todavía no llegamos: en el viaje nos acometemos, nos herimos y nos devoramos. El hombre, individualmente, suele perfeccionarse hasta el grado de convertirse en una especie de semidiós; colectivamente, no ha pasado hasta hoy de un idiota o de una fiera. La elevación moral no parece un rasgo característico de la especie, sino más bien el don excepcional de unos cuantos individuos. No hubo pueblo-Sócrates ni nación-Aristóteles. En los momentos críticos, las naciones más civilizadas revelan alma de patán: sus más delicadas y graves cuestiones las dilucidan y las zanjan a puñetazos. En la fauna internacional, todas las manos cogen, todas las mandíbulas muerden, aunque la mano se llame Inglaterra, aunque la mandíbula se llame Francia.

No glorifiquemos la debilidad ni la flaqueza, siguiendo las tradiciones de una religión depresiva y envilecedora; por el contrario, volviendo a las buenas épocas del paganismo, ensalcemos el desarrollo simultáneo de la fuerza intelectual y física, y veamos en el equilibrio de ambas el supremo ideal de la perfección. ¿De qué nos sirve la constitución de un Hércules, si poseemos la masa cerebral de un cretino? ¿Qué nos vale la inteligencia de un Platón, si tenemos un organismo degenerado y enfermo?

El débil maldiciendo la fuerza, nos hace pensar en el eunuco renegando de la virilidad. Si la fuerza consuma las iniquidades, sirve también para reivindicar los derechos. Todos los privilegios y todos los abusos se basan en la fuerza; con la fuerza tienen que ser destruidos. ¿Nos figuraremos que un banquero de la Cité se despojará de sus bienes, con sólo estimular la caridad cristiana? ¿Nos imaginaremos que un Zar de Rusia se humanizará, con sólo invocarle los sentimientos filantrópicos? Nada pidamos a la caridad ni a la filantropía: se hallan en bancarrota; esperémoslo todo de la justicia; pero no de la justicia armada con los simples argumentos del sociólogo, sino de la justicia encarnada en el brazo de las muchedumbres.

Lo repetimos: no basta la fuerza del brazo; y la máxima antigua de alma sana en cuerpo sano, debe traducirse hoy por alma fuerte en cuerpo fuerte. Porque fuerza no es únicamente el vapor que mueve la hélice del buque, el hacha que golpea en el tronco del árbol o la dinamita que pulveriza las rocas: fuerza es el escrito razonable y honrado; fuerza, la palabra elocuente y libre; fuerza, la acción desinteresada y generosa. El poder interior del hombre se realza con el prestigio de lo desconocido y misterioso: calculamos la potencia del músculo; pero ¿cómo medimos la fuerza de un cerebro? ¿Cómo podemos saber lo que realizará mañana un pensamiento arrojado a germinar hoy en el cráneo de las multitudes? ¡Cuántas veces la Humanidad se agita y marcha, inconscientemente, al empuje de una idea lanzada hace tres o cuatro mil años!

Como una muestra de la enorme desproporción entre la fuerza del alma y la fuerza del cuerpo, ahí están los obreros de ambos mundos, los siervos del feudalismo capitalista. Llevan el vigor en el músculo; pero como esconden la debilidad en el cerebro, sirven de eterno juguete a los avisados y astutos. En vez de unirse y apresurar la hora de las reivindicaciones sociales, se dividen, se destrozan y se prostituyen en las rastreras luchas de la política; no ejercen derechos de hombre, y rabian por gollerías de ciudadanos; carecen de pan, y reclaman el sufragio; no comen, y votan. ¡Pobre rebaño que se congratula y satisface con la facultad de elegir a sus trasquiladores!

No; los obreros no alcanzan a comprender que si practicaran la solidaridad de clase, si tuvieran un solo arranque de energía, si dieran unos cuantos golpes con la piqueta y el hacha, no tardaría mucho en venir por tierra el edificio de todos los abusos y de todas las iniquidades. Pero no se atreven: el miedo a lo que no debe temerse y el respeto a lo que no merece respetarse, les conserva eternamente inmóviles y sujetos. Más que un rebaño, las muchedumbres son gigantes encadenados con telarañas.