La campana de Huesca: 30

La campana de Huesca
de Antonio Cánovas del Castillo
Capítulo XXIX

Capítulo XXIX

El cual sería de gustosa lectura para las mujeres sensibles, si, más ducho en ciertas cosas el que escribe, hubiera acertado a pintarlas mejor


Proia et plora tendrement mais ce ne li valut noienent; por son proier et son plorer ne li laissa-il pas entrer.


(Fabliau de La Feme en une tor)


Basta del almogávar y de su querida, y volvamos atrás con nuestro asunto.

Así como así, aunque tan humildes, han llenado ya casi aquellos lo mejor de la historia. ¿No será justo que dejemos algún capítulo para doña Inés, algunas páginas ya para don Ramiro?

Pues a fe que bien lo merece la extraña situación en que ambos se encuentran.

Ya ha llegado don Ramiro, y, aunque de lejos, se ha cumplido el deseo de verle que tenía doña Inés; ya ha vuelto don Ramiro, y se han realizado los temores y las penas que doña Inés presentía.

Vino el trance de la separación, la hora de que don Ramiro entrase en aquel claustro de San Pedro el Viejo, tan lúgubre y tan sombrío, que había hecho levantar para ello; vino la ocasión de que doña Inés se hallase sola en el mundo, sin poder más llamarse esposa ni amante.

Por cierto que la historia se reanuda, y de suerte que no parece que haya transcurrido tiempo alguno, ni algunos sucesos. Ni parece que los ricoshombres se rebelaran, ni que el rey huyera, ni que don Ramiro, fuese guerrero por ser monje, ni que doña Inés llorara aquella ausencia que apartaba un tanto de ella la ausencia eterna de su amado. Todo vuelve al ser que tenía cuando se puso la última piedra en San Pedro el Viejo.

Pero no; hay una cosa de más, que son los nuevos remordimientos, que los sucesos últimos debían engendrar por fuerza en don Ramiro.

Pálido, desencajadas las facciones del rostro, dejó por eso, como queda dicho, el gran concurso que había acudido a recibirle, y se retiró a lo interior del alcázar.

No se había enterado, sin duda, del mensaje de Castana, ni contaba con que le esperase la reina, ni le dejaban sus remordimientos siquiera que en ella o en su hija parase por un momento entonces la memoria.

Vagando por aquí y por allí, veníasele la noche encima a tiempo que, montando casi a tientas cierta estrecha escalera, se halló en medio de un salón espacioso, mal alumbrado ya por los últimos reflejos del sol, que se hundía en aquel punto en el horizonte. Dos grandes ventanas, situadas a uno y otro extremo del salón, daban entrada a la puerta de una alcoba por algunos momentos casi oscura, y dudó largo rato si había o no de entrar en ella; parecía que una esperanza le impulsaba, al propio tiempo que un presentimiento le apartaba de allí. Estaba en el aposento de su mujer, veía delante la alcoba nupcial.

Entró al cabo. Entró, llevando consigo el tropel de sus remordimientos, que no le daban descanso alguno; buscando no sabía qué, una cosa imposible: la calma de los años de su infancia, el reposo de los días serenos de su monasterio.

Y entró mirando en los oscuros ojos que no le miraban; distinguiendo rostros que no había; ojos amenazadores, rostros ensangrentados.

Era el arzobispo Pedro de Luesia, con sus hábitos pontificales, segada la cabeza por la garganta, y destilando sangre; era Férriz de Lizana, revueltas y manchadas las venerables canas, azotadas las gloriosas cicatrices del rostro, maldiciendo aún después de muerto a sus asesinos; era Roldán, era García de Vidaura, eran todos los ricoshombres degollados. Era aquel valeroso joven Aznar, muerto quizá por él y en su defensa.

¡Ay de don Ramiro! ¡Ay del monje apóstata, por quien se habían hecho tantas muertes, aunque fuera sin orden suya, aunque de sus labios no hubiera salido otra palabra que la palabra perdón!

La sangre derramada debía caer sobre él gota a gota; aquel delito espantoso podía para él ser nueva causa de condenación eterna; con él y el quebrantamiento de sus votos, su perdición debía quizá ya reputarse como irremediable.

¡Ay, ay de don Ramiro! ¡Ay, ay del rey de Aragón!

Tal decía o pensaba él al entrar en la alcoba nupcial; y estas ideas, amontonándose en su fantasía, le arrastraban no sabía ya adónde, al través de tinieblas y tinieblas, por en medio de multiformes y horrendos fantasmas. Su exaltación religiosa había llegado a un punto tan extremo, que confinaba con el delirio, con la insania.

Y si al entrar en aquella alcoba, donde pasara tan venturosas horas, si hubiese hallado a solas por mucho tiempo con la noche y consigo mismo, otro habría sido, por ventura, el fin que señalasen las historias al rey den Ramiro: habría acabado por estar loco.

Pero al mirar desatentado por todas partes, sus ojos se fijaron sin querer en una sombra apacible que delante de él se fue levantando, la cual le pareció un rayo de luz en noche cerrada, un manantial en el desierto, un ángel del cielo que venía a templar su exaltación horrible.

¿Quién era aquella sombra? ¿Quién era aquella visión inesperada? Don Ramiro se paró, sin osar acercarse a ella, conteniendo aún la respiración como si temiera espantarla, como si pensara verla desaparecer, al modo que la niebla desaparece cuando se levanta el viento y, la paloma al sentir el son del torrente, y la espuma del mar al tocar con la arena en las playas.

Suspenso, inmóvil, puesto su ánimo entre los remordimientos y la esperanza, miraba don Ramiro y tornaba a mirar la aparición, sin comprenderla más por eso.

Parecíale que sus ojos comenzaban a acostumbrarse a las tinieblas, o que alguna antorcha misteriosa y celeste venía por especial encargo de Dios a alumbrarle. Lo cierto es que sus ojos distinguían ya claramente en lo oscuro; y a creer a los ojos, lo que había allí era una mujer arrodillada y de espaldas a la puerta por donde había entrado don Ramiro. Y era, dice el cronista, que en aquel instante mismo la luna había descubierto de repente, por entre las nubes que hasta entonces la celaban, su redondo disco de color de plata, y, algunos de sus rayos, serenos, espléndidos, penetraban hasta allí por una octógona claraboya abierta junto al techo de la alcoba. Vio, pues, real y verdaderamente don Ramiro que la mujer aquella tenía sueltos los cabellos, y derramados en una garganta blanca como el cuello de un cisne, cabellos por cierto de color de oro.

De cuando en cuando levantaba ella los brazos al cielo, y flotaban las anchas mangas de su blanca túnica; y, al hacer aquel movimiento, no parecía sino que iba tomar vuelo para levantarse en seguida al empíreo mismo.

Si era un ángel, las formas las tenía de mujer. Mas en verdad, ¿qué otra forma podrían tomar de ordinario los ángeles si bajaran con frecuencia a la tierra?

Mentira parece; pero el cronista asegura, y, no hay por qué negarle crédito, que, grandes como eran los combates que sostenía en su cabeza don Ramiro, se disiparon del todo en un punto; y su frente se serenó, y sus ojos se pusieron claros. Y la desatada rueda de sus pensamientos, calmó de súbito sus incansables giros; y en el momento mismo en que iba a estallar la locura en su mente, sintiola llena de inefable esperanza.

¿Será que Dios se compadezca al fin de sus cuitas? ¿Será que su justicia esté satisfecha con los tormentos que han desgarrado ya su alma, y envíe un ángel a que ponga término a ellos?

No lo sabe don Ramiro. Pero el caso es que sin querer, al iluminarle aquella idea de esperanza, dio algunos pasos hacia la visión dichosa de quien la recibía. Tornose, al oírlos, un rostro de mujer, y lanzó un grito indefinible; y levantose la sombra al punto. Don Ramiro reconoció en ella a la reina.

Su ilusión se había desvanecido, pero no la calma de su frente, no ya el repeso inefable de su corazón.

Porque, a la verdad, si doña Inés no era un ángel, era hermosísima, verdaderamente celestial, y no había medio de echar de menos junto a ella criatura alguna. Y luego el amor que dentro de su alma la profesaba don Ramiro; y luego la ausencia, y el recuerdo de que era madre de su hija, bien disculpaban que el rey se contentase con verla, y no echase de menos al pronto la divina ilusión que había perdido.

-¡Doña Inés!

-¡Don Ramiro!

Fueron, al verse, las primeras exclamaciones de los esposos. Don Ramiro dio tres pasos adelante para recibir a su esposa, y esta se precipitó a él con los brazos levantados. Pero al llegar uno junto a otro, don Ramiro volvió a echar atrás los mismos tres pasos que había dado hacia adelante, y doña Inés quedó parada, incierta, indicando en su actitud un abrazo, quizá un ósculo imposible: derramando gruesas lágrimas, que lentamente resbalaban por sus mejillas.

Al cabo don Ramiro rompió el silencio.

-¡Ah!, doña Inés -dijo-; a punto estamos ya de cumplir nuestros votos, y hoy más que nunca debemos abstenernos de faltar a ellos. Mirad cómo nos protege Dios: cómo vos os ha sacado de un género de cautiverio, y a mí de tantas humillaciones, a fin, sin duda, de que uno y otro podamos salvar nuestras pecadoras almas.

La reina no lloraba a la sazón: en sus ojos se leía esa resignación infinita, indefinible, que sólo saben y pueden tener las mujeres.

Don Ramiro continuó:

-¿Sabéis que me alegro de hallaros a solas antes de retirarme al monasterio? ¿Sabéis que es dichoso azar que yo aquí os encuentre? Por cierto que pensé al divisar a Huesca que saldríais a esperarme y...

-¡Ah!... ¿No os han dicho, mi señor, que os aguardaba yo aquí? -respondió la reina tímidamente al ver que su esposo no acababa la frase.

-Si he de deciros la verdad, no sé, no sé; mi cabeza ha estado tan revuelta, que acaso no debí de oírlo... Puede ser que Castana... Mas ahora recuerdo..., ¿no sabéis lo de Aznar? ¡Ah, señora! ¿No sabéis el negro fin de los ricoshombres?

Y al decir esto su frente comenzaba a nublarse de nuevo.

-¡Ah! Sí. Todo lo sé, don Ramiro -repuso la reina acompañando las palabras con un dulce suspiro.

-¡Oh! Pues entonces -dijo el rey acercándose a doña Inés-, entonces ya sabréis cuánta es mi desdicha: ya sabréis que nuevos remordimientos pesan sobre mí; yo no puedo, no puedo ya con ellos; no hay penitencia ya que baste a rescatar mis culpas enormes.

-Y, ¿cuáles tenéis vos, don Ramiro, en esas muertes? ¡Oh, esposo mío, no os atormentéis así voluntariamente! Cuando entrasteis, vuestro rostro estaba sereno, alegre, tal como debe estar el rostro del hermano cuando ve a la hermana querida tras de una peligrosa ausencia. Y ya veis que he aprendido a daros nombre de hermano... ¡Y eso que me ha costado tanto, tanto! Porque, mientras más esfuerzos hacía mi cabeza para enseñármelo, más me recordaba o ella o el corazón otro nombre de mayor ternura todavía. Pero hermano, hermano mío, ¿cuál es la causa de que al verme os hayáis de nuevo entristecido? Ya sé ya que no puedo serviros de consuelo; pero pesar, ¿por qué tampoco había de causároslo? ¡Ah! Yo no quiero nada, no os pido nada, sino que no me queráis nunca mal.

-¡Quereros mal! -exclamó don Ramiro-. ¡Ay! Ojalá que pudiese siquiera dejar de amaros... Porque la verdad es que yo..., os adoro..., que yo..., te adoro, Inés, te adoro; sábetelo por si no te veo..., por si jamás te hablo ya más de esto en adelante.

-¿Conque me queréis bien todavía? -dijo doña, Inés llena de júbilo, pero sin atreverse a repetir las palabras mismas de don Ramiro, bien que le supiesen a pocas.

-¿Que si te quiero bien, dices? ¡Ah! No, no por cierto -replicó espantado de sus propias palabras don Ramiro-. Dije que os amaba y os adoraba, y no debí decir sino que deseaba dejar pronto de veros...

-¡Pues qué! ¿Eso, eso de verdad deseáis? -repuso entonces doña Inés, saltándosele súbitamente las lágrimas.

-Eso deseo, sí, por el bien de vuestra alma y la mía.

-Entonces, ¿por qué no decís ni una vez sola que me amáis? ¿Por qué no confesar que me aborrecéis claramente? Ya comprendo bien por qué no prestateis atención a Castana cuando os dijo que yo os aguardaba en este aposento; no hay que buscar otra causa. Comprendo también ya que maldigáis la casualidad que nos ha reunido y que tanto os entristezca al verme, después de una ausencia que me ha costado ríos de lágrimas. ¿No os basta, pues, con que yo renuncie al nombre de esposa? Porque mis derechos bien podríais quitármelos; pero el nombre no, a no ser que, por complaceros, yo misma lo dejara. ¿No os basta eso, sino que a más habéis de deplorar y sentir estos pocos momentos en que me veis? ¿Qué diferencia hay entre pensar y obrar de tal suerte, y aborrecerme tal como digo?

Tras de estas extrañas mudanzas de dolor y de júbilo, de aspereza y cariño, hubo un instante entre los dos de silencio. Doña Inés lloraba a lágrima viva; don Ramiro procuraba poner algún orden en sus pensamientos. Al fin rompió este de nuevo a hablar, diciendo:

-Quizá estéis engañada, doña Inés: no me ha entristecido el veros; me ha entristecido el recordar, sin querer, aquellos sucesos horribles, espantosos, que me hacen tanto peso en la cabeza y me oprimen tanto el corazón. El veros, ¿cómo había de entristecerme? ¡Si yo os contara todo lo que ha un momento me ha sucedido! ¡Si yo os dijera que me habéis hecho feliz por un instante, feliz como el día de nuestras bodas, como apenas lo he sido, sino entonces, desde el punto en que solté los cilicios y vestí este malhadado traje de rey!

-¿Yo haceros feliz? ¿Tanto bueno me decís, don Ramiro? ¿Sabéis que no habría para mí felicidad como esa de poder haceros feliz, aunque fuera por instantes muy breves?

-Sí, sí; feliz y muy feliz me habéis hecho. Figuraos que yo venía cargado de remordimientos, loco, sin esperanza, y que al llegar aquí veo una sombra celestial, veo una mujer arrodillada que levantaba al cielo los brazos, como pidiendo misericordia para sí.

-¡Oh! No, no -le interrumpió doña Inés-; no la pedía para mí, pedíala para vos sólo.

-Gracias, gracias -continuó don Ramiro, acercándose ya a su mujer como si en algo le hubiese perdido el miedo-. Gracias, porque sin duda os oyó el Cielo, y la tuvo de mí en aquel momento. Ya sentía yo romperse dentro de mí alguna cosa: no sé si era el corazón, no sé si era la frente; sólo sé que era parte del ser mío lo que iba a estallar entonces, que era esta vida terrena, en que puede dar frutos todavía el arrepentimiento, lo que se me escapaba, dejando en mí solamente el aliento indispensable para padecer sin esperanza en el infierno.

-¡Oh, esposo mío! Calmaos, calmaos -le contestó dulcemente doña Inés, acercándose algo también por su parte, y mirándole con infinita dulzura.

-Sí, sí, me calmaré; dígoos que ya estoy bueno; antes de veros sí que deliraba, y aun creo que iba a volverme loco... Los locos no pueden ya tener arrepentimiento, ¿no es verdad?... ¿No es verdad que ya no saben ellos implorar para sí el perdón de sus culpas? ¿No es verdad que sí me hubiera vuelto loco mi espíritu habría quedado con la mancha que tiene, sin poder lavarla con la penitencia jamás? Pues a vos debo el poder esperar salvación todavía: el poder trabajar para conseguirla.

-Dichosa yo si tal hice, don Ramiro -repuso doña Inés con una sonrisa no menos tierna y dulce que sus miradas.

-Sí que lo hicisteis -continuó don Ramiro con mayor exaltación aún que antes-; os vi tan hermosa, con esos cabellos rubios derramados por la garganta, y ese vestido blanco, que parece tejido con aire y con luz; os vi, digo, tan celestial en todo, que no acerté a conoceros, y no me parecisteis ya vos misma, sino un ángel que bajaba del cielo a darme consuelos, trayéndome el perdón del Señor.

-¡Ah! -exclamó doña Inés, cubriéndose con las manos los ojos por un movimiento involuntario.

-¿Suspiráis?

-Suspiro, porque me habéis hecho creer que fue de mí propia de quien os viniera el consuelo, y no fue sino de una ilusión mentirosa de vuestros sentidos. ¿Qué comparación cabe entre un ángel del cielo y la triste y marchita esposa, o si no esposa, hermana, que ya tenéis?

-¡Oh! No digáis eso, dona Inés; no hay ángeles más bellos que vos..., que tú..., que tú, esposa mía; no puede haberlos...; me harás decir blasfemias...

Era de ver la satisfacción interior, el puro regocijo que se asomó de pronto en el rostro de doña Inés al oír estas amorosas palabras.

Don Ramiro, en tanto, sin reparar en ello, continuó de esta suerte:

-Yo no sé si habré cometido con esto un nuevo pecado; mas sabed, doña Inés, que si pensando que erais un ángel me acerqué a vos, cuando supe que erais vos misma, que era doña Inés a quien veía, no eché al ángel de menos. ¡Tan grata me iba siendo y me fue, al fin, vuestra vista!

Doña Inés, sin poder contener ya más la emoción de su pecho, lanzó un grito de alegría, y vacilando y sin pensar, fue a apoyar sus manos cruzadas en uno de los hombros de don Ramiro; mas este retrocedió con espanto algunos pasos, huyendo el cuerpo. Rendido, sin embargo, al propio tiempo, de su exaltación misma, se dejó caer en una de las grandes almohadas o cojines árabes que decoraban el aposento.

No halló allí, por cierto, reposo, si lo buscaba. Ideas, por el contrario, de dolor y de esperanza, de temor y de alegría, pasaron a un tiempo por su cabeza. Pero poco a poco se fueron deshaciendo todas ellas; sus ojos, cerrados, se abrieron de súbito, y al ver a doña Inés que suave y silenciosamente se había sentado a su lado y espiaba, al parecer, con tierno anhelo sus movimientos, una sola y nueva idea parece como que comenzó a arder en su mirada y a arrugar su frente; una que se conoció que le arrastraba a pesar suyo, como solían arrastrar su débil y vacilante espíritu todas las impresiones imprevistas y extrañas. No de otra suerte, en la apariencia, los reptiles del campo le hicieron tener miedo en la soledad, y el esfuerzo de Aznar le dio ánimo en el combate. ¿Qué idea le asaltará ahora? ¿Qué idea nueva, ardiente, poderosa, será esta que le infunde la vista de aquella hermosa doña Inés, que tan cerca de sí tenía en aquel momento?

Sin duda no es melancólica, puesto que sus ojos, generalmente apagados, brillan ahora con vívido fuego; sin duda no es de despecho, ya que se ve que una sonrisa de placer pasea fugitiva por sus labios.

Pero ¿quién que no conozca ya a fondo a los humanos habrá de comprender, a primera vista, tan oscuro y nunca visto enigma como este parece?