La bruja del ideal: 02

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original. Publicado en la Revista de España: Tomo VI.



II.

Hallábame yo sin saber cómo ni cuándo, ni por qué, en medio de un campo delicioso. Las admirables descripciones del inmortal poema de Milton apénas podrian dar una idea de aquel espléndido paraiso por donde yo vagaba, libre como el Adan bíblico, salvo el traje y la inocencia, y perdido como Dante en medio del camino de la vida.

Si Milton no podria pintar aquel Eden de mi sueño, ménos lograria yo hacerlo amontonando esas consabidas frases de aves canoras, susurros del aura, besos del céfiro, tapiz de la pradera, murmullo del arroyuelo; frases que son las vulgares lantejuelas del estilo, y que por más que brillen, nunca igualarán al resplandor de la magnífica naturaleza.

Baste saber que iba yo andando por un bosque ameno y frondoso, á la orilla de un clarísimo rio. Iba ya meditabundo y sumergido en reflexiones, más profundas que el cauce de aquel rio y ménos serenas que sus limpias y rizadas ondas.

Nada predispone á la meditacion como el silencio y la soledad. Alfredo de Vigny ha dicho: Seul le silence est grand, tout le reste est faiblesse. Carlyle cree que debieran levantarse altares al silencio y á la soledad, porque el pensamiento trabaja en el silencio y la virtud en la soledad. La Bruyère opina que todo nuestro mal proviene de no poder estar solos.

Y en efecto, en la soledad nos entregamos á nosotros mismos, y en el silencio escuchamos nuestra propia voz. Entónces el mundo de los recuerdos, los fantasmas de las ilusiones y el panorama de las esperanzas se ofrecen á nuestra vista en confusion fantástica. El íntimo apocalípsis de nuestro espíritu desarrolla sus mil visiones ánte nuestra conciencia, nos mecemos en regiones ultra-mundanas, y acaso entrevemos el símbolo de nuestros destinos y comprendemos los secretos de nuestra vida.

Una aspiracion indecible llenaba mi pecho en medio de aquella soledad. Aquella aspiracion, única divina entre todas las humanas, tiene un nombre sagrado para todo el que la comprende. Se llama amor.

Pero no penseis, lectores, que el amor que yo sentia era ese amor terreno, imperfecto, raquítico, en que el objeto amado tiene el vulgar nombre de esposa, el prosáico título de novia, ó de querida: ese amor que lo más bello que tiene son las alas para volar al capricho de su propia inconstancia.

El amor que yo sentia, sin estar enamorado, era uno de esos amores que, demasiado divinos para la pequeñez y brevedad de la vida, aplaza el creyente para satisfacerle en el Cielo; ese amor de poeta que se contenta con una oda; ese amor de filósofo que se exhala en una página de psicología, en una disertacion objetivo-subjetiva sobre el yo y el no-yo; amor de artista que se exterioriza en las cuatro líneas y cuatro colores de un cuadro. Era ese amor ideal que todos nos forjamos fuera del círculo de la realidad, y cuyo tipo nunca encontramos en el mundo. Sobre todo, era ese comodísimo y económico amor que le permite á uno vivir con su amada en paz y en gracia de los hombres, sin llorar ingratitudes ni desengaños; sin encontrar rivales ni provocar desafíos; sin ser desventurado actor en esas diarias escenas caseras de la comedia humana, del drama de la vida y del sainete de las costumbres.

Tal vez tenía yo en aquel bosque una cita con la novia de mi espíritu, más abstracta que la Idea de Hegel, pues yo sentia, como he dicho, un amor abstracto, cuyo término concreto buscaba con afan.

¿Quién, al cruzar un hermoso jardin, no recuerda sus amores? ¿Quién no cree oir el crugido de flotante falda en cada susurro del viento? ¿Quién, al aspirar el aroma de las flores, no anhela absorber el perfume de esa viviente flor de deleites que se llama la boca de una mujer? ¿Quién no sueña en perderse por largas y sombrías alamedas, de esas que terminan en elegante escalinata, que á su vez termina ó conduce á marmóreo palacio; extraviarse dando el brazo á una bella, contándose mútuamente esas íntimas historias del corazon, tan pequeñas é insulsas para los indiferentes, tan grandes para los que aman; historias condensadas en un beso ó finalizadas en un tiernísimo abrazo?

Yo, que experimento con frecuencia este deliciosa fenómeno psicológico, gracias á una cierta dósis de poeta que la naturaleza ha tenido á bien concederme, llamaba, como dejo dicho, á la soberana de mis amores, á la autócrata de mis deseos; pero aquella mujer no venía, y buscándola en todas direcciones, y con creciente afan, me fuí internando hasta perderme en las revueltas de aquel bosque, cada vez más espeso é intrincado.

De súbito los árboles se despojaron de su verdura y sus troncos quedaron desnudos como esqueletos inmóviles. Diríase que la rigidez de aquellos troncos secos, calcinados y retorcidos, expresaba la agonía convulsiva, el estertor de aquel mundo vegetal.

Como en las transformaciones de una decoracion de teatro, aquellos árboles empezaron á crecer y girar, á confundirse en grupos; las líneas curvas fueron estirándose hasta degenerar en rectas; las superficies se unieron y trabaron por medio de ángulos; las ramas adquirieron formas fantásticas y orgánicas; los troncos se tornaron en piedra, y en un rápido torbellino todas aquellas moles, embrionarias aún, informes, se distribuyeron, se atrajeron, se rechazaron, se encajaron unas en otras, y, como un caos que oye la voz de un fiat ordenador, se fundieron por último, dando el ser á una inmensa, interminable, asombrosa catedral gótica. Del bosque, ese gótico de la naturaleza, pasé á la catedral gótica, ese bosque del arte humano.

La pluma-cincel de Víctor Hugo, los versos de Zorrilla, el lápiz atrevido de Gustavo Doré, la fantasía de Hoffman, serian impotentes para describir con palabras ó representar con líneas la magnificencia, la inmensidad prodigiosa de aquella catedral soñada. Aunque de forma gótica, su arquitectura, heteróclita é indefinible, se apartaba de las leyes comunes y conocidas de la construcción. Su geometría era fantástica: las lineas brotaban por saltos, nacían no sé dónde, y perdíanse tan lejanas, que sólo el infinito podia limitar y contener sus enormes trazados. A pesar de su apariencia gótica, no había allí formas concretas ni estilos definidos. El artista, el crítico, hubieran allí encontrado tantas incorrecciones como magnificencias.

¡Pero qué conjunto! ¡Qué vertiginosa inmensidad! ¿Era aquello un edificio ó una montaña? Porque aquella era una arquitectura montañosa. Sólo los Titanes pudieran levantar y colocar aquellas moles. Sólo los brazos que pusieron el Osa sobre el Pelion para escalar el Olimpo, podrían mover el menor de sus sillares. Sólo los ángeles caídos del Pandemonium pudieran, confiados en sus alas, resistir aquellas alturas, trazar aquellos arcos, aquellas líneas sin términos.

Aquel edificio nefelóide era de aire y de granito. Por lo vaporoso era niebla que iba á disiparse al soplo más ligero; por lo sólido parecia diamante destinado á resistir á la lima de los siglos, á la pesadumbre de las eternidades. La inmensidad era su altura, el espacio su longitud, el vacío su asiento. Sobre estas tres indeterminaciones de la ettension, levantábase aquel monumento sin bases, aquella estática sin equilibrios, aquella dinámica sin fuerzas, aquella especie de orgía de líneas, desenfreno de formas, extravagancia de un ideal artístico que sólo en sueños se concibe y se imagina. Y sin embargo, todo aquello se armonizaba en un conjunto maravilloso, en una síntesis deslumbradora, causando admiracion y miedo, porque hay admiraciones que asustan, magnificencias que aterran.

El edificio nadaba en luz, ó, mejor dicho, estaba saturado de luz y de aire, hasta el punto que se hubiera dicho que aire era su esencia y luz su forma.

¿Era aquello una heliópolis, una ciudad del sol desprendida de aquel astro y perdida en los espacios, ó era en realidad una catedral gótica levantada por hombres?

Aquella catedral no era, ciertamente, la morada de esos santos de piedra que reposan á la luz de moribundas lámparas; ni era el asilo de los creyentes, ni el puerto de los náufragos de la vida que buscan las playas de un cielo. No debian allí resonar esos místicos acordes del órgano con que los hombres pretenden hablar con los dioses, ni las plegarias del afligido, ni el llanto de los arrepentidos, ni el coro de los sacerdotes. Aquella catedral tenía algo vivo, palpitante, sensual, que la hacía más bien mansion de los silfos que viven en un rayo de sol, de los asouras indios, de las hadas, de los amores, de esos séres fantásticos que ha creado la mitología diabólico-pagana de la Edad Media; de todos, ménos de hombres que se componen de unos cuantos átomos de arcilla, viven unos cuantos instantes y mueren para siempre.

Si el placer fuera una deidad, aquel sería su palacio y su templo; allí la alegría sería el éxtasis, y la cancion plegaria; la lira del poeta resonaria en lugar del órgano; la risa reemplazaría á las lágrimas; á la contemplacion, al ilapso del asceta, sucederian los brindis del libertino.

Las dos torres que en el templo gótico parecen misteriosas escalas de Jacob, por donde lo humano sube al Cielo y lo divino baja á la tierra, en aquella catedral parecian dos pedestales, sobre los que debian colocarse las estátuas de la Vida y del Deleite.

Lleno de asombro penetré en aquel extraño edificio, y en vez de hallarme bajo las bóvedas de un templo, me encontré en medio de un patio cuadrado, en uno de cuyos frentes habia una gran puerta.

Dirigíme hácia ella, pasé el umbral, y una inmensa é interminable galería egipcia se ofreció á mi vista.

Extraño contraste ofrecian aquellas dos arquitecturas tan opuestas. La gótica, la arquitectura del movimiento, de las curvas, de los colores, de los caprichos, de la animacion, es la arquitectura de la vida. La egipcia es la de la inmovilidad, la de la solidez, la arquitectura fúnebre, sepulcral, la arquitectura de la muerte. Uniforme como los planos de los horizontes egipcios, monótona como su cielo sin nubes, levanta pirámides inmóviles como montañas; en sus hipogeos construye palacios-tumbas, necrópolis, especies de momias de piedra, habitados de momias humanas. En sus colosales esfinges hasta petrifica la expresion de las ideas y el movimiento de la vida. Aquella arquitectura que parece estar embalsamada para resistir á la podredumbre del tiempo, aquella arquitectura, que podriamos llamar eternitaria, pues en sus obras vemos la eternidad arquitecturada, ó la arquitectura eternizada, es el arte de la muerte que deposita su ideal dentro de las urnas sepulcrales.

Estático miraba yo aquella galería sostenida por columnas poligonales unas y de forma de palmera otras. Entre columna y columna una esfinge parecia desafiarme á descifrar el impenetrable secreto de los infinitos geroglíficos grabados en los muros y en los techos. Era tan inmensa aquella galería, que diríase haber sido fabricada por los apophis, aquellos gigantes de la tradicion egipcia, y tan desmesuradas eran aquellas esfinges, que no parecian talladas por manos humanas: más bien parecían haber sido engendradas por las nueve divinidades masculinas, y concebidas por las diez y seis femeninas de la fecunda mitología de los adoradores de Osiris.

En medio de aquel inerte mundo de piedra encontrábame yo poseido de aquel secreto terror religioso, de aquella desidaimonia que los Griegos sentían al entrar en sus templos. Y sin embargo de la impresion que me causaba aquella estancia, no era el sentido de aquellos geroglificos el que me preocupaba. Las esfinges, guardadoras de secretos, no podrían todas ellas reunidas descifrar el que yo guardaba en mi pecho. Sólo un sér vivo, animado, inteligente, podría comprender la aspiracion de mi alma y explicar los enigmas del ideal que yo buscaba.

De pronto detuve mi marcha. Al pié de una de aquellas esfinges vi un objeto informe que se movia. Allí habia, pues, algo vivo y sensible en medio de aquella marmórea inmovilidad.

Acerquéme con curiosidad.

Una mujer sentada en el suelo, acurrucada, con la cabeza oculta entre las rodillas, yacía al lado del biforme coloso; y aparecia tan pequeña, que se la hubiera tomado por un átomo vivo al lado de un mundo muerto.

Levantó la cabeza y me miró.

Quisiera yo que mi pluma pudiese dar una idea de la extraña criatura que se ofreció á mi vista.

Era aquella mujer una vieja, pero tan vieja, tan decrépita, tan seca, tan arrugada, que debió haber nacido al construirse aquella antiquísima galería, y su edad podria contarse por siglos. Habia algo de la solidez é insensibilidad de la piedra en aquellos huesos angulosos, en aquellas carnes acartonadas, cuasi metálicas. Sólo la mano de los siglos podria trazar arrugas tan hondas como las de su frente.

Su traje era un monton de harapos que apénas cubrían sus formas, tan destrozados, tan repugnantes, que causaban asco y horror. Hubiérase dicho que, como Cakyamuny, el gran apóstol de Budha, aquella mujer se habia vestido con el traje de un muerto, porque aquellos harapos no estaban sucios, sino podridos. Cuasi se sentia fermentar en ellos los gusanos de la tumba y se percibía el hedor de la podredumbre.

Su deformidad era indescriptible. Aquel rostro parecia reirse de su propia exageracion, avergonzarse de su propia fealdad, asustarse de su propia expresion, cual si se mirase en un espejo. Aquella boca negra y sin dientes, aquella nariz carcomida y sin líneas que la distinguieran, aquellas mejillas hundidas como dos simas, aquellos cabellos encrespados, empolvados y ásperos como la maleza de un campo maldito; aquellas manos crispadas, callosas, negras, cuasi vegetales, pues pudieran confundirse con ramas secas de un árbol abrasado; aquella tez de pergamino bronceado y tomado con el hollin de las edades, todo aquello formaba un conjunto tan extraño, que causaba espanto y admiracion. Era la sublimidad de lo deforme y de lo asqueroso.

¿Era aquella mujer una harpía? ¿Era una mómia resucitada y esperando la consumacion de largas expiaciones? ¿Era el alma de alguna de aquellas esfinges, que cansada de su eterno reposo, salía á moverse por el mundo? ¿Era la guardiana de aquellas regiones sepulcrales? ¿El spiritus rector de aquel mundo? No lo sé; pero aquella figura desde luego revelaba no pertenecer al mundo de la humanidad.

Levantóse encorvada como quien se levanta de una inmovilidad de siglos; vaciló, tembló y se agarró con sus huesudas manos al pedestal de la esfinge con tanto vigor cual si intentase clavar sus uñas en la durísima piedra.

Sin duda alguna era una bruja, ó, por lo ménos, tal era su aspecto. Como en el Macbeth de Shakespeare, cuasi esperaba oirla exclamar:

"All hail, Macbeth, that shalt be king hereafter."

Con una voz, que parecia salir de una caverna, voz débil, temblorosa, pero no exenta de cierta dulzura y armonía, me dijo: — ¿Qué buscas?

— No lo sé, respondí retrocediendo cuasi espantado.

— ¿No lo sabes? respondió: pues yo lo sé. Tú buscas el amor; tú buscas el ideal. Amame, porque yo sé amar. Sigueme, porque yo poseo el ideal. Mírame.

Separando entónces los cabellos de su frente, levantó su cabeza y clavó en mi una mirada tan penetrante, que llegó al fondo de mi alma; y como una descarga eléctrica, conmovió todas las fibras de mi corazón.

No imagine el lector que la bruja se trasformó en hermosísima mujer, como acontecer suele en los cuentos encantados. No: la vieja aparecia todavía más deforme y repugnante; pero su mirada era un rayo de luz divina, y sus ojos eran de una belleza incomparable.

Como un prisionero que desde un inmundo calabozo mirase por el agujero de la cerradura, y desde allí viese un Paraíso, así mirando aquel rostro, al través de sus ojos se vislumbraba el Edén de los amores, la pátria de la belleza.

Aquellos ojos eran indescriptibles. Sus pupilas no miraban; devoraban, palpitaban, atraian, fascinaban. Claros, grandes, circundados de largas pestañas, brillaba en ellos el fuego de todas las pasiones, la dulzura de todos los deleites, el arrebato de todos los delirios, la calma de todas las bondades, el esplendor de la inteligencia, la serenidad del éxtasis, la limpidez de la virginidad, el candor de la inocencia. Todas las antinomias del espíritu tenían allí su expresion más viva y sublime. Aquellas dos pupilas eran una quinta esencia, un poema de todos los sentimientos sintetizados en una sola apariencia; una armonía de todas las voces del alma, resonando en un sólo acorde; todos los colores de la hermosura concentrados en el rayo deslumbrador de una mirada. Radiantes como el día, deslumbraban; oscuros como la noche, perdian; melancólicos como el crepúsculo, entristecian á quien los miraba un instante.

Eran aquellos unos ojos-océanos que retrataban todas las tempestades del sér; ojos-abismos que mareaban; ojos-torbellinos que arrastraban; ojos-lámparas que alumbraban. Tenian iman, calor, magnetismo, aspir y todas las atracciones capaces de encadenar la voluntad.

Nada más extraño que ver tanta vida y expresion reconcentradas en aquellos dos puntos brillantes, astros de amor, hogueras divinas de un fuego más sagrado que el de las vestales, y que consumía al alma enamorada. Sólo ellos hacían hermosa á aquella mujer deforme y asquerosa. Fijándose en ellos, ni se reparaba el resto de tan horrible criatura. Comprendíase que dentro de aquella fealdad se albergaba algo maravillosamente bello; que aquella vejez era el tosco estuche que guardaba una juventud eterna; aquella corteza encubría una flor purísima; aquella concha atesoraba una riquísima perla; aquella bruja, en fin, contenía una diosa.

Echó á andar la bruja, y con el imperio y atracción de su mirada me arrastró tras de sí. Penetró por un hueco de las paredes, y nos hallamos en una habitación espaciosa, pero tan negra y envuelta en sombras, que no se distinguían sus términos ni apreciaban sus dimensiones.

Sólo un rayo de luz crepuscular penetraba por la techumbre, viniendo á caer perpendicular sobre una especie de diván, de forma y color indefinidos, y colocados, al parecer, en el centro de la estancia.

No había, pues, los consabidos crisoles, retortas, esqueletos, tarros, pucheros á la lumbre, gatos ó monos, que, de ordinario, son el mueblaje y adorno de toda mansión de bruja. La sombra parecía ser el único adorno de aquella morada á la que el dios egipcio Athyr parecía haber adornado con las tinieblas de que era númen y dispensador.

En uno de los ángulos divisé, á poco, una fragua apagada, y junto á ella un hombre atlético, tiznado, negro, que sobre un yunque martillaba pausadamente y daba forma á una llave que tenía en la mano izquierda.

Sentóse la bruja sobre el diván y su mirada resplandecía más enmedio de aquella oscuridad.

Fascinado, enamorado de aquella mirada irresistible, me precipité en los brazos de aquel monstruo.

A mis abrazos frenéticos respondió ella con abrazos cuasi desesperados. Hubiérase dicho que con ellos intentaba ahogarme.

Yo la acariciaba y la besaba con afán, porque la hermosura de sus ojos me hacía ciego para sus deformidades. Como un avaro que palpara un tesoro enmedio de un inmundo basurero; como un sabio que sintiese bullir el secreto de la vida dentro de un hediondo cadáver, así yo sentía que tenía entre mis brazos un ser divino envuelto en aquella forma diabólica, y apretaba con todas mis fuerzas como para romper aquella cubierta, para quebrantar aquel cuerpo, sepulcro de otro cuerpo, y poseer los tesoros de amor allí escondidos. Al revés de Verónica en el Albertus dé Teófilo Gautier, yo sentia que la bruja iba á tornarse jóven, hermosa, y por eso la acariciaba, la estrechaba, entregándome á todos los trasportes del más vivo deseo y del amor más sublime.

Jamás en la realidad de la vida, en el termómetro de la pasión, he encontrado un ardor, una vehemencia como la de aquel sér que me oprimía con una fuerza nerviosa y descomunal. Nuestra union era una gimnasia erótica capaz de agotar las fuerzas de un centauro, el apetito de un sátiro y el amor infinito de un querubin.

Cuando estaba en la plenitud del arrebato, y ébrio con la esencia de aquellos ojos, vi que desaparecieron como una luz que se apaga, y me encontré sólo, abrazando las inmundas vestiduras de aquella gorgona extraordinaria. Arrójelas con asco y rabia, que el caso no era para ménos, y entónces, acercándose á mi el negro cíclope de aquel Averno, me presentó la llave que antes trabajaba, y con un largo dedo, que él sólo tendría la fuerza de un robusto brazo, me indicó una puertecita baja y súcia que había en un ángulo de la estancia.

Tomé la llave, me dirigí á la puerta, y como un César,

Llegué, abrí, entré.

Un salón, de cuya magnificencia y belleza no es posible dar idea, se ofreció á mis ojos. No habia en él muebles de formas conocidas. Su ornamentación consistía en una especie de amontonamiento, vago y vaporoso, de colores, objetos, transparencias, planos vistosos, tapices, arañas y cuanto pueda idear un arte sin reglas ayúdado por un lujo sin medida. Suponed todos los objetos más bellos de la tierra convertidos en una especie de mar de arabescos y de líneas, donde, como en la paleta de un pintor, se ven reunidos todos los colores, y la fantasía traza á su antojo formas imaginarias, y apenas tendréis una idea de aquel salón, á cuya descripción renuncio, como se renuncia á todo lo imposible. Sólo diré que los objetos que contenia eran tan impalpables, tan abstractos, si se me permite la frase, que bien revelaban pertenecer aquel recinto á regiones metafísicas, á un país de esos cuyos mapas sólo han dibujado los divinos geógrafos que se llaman poetas ó filósofos.

En el centro, de pié, magestuosa, radiante como Beatriz en el Paraíso, hallábase una mujer de prodigiosa hermosura.

¿Seria aquella mujer la dama de mis eternos amores, la Dulcinea de mi locura? ¿La que, sin conocerla, ni haberla visto jamás, buscaba yo por el bosque? Indudablemente sí.

Sobre su forma humana resplandecía algo divino, ideal, artístico, superior á la mortalidad.

Sus ojos me bastará, para describirlos, decir que eran los mismos de la bruja, pero luciendo amorosos y risueños sobre el rostro más augusto y más resplandeciente de hermosura.

Los contornos de aquella mujer hubieran enloquecido á Fidias.

Todo el arte griego se eclipsaría ante tan maravillosa corrección, ante aquella viva estatua del ideal.

Van-Dyck no hubiera hallado colores para pintar la rosada blancura de sus carnes, que parecían mármol animado. Sí, aquellas carnes debían ser de esencia inmaterial, destinada á no marchitarse, á no empañarse, á no morir jamás.

Lá forma de aquella mujer sin igual tenia un no sé qué, una aureola de algo que vivía en torno suyo; una como sensibilidad externa, un cierto fluido, por decirlo así, inteligente, que circulaba por sus venas como la sangre de los seres inmateriales, de tal modo, que con el gran poeta Shelley hubiérase dicho que hasta su cuerpo pensaba.


"so divinely wrougth,
"That you migth almost say his body thougth."


Sus magníficos cabellos se enlazaban á su cabeza en graciosas trenzas ó caían en flotantes rizos.

Su rostro era el conjunto de todas las perfecciones, el plasmo de todas las hermosuras. No sólo resplandecía en él la hermosura, sino la gracia.


«Et la grâce plus belle encore que la beauté.»


La gracia, más hermosa que la misma hermosura, como dice Lafontaine. La gracia, que viene á ser la vida de la forma, el perfume de los encantos, el sonido de las armonías de un rostro, la chispa, en fin, que anima hasta el mármol insensible y helado.

A aquella mujer la Escultura le hubiera tomado como su prototipo; la Pintura hubiera hecho de ella su modelo único; la Arquitectura la hubiera levantado templos. Fausto se hubiera abrazado á ella, y la hubiera llamado la Verdad. Don Juan Tenorio, al verla, hubiera puesto fin á la interminable lista de sus conquistas, se hubiera postrado con respeto, él que nada repetaba; la hubiera adorado, él que no amaba nada, y la hubiera llamado el Amor. Napoleón hubiera arrojado sus laureles y la hubiera llamado la Gloria; la Filosofía la hubiera llamado Bien, la Poesía Inspiración, la Ambición Fortuna.

Yo la llamaba mi ideal.

En aquella estancia y al lado de aquella mujer, sentíame yo transportado al Nirvana de los budhistas, donde cesa todo dolor; al Paraíso de Mahoma, donde se goza todo deleite; al Cielo cristiano que promete la realidad de todas las esperanzas, la satisfacción de todos los amores y el secreto de todas las verdades

Si extremosos fueron mis arrebatos con la bruja, fácil es calcular lo que serían al lado de aquella mujer divina y adorada. Uno á uno fueron apareciendo los encantos de su desnudez expléndida.

Nuestras caricias eran frenesí. Á un beso prolongado como ciento, sucedían ciento breves como uno.

Ya no había forma alguna velada. Hallábame en la plenitud del goce y de la admiración; toda su hermosura la abarcaba en una mirada, todo su cuerpo le poseía en un abrazo, toda su alma la aspiraba en una caricia.

Á aquel pugilato de amor, absorción de dos deseos, apoplegía de deleite, fiebre de sensaciones, virginidad de dos almas que la pierden, convulsión de dos cuerpos que se identifican, sucedió al fin la deliciosa tranquilidad de los amores satisfechos.

Entonces la hermosa se puso de pié, y recobrando la majestad y el reposo de su actitud primera, la calma de la contemplación después de la tempestad de amor, llevándose una mano al cuello me dijo:

— Mira.

Fijé la vista y vi alrededor de su cuello, sobre la tabla blanquísima de su pecho, y en torno de sus magníficos hombros, una especie de collar de oro que se enlazaba en repetidas vueltas.

— Lee, me dijo, señalando al collar.

Noté, en efecto, que aquel collar de oro estaba formado de caracteres, de geroglíficos semejantes á los de la galería egipcia. Púseme á examinarlos, mirándolos en todos sentidos y tratando de descifrarlos.

Momentos hubo en que me parecía que los signos se tornaban en letras para mi conocidas, y estaba á punto de leer su contenido; pero en seguida se borraban, se desvanecían, apareciendo más impenetrables y confusos cada vez.

Si por acaso separaba un momento la vista, la hermosa me repetia con imperio: «lee», y entonces yo redoblaba mis esfuerzos inútiles para descifrar los extraños caracteres. Fuí á tocarlos y noté que no estaban superpuestos, sino adheridos á las carnes. Sorprendido, palpé de nuevo aquellos signos y aquellas carnes, y las sentí endurecidas y frias como el mármol.

Indudablemente, aquella mujer se condensaba hasta convertirse en estatua.

«Lee», volvió á repetir, con tal imperio, que torné á examinar los signos, con tanta atención, con tanta curiosidad, con tanta angustia, que dando un hondo suspiro, frotándome los ojos y haciendo un esfuerzo supremo...

Desperté.

Sólo dormido podia yo tener aquella visión dantesca; pero sólo despierto podia comprender el significado de aquellos signos y el simbolismo de mi ensueño.

¿Fué éste un desvarío de mi razón dormida, un capricho de mi cerebro exaltado, ó fué la revelación de un espíritu que iluminó mi entendimiento, acrecentó las potencias creadoras de mi imaginación, y me ofreció la leyenda de la vida en las pasajeras imágenes de un ensueño?

El bosque frondoso ¿no era el emblema de la juventud, durante la cual todo es perfumes y flores, todo naturaleza y lozanía, y en la cual se pierde uno sin rumbo en el jardín de las ilusiones y de las esperanzas?

La catedral ¿no representa la edad en que, más tarde, penetramos en los castillos que en el aire forjó nuestra fantasía?

¿No era aquella galería egipcia imagen de la vejez, de esa edad en que el desengaño petrifica el corazón, y en que el alma cansada se posa inmóvil é insensible como una esfinge que guarda el amargo secreto de la experiencia? La galería egipcia ¿no era el camino de la muerte por donde la vida cruza de la nada de su origen á la nada de su fin?

La bruja deforme y la mujer divina ¿no eran la personificación de lo Real y lo Ideal de la vida; de esos dos principios opuestos, cuya contradicción, cuya lucha constituyen la grandeza ó la pequeñez, la desesperación ó la alegría, el martirio ó el triunfo, el infortunio ó la dicha del corazón humano?

La realidad viene á ser la bruja espantosa, el esqueleto cubierto de los harapos de nuestra propia miseria. Si nos abrazamos estrechamente á esa bruja, dentro de ella sentirémos bullir un ideal oculto, un quid ignotum.

Sólo el que se atreve á fijar sus ojos en los ojos de la bruja, y logre ver en ellos dos faros celestes; sólo quien comprenda en su mirada los mundos de amor, poesía y hermosura que se encubren bajó su repugnante fealdad; sólo el que ame la forma de la carne, porque en ella sienta circular la savia del espíritu; sólo el que comprenda que la vida es más grande por lo que esconde que por lo que ostenta; sólo el que en el extremecimiento de la sensualidad sienta los éxtasis del idealismo, sólo ese se abrazará con amor al monstruo de la vida, y logrará, como yo en mi sueno, vencer, á la bruja, extraer sus divinas esencias, aniquilarla con sus esfuerzos, arrojar como despojó del triunfo los harapod de las carnales miserias, y con la llave del sentimiento, penetrar en las encantadas regiones, donde encontrará, bajo el aspecto de cuanto ama y apetece, la divina Innominada que todos perseguimos y adoramos; la Felicidad, esa esposa que sólo nos concede una caricia en la vida; pero que en esa caricia recompensa todos nuestros padecimientos y endulza todas nuestras amarguras.

¿Significaba quizás mi sueño que el ideal sólo se conquista con el abrazo de la muerte, y sólo se encuentra más allá de la vida, en las regiones del espíritu puro, si es que tales regiones pueden existir?

¿Significaba, tal vez, que el ideal de la vida es el abrazo de dos seres que se aman?

Toda la ciencia de la oneiromancia no bastaría para determinar la significación de mi sueño.

Yo sólo sé que por él alcancé el ideal que buscaba y la felicidad de un momento cuyo solo recuerdo engrandece mi vida.

Si hay un cielo que ofrezca para siempre la ventura de aquel momento, no hay en la tierra mérito, virtud ni sacrificios suficientes para merecerle.

Mi sueño fué más que un sueño: fué un problema resuelto; fué el enigma de la felicidad descifrado por aquella bruja.

Por eso nunca olvidaré aquel ser fantástico á quien, por la dicha que me ofreció, creo haber llamado con razón y fundamento la Bruja del Ideal.


José Alcalá Galiano.