La ciudad de los contrastes

La ciudad de los contrastes
de Juana Manuela Gorriti


En un oasis asentado entre las arenas del mar y las primeras rocas de los Andes, extiéndese la opulenta metrópoli.

Capital de la más rica de las repúblicas sudamericanas, cuenta a granel los millones que afluyen a su tesoro, por centenas los palacios de mármol que se alzan en su recinto; pero se rehúsa una casa para sus recepciones oficiales, un teatro donde recibir los grandes artistas, que atraídos por su esplendor vienen a visitarla.

En el flanco septentrional de una bella plaza adornada con fuentes, jardines y estatuas, álzase apenas del suelo un ruinoso, sucio y grotesco edificio coronado de una baranda de madera carcomida, y flanqueado de tiendas atestadas de telas vistosas y de una profusión de objetos heterogéneos. Diríase un bazar de Oriente.

Llámanlo Palacio de Gobierno. Sus huéspedes, curándose muy poco de esa transitoria morada, conténtanse con forrarla interiormente de seda, oro y mármol para su propio confort, dejando a sus sucesores el cuidado de la parte monumental.

Cinco cuadras de allí distante, un engañoso frontispicio da entrada a un caserón vetusto, informe, cuarteado en todos sentidos, y con las más pronunciadas apariencias de un granero:

¡Es el teatro!

Y sin embargo, con la cuarta parte del oro y las pedrerías que en su espléndido entusiasmo ha derramado Lima en ese escenario sobre sus artistas favoritos, habría podido construir el más hermoso teatro del mundo.

Y sin embargo, aun, en las noches de estrenos cuando las encantadoras hijas del Rímac llenan las tres líneas de palcos, que el gas resplandece, y los abanicos se agitan, y las miradas se cruzan, un prestigio extraño, casi divino, trasforma el derruido edificio; y ningún joven abonado lo cambiaría entonces por el más suntuoso teatro de París, por el más aristocrático de Londres.

Pero esta misma ciudad, desdeñando indolente la creación de esos monumentos que con el tiempo, son la base material de la vida social, consagra a la exposición de su industria un bellísimo palacio, aloja a sus sentenciados en alcázares de granito y sepulta a sus muertos en basílicas de mármol.

Al traspasar la portada de Guadalupe divísanse ambos: palacio y alcázar.

El uno gracioso, elegante, adornado con todos los órdenes de arquitectura, cercado de jardines donde se elevan los más sombrosos árboles; donde se abren las más hermosas flores, donde cantan las más canoras aves, donde rugen las más horribles fieras.

El otro, sombrío pero magnífico, agrupando sus bronceadas piedras en muros y bóvedas de severo e imponente aspecto. Tras de esos muros, bajo esas bóvedas, en vez del fatídico ruido de cadenas, escúchase el alegre golpear de instrumentos industriales; y en el silencio de la noche las notas melodiosas de Verdi y de Bellini se exhalan de ese recinto; llevando al alma de los desventurados que allí moran, recursos y esperanzas:

Es la Penitenciaría.

Si en pos de grandezas se torna la mirada hacia el nordeste, descúbrese más allá de la puerta de Maravillas una ciudad de mármol, blanca como un cisne y medio oculta entre la sombra inmóvil de los cipreses. En su extenso recinto se alzan en profuso desorden, cúpulas, pilastras, columnas cuyo elegante corte se dibuja en el azul del cielo. Creeríasela una fantástica, aparición entrevista allá en el fondo de un sueño.

Pero al aproximarse, al abarcar con una ojeada aquel suntuoso conjunto, detalles de un primor exquisito revelan el nombre de ese inmenso hacinamiento de riquezas artísticas:

Es el Cementerio.

Sin embargo, trabajo cuesta al pensamiento asimilar a la idea de la muerte un lugar donde por todas partes respira la vida en su más ardiente expresión. Amor, dolor, resignación, plegaria, todos los sentimientos sublimes del alma palpitan bajo la blanca inmovilidad de esas estatuas, que de entre del embalsamado follaje de los rosales se alzan esparciendo en torno a los helados restos que guardan esa vida inmortal trasmitida al mármol por el fuego sagrado del genio.

En fin, si dejando la mansión de los muertos, el viajero penetra en la ciudad, encuéntrala habitada por un pueblo compuesto de las tres razas primitivas en tan iguales proporciones, que completando el contraste haríanlo vacilar entre Pekín y Congo, si el sello de belleza incomparable que este clima afortunado imprime en la raza caucásica, no le forzara a exclamar:

-¡Lima!