La Odisea (Antonio de Gironella)/Canto Cuarto

Nota: Se respeta la ortografía original de la época
CANTO CUARTO.

LACEDEMONIA.

Esparta al fin alcanzan los mancebos.
Por medio de sus calles silencíosas
Y entre sus edificios, esparcidos
En tan vasto recinto, el gran palacio
Consiguen descubrir de Menelao.
En medio de sus deudos le encontraron
Y los que sus fatigas compartieron,
De un hijo y una hija celebrando
La duplicada union. En Troya fuera
Donde el hijo de Aquiles, de la hija
Comprometió la fe, y ora cumplia
Aquesta ley de honor. Pomposa escolta
De servidores, carros y caballos
A conducirla van á las comarcas
Donde el esposo impera. En cuanto al hijo,
El mozo Magapentes, en Esparta
Halló en la hija de Alector una esposa
Digna de tal merced; pues que es él mismo
Vástago de una esclava, innoble fruto
De pasagero amor, reo y vedado,
Ya que Helena, al dar vida á Hermione bella,
Vió retirarla los potentes Dioses
La siempre ansiada facultad materna.
Este doble connubio celebrando,
Del rey deudos y amigos se juntaron.
Rebosaban los pechos de alegría;

Un famoso cantor los deleitaba
Con melodiosos sones, mientras, ledos,
Dos bailarines sus airosos pasos
Mezclaban de la lira á los conciertos.
Mas el hijo de Ulises y su amigo
Han llegado á las puertas del palacio.
Eteóneo, escudero del monarca,
Corre de su llegada á prevenirle:
« Dos estrangeros jóvenes, le dice,
Ó dos hijos de Júpiter mas pronto,
En el umbral estan. ¿Es tu deseo
Que haga desenganchar sus alazanes,
Ó mandas que á otra parte les dirija
A buscar un asilo hospitalario? »
Indignado responde Menelao:
« Ya no mas de Beocio al hijo veo.
Fué un tiempo en que razon te conducia
Y que del mundo el uso no ignorabas;
Ya un niño encuentro en ti. En mis largas penas,
Dó quiera que el Destino me haya puesto,
Bienhechores y amigos he encontrado.
¿Con cuál derecho á Júpiter podría
Pedir en nuevos males dulce amparo
Si ahora mi crueldad...? ¡Oh, corre al punto,
Sus corceles retira, y que, sin tregua,
Aquí á sentarse al lado mío vengan. »
Corre Eteóneo, vuela, y, juntamente
Con otros escuderos, los corceles,
Que bajo el yugo sudan y jadean,
Separa, y en las bóvedas que sirven
De quieto asilo á los del rey, los ata
Y, sin cuento, les da paja y avena.
A una pared bien apoyado, el carro[1]

Está de la intemperie guarecido.
Pisistrato y Telémaco, entre tanto,
En el palacio son introducidos.
Deslumbrados los ojos les parecen
A vista tal: cuál brillo! cuál riqueza!
Es el templo del sol, ó de Febea
La sagrada mansion, que del hermano
Al rayo resplandece. A tal encanto
Les arranca, por fin, otro cuidado:
Un baño les aguarda; las esclavas,
Jóvenes y lozanas, en sus miembros
Perfumes vierten, y en tejidos finos
De hermosa lana luego les envuelven,
Y los visten con túnícas soberbias.
Otra doncella un jarro de oro puro
Presenta y en sus manos va vertiendo
El agua cristalina que recoge
Una cubeta de bruñida plata.
Puesta la mesa, una muger anciana
En anchas fuentes trae los manjares
Que á su custodia tiene, y copas de oro
A su lado coloca. Menelao,
La mano al presentarles: « Probad, dice,
De la hospitalidad los dulces dones
Y compartid mis goces. Cuando el brio
Recobrado sintais, ley será vuestra
Declarar vuestros deudos. No, sin duda,
No sois de oscura ni ignorada estirpe;
De reyes vuestro origen ser es fuerza,
Que vulgar sangre nunca formar pudo
Hombres cuales mi juicio os considera. »
Dice y les sirve de su propia mano
Un lomo que le estaba destinado.
Anhelosos admiten este ausilio
Y ávidamente el dulce néctar beben,
Que en sus doradas copas chispeaba.
Saciadas de Natura aquestas leyes,

Telémaco, al amigo reclinado
Para que sus razones no se oyeran:
« ¡Oh! hijo de un rey, dice, que venero;
Oh tú, mi caro amigo! estas bellezas,
Estos frisos , aquestos artesones
Dó brillan oro, plata, ámbar y tantas[2]
Riquezas incontables, considera:
Tal de Jove el palacio resplandece.
¡Cuántos tesoros! ¡cuál magnificencia!
Los turbios ojos deslumbrados ciegan. »
Ha oido Menelao aquestas voces:
« ¡Oh no! amigos, les dice; no hay mortales
Que el rey del cielo á contender se atrevan;
Su trono y todo cuanto le rodea.
Como el, no tiene par. No sé si igualan
Otros ó mis riquezas sobrepujan;
Mas despues de siete años de fatigas
Y de duros errores, á la patria
Pude por fin volver. La planta triste
En Chipre y en Fenicia y en Egipto
Un dia puse, y visité el Etíope,
El Sidonio, el Erembo; ví la Libia,
Donde el cordero ya al nacer presenta
El asta prolongada, y dó la oveja
En cada año tres veces se fecunda.
Allí el pastor y el dueño, juntamente,
Viven en abundancia con sus reses
Y la leche y el queso que procuran.
Todos los dias, sin que falte alguno,
La dulce oveja sus preciosas fuentes
A la mano presenta siempre llenas.
¡Ay que mientras yo anduve en esas playas
Juntando mil tesoros, cauteloso

Un monstruo que alentó necia confianza;
De horroroso misterio circundado
Y con la torpe esposa convenido,
Asesinaba mi infeliz hermano!
¡Recuerdo atroz que mi fortuna enturbia
Y mis potencias emponzoña todas!
Sin duda vuestros deudos os lo han dicho
Cualesquiera que sean: ¡Cuántos fueron
Mis amargos pesares! ¡mi familia,
Mis inmensas riquezas destruidas!...
¡Ah por qué sola la tercera parte
De mis presentes bienes no mas tengo
A trueque de mirar de vida llenos
Esos bravos guerreros que mi causa
Condujo á muerte en el troyano suelo
Lejos de nuestros climas venturosos!
¡Oh cuál los echa a menos mi amargura!
¡Cuánto los he llorado! muchas veces,
Tristemente sentado en mi palacio,
Nutro mis penas con mi crudo llanto.
Por fin, en algun rato, el ansia mía
Y mis disgustos ásperos se calman,
Que con harta premura el alma triste
De sus cruentas lágrimas se sacia.
Mas entre todos los que el pecho llora,
De uno el recuerdo mas atroz se muestra,
El sueño me arebata y me conduce
A aborrecer las leyes de existencia.
Entre todos los griegos no hay alguno
Que por mi causa padeciese tanto,
Que un infortunio tal sobrellevase
Como mi triste Ulises. Él, sin duda,
Tambien sus propias penas padecia;
Penas para mi pecho mas crueles,
Mas sin consuelo alguno que las mias.
¿Cómo no fuera al ver que en tal ausencia,
Tan cruenta y tan larga, no es posible

Saber si existe y si acabó la vida?
¡Oh cuál le llorarán el buen Laërtes
Y Penélope casta y virtuosa,
Y Telémaco tierno que dejara
En la cuna, al partir á Troya rea! »
Telémaco al oïr estos acentos
Siente llenarse el pecho de congoja;
Al oïr que del padre el nombre suena,
Salta el llanto del ojo entumecido
Y de la rica túnica una falda
Lleva á tapar el rostro peregrino.
Menelao á tal seña le conoce;
Dudoso piensa si esperarle debe
A que del padre diga, ó si es mas justo
Preguntarle primero, y sin rebozo
Ostentarle el amor que inspira al pecho.
Mientras tales ideas le cautivan
Sale la triste Helena de su estancia
Y hermosa se adelanta como Diana.
Sn rica silla Adrasto le presenta;
Un precioso escabel Alcipo trae;
Filo un cesto de plata cuya orilla
Un cerco de oro cubre; fue presente
Que en la Tébas de Egipto recibiera
De la consorte de Polibo, Alcandra.
Polibo, al tiempo mismo a Menelao
En presente ofreció cubos de plata,
Dos trípodes y diez talentos de oro.
Dentro del cesto estaba hermosa rueca
En que morada lana se enroscaba,
Y distintos capullos delicados
Que ya la mano de la reina hilara.
Se sienta Helena, y la graciosa planta
Sobre el süave escabel descansar deja
Diciendo á Menelao: « Se ha sabido
Quiénes sean aquestos estrangeros
Que á nuestros muros de llegar acaban?

¿Es error ó es verdad ?... ¡oh nó! no es vana
Ilusion que fascine los sentidos:
Jamás ví tan exacta semejanza...
Me confundo... es Telémaco; es el hijo,
Aquel hijo que Ulises en la cuna
Dejó al partir para vengar mis males
Y mi afrenta lavar; cuando en fin, Grecia
Mostró al Asia aturdida su estandarte. »
— « ¡Oh si! cual tú, tal circunstancia admiro,
Añade Menelao; sí, es el mismo;
Ulises es: He aquí su misma planta,
Sus manos, su mirar, su frente noble,
Sus dorados cabellos; y ha un momento,
Cuando al padre nombre, cuando sus penas
Conmemoró mi afecto, ví á sus ojos
Aparecerse lágrimas amargas
Y con sus ropas encubrir el rostro. »
— « Cierto, el hijo de Nestor pronto esclama,
Cierto ¡oh gran rey! este es de Ulises hijo;
Mas tímido, leal, respetuoso,
A la vista de un rey cuyos acentos
La voz de un Númen son para nosotros.
Su rubor de sí propio hablar le veda;
Mas Nestor, que es mi padre, me encargara
A tu corte guiarle. Codicioso
De verte estaba, de tu fe esperando
Consejo y proteccion. Del padre lejos,
Sin apoyo ni ausilio en un palacio
Que abandonado mira, un hijo solo
Se ve á muchas angustias destinado.
No hay ser humano que dispuesto encuentre
Su flaqueza á escudar de los malvados. »
— « ¿Cómo? prorumpe entonces Menelao,
¿Cierto será que á mi escudar me toque
Al hijo de mi Ulises, del amigo
Que arrostró por mi causa riesgos tales?
Prometí al corazon que, si me daba

Júpiter escapar al mar insano
Y de Esparta volver al dulce cielo,
Pagar sabria el celo del amigo.
Pensé despoblar una de mis villas
Y en mis dominios erigirle un reino.
Un inmenso palacio le elevara;
Sus súbditos, el hijo, sus tesoros
Le hiciera transportar á mis estados,
Para que de tal suerte, inseparables,
De la amistad con el suave trato,
Nuestros gustos y penas se mezclaran.
No hubiera ya en la tierra fuerza alguna
Que separar pudiera nuestras almas,
Hasta que de la muerte los brumales
A la region etérea nos llevasen.
¡Ah que en el solo un Hado infiel se ensaya
Cerrando á su anhelar la dulce patria! »
Estos acentos en las almas todas
De los que allí escuchaban han llevado
Luto y feral dolor; lágrimas tiernas
Vierte Helena la hija del gran Jove,
Y de Nestor el hijo, y Menelao,
Y Telémaco, en fin, lloran con ella.
Pisistrato recuerda el triste hermano
Antiloquio, que el hijo de la Aurora
Le arrebató feroz. De una memoria
Tan áspera y süave poseído,
Esclama : « ¡ Oh tú de Atreo hijo sublime!
Siempre al hablar de ti, Nestor nos dijo
Que eres de los mortales el mas sabio.
Dígnate, si te es grato, oír mis voces:
La tristeza y el llanto, la ponzoña
De los festines son. Tal vez la Aurora
Otro sol traerá, y con él podrémos
Otras lágrimas dar á los infaustos
Que nos robó la patria, y en sus tumbas[3]

Dejar nuestros cabellos como ofrenda
Que á sus caras cenizas tributamos.
Yo tambien tuve un adorado hermano
Que de los griegos el mas vil no fuera.
Tú le habrás conocido; no fué dado
A mi amor conocerle, ni en mis brazos
Probarle mi ternura; mas me han dicho
Que Antiloquio fue un héroe en los combates
Y que no tuvo igual en ligereza. »
— « Amigo, Menelao le contesta,
En mas completa edad fácil no fuera
Que el hombre mas sensato se mostrase
En discurso y pensar émulo tuyo.
A tan noble aptitud es fácil cosa
El autor conocer que te dio vida.
Feliz en su connubio y en sus hijos,
Nestor de Jove alcanza los favores.
En plácida abundancia ve los días
De su vejez dichosa remplazarse,
Y son sus hijos, en la audiencia sabios
Y á la par valerosos en los campos.
Mas el llanto se deje, y nuevamente
Volvamos de la mesa á los placeres;
Que agua límpida traigan y mañana
Tendrémos con Telómaco otras pláticas. »
Entonces Asfalion, un escudero,
Presenta el aguamanos y la fiesta
De nuevo empieza ya. Súbitamente
De la hija de Júpiter, de Helena,
La mente ocupa una imprevista idea;
Verter hace en los vinos preparados
El Nefentes que dictamo es precioso
Que á las almas procura dulce ensalmo
Para que olviden las pasadas penas.
En todo el largo día el que lo beba
Conocer no podrá lo que sea llanto.
Aunque á sus ojos pereciera el padre;

Que la madre espirase á su presencia;
Que viese hermano ó hijo asesinados
Por el hierro enemigo, quedaria
Inaccesible cual funéreo mármol.
Tan gran secreto Helena poseyera,
Que Polidamia, del egipcio Tonis
La consorte sagaz, se lo enseñara.
En Egipto se encuentran sin medida
Venenos tieros, dúplices sustancias
Y saludables plantas; en su seno
Médicos hay, del docto Peon nacidos,[4]
Que sin rivales mira el universo.
Consumada la mezcla misteriosa
Y cuando el néctar en las copas brilla,
Helena saca á luz otras materias:
« ¡Oh hijo, dice, del famoso Atreo,
Y vosotros que sois escelsa prole
De mil héroes sabios! Las Deidades
Males y bienes á la par nos vierten.
Comamos y bebamos incuriosos,
Y el tedio ahuyenten dulces narraciones.
Una quiero aqui haceros que convierte
A la ocasion presente y que es de Ulises.
No es mi anhelo contaros una á una
Sus luchas infinitas y sus glorias.
Mi modesta intencion solo os presenta
Un noble rasgo de su larga historia.
Fué en los troyanos campos, esa liza
De los triunfos de Grecia y sus congojas.
Un dia, lleno el cuerpo de rasguños
Y por su propia mano maltratado;
Cubierto de retazos andrajosos,

En fin, vestido cual abyecto esclavo,
Osó entrar en los muros enemigos
Como infeliz mendigo que imposible
Hallar fuera en las naves de los griegos.
Mostróse en tal estado á los troyanos
Sin que en él nadie á Ulises sospechara.
Yo le conocí sola y preguntéle;
Mas él eludió astuto mis demandas.
En fin, bañarse quiso, y á tal punto,
Dado me fué servirle á nuestra usanza.
Ungí su cuerpo y le cubri de ropas
Mas propias de su estado, y juramento
Hice en sus manos de no ser traidora
Ni, hasta el punto mismo, descubrirle,
En que á sus tiendas regresado hubiera.
Entonces me ostentó de los Aqueos
Los planes; pero luego, protegido
Por su alto genio, del troyano muro
Salió, muchos contrarios degollando
Y supo sin lesion tornar al campo.
Lloraban los troyanos; mas mi pecho
Gozaba intensamente de su llanto;
Que en mi tan solo ardian los deseos
De volver á la patria. Arrepentida,
De Vénus lamentaba la osadía
Con que arrancarme pudo á los Penates,
A la hija adorada y al consorte
Cuya virtud, talento y prendas nobles
Tanto exigen mis tiernas afecciones. »
— « ¡Oh si! mi dulce Helena, le contesta
El rubio esposo; á Ulises has pintado
Cual fuera. Muchos climas he corrido;
He visto muchos héroes; sus proezas,
Su portentoso genio he puesto en alto;
Mas cual Ulises nunca vi ninguno.
¿Qué cosa iguala el milagroso ingenio
Del enorme caballo en que encerrados

Los guerreros de Grecia mas valientes
De Príamo el imperio derrocaron.
Allí veniste tú, mi Helena hermosa,
Sin duda alguna, por un Dios guiada
Que nuestros enemigos secundaba.
Deïfobo tambien contigo vino.
De la máquina inmensa, por tres veces,
Entorno dirigiste el paso incierto.
Tus manos la tocaron; en sus flancos
Un arcano buscabas; tus acentos
Nuestros héroes nombraban mas famosos
Y los llamabas con mentidas voces
Que las de sus consortes remedaban.
Allí Ulises, conmigo y Diomedes
Sentado estaba en sitio tan precario.
Tus quejidos herian nuestros pechos.
Diomedes y yo salir quisimos,
De responderte por anhelo insano;
Mas el ansia indiscreta supo. Ulises
Contener con firmeza, de manera
Que mudos todos á la par quedaron.
Antico solo, á desplegar el labio
Ya pronto estaba, cuando Ulises, fuerte,
El rostro le oprimió con férrea mano
Y, el acento ahogando, salvar supo
La Grecia toda, hasta que al fin sacarnos
De tal encierro á la gran Palas plugo. »
— « ¡Oh, Telémaco esclama, mas su suerte
Es con la mía fiera y desastrada,
Que de morir no pudo guarecerse!
¡Inútil entereza! aunque de hierro
Fuera su pecho el Hado no evitara.
Mas ya suenan las horas del descanso;
Permite ¡oh gran monarca! que entre el sueño
Nos sea dado buscar algun halago. »
Helena, al escuchar este deseo,
A sus mugeres manda que unos lechos

Bajo el pórtico pongan que los cubran
De purpurinas ropas y tapices,
Y que túnicas ricas prevenidas
Al uso esten de huéspedes tan nobles.
Con encendidas teas las doncellas
Al punto salen y el mandato cumplen.
Un heraldo acompaña á los mancebos;
Y en tanto que Telémaco y su amigo
Al pórtico caminan, Menelao
A retirado asilo se dirige
De su hermosa consorte acompañado.
Abre otra vez la Aurora delicada,
Hija de la mañana, del oriente
Las puertas todas con su tierna mano.
Sale del lecho Menelao y viste
Su túnica pomposa; el hierro ciñe,
Calza rica sandalía, y de su estancia
Sale y de un Dios la magestad despide.
A Telémaco llega: «¿cuál motivo
Pudo á Lacedemonia conducirte,
Le dice? ¿es solo un interes privado,
Ó de público bien? no mienta el labio.»
—«¡Oh gran rey de los hombres y las tierras!
Vengo, dice Telémaco, del padre
A consultar contigo los destinos.
Mi triste hogar parece y en mis campos
Solo miseria vieras y abandono.
Enemigos feroces mi palacio
Invaden y mis reses descuartizan:
¡Indígnos que con votos insolentes
La madre oprimen y forzarla quieren
De nuevo enlace á consentir las leyes!
Tal razon me conduce á tus rodillas;
A saber vengo de tu boca propia
De nuestros males lo que ver pudiste;
Lo que supieron en sus vueltas otros
Y, en fin, lo que sus tristes narraciones

Ó la voz de la fama te hayan dicho.
¡Oh triste padre que al dolor naciera!
Ora no emplees tu piedad conmigo;
Dí cuanto viste; dí cuanto supieres.
Si pudo el padre; si de Ulises sabio
Un dia las acciones y las voces
Tu estimacion potente merecieron;
Si fiel á tu interes le hallaste siempre
En los fatales campos que ilustraron
Tantas desdichas nuestras: ¡oh no sea
Que, al olvidarlo, el labio falaz muevas.»
—Entonces Menelao suspirando
Responde: «¿podrá ser que unos cobardes
A pretender se atrevan una mano
Que á la de un héroe tal estuvo unida?
Una cierva, sus tiernos cervatillos
Depone en el cubil de un leon fiero
Y por el monte va buscando el pasto;
Mas, el altivo monstruo vuelve al antro
Y la cierva devora y los cervatos.
Tales, de Ulises por la mano airada
Perecerán los que ultrajarle intenten.
¡Oh Júpiter, Minerva, sacro Apolo!
¡Potentes Dioses! vuelva Ulises, vuelva
Cual yo le ví, de Lesbos en los campos,
Alzarse y, Filomedes atacando,
Abatirle a la vista de los griegos
Que aplaudian tal triunfo arrebatados.
¡Oh si cual fuera entonces, á esos viles
Que codician su lecho apareciera,
Cuál temblaran y cómo, sin consuelo,
A sus golpes cayeran, maldiciendo
La fatal ilusion de su himeneo!
Eludir no pretendo tus cuestiones,
Ni deslumbrarte con falaccs cuentos.
Aqui, á tus ojos, repetir intento
Lo que un dia a mi oido revelara

Un Dios del mar potente, cuyo agüero,
De incontrastable efecto, nunca falla,
Y lo haré sin enmienda y sin falacia.
Ardia el pecho mio del deseo
De volver á la patria; mas los Dioses
Me detuvieron en la egipcia playa,
Porque las prometidas hecatombas
Mi perezosa fe no ejecutaba;
Los Númenes exigen que á sus votos
Se muestren siempre fieles los mortales.
En medio de una mar siempre tremenda
Al frente del Egipto una isla surge
Que Faro se apellida y que la tierra
A tal distancia mira que una nave,
De favorables vientos impelida,
Correrla no pudiera en solo un dia.
Allí se encuentra un venturoso puerto
Que al navegante el agua facilita.
Los Númenes en ella me tuvieron
En tanto que once vueltas el sol diera.
Un hálito los vientos no enviaron
Que á nuestros remadores ayudara
Y que guiarnos en la mar pudiese.
Ya el sustento mirábamos exhausto;
De hambre y tedio mi gente perecia
Si una Deidad piadosa, una mirada
No echase sobre mí y no nos salvara.
Idotea la ninfa, hija benigna
De Proteo que es Númen de los mares,
De mi apiadada, apareció á mi vista.
Desesperado y solo me encontraba;
Mis tristes compañeros, moribundos,
En los riscos del mar, con sus anzuelos,
A las olas pedían un sustento.
A mí llega la Diosa y, ¡pobre, dice
Infeliz estrangero! ¡qué demencia
Y cuál de tus sentidos abandono!

Inmóvil aqui gimes y en las penas
Te paces con placer. En esta roca
Cautivo estás, sin que tu ingrata mente
De libertad sepa encontrar el medio,
Y sin aliento tus secuaces tristes
En inaccion funesta se consumen.»
— « ¡Oh! ser divino, respondí, que cierto
Eres una Deidad, no es mi albedrío
El que en aquestos sitios me cautiva.
Sin duda yo á los Dioses he ofendido
Sus terribles enojos mereciendo.
¡Oh dime tú, pues que á los inmortales
Nada ocultarse puede, dí, piadosa;
Cuál Númen me persigue en esta roca! »
— « Sí, responde, colmar tus votos quiero:
Un Dios que acata el vasto Egipto todo,
El vetusto Proteo, muchas veces
Aqui viene y del mar los centros sabe.
Ministro de Neptuno, de mis dias
La fama le hace autor; si á tus esfuerzos
Es dado sorprenderle, de sus labios
Saber podrás el rumbo favorable,
Los medios que á pesar del mar insano
Puedan llevarte á tus ansiados lares.
Tambien podrá, si complacerte anhela ,
Los males y los bienes revelarte
Que á tu familia alcancen en tu ausencia. »
— « ¡Oh! entonces esclamé; dí sin demora
Para sorpresa tal lo que hacer debo.
Mas sin duda sabiendo mis designios
Mi esfuerzo burlará. ¿Cómo pudiera
De un Númen un mortal hacerse dueño? »
— « Mi labio lo dirá, la Diosa añade;
Cuando está el sol de su carrera al centro
Sale el adusto viejo de las aguas
Y, de un brumal espeso circundado,
De Céfiro al soplar, busca descanso

En una gruta que estos riscos tapan
Sus Focas, de la mar dejando el lecho
A su rededor se sientan, exhalando
Del agua insana los fetores salsos.
Yo misma, al despuntar la nueva aurora
Allí te guiaré. De tus bajeles
Los tres hombres tendrás mas arrestados
Y, en un lecho de arenas, muy ocultos
Le podréis esperar. Ora es preciso
Que su costumbre sepas: lo primero
Revistará sus Focas al contarlas.
Luego hará de ellas cinco líneas largas
Y, por fin, en su centro colocado,
Se sentará en el suelo, como hiciera
Un plácido pastor con su rebaño.
Al mirarlo tendido en su caverna
Vuestros brios juntad y, valerosos
Sobre él echaos y con fuerza asidle;
Su cuerpo sujetad con gran dureza,
Frustrando así los hórridos esfuerzos
Que hará para romper vuestras cadenas.
Todo lo empleará para escaparos:
En réptíl, agua, fuego transformado
Deslumbraros querrá; mas incansables,
Doblad á un tiempo el ánimo y los lazos.
Al ver que, al fin, vuelve á su forma usada
La lucha suspended y libre quede.
A tal punto podrás tú preguntarle
De cuál Númen las iras te persiguen,
Y á cuáles señas en los mares puedas
Hallar la ruta cierta que deseas. »
Al pronunciar estas postreras voces
En las aguas la Ninfa se desploma.
Yo regreso á las naves, agro el pecho
Y la mente confusa y trastornada.
La noche, en tanto, con su denso velo
Nos encubrió y quedamos en la playa;

Mas al traer sus luces nueva aurora
A la orilla me acerco y de rodillas
Imploro de los Dioses la asistencia.
En seguida, entre todos mis secuaces
Los tres escojo cuyo brio y alma
Puedan mas merecer mi confianza.
La Ninfa entonces de las olas saca
Cuatro pieles de Focas y en la arena
Para escondernos los cuatro hoyos labra.
A ella nos llegamos y, con tiento,
Nos cobija en los fondos y nos tapa
Con la tumida escama de las Focas.
¡Horrible paso! de estas sucias pieles
Los fétidos olores nos mataban,
Que no hay quien sufra tan fecal miasma.
En tal apuro nos valió la Diosa:
Una esencia inmortal nos proporciona
Que los sentidos todos nos ensalma,
El fetor se disipa con su aroma
Y así, tranquilos, toda la mañana
Pacientes resistimos, sin faltarnos
Del anhelado triunfo la confianza.
Los acuátíles monstruos, al fin, salen
Y en la orilla se tienden hilerados.
Al señalar el sol su curso medio
El Númen aparece y, cuidadoso,
Las filas de su tropa recorriendo,
La cuenta toda y, sin sospecha alguna,
Nos numera á nosotros los primeros.
El mismo al fin se tiende; repentinos
Entonces, dando un grito le acosamos
Cíñíéndole con fuerza en nuestros brazos.
Fiel á su astucia rara, de consuno
En leon se transforma, en tigre, en drago,
En jabalí espantoso; en árbol crece,
En agua se difunde; mas osados,
Nosotros nuestro esfuerzo redoblamos

Y le estrechamos repetidas veces.
Cansado al fin de sus ociosas tretas:
« ¿Hijo de Atreo, dice, los arcanos
De los Dioses quién pudo revelarte?
¿Quién te enseñara el cauteloso medio
De asirme y sorprenderme á pesar mio?
¿En fin de mí qué quieres?» — «Tú lo sabes,
¡Oh divinal anciano! le respondo;
¿Esas preguntas y rodeos vanos
A qué fin emplear? ¡Oh! tú no ignoras
Que cautivo me miro, ha largos dias,
En aqueste erial, sin que hallar pueda
A la salida un medio. Aquí perezco
Al tedio y al dolor. Tú, por divino,
Ningun arcano admites, y, á tal fuerza,
Decir debes cuál Númen me sujeta
Y mis pasos detiene. Dí en qué modo
Podré pasar los mares, y á la patria
Verificar sin riesgo mi retorno. »
— « Entregarte á las olas no debiste,
Responde el Númen, sin haber primero
A Jove y á los otros inmortales
Humildes sacrificios dedicado,
Para que vientos prósperos te diesen
Y á tus lares tornar, de tu fe en cambio.
Patria, amigos y deudos ver no esperes
Sin que al rio que al Egipto fertiliza
No hayan vuelto tus naves, y á los Dioses
Hecatombas no dés en su ribera.
Satisfechas que se hallen las Deidades,
Serán tus votos todos exaudidos
Y la ruta hallarás que tanto anhelas. »
¡Siento romperse el alma á voces tales:
Dar otra vez principio á una carrera
Tan penosa y fatal! ¡Seguir los giros
De ese enroscado rio! Sin embargo:
« Sí, respondíle, cumpliré el mandato.

Mas tú en tanto revélame si todos
Los que en Troya quedaron, fuertes griegos,
Cuando Nestor y yo nos separarnos
A sus lares volvieron, ó si alguno
Halló en sus naves imprevista muerte,
O si, en fin, acabada tan gran lucha
Otros, en brazos de afligidos deudos
Pagar debieron el mortal tributo.»
—« Hijo de Atreo, me responde al punto,
¿Por qué tales preguntas? No te es dado
Mi mente conocer, ni interrogarme;
Teme que pronto tu curioso anhelo
Cruento llanto haga salir del pecho.
Muchos viven aun; otros murieron;
Dos gefes solos de la hueste griega
La muerte hallaron en su vuelta infausta,
Y tú fuiste testigo de una de ellas.
En sus naves Ayace ha perecido;
Sobre el inmenso risco de Girea
Neptuno le llevó para salvarle
De las tremendas iras de Minerva.
Ya libre del naufragio, á su destino
Escapar le era dado, cuando el labio
Sacrílego formó un impuro acento.
¡En su ceguera audaz esclamar pudo
Que sabría burlar el mar insano
De los airados Dioses á despecho!
Oyó Neptuno la jactancia impía
Y, á un golpe solo del tridente sacro
La roca hendió por medio: la una parte
Inmóvil se quedó; mas la otra, al punto,
En las olas cayó y cayó con ella
Ayace que en su pico descansaba;
Llevó la mar el cuerpo miserable
Y sepulcro le dió en sus cavidades.
Triunfaba tu hermano de su estrella ;
Juno le habla salvado del naufragio;

Ya el cabo de Malea había doblado
Cuando le acosa una tormenta horrible
Y le arroja al confin de sus Estados,
En la remota parte donde un día
Tiestes habitara, y donde ahora
Su hijo Egisto tiene su morada.
Mas ya tambien vencióse el nuevo riesgo:
Le daba el cielo favorables vientos
Y ya tocaba su anhelada playa;
Cuando, un espía en una punta aguda,
Por el pérfido Egisto allí apostada,
Por dos talentos de oro le vendía.
Esta atalaya, por un año largo
La presa vigiló; la ve y, ligero,
Vuela á indicarlo á su culpable dueño.
El monstruo ya la red tiene dispuesta
En que prenderle debe, y, escogiendo
Veinte de sus mas fuertes servidores,
Con funesta intencion los va emboscando.
Un banquete prepara en su palacio
Y, seguido de carros y corceles,
En escolta pomposa, mas el crimen
En el alma llevando, él mismo sale
El triste á conducir á sus festines.
A la muerte, emperó, le conducía;
Pues, sin que el infeliz lo recelase,
Le degolló en su mesa, cual el toro
Muere bajo el pesebre que le nutre.
De Agamenon todos los fieles mueren;
Los cómplices de Egisto tambien sufren
Suerte igual que cobijo el crimen fiero;
Todo, en fin, muere en tan infame techo.»
A narracíon tan negra y espantosa
Sentí rasgarse el pecho; las arenas
Sobre las cuales rueda el triste cuerpo
A Riego con llanto amargo; ya la vida
Truncar deseo y aborrezco el día.

Saciado en fin de llanto, inmóvil quedo.
«Hijo de Atreo, entonces dice el Númen,
Pues tu desdicha irremediable miras
El llanto cese, que verterle es vano;
En tornar a la patria pensar debes.
Tal vez el monstruo vive todavía;
Tal vez tu vuelta Orestes ha previsto,
Y siempre al menos llegarás á tiempo
De apaciguar los Manes del hermano,
En su honor ofreciendo un holocausto
Sobre el hoyo feral del asesino.»
A tal idea mis alientos cobro
Y un rayo de alegría ensalma el pecho:
«Ya sé, dije al ministro de Neptuno,
Ya sé de Ayace el hado; ya tus voces
La suerte del hermano revelaron;
Mas el tercer amigo, el que ignoramos
Si vida goza, ó si en los mares vastos
Detenido se encuentra, ¿dó se halla?
Aunque recele el alma nuevas penas,
Su suerte á mi dolor no dísimules.»
— «Es, me responde, el hijo de Laértes,
El rey de Itaca triste; al llanto en presa
En una isla le vi, dó detenido
De la ninfa Calipso está en los lazos.
Volver no puede á su anhelada patria,
Que en su poder no tiene nave alguna
Ni remadores que á su ausilio vayan.
Tú, Menelao, no es la suerte tuya
Dejar la vida en los argivos campos.
Te llevarán los Dioses al Eliseo
Donde preside el rubio Radamante,
Donde estan los mortales virtuosos
Felicidad eterna disfrutando.
No reina allí la escarcha del invierno,
Ni las heladas nieves, ni las lluvias;
De Zéfiro los hálitos tan solo

Un ambiente procuran delicioso.
De Helena esposo y del gran Jove yerno,
Aqueste doble timbre te asegura
Vida inmortal y lauros y venturas.»
Al mar se arroja el Númen á estas voces,
Y el alma en sus pensares triste y mustia,
Yo á mis secuaces vuelvo. Sin demora
Preparamos la cena, y sorprendidos
Por la brumosa noche, en las arenas
Procuramos pasar las tristes horas.
Mas, al ver que la aurora nos devuelve
El suspirado día, nuestras naves
Lanzamos á la mar, y el palo izando
Al viento damos las robustas velas.
Estan los remadores en sus bancos
Las aguas azotando con firmeza,
Y en el egipcio río pronto entramos.
Amarradas las naves á la orilla,
La hecatomba á los Dioses prometida,
Sin descanso ofrecí, y al triste hermano
Un mausoleo alcé que eternizara
En aquellas riberas su alta gloria.
Volvimos á las Naos en seguida
Y nos dio el cielo tan propicios vientos
Que pronto recobré la patria mia.
Tú, Telémaco amado, aquí te queda
Por once ó doce auroras á lo menos.
Yo cuidaré de tu feliz retorno
Con los honores que te son debidos.
Un suntuoso carro y tres corceles
Llevarás, y con ellos un gran vaso
De riqueza esquisita, en que á los Dioses
Ofrendas hagas, que á tu fiel memoria
Presenten el amor de Menelao.»
— Telémaco responde }: «No mis pasos
Aqui detengas mas, hijo de Atreo:
A mi querer, un año te escuchara;

Por tus suaves discursos seducido
No sentiria de la ausencia el peso
Ni patria ó deudos nunca echara menos.
Mas en Pilos aguardan mis secuaces.
Los dones que me ofreces, á mi mente
Siempre serán un plácido recuerdo;
Mas, tus corceles yo llevar no puedo.
Guárdalos para ornato de tu imperio.
Tú en unos prados reinas deliciosos
Donde crecen el loto y las avenas;
Los henos, las cebadas y los trigos
Te da con profusion Naturaleza.
Mas en Itaca mia el duro suelo
Del corcel no consiente la existencia.
Sin prados ni llanuras, solo cría
El montaraz cabrío, y sin embargo
El alma la prefiere á otras comarcas;
Nuestras islas tan solo al ojo ofrecen
Arida arcilla, inaccesibles rocas
Y la mas dura es Itaca entre todas.»
Con sonrisa agradable y dulce tono
El rubio Menelao « en tus palabras,
Dice, conozco tu preciosa sangre,
Los dones trocaré que te destino;
Un cráter te daré que de Vulcano
Es obra sin igual; es todo plata
Cubierto el borde con un cerco de oro;
Fidemio, un héroe, rey de los Sidonios
A mi vuelta de Egipto, al hospedarme
En su propio palacio me lo diera;
Quiero que le recibas de mi mano.»
Mientras que aquestas pláticas se apuran
Los convidados todos van llegando;
Vinos dulces presentan, y corderos;
Sus consortes, las frentes adornadas
Con largas tiras de preciosas cintas,
Traën canastos de pan tierno llenos;

Y todos, en fin, todos, del banquete
Se ocupan en los plácidos aprestos.
En Ítaca, entre tanto, á los umbrales
Del palacio de Ulises, en el cerco
Que liza es de su juego y demasías,
De Penélope estan los pretendientes
Con el disco y los dardos divertidos.
Antinó con Eurímaco gallardo,
Que son por clase y genio los primeros,
Sentados, aparentan ser monarcas
De junta tal. Noëmon, hijo de Fronio,
Súbítamente llega, y dirigiendo
A Antinó sus acentos, así dice:
«¿Sabeis cuándo de Pilos de la vuelta
Telémaco? allí fué con nave mia
Que ahora á mis urgencias es precisa;
Pasar me es fuerza á Elira, donde tengo
Doce yeguas de cría y doce mulos
No domados aun, y es necesario
Traerlos y adiestrarlos al trabajo.»
Turban tales acentos la asamblea,
Que nadie sospechar habia podido
Que de Ulises el hijo á Pilos fuera:
De Laërtes juzgábanle en los campos,
O bajo el techo del pastor anciano
A guardar jabalíes destinado.
Antinó entonces á Noëmon pregunta:
«Di sin falacia, di: ¿Cuándo se fuera?
¿De qué gentes su escolta se ha formado?
Esclavos son sin duda ó mercenarios.
¿Cómo á tanto llegó? ¿cómo lo pudo?
Dime tambien, mas dilo sin engaño,
¿Tu nave, se la diste á su demanda,
O la fuerza empleó para lograrlo?»
— «Por voluntad la obtuvo, aquel responde.
¿Cómo fuera que á un hombre de tal clase,
Que en tal angustia está, merced tan leve

Se pudiera negar? dureza suma
Tal proceder llevara. Sus secuaces
Mozos son, cual vosotros, eminentes.
A Mentor á su frente he conocido...
Mentor ó una Deidad, que en su semblante
Ví divinales señas, y me admira
Que en el puerto le he visto esta mañana,
Cuando ayer para Piles se embarcaba. n
La turbacion acrecen estas voces
Y el estupor que en la asamblea reina.
Cesa el juego; se agrupan y se sientan.
Antinó, el alma airada, ardiente el ojo
Y el corazon rabioso: «¡Oh! bien es esa
En Telémaco, dice, alta insolencia.
¡Un niño que escapar sabe á la vista
Que acechándole está! ¡parte atrevido
Sin ningun beneplácito, y sin penas
Nave encuentra, y los jóvenes mas dignos
Sus compañeros son! ¡oh, cierto, un golpe
Infausto y sin ejemplo nos amaga!
Mas antes que estallar pueda en nosotros,
Sobre su frente lo fulmine Jove.
Dadme pronto una nave, buscad luego
Veinte audaces y fuertes remadores;
Le esperaré á su vuelta en el estrecho
Que Ítaca y Samos con el mar separa.
Yo os juro que la audacia que le impele,
Sin consultarnos, á buscar al padre.
Cara, otra vez os juro, que le cueste.»
Dice, y todos aplauden su firmeza
Y la propuesta espedicion aprueban.
De sus asientos se levantan luego
Volviendo á retirarse en el palacio.
Pronto sus amenazas y designios
De Penélope llegan al oïdo.
El heraldo Medon, que desde afuera
Sus negros planes escuchó afanoso,

Ha corrido á ostentarlos á la reina.
Al verle en los umbrales de su estancia:
«¿Pues qué, Medon, esclama la cuitada;
Cuál nueva ley imponen esos viles?
¿A las siervas de Ulises tal vez vienes
A imponer que suspendan las labores
Para aprontar los sólitos festines?
¡Perversos! ¡ah pudiera ser aqueste
De sus infames votos el postrero!
¡Oh fieros, que aqui juntos, sin descanso
Del hijo amado devorais la hacienda!
¿Acaso vuestros padres no os dijeron
En vuestra infancia quién Ulises era?
Jamas una accion fea ó reprensible;
Nunca un acento censurable ó reo;
Nunca, como en el vulgo de los reyes,
Inmódicos caprichos; ni en los odios
Ni en la amistad jamas escepcion vana;
Jamas ultrage, en fin, ni demasía
Que ofendiera las leyes de Natura...
Mas vosotros en vuestros corazones
Respeto no sentís por ley alguna;
No encierran vuestros pechos ni decoro,
Ni conviccion de miramiento humano;
Y en fin, agradecer los beneficios
Ni la virtud honrar, no, no os es dado!»
—«¡Oh fuera, el sabio heraldo le responde,
De nuestras penas esta la mas dura!
Mayor desgracia nos amaga ahora:
Esos rivales... ¡pueda Jove eterno
De sus odiosas tramas guarecernos!
Esos rivales sorprender intentan
A Telémaco tuyo y darle muerte
Cuando de Pilos y de Esparta vuelva,
Donde el piadoso afecto le ha llevado
Del padre á descubrir la suerte amarga.»
A dicho tal la reina; desfallece;

Sus rodillas flaquean... ya sus brios
La abandonan. Un llanto doloroso
Oscureciendo va sus luces bellas;
No encuentra voz el balbuciente labio
Y solo, con esfuerzo sobrehumano,
Formar puede estos débiles acentos
Que van saliendo con sollozo amargo:
«¡Oh Medon! ¿á qué fuera tal partida?
¿Cuál exigencia insana le ha llevado,
Sobre la frágil nave, incautamente,
A lidiar con horribles tempestades?
¿Será para que al fin, entre los hombres
Ni la memoria de su nombre quede?»
—«No sé si un Númen, le responde el siervo,
Le inspiró tan piadoso sentimiento,
O si concebir pudo por sí solo
Aquesta idea de correr a Pilos,
A saber si esperar puede el retorno
O del padre indagar el fin funesto.»
Con respeto se aleja á voces tales.
Densa nube de angustia cubre el alma
De la infeliz Penélope; no puede
El cuerpo entumecido hallar descanso
En los ricos sillones de su estancia,
Y solo sabe, en su dolor amargo,
Sobre el mármol tenaz de sus umbrales
Tenderse dando gritos lamentables.
Sollozan sus mugeres de su llanto
Y al fin, con voz por los suspiros rota,
De aquesta suerte exhala sus afanes:
«¡Oh amigas! escuchadme: No hay ninguna
De todas las mugeres que pasaron
Conmigo el brillo de sus verdes años,
Cual yo, ninguna tan desventurada.
Perdí un esposo cuyo altivo pecho
Un leon igualaba en valentía;
Cuya bondad, talentos y virtudes

Eran de Grecia el mas brillante ornato.
Llenos estaban de su gloria excelsa
La Helada y Argo...¡y ora el hijo mio,
El hijo de mis venas, corre en presa
Del mar instable á las furentes iras;
Desparece, se ignora su partida
Y yo, triste de mí, nada recelo!
¡Despiadadas! ¡vosotros lo sabiais
Y de mi sueño estúpido ninguna
Me supo dispertar! ¡oh si mi mente
Hubiese tal proyecto sospechado;
Oh cómo de sus ansias á despecho,
Le hubiera en este techo contenido,
O visto hubiera mi postrer desmayo!
Llamad, llamad a Dolio, el leal siervo
Que puso al lado mio el padre amado
Cuando a estos sitios vine, y que es ahora
Custodia de mis plácidos pensiles.
Vaya á Laértes sin demora alguna,
Vaya y le diga tan fatal noticia.
El infeliz anciano á nuestros males
Un remedio hallará, y si no lo hubiese,
Conmigo vendrá, al menos, á llorarlos.
Quizás pueda tambien su crudo llanto
El pueblo enardecer contra los viles
Que codician su sangre y la de Ulises.»
—«¡Oh reina! ¡oh mi señora! a tu albedrío,
Dice Euríclea, mi vida arranca ó salva,
Mas, no temas que aqui te oculte nada.
Todo lo supe yo; yo misma pude
Cuanto pidió entregarle, y sin medida,
De cuanto era preciso proveerle.
Su amor me hizo jurar que antes que, al menos,
Doce veces la aurora nos tornase
Nada te revelara, si no fuese
Que tú á soltar el labio me obligaras;
Rcceló el triste que tu amarga pena

En tu propia belleza se ensayara.
Mas hija mía, vuélvete á tu estancia;
Tu rostro y manos con esmero lava;
Una túnica blanca el cuerpo adorne
Y con las siervas sola, tus plegarias
A la hija del padre de los Dioses
Con tus votos envía. Su clemencia
Devolver sabrá el hijo á tus deseos.
Emponzoñar no quieras á un anciano;
Es harto infeliz ya. No, no receles:
La estirpe noble del valiente Arcesio
Del furor de los Dioses no es objeto.
Un vástage á lo menos quedar debe
Que en este alcázar y su reino impere.»
Oficiosa, con este lenitivo
La pena amarga adormecer consigue:
En su estancia entra ya con sus esclavas
La reina, y con un agua cristalina
Se lava; viste cándide ropage
Y el pan sagrado en un cestillo puesto,
A Minerva estas súplicas dirige:
«¡Oh tú, de Jove predilecta prole,
Presta á mis preces atencion propicia;
Si alguna vez Ulises en tus aras
Quemó en este palacio un puro incienso;
Si víctimas en ella te inmolara,
Recuerda su piedad: El hijo salva
Y de su débil frente, compasiva,
Aleja los peligros que le amagan.»
Dice y la pena nuevo llanto escita;
Mas acoge la Diosa su demanda.
Entre tanto en las bóvedas inmensas
Renuevan el tumulto los rivales.
En los escesos de un demente gozo
Uno de ellos esclama: « Aquesta reina.
Que es el blanco fatal de nuestras ansias,
Sin duda á nuevo enlace se prepara;

Mas la triste no sabe el fiero golpe
Que al hijo ha de lanzar nuestra venganza.»
Así dice el estólido que ignora
El destino que á todos les aguarda.
Mas Antinó le enmienda: «¡Incautos! dice,
Estas burlas se dejen y temamos
Que sepan sorprender nuestros secretos.
Levantémonos luego y con cautela
El plan propuesto ejecutado sea.»
Al decir esto corre y veinte esclavos,
Dignos ministros de su furia insana,
Escoge y va con ellos á la playa,
Donde ya aparejada está la nave.
A las aguas la arrojan. Su gran palo
Izan, las segas tienden y los remos
Con sus correas á los bancos atan.
Los escuderos en la nave cargan
Las insidiosas armas; ya las velas
Desplegadas estan, ya está la gente
A bordo toda y todo está dispuesto
A dar principio á la funesta empresa.
Mas mientras que las sombras van llegando
Que el mundo á un tiempo y este crimen tapan,
Con manjares y vinos, los malvados
El momento propicio esperar saben.
Penélope en su estancia, sobre el lecho,
En tanto está negándose a la vida
Y la copa apartando que la ofrecen;
El hijo es solo su inmutable idea.
Vacila el pecho entre esperanza grata
De verle salvo, y el recele fiero
De saber que sucumbe al golpe infame
Que sus viles verdugos le preparan.
Tal el leeno altivo perseguido
Por el cazador diestro y preso á un tiempo
En imprevistas redes, se detiene
Y trémulo, con ojo incierto mira

El doble riesgo en que ha de estar su ruina.
Por fin, la triste á la congoja cede;
Un dulce sueño embarga sus sentidos;
Sus músculos y nervios se entumecen
Y el cuerpo al encogerse se entorpece.
Minerva, en tal estado, generosa,
Con una merced nueva la consuela;
Una vision le forma parecida
A Iftima su hermana, que como ella
Del generoso Ícaro hija fuera
Y que ahora, consorte de Emelao,
En Feres vive, cerca de Mesenia.
Esta vision la Diosa por su mano
Llevó al techo de Ulises, deseosa
De calmar de la reina el crudo llanto.
La aérea imágen a la estancia llega,
Y reclinada sobre el rostro hermoso:
«Duermes, la dice, mi infeliz hermana?
¡Y hasta en tu sueño el corazon doliente
En presa entregas á la pena amarga!
Los Dioses mismos el llorar te vedan;
El hijo vive, y á tu amor devuelto
En breve le verás; los inmortales
Objeto de sus iras no le hicieron.»
Saliendo de las puertas del letargo,
Mil agradables sueños van volando
A Penélope entorno, y sus sentidos
Con cariñosos toques lisonjean.
Se conmueve á las voces que ha escuchado
Y «dulce hermana, dice, ¿cuál motivo
Aquí traerte pudo? separadas
Por tan inmenso trecho y tantos años,
¿Por qué te veo ahora? tú pretendes
Que el llanto cese y que el dolor réprima
Que el pecho despedaza...? el tierno esposo,
El héroe que fue en Grecia fiel dechado
De talento y virtud, cuya alta fama

El ámbito llenó de Argo y Helada,
Este esposo perdí! ¡y el hijo tierno,
Cuya infancia no sabe las fatigas
Ni de los hombres el comercio sabe,
Espuesto va entre mares y borrascas!
Él es mas que el esposo todavía,
De mi dolor la causa; tiembla el pecho
Al funesto recelo de perderle,
En medio de las olas ó en las playas
De su tierna piedad le ha conducido.
¡Oh tú no sabes que, á su daño atenta,
Una turba feroz se ha conjurado
Para acabar sus días á su vuelta!»
—«El alma tranquiliza, le responde
La benigna vísion, y tus terrores
Rechaza con valor. Al lado suyo
Una potente Diosa, que los hombres
Quisieran todos obtener por guía,
Minerva sabia, por su vida vuela;
Ella está de tus penas condolida,
Y á consolarte su favor me envía.»
—«¡Oh, Penélope esclama, oh díme al punto,
Pues que Deidad te muestras y que oïste
De la Diosa la voz, el infelice
Que mi consorte fué, díme si vive;
Di si goza la luz del día claro,
O si en la tumba yace inanimado!»
—«No cabe en mi dar suelta á tus preguntas
Que al presente propósito son vanas,
Responde la vision; ó vivo ó muerto,
No esperes de mi labio otras palabras.»
A estas últimas voces desparece
Y lleva el aire su figura vaga.
La hija de Ícaro entonces, dispertada,
Siente que se dilata el triste pecho,
Y llena toda de vision tan cara,
Ya no encuentra en la noche pesarosa

El sólito terror y usadas ansias.
Antinó con sus cómplices, en tanto,
De la víctima en pos, las olas surca.
De Ítaca y Samos en el centro estrecho
Surge un islote todo roca dura;
Arteris es llamado, y á su seno
Guia una doble entrada, angosta y cruda:
Allí esperan los viles que la presa
Un destino maléfico conduzca.



  1. Estas paredes se hallaban en parte cubiertas por; el pórtico, pues que formaban la fachada del edificio, y en este sitio era donde se acostumbraba colocar los carruages.
  2. En algunos comentarios se dice que por ámbar debe entenderse una composicion metálica de plata y oro. Eustato, Plinio, Voss, Mueller, Buttmand , Clarke y Dubuer dicen que por ámbar se entiende la misma goma que tiene hoy dia esta denominacion.
  3. Los antiguos griegos cubrian las tumbas con los cabellos de los amigos de los difuntos encerrados en ellas.
  4. El divino Peon fue un médico célebre oriundo de Egipto que curaba los Dioses del Olimpo, y que en muchas partes recibia el culto de los altares. La antigüedad divinizaba todo lo que le parecia traspasar el órden natural. Asi es que la divinidad estaba mas cercana del hombre que en nuestros dias.