La arquitectura y la sociedad (25 de agosto de 1870)

La arquitectura y la sociedad (25 ago 1870)
de Domingo Inza
Nota: Domingo Inza «La arquitectura y la sociedad» (25 de agosto de 1870) El Eco de los Arquitectos, año I, nº 14, pp. 97-99.
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LA ARQUITECTURA Y LA SOCIEDAD
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(Continuación.)

El Arte arquitectónico llegará á su perfección en la época presente, cuando baya reunido á la ciencia de utilidad común el perfecto sentimiento ; porque lo útil sin lo bello, en el siglo presente, será tan imperfecto como nos parece abora que lo fué en los tiempos pasados lo bello sin lo útil. Un templo griego es feo empleándole para una exposición de industria ó para un congreso de diputados, y viceversa; un palacio de bierre y de cristal seria ridículo para adorar en él una divinidad pagana. La ciencia requiere la veneración y respeto que necesitaron los antiguos en su civilización; nos otros ahora calificamos como más conveniente aquella en que el Arte estaba más en armonía con sus principios, usos y costumbres, y la ciencia lo será completamente cuando sus resultados sean tan perfectos que no dejen nada que desear respecto al objeto á que se destinen, hablándonos al alma y á la inteligencia. El Arte árabe reúne esta circunstancia. Nacido de la ciencia, llegó á satisfacer la fantasía y las necesidades de su pueblo, y todas las obras que estudiamos y pertenezcan á un estilo depurado es porque observamos las dos circunstancias expresadas.
El taladro del Simplon fué llamado obra digna del legislador moderno. No sé si históricamente se puede dar á Napoleón ese título por la confección del Código que lleva su nombre, pues más bien que obra suya pertenece á los grandes hombres que le rodeaban, y más todavía á las exigencias de la moderna sociedad. El Código fué obra de la época, y no se puede atribuir á un hombre solo, pues en una sociedad todos son igualmente necesarios, cuando todos contribuyen al mantenimiento de una idea, de un principio, etc. El hombre, el individuo , no es más que un ser aislado; la voluntad es el agente de acción, y esto es la Sociedad.
Si Justiniano hizo la cúpula de Santa Sofía en Constantinopla, fué porque entonces la idea grande que dominaba era la de construir basílicas.
Si Napoleón abrió el paso del Simplon, fué porque la idea que dominaba en su siglo era la de dar estabilidad á los pueblos, asegurando les el comercio, el crédito y la industria. Pero la parte artistica no ha vuelto á tener lugar aún en la presente civilización que atravesamos , por carecer nuestra época (que es la de las ideas más vastas y más bellas para el porvenir que en ningún otro tiempo ha habido), de una forma arquitectónica que la caracterice; forma que, si bien no nos importa que quede inmortal como la de la antigüedad, conviene á lo menos que sirva para satisfacer las exigencias de la clase ilustrada y rica, aplicándola la grandeza de anteriores tiempos, y para fundar con esto la aristocracia de la época que fije con un sello de originalidad especial la expresión de tantas prosperidades industriales y comerciales que, compitiendo constantemente entre sí con la admisión de nuevas mejoras, procuran distinguirse y estimularse con la esperanza de aminorar la pobreza y el malestar del género humano. Pero, preguntarán los miopes calculistas : ¿ es esta época propicia para el Arte? Bastaría para convencerlos aquella máxima de Cicerón, que dice:
«¡Si la sabiduría se pudiera hacer visible, cuánto deseo de adquirirla nos inspiraría su presencia!»
Y nosotros respondemos. El Arte que reúne la inspiración y meditación, la fantasía y el razonamiento, cuyos resultados se exponen á la vista como para darnos cuenta de un sentimiento que nos eleva, haciéndonos pasar del estado vulgar al de cultos ciudadanos, proporcionándonos conocer un bien moral de nuestra alma, cual es la libertad de expansion, que hace á cada uno dueño de descubrir por sí el sublime culto de la belleza real, el Arte es el hombre mismo; y así, mutilado el hombre, el Arte se apaga, ó á lo menos queda en el olvido con él. Pero será menester convenir que son por desgracia muy cortos los momentos en que los pueblos y la sociedad tengan esa entera y libérrima expansión, porque la Naturaleza necesita la libre facultad de sus fuerzas para dar al Arte su verdadera belleza ; porque en un siglo fantástico donde predominan los afectos, el Arte es más de sentimiento que de razonamiento; pero en un siglo en que domina más la especulación que las afecciones, la razón desecha todo escrúpulo, hasta apagar las libres aspiraciones del corazón. Nos e crea, como generalmente se dice, que escasean los ingenios capaces de hacer tanto como en los mejores tiempos; pues en las épocas infelices, como la presente, en que el genio es solitario y desechado, suponiéndole que sueña con ilusiones de fantástico porvenir; en que nada se cree más que en todo aquello que está al servicio de los placeres físicos, el artista no puede consolarse más que contemplando la vía por donde ha pasado el polvo de otras épocas.
Al principio de este siglo todo se mudó tan radicalmente, que el Arte tuvo necesidad de recuperar las leyes de su belleza y de lo verdadero. El siglo pasado fué destructor; el presente parece que quiere ser edificador, si Dios le es propicio para darle una entera constancia; pues, en la mitad de que se puede dar fe, ha oscilado entre las formas más opuestas, sin sentir alguna.
El estudio regularizado y material, arqueológico y crítico, ha dado lugar á una competencia instantánea de querer explotar la forma, apropiándose aquella que mejor nos parece, sacada de entre las ruinas del antiguo clasicismo griego y romano; ha prostituido el sentimiento, creyendo que aquel que encontrase una nueva cornisa, ó un nuevo capitel, podria reclamar un derecho igual al que se pudiera apropiar uno que descubriese un mineral de gran valor. Este estudio ha producido, es verdad, edificios, pero tan poco lógicos y tan insípidos, que hoy dia, época de más luces en este Arte, nos hacen echar de menos una espontánea originalidad. Entre tantas ruinas, todas bellas, cada una se ha apropiado, como hemos dicho, aquella forma que más le impresionaba, queriendo que la belleza fuese electiva, preludio por cierto de perversa consecuencia para un Arte todo de sentimiento, que todo lo debe á la Naturaleza , que á muy pocos favorece con esa divina prerogativa, gozando sólo la ilusión de creerse artista, haciendo víctima al Arte, y á todos los que, incautos, se han entregado á su cultivo sin prever el triste desengaño que acaba hasta con la existencia; pero hoy dia queda el consuelo de la experiencia, por los muchos casos que podríamos citar, y la sinceridad de confesarlo, aun cuando queden algunos vestigios que, teniendo su origen en el favor, continúan tenaces en su fatal sistema, porque su educación no les deja pasar por otro punto.
La filosofia alemana nos ha hecho ver la reacción del Arte gótico al griego, y á la Arquitectura del Renacimiento hasta la decadencia, y extraño parecerá ver que elevaron monumentos góticos modernos, al lado de otros modernos edificios del más puro clasicismo, levantados sobre la roca solitaria donde empieza la Selva Negra , como, por ejemplo, el Walhalla de Munich, templo griego destinado á la mitología escandinava y á la apoteosis de la nación germánica. Esa moral sublime, nacida del imponente bramido que se observa en lá Selva Negra, donde los pueblos de Alemania se inspiran con fantástico sentimiento en música, letras y artes, hace que este pueblo dé nombre á sus obras, produciendo los más sublimes efectos con las leyendas de su religion y creencias la obra de Klenge, uno de los reformadores del Arte alemán, como Skinkel en Berlín y Hugot en Francia. En Berlin tenemos un teatro nuevo, en el que se ha sacrificado á la forma poética y filosófica la reflexion y cálculo especulador; la Escuela de la Arquitectura , que es su obra maestra, y ademas cuatro iglesias de otros tantos estilos diferentes y de diversas formas, pero siempre bajo el mismo concepto.
Con esta filosofía, tan criticada, se verifica lo que dice en su obra Zimmermann: « Del mismo modo la imbécil muchedumbre de Atenas se reía y burlaba de Temístocles porque no se acomodaba á su común maner a de vivir, creyéndolo incapaz de conocer lo adelantado de su civilización;» pero también se podrá responder con él á estos críticos: —Es verdad que yo no pongo en práctica la galantería y no sé tocar el salterio ni la lira; pero que se me dé á gobernar una ciudad, por pequeña y desconocida que sea, y se verá si yo sabré hacerla grande, dirigiéndola á la virtud y la celebridad.
El carácter de este país hace que, en medio de la indiferente materialidad de la época, se conserve un poco de respeto y veneración hacia la virtud, pues sus hombres, acostumbrados á estudiar los grandes filósofos de sentimientos elevados y de buena moral, siguen fácilmente el romanticismo. Se dirá que estos seres fantásticos quieren por lo común ver siempre las cosas de una manera que no existe y que no puede subsistir; pero éstas son vanas disculpas de hombres que, poniéndose en el extremo opuesto, y acostumbrados á vivir en la contemplacion de la triste realidad de una vida viciosa sa y material, se oponen á la verdadera vocación para el cultivo de las Bellas Artes.
(Se continuará).
Domingo Inza,

Arquitecto.