Elenco
La buena guarda
de Félix Lope de Vega y Carpio
Acto I

Acto I

Entren dos damas, con mantos, y sus escuderos.
LEONARDA:

  Tarde pienso que venimos.

DOÑA LUISA:

Sin misa nos quedaremos.

ESCUDERO:

La intención ofreceremos.

LEONARDA:

Culpa de tardar tuvimos;
  aunque yo, por aguardaros,
la tengo mucho mayor.

(Dos galanes entren por la otra parte.)
DON JUAN:

Ayer me dijo Leonor
que esto viniese a avisaros;
  y pienso que recibís
justamente estos favores,
pues tan honestos amores
a casaros dirigís;
  que yo culpo grandemente
los mancebos atrevidos,
no sólo que divertidos
están mirando la gente,
  mas que quiten del altar
por un instante los ojos.

DON LUIS:

Desta guerra los despojos
a su templo se han de dar.
  En sus gradas nos veremos
yo y Leonarda, si Dios quiere;
y pues es bien que espere,
no es mucho que a verla entremos.
  El matrimonio, don Juan,
es sacramento; ese intento,
y a fin deste sacramento,
licencia a los ojos dan.
  Miro una honesta mujer,
que la miro para mía.

DON JUAN:

Traigan los cielos el día
en que ya lo venga a ser.

DON LUIS:

  ¿Podré en el agua bendita,
donde la mano metió,
ponerla yo?

DON JUAN:

Nunca yo
supe más de que nos quita
  pecados y tentaciones,
porque es arma que defiende
contra el demonio, que emprende
encender nuestras pasiones.
  Para templar las de amor
no fuera mal instrumento,
si fuera bueno el intento.

(Entre el hermano CARRIZO, sacristán, con su sobrepelliz.)
CARRIZO:

¡Alabado sea el Señor!

DOÑA LUISA:

  Dígame, hermano Carrizo,
¿habrá misa?

CARRIZO:

Misa habrá,
aunque por milagro ya,
que un extranjero le hizo;
  que si agora no viniera
de camino, como digo,
no había con Ciudad-Rodrigo
quien decírsela pudiera.
  ¿Por qué se levantan tarde?
¡Que las valga Dios, amén!
Digan, hermanas, ¿es bien
que la misa las aguarde?
  Lo primero que el cristiano,
luego que el alba le avisa,
ha de hacer, es oír misa,
por pedirle a Dios temprano
  que los pasos de aquel día
en su servicio se den,
y por librarse también
de aquel traidor que porfía,
  como sangriento león,
devorar nuestra inocencia.

LEONARDA:

¡Qué santidad!

DOÑA LUISA:

¡Qué advertencia
tan digna de estimación!

CARRIZO:

  Si ellas salen a las nueve
con un manteo bordado
de entre el cambray delicado,
como unos copos de nieve;
  y puestos en sus chapines
los pies, aun no se persinan,
que como grullas caminan
al estrado y los cojines;
  y sentadas en damasco,
piden con grande mesura
el cofre de la hermosura,
que abierto puede dar asco
  a un enfermero de sala
de cámaras, ni hay pintor
que tan diverso color
ponga en la tabla o la pala,
  porque puede en este almario,
de ver por varias recetas
tantos botes y cajetas,
confundirse un boticario;
  y la primera oración
es consultar el espejo,
con notable sobrecejo
de ver su misma visión;
  y luego, abriendo la boca,
hacer tres o cuatro gestos
más locos y descompuestos
que una mona cuando coca;
  y con un paño de dientes
acicalar las espadas
que el sueño tuvo envainadas,
en manjares diferentes;

CARRIZO:

  dalle con polvos al hueso
y con la sangre de drago
o aceite de azufre, en pago
de algún hurtado suceso;
  y si tras esto limpiáis
la cera y la palomina
que hizo el labio clavellina,
mientras vos os engañáis;
  y si luego hay lavatorio,
y la redoma enjuagáis
para que aljófar hagáis
lo que Dios hizo abalorio;
  y tras esto, echáis encima
dos capas de solimán,
que los ciegos las verán,
aunque os preciéis de más prima;
  si luego (y no es maravilla),
como veis que es carne falsa,
porque se coma con salsa,
calentáis la salserilla,
  y os ponéis, con más primor
que una gata que se afeita,
ese color que deleita,
aunque fingido color;
  y en tierra como ceniza
sembráis claveles, y luego
sacáis cabellos que el fuego
o el cordel quiebra y enriza,
  hebras por fuerza doradas,
de que es el sol buen jüez,
y que pueden ser tal vez
canas mal disimuladas;

CARRIZO:

  y gastáis en la cabeza
otras dos horas, tejiendo
lazos en que va cayendo
la ignorancia y la simpleza;
  y por uno y otro lado
andáis tomando consejo
tan prolijas, que el espejo
da bostezos de cansado;
  si luego viene el vestido,
y encima os ponéis el dote,
aunque el pueblo se alborote
y no se alegre el marido;
  si luego hacéis con el oro
vuestro pecho aparador,
y luego el quemado olor
os inciensa el bajo coro,
  y salís que parecéis
el pabellón de Holofernes,
y como el domingo, el viernes
en esto os entretenéis,
  ¿qué misa a buscar venís
a las dos, pues no a mirar
salís el divino altar;
que a ser miradas salís?
  Y aunque tanta pepitoria
os cuesta cuidado eterno,
considerad que hay infierno,
muerte y vida, pena y gloria.

LEONARDA:

  Basta, hermano, que se ha hecho
satírico.

DOÑA LUISA:

No creyera
que contra mujeres era
de tan riguroso pecho.
  ¡Jesús! ¡Qué cosas nos dice!

CARRIZO: :

Menos he dicho que siento.
No tardé en el monumento
que el año pasado hice,
  lo que ellas hoy se han tardado
en componer para ser
vistas.

LEONARDA:

Ya de bachiller
se nos hace licenciado.

CARRIZO:

  ¿Ésta es licencia?

DOÑA LUISA:

¡Pues no!

CARRIZO:

Y si ellas vienen ansí,
esos ¿miraránme a mí?

DOÑA LUISA:

¿No sabré cubrirme yo?

CARRIZO:

  ¿Qué importa, si con el manto
están haciendo caireles
y mostrando por canceles
eso que encarecen tanto?
  El paño que el mercader
pone, y que la tienda cubre,
es el manto con que encubre
sus defectos la mujer;
  que hay mil que en el día claro
demonios parecerían.
¡Ay de los que en ellas fían!

DOÑA LUISA:

Pare, que es necio.

CARRIZO:

Y reparo.
  Pues ¡mira el otro babera,
cómo se la está mirando,
el manto brujuleando,
para ver si hace primera!
  ¡Entrense a misa, en mal hora!

DON JUAN:

Ya nos vamos.

CARRIZO:

Vayan ellas.

LEONARDA:

Ya vamos.

CARRIZO:

¡Lindas doncellas!
¿Piensan que, porque es agora
  carnestolendas, no hay más?

DOÑA LUISA:

Sufre, que es santo, Leonarda.

DON JUAN:

Acá en la puerta la aguarda,
y hablarla, don Luis, podrás;
  que éste hará grande misterio
de cualquier cosa que impida.

DON LUIS:

No he de venir en mi vida
a misa a este monasterio.

CARRIZO:

  Vayan, y estén apartados
y con mucha devoción.
(Entranse en la iglesia los galanes y damas, quedando solo CARRIZO.)
Siempre de ignorantes son
los sacristanes culpados,
  y no ven sus ignorancias
los que respeto no tienen.
(Toquen dentro.)
Son es éste... Danzas vienen.
¿En qué Italias, en qué Francias
  se celebra el Carnaval
con mayor solicitud?
Perdone Dios la inquietud.
¿Hay tal son? ¿Hay son igual?
  Todos andan de alboroto.
Quedito, bravas cosquillas,
porque no podré sufrillas,
y andará todo a lo roto.
  Ellos tornan a tocar.
Quedo, pies. Mas ¿qué se pierde
de oír cantar, si no es verde
lo que empiezan a cantar?

(Canten dentro:)
[MÚSICOS]:

  Si decís de la aldeana
que con sayuelo de grana
excede a la cortesana
en limpieza y en blancura,
ara, ven y dura,
aunque se alborote el cura.

CARRIZO:

  Todo me estoy deshaciendo,
como torrezno en sartén.
¡Lindo son! ¡Y cantan bien!
¿Qué es esto, pies? No os entiendo.
  Haremos una floreta
siquiera, y la sotanilla
levantando a la rodilla,
sonaremos castañeta.
  ¡Tened, por amor de Dios,
que me pico! ¡Pies, teneos!
¡Ay, Jesús! ¡Qué bamboleos!
No más, pies; oigámonos.

(Canten:)
[MÚSICOS]:

  Si decís de la barbera
que parece por defuera
vajilla de Talavera.
En el lustre y la blancura,
ara, ven y dura,
que amor es todo ventura.

CARRIZO:

  ¿Qué es lo que dijo de amor
y de la barbera? ¡Ay, cielo!
¿Soy yo de bronce? ¿Soy hielo?
En la puerta estoy mejor:
  desde aquí los quiero ver.
Ya pasan. Ya vuelve el son,
pues Carnestolendas son;
sotana, no hay que temer.

(Los músicos y cuatro o seis máscaras de hombres y mujeres, bailando.)
(Canten:)
[MÚSICOS]:

  Si decís de la del sastre,
que tiene por gran desastre
que falte a su nave lastre
en la mejor coyuntura,
ara, ven y dura,
aunque se alborote el cura.
  Si decís de la mujer
del letrado, puede ser
que dé mejor parecer
en los pleitos que procura
ara, ven y dura,
que el amor todo es ventura.

(Éntrense con mucho regocijo.)
CARRIZO:

  ¡Que hube yo de ser agora
destas monjas sacristán!
Enloquecido me han.
Pues ¡es que el son empeora!
  ¡Alzaos, señora sotana!
Tras ellos la calle tomo...
Mas éste es el mayordomo.
¡Qué breve es la gloria humana!

(FÉLIX entre.)
FÉLIX:

  Doña Clara me ha mandado,
Carrizo hermano..., esté atento...,
que dé a hacer el monumento
que ayer dejamos tratado.
  Quiere que nuevo se haga
y que se pinte y se dore...,
esté atento..., y se mejore,
y el pasado se deshaga,
  para que se eche de ver
en toda Ciudad Rodrigo
que es abadesa...

CARRIZO:

Eso digo,
y es muy principal mujer.
  ¡Qué lindo ara, ven y dura!
Aún se me bullen los pies.

FÉLIX:

¿Qué es eso que dice?

CARRIZO:

Que es
notable la arquitectura,
  y que el papel me agradó.
Mas esto de monumento
en Carnestolendas, siento
que no es tiempo.

FÉLIX:

¿Por qué no?
  Si no se toma temprano,
¿cómo se hará la pintura?

CARRIZO:

Hará... Ara, ven y dura.

FÉLIX:

¿Qué es eso, Carrizo hermano?

CARRIZO:

  Esto del cantar me altera:
ensayo lamentaciones.

FÉLIX:

Esté atento a estas razones.

CARRIZO:

Si decís de la barbera...

FÉLIX:

  ¿Qué es eso?

CARRIZO:

Ya ¿no lo ve?
El tiempecillo, por Dios.

FÉLIX:

Venga esta tarde a las dos:
lo que ha de hacer le diré,
  que aquí por la portería
quiero hablar a mi señora
doña Clara.

CARRIZO:

No ha media hora
que ni sentido tenía.
  Si decís de la del sastre...
Si decís...

(Éntrese.)


FÉLIX:

¡Extraña cosa!
Pero vos, nave amorosa,
¿dónde camináis sin lastre?
  ¿Dónde vais, loca de vos,
en tan peligroso mar,
que me habéis de sepultar
si no me remedia Dios?
  ¡Nunca a esta casa viniera!
¡Nunca este oficio tomara!
¡Nunca hablara a doña Clara!
¡Nunca su hermosura viera!
  Diérame algún accidente
primero, y fuera mortal,
que no hay mal que tenga igual
a amar imposiblemente.
  ¡Ay de mí, que no me he visto
jamás en dolor tan fiero,
y más cuando considero
que es Clara esposa de Cristo!
  Pues ¿qué intento? ¿Qué pretendo?
Que si ofendo tal Esposo,
pensamiento peligroso,
advertir a quién ofendo.
  Mas ¿cómo podré vivir?
Porque llega ya mi fuego
a tanto desasosiego,
que se lo pienso decir.
  Ya vengo determinado:
pasos, no volváis atrás,
porque imagino que es más
matarme desesperado.
  Deo gratias. ¡Oh, qué mal digo,
que no es dar gracias a Dios,
sino ofenderle! Mas vos
templad, Señor, el castigo.
  Deo gratias. A mi señora
la Abadesa, sóror Juana.
(Dentro:)
[Alguien dentro]
Aquí está Félix.

DOÑA CLARA:

Mañana
dirás que vuelva Teodora.

(Entre DOÑA CLARA, monja, en el hábito que parezca más a propósito.)
DOÑA CLARA:

  Félix, ¿qué hay de nuevo allá?
¿Vino el trigo? ¿Hízose cuenta
con Esteban? ¿Qué hay? ¿Qué intenta?
¿Cuándo vendrá por acá?
  ¿Advertiste lo que os dije
del monumento? ¿Qué es esto?
¿No habláis? ¿De qué estáis compuesto?
Pues ¿qué tenéis? ¿Qué os aflige?
  ¿No estáis buenos? ¿Qué os ha dado?
Algo estáis descolorido.

FÉLIX:

Enfermo estoy.

DOÑA CLARA:

Pues ¿qué ha sido?

FÉLIX:

Cuidado.

DOÑA CLARA:

Y ¿qué es el cuidado?
  ¿Puédese acá remediar?

FÉLIX:

Bien remediarse pudiera,
por más que imposible fuera;
mas no lo pienso intentar.

DOÑA CLARA:

  ¿Fáltaos dinero? ¿Han hurtado
alguna cosa?

FÉLIX:

Sí han;
mas no me la volverán,
que de voluntad la he dado.
  Y pues que Dios os crió
tan discreta como hermosa,
oíd, señora, una cosa.

DOÑA CLARA:

Hablad: muy vuestra soy yo.
  No hay en casa quien os ame
con tan grande voluntad;
yo os haré tanta amistad,
que casi exceso se llame.
  No soy pobre; bien podéis
con seguridad hablar.

FÉLIX:

Todo está en el comenzar.

DOÑA CLARA:

Ya aguardo que comencéis.

FÉLIX:

  Hanme dado unas tristezas
y ansias en el corazón,
que a tal desesperación
han traído mis flaquezas,
  que hoy he querido tomar
un lazo y echarle al cuello:
ahogarme puede un cabello.

DOÑA CLARA:

¡Un hombre llega a llorar!
  ¿Qué tenéis, por vida mía?
¡Jesús! ¡Ahorcaros! ¿Por qué?

FÉLIX:

Sólo porque en vos se ve
más claridad que en el día.
  Por santa, en tan verdes años,
deste convento os han hecho
abadesa.

DOÑA CLARA:

No sospecho
que en eso estén vuestros daños;
  que si es falta que le hacéis
al convento, hoy me prefiero
a pagar con mi dinero:
no os ahorquéis ni lloréis.

FÉLIX:

  Dicen mil cosas aquí
de vuestra gran santidad.

DOÑA CLARA:

Cuando eso fuera verdad,
más podéis fiar de mí.

FÉLIX:

  Señora, yo quiero bien;
que no es falta de dinero
mi mal, sino que no espero
que algún remedio me den.
  Ya os he dicho mi dolor.

DOÑA CLARA:

¡Jesús! ¿Por eso lloráis?
Si alguna doncella amáis,
casaos, que de aquese amor
  quedará servido el cielo.

FÉLIX:

No puede ser, que es casada,
que deso tengo anegada
el alma entre fuego y hielo.

DOÑA CLARA:

  ¡Casada!

FÉLIX:

Señora, sí,
y es tan alto su Marido,
que tiemblo verle ofendido
de mi pensamiento aquí.
  Tiene notable poder;
mas también es pïadoso.

DOÑA CLARA:

Habrá de ser riguroso
si vos amáis su mujer.
  Mas yo haré hacer oración,
con disciplina y ayuno,
por vos.

FÉLIX:

No sé yo que alguno
mueva mi loca intención.

DOÑA CLARA:

  No veáis esa mujer.

FÉLIX:

¿Qué importa, si ya la vi?

DOÑA CLARA:

Rogaldo a Dios, fiad de mí;
que lo mismo pienso hacer.

FÉLIX:

  De otra manera sé yo
que me podréis remediar.

DOÑA CLARA:

Aunque la pudiera hablar,
líbreme Dios; eso no.
  ¿Cosa que el demonio acaso
os haga amar religiosa?

FÉLIX:

Religiosa, y tan hermosa,
que por sus ojos me abraso.

DOÑA CLARA:

  ¡Jesús! ¿Quién es?

FÉLIX:

Vos, mi bien.
Temblando estoy. Perdonad.

DOÑA CLARA:

Aunque con riguridad
responderos fuera bien,
  no quiero descomponerme,
que basta por testimonio
de que os incita el demonio,
que es astuto y nunca duerme,
  ver la desesperación
con que os obliga a mataros.
Mas yo quiero consolaros
con irme a hacer oración
  y alguna más penitencia,
por afear la hermosura
que os obliga a tal locura.

FÉLIX:

¡Qué humildad y qué paciencia!
  Dadme, señora, perdón.
No os ofenderé en mi vida.

DOÑA CLARA:

Flaca será, resistida,
la más fuerte tentación.

FÉLIX:

  No sea con vos malquisto.

DOÑA CLARA:

Si el demonio os tienta hoy,
acordaos, Félix, que soy
esposa de Jesucristo.

(Váyase.)
FÉLIX:

  No más, desatinado pensamiento:
Clara me ha dado luz más que el sol clara,
porque los claros rayos de su cara
me enseñaron mi loco atrevimiento.
Ya tengo diferente sentimiento;
con justa causa mi temor repara.
Detén, Señor, la rigurosa vara;
no me mandes prender, ya me presento.
Todo eres manos y ojos; no hay valerse,
de tu esposa el adúltero en fiarse
que podrá del secreto socorrerse;
que cuando pueda en el abismo entrarse,
no puede de tus ojos esconderse,
ni puede de tus manos escaparse.

(Váyase, y entren DON PEDRO y RICARDO, viejos.)
DON PEDRO:

  Conozco bien ese mancebo ilustre,
y sé las partes suyas, que bastara
tu autoridad y estar yo satisfecho;
que lo que cuadra con el gusto tuyo,
bien puede ser satisfacción del mío.

RICARDO:

Es don Carlos un hombre de aquel talle,
y tiene condición tan generosa
 (fuera de ser mancebo virtuoso),
que por ella pudiera ser bienquisto,
no sólo entre sus deudos, entre bárbaros.
Yo tengo para mí que doña Elena
no puede hallar su igual; y aunque sois padre,
creo que en desear su bien y aumento,
don Pedro, os aventaja el amor mío.

DON PEDRO:

¿No venía con vos?

RICARDO:

Aquí venía,
y aguardó en el portal.

DON PEDRO:

Desde la reja
me pareció...

RICARDO:

Verdad, no he de negarlo;
y pues venís en ello con tal gusto,
béseos las manos.

DON PEDRO:

Será bien que agora...

RICARDO:

Yo no os dijera cosa que no fuera
muy conforme al honor de vuestra casa.
Hablalde y velde; que si fuera padre,
primero me casara con mis yernos,
que darlos a mis hijas.

DON PEDRO:

Y aun es justo,
primero contentar del padre el gusto.

RICARDO:

¡Hola! Llama a ese noble caballero
que me aguarda a la puerta.

DON PEDRO:

Yo le estaba
aficionado ya de sólo verle;
mas bien será que vamos con espacio,
que esto de casamientos, dijo un hombre
que era como la tecla de los órganos,
que en todas era bien poner los dedos.

RICARDO:

Tocad en su nobleza, en sus costumbres,
en sus inclinaciones, en su trato,
en sus amigos, en sus deudos; todo
lo hallaréis de una misma consonancia.

(DON CARLOS entre.)
DON CARLOS:

Bésoos los pies mil veces.

DON PEDRO:

No es mi casa,
señor don Carlos, tan extraña.

DON CARLOS:

Ha sido
encogimiento más que otro respeto;
que bien sé la merced que siempre hiciste
a mis padres.

DON PEDRO:

Yo fui servidor suyo,
y vuestro lo seré si se ofreciere
ocasión de serviros.

RICARDO:

¿De qué sirven
los vanos cumplimientos? Yo he tratado
vuestra intención, don Carlos, libremente
con el señor don Pedro, y él responde
que holgará de teneros por su hijo.

DON CARLOS:

Agora con más veras por el suelo
os besaré los pies.

DON PEDRO:

Señor don Carlos,
no, ¡por mi vida!, ni esto aquí se trate,
que podrán entenderlo los criados,
y publicarse en la ciudad sin tiempo;
que un casamiento es pretensión de un hábito,
donde suelen hablar los enemigos.
Ya sabéis que yo tengo a doña Elena,
después que Clara religión profesa,
casi por mi heredera; porque creo
que ha de dar don Bernardo en esto mismo.
Es la luz de mis ojos, y merece
serlo por su virtud. No puedo daros
otro dote mayor que lo que digo.

ELENA:

¿Qué me mandas?

DON PEDRO:

¡Qué de presto
me respondiste! ¿Estabas escuchando?

ELENA:

¿Yo, señor? Pues ¿yo entiendo en tus negocios,
o tengo de pensar que me murmuras?
Los que escuchan es gente sospechosa,
y que tiene por qué.

DON PEDRO:

¿No has entendido
que te quiero casar?

ELENA:

Ni imaginado;
que tengo más envidia a doña Clara
por vivir religiosa, y de tal suerte,
que por su santidad, en verdes años,
gobierna a las demás, que si tuviera
ceptro del mundo y su señora fuera.

(El hermano CARRIZO, con un tabaque, y su herreruelo, y sombrero.)
CARRIZO:

  Deo gratias. ¿Quién está acá?

DON PEDRO:

¿Es el hermano Carrizo?

CARRIZO:

Tan grande como me hizo
quien deshacerme podrá.
  El Niño Jesús los guarde.
¿Están buenos?

ELENA:

¿Qué me mandas?

DON PEDRO:

¡Qué de presto
me respondiste! ¿Estabas escuchando?

ELENA:

¿Yo, señor? Pues ¿yo entiendo en tus negocios,
o tengo de pensar que me murmuras?
Los que escuchan es gente sospechosa,
y que tiene por qué.

DON PEDRO:

¿No has entendido
que te quiero casar?

ELENA:

Ni imaginado;
que tengo más envidia a doña Clara
por vivir religiosa, y de tal suerte,
que por su santidad, en verdes años,
gobierna a las demás, que si tuviera
ceptro del mundo y su señora fuera.

(El hermano CARRIZO, con un tabaque, y su herreruelo, y sombrero.)
CARRIZO:

  Deo gratias. ¿Quién está acá?

DON PEDRO:

¿Es el hermano Carrizo?

CARRIZO:

Tan grande como me hizo
quien deshacerme podrá.
  El Niño Jesús los guarde.
¿Están buenos?

DON PEDRO:

¿No lo ve?
Y él, ¿tiene salud?

CARRIZO:

No sé.
Bueno me siento esta tarde;
  Dios sabe quién ha de estar
vivo mañana.

DON PEDRO:

Es ansí.

CARRIZO:

Y ella, ¿está buena?

ELENA:

Yo sí.
¿Ya no me llega a abrazar?

CARRIZO:

  Como vengo embarazado...

ELENA:

Llegue, porque algo me pegue.

CARRIZO:

¿De qué?

ELENA:

Y mire que le ruegue
a Dios con mucho cuidado
  que me haga buena.

CARRIZO:

Sí haré
en mis pobres oraciones,
y allá con los canelones
algo desto le diré.
  Su hermana y nuestra abadesa,
que Dios guarde, acá le envía
esta fruta; y a fe mía
que de no poder me pesa
  probarla, porque hoy ayuno.

ELENA:

¡Qué santidad!

DON PEDRO:

Es ejemplo
desta ciudad.

ELENA:

Aquel templo
no produce árbol ninguno
  que de tal fruto no sea.

DON PEDRO:

Hermano, un negocio emprendo
que será remedio, entiendo,
de mi hija. Si desea
  su bien, encomiende a Dios
su buen suceso.

CARRIZO:

Sí haré,
aunque pecador. A fe
que es casamiento.

ELENA:

Los dos
  tratábamos desto agora.
Ruéguelo a Dios por allá.

DON PEDRO:

Clara, hermano, ¿cómo está?

CARRIZO:

Muy buena está mi señora;
  aunque con ayunos tales,
disciplinas y abstinencias
y espantosas penitencias,
salen al rostro señales
  de lo que en el cuerpo pasa.

DON PEDRO:

De escuchallo me enternezco.

CARRIZO:

A dar probado me ofrezco,
con las más santas de casa,
  que es ángel en velo humano.

DON PEDRO:

¡Gracias a Dios! Mira, Elena,
que seas tan santa y buena,
con tal ejemplo en la mano.
  Ven; que le quiero enviar
un regalo.

ELENA:

Y yo también.

CARRIZO:

Dígame, hermana, ¿con quién,
con quién se quiere casar?

ELENA:

  Con don Carlos... ¿No conoce
a don Carlos?

CARRIZO:

¡Pesia tal!
Es hombre muy principal:
Cuatro mil años le goce.
  En verdad que he de venir
a la boda.

ELENA:

Ruegue a Dios
que nos casemos los dos...

CARRIZO:

Diga lo que iba a decir.

ELENA:

  Que yo le mando de paño
de Segovia un herreruelo
y una sotanilla.

CARRIZO:

El cielo
le dé un hijo al primer año...

ELENA:

  Hoy se han de hacer los contratos.

CARRIZO:

Y tantos le dé después,
que no conozca en un mes
las calzas ni los zapatos.

(Váyanse y FÉLIX entre.)
FÉLIX:

  Extraño pensamiento,
quimera a lo divino,
infierno de mis locas esperanzas,
esperanza en el viento,
que con tal desatino
presumes que del sol el rayo alcanzas,
¿qué vanas confianzas
de un morir atrevido
llevan tu mariposa
a la luz amorosa
del mismo fuego que arde tu sentido?
¿Adónde vas? ¿Qué quieres?
Más es un ángel que cien mil mujeres.
Advierte lo que emprendes,
advierte lo que sigues.
¿Desto han servido tantas oraciones?
¿Cómo de nuevo enciendes,
sin que átomo mitigues
de mis locas y bárbaras pasiones,
mis ciegas pretensiones?
¿Ya no estaba acabado?
¿Ya no me arrepentía?
¿Ya templar no quería
con la virtud de Clara mi cuidado?
¿Qué puede haber que esperes?
Más es un ángel que cien mil mujeres.
No es mujer la que adoras.
Detente, pensamiento;
ángel es Clara, el nombre lo declara.

FÉLIX:

Su honestidad desdoras,
con loco atrevimiento,
que en un abismo de tinieblas para.
Pensé que descansara
cuando vi la paciencia
con que sufrió el camino
que abrió mi desatino
contra su honestidad y su inocencia.
¡Que de nuevo me alteres!
Más es un ángel que cien mil mujeres.
¡Oh, cielo riguroso!
Ya no como ni duermo,
perdido estoy de llanto y de tristeza;
parezco, sin reposo,
un abrasado enfermo
que no hay donde descanse la cabeza.
Fuentes de su belleza
se me están acordando:
los cristales que veo
con ardiente deseo,
dulce muerte me están pronosticando.
¡Oh, amor! Infierno eres.
Más es un ángel que cien mil mujeres.
Yo no desesperara
si cien mil pretendiera,
aunque fueran más altas que la luna;
pero si doña Clara
es ángel, ¿quién creyera
que la emprendiera confianza alguna?
El amor me importuna,
el miedo me detiene,
a hablarla no me atrevo,
porque es volver de nuevo
a despertar su ira... Mas ya viene.
¡Oh, amor! ¡Que perseveres!
Más es un ángel que cien mil mujeres.

(DOÑA CLARA.)
DOÑA CLARA:

  Dijéronme que llamabas.

FÉLIX:

Vino aquel recaudador
por quien ayer preguntabas.

DOÑA CLARA:

¿Qué dice?

FÉLIX:

Que es ciego amor.

DOÑA CLARA:

¿Cómo o qué? ¿Con quién hablabas?

FÉLIX:

  No sé lo que te decía,
si va a decir la verdad.
Llego a tal temeridad,
que he de matarme este día.

DOÑA CLARA:

  Pues ¿qué te ha dado?

FÉLIX:

No sé;
sé que he rezado, ayunado,
y sé que me quebranté
a azotes, y no ha bastado.

DOÑA CLARA:

¿Qué dices, hombre sin fe?
  Si tú a Dios te encomendaras,
y orando perseveraras,
Dios te ayudara. ¿Qué dudas?
Mas tú sus auxilios mudas,
porque en deleites reparas.
  Si no llevas intención
y casto y limpio deseo,
¿de qué sirve la oración?

FÉLIX:

Pues ¿qué he de hacer, si te veo
con tal gracia y perfección?
  Dios ¿no te hizo?

DOÑA CLARA:

Es ansí.

FÉLIX:

Yo quiero lo que Dios hizo.
¿De qué te quejas de mí,
si el cielo se satisfizo
del valor que puso en ti?

DOÑA CLARA:

  ¡Quedo, loco! ¿Qué es aquesto?
¿Tú hablas tan descompuesto,
que hasta a los cielos se atreve
tu lengua?

FÉLIX:

Ponme esa nieve
sobre aquestos labios presto;
  ponla presto, que me abraso.

DOÑA CLARA:

Algún demonio te incita.

FÉLIX:

¡Esto por un ángel paso!

DOÑA CLARA:

Nunca mi Esposo permita
tan feo y enorme caso;
  porque si la vez primera,
necio, te hablé con blandura,
fue pensando que no fuera
adelante la locura,
que en su rigor persevera.
  Hoy te he de hacer despedir,
y que esta mayordomía
otro la venga a servir.

FÉLIX:

Detente, señora mía;
perdón te quiero pedir.
  Mira que perdona Dios
a los que a sus pies se humillan.
Roguémoselo los dos.

DOÑA CLARA:

Mucho, Señor, maravillan
las grandezas que hay en vos.
  Dos veces he derribado
este enemigo atrevido.
Félix, ya estás perdonado,
porque el verte arrepentido
y llorando, me ha obligado.
  El tiempo es santo: repara
en que Dios murió por ti.
Haz penitencia y declara
tus culpas.

FÉLIX:

Harélo ansí,
y tú se lo ruega, Clara.

DOÑA CLARA:

  Esa palabra te doy;
desde aquí a encerrarme voy.
Confiésate.

FÉLIX:

Tú verás
que no he de inquietarte más.

DOÑA CLARA:

¡Ay, Señor, la culpa soy!

(Váyase.)
FÉLIX:

  ¡Cuántas veces, Señor, me habéis llamado,
y cuántas con vergüenza he respondido,
desnudo como Adán, aunque vestido
de las hojas del árbol del pecado!
Seguí mil veces vuestro pie sagrado,
fácil de asir, en una cruz asido,
y atrás volví otras tantas, atrevido,
al mismo precio en que me habéis comprado.
Besos de paz os di para venderos;
pero si fugitivos de su dueño,
hierran cuando los hallan los esclavos.
Hoy que vuelvo con lágrimas a veros,
clavadme vos a vos en vuestro leño,
y tendréisme seguro con tres clavos.

(Váyase, y entren DON CARLOS y CARRIZO.)
DON CARLOS:

  Sé que vos entráis allá.

CARRIZO:

Yo no le digo que no,
que allá voy mil veces yo
para saber cómo está.
  Mas cierto que me he espantado,
y la causa no sospecho,
de que un negocio tan hecho
se hubiese desconcertado.

DON CARLOS:

  Hay siempre, hermano Carrizo,
malos terceros en todo.

CARRIZO:

¡Ah! ¡Que se pongan del lodo!

DON CARLOS:

Ya sé yo quién lo deshizo;
  pero acabara de dar
en tierra mi pretensión,
si yo en aquesta ocasión
me pretendiese vengar.

CARRIZO:

  Y en cualquiera tiempo es malo,
señor don Carlos, vengarse;
eso a Dios ha de dejarse,
que tiene Dios por regalo
  satisfacer los agravios
de quien se los deja a él.

DON CARLOS:

Ello fue cosa cruel:
yo tengo el alma en los labios:
  muero por la bella Elena.

CARRIZO:

No diga tal, que es pecado.

DON CARLOS:

Si es voluntad de casado,
para santo fin se ordena;
  ya don Pedro me la daba,
y cierto competidor
no trató bien de mi honor.

CARRIZO:

Mucho la prudencia alaba
  el agravio en el discreto;
tórnelo a tratar.

DON CARLOS:

Sí haré;
pero entretanto no sé
que con hombre más secreto
  pueda animar a quererme
a mi Elena, que con él.
¿No la llevará un papel?
¿No querrá este bien hacerme?
  Que en casándome, le juro...

CARRIZO:

¡Abernuncio, Satanás!
¿Yo papel? Es por demás.

DON CARLOS:

Pues si casarme procuro,
  ¿no ve que se sirve Dios?
Tome esos cuatro doblones.

CARRIZO:

Para santas ocasiones,
y siendo santos los dos,
  y tan santo el pensamiento
desta santa pretensión,
aún parece que es razón
ayudar su casamiento.
  ¿Oye? Váyase con Dios,
que hoy la señora abadesa,
que de envialle no cesa
recados de dos en dos,
  allá me enviará, y daré
este papel a su Elena.
Pero mire que se ordena
para que con ella esté
  en servicio del Señor.

DON CARLOS:

Eso es sin duda. Adiós quede.

(Váyase DON CARLOS .)
CARRIZO:

¡Oh, cuánto el dinero puede!
Más puede que el mismo amor.
  Quiero esconder el papel
para hablar con doña Clara,
que en sólo verme la cara,
me dirá cuanto hay en él.
  Entraré en la portería,
que está hablando con fray Juan;
los dobloncillos me dan
una intrínseca alegría,
  que estoy cosquilloso todo;
no puedo disimular.

(DOÑA CLARA.)
DOÑA CLARA:

Allá lo pueden dejar
concertado de ese modo,
  y las joyas de la palia
entréguenmelas a mí.

CARRIZO:

Ya huele a santos aquí;
que no hay tal ámbar ni algalia.

DOÑA CLARA:

  Deo gratias.

CARRIZO:

Por siempre.

DOÑA CLARA:

¿Dio
a mi hermana aquel recado?

CARRIZO:

Dado está, y aun olvidado.

DOÑA CLARA:

Y ¿respondió?

CARRIZO:

Respondió.

DOÑA CLARA:

  Muestre el papel, y en un vuelo
vaya a doña Elvira, y diga
lo que la palabra obliga,
que darla en esto es al cielo;
  diga que le dé las joyas.

CARRIZO:

Voy.

(Váyase CARRIZO.)
DOÑA CLARA:

Leer quiero este papel.
(Lea.)
«Señora, si estás cruel,
puedes abrasar mil Troyas.»
  ¿Cómo es esto? «Mas si miras
blandamente mi pasión...»
Letra y razones no son
de Elena. «Cuanto te admiras,
  trocarás en lastimarte.»
¿Papel de amores a mí?
¡Carrizo se atreve ansí!...
«Pues verás en cualquier parte
  las señales de mi pena.»
Este sacristán, ¿es santo?
¿Éste han estimado en tanto?
Mas si fue yerro de Elena...

(Entre FÉLIX.)
FÉLIX:

  Digo que me mataré,
ya no hay de qué porfiarme;
déjame ya, pensamiento,
que yo quiero contentarte;
yo echaré en estas paredes
un lazo, para que acabes
de perseguir un rendido.

DOÑA CLARA:

¿Qué es esto?

FÉLIX:

Vengo a matarme.

DOÑA CLARA:

¿Por qué?

FÉLIX:

Por sólo quererte;
pues no es posible que basten
diligencias ni temores.

DOÑA CLARA:

Tente, Félix, no te mates.

FÉLIX:

¿Cómo que no?

DOÑA CLARA:

Escucha un poco;
escucha, así Dios te guarde,
verás la mayor desdicha
que en nuestra flaqueza cabe:
el día que me dijiste
amores o disparates,
no pude dormir, pensando
los efectos que amor hace;
y de pensar los efectos,
me nació el determinarme
a quererte; más callé
porque tú perseverases.
La segunda vez, ¡oh, Félix!,
hice mucho en despreciarte,
porque ya entonces temía
que de temor me olvidases.
Muchas diligencias hice;
pero no fueron bastantes
a contrastar la memoria
de lo que allí me contaste;
que mientras más resistía,
más sentía desatarme
las venas en vivo fuego,
si hay fuego que tanto abrase;
que se imprimieron en mí
las lágrimas que lloraste,
de suerte, que se mezclaron
en el alma con mi sangre.
Alterado el corazón,
daba golpes desiguales,
como que puerta pedía
para salir o matarme.
No he comido ni dormido,
buscando para mirarte
las rejas y celosías,
o en la iglesia o en la calle.
Ayer me determiné
que si volvías a hablarme,
de aquí contigo saldría,
para que tú me llevases
donde tu gusto quisiese;
y así, vengo a suplicarte
con lágrimas de mis ojos,
que me lleves o me mates.

FÉLIX:

No llores, señora mía;
mi bien, no llores, que haces
ofensa a los claros soles
que desos orientes salen.
Detén el cristal corriente
que de las entrañas nace,
que yo imaginaba peñas,
y ya son tiernos cristales.
Yo soy un esclavo tuyo:
como a tal puedes mandarme.
¿Cuándo me mandas, señora,
que desta casa te saque?
Abrevia, que estoy muriendo.

DOÑA CLARA:

Mañana podrás llevarme,
cuando la confusa noche
a la mitad se levante
del cielo, y sepulte en sueño
hombres, animales y aves;
busca un vestido seglar.

FÉLIX:

Y ¿de quién podré fiarme
para servir? Que es forzoso.

DOÑA CLARA:

Este Carrizo es bastante;
háblale de parte mía.

FÉLIX:

¿A un santo dices que hable?

DOÑA CLARA:

Yo sé bien que no lo es:
contigo puedes llevarle;
yo sé que sabe traer
un papel, aunque sea un ángel
de los que tiene la tierra
la persona a quien le trae.

FÉLIX:

Yo lo haré, pues que lo dices,
y no hay más de que me aguardes.

DOÑA CLARA:

Aguardaré como tuya.

FÉLIX:

Quien amare, se declare;
porque, como persevere,
no es posible que no alcance.

FIN DEL PRIMER ACTO