La Henriada: Canto IV

La Henriada
de Voltaire
Canto IV

Argumento: De Aumale se hallaba a punto de apoderarse del campo de Enrique III, cuando volviendo el Héroe de Inglaterra, bate a los Ligados, y hace cambiar la fortuna. La Discordia consuela a Mayenne, y vuela a Roma en busca de socorros. Descripción de Roma, donde reinaba al tiempo Sixto V. La Discordia encuentra allí la Política. Vuelve con ella a París. Subleva la Sorbona. Anima a losDez-y-seis, y arma a los frailes. Entréganse al brazo del verdugo magistrados del partido del Rey. Turbaciones y confusión horribles en París.


Mientras Felipe y Sixto, con descanso,
Sus secretos discursos prolongaban;
Mientras que allá, entre sí, de los estados 2130
Intereses midiendo tan grandiosos,
De hacer la guerra al mundo, de turbarlo,
De vencerlo, y al fin, su ley dictarle
Toda la hondable ciencia apuran ambos;
De la funesta Liga los pendones, 2135
A discreción del viento desplegados,
Sobre sus tristes márgenes sangrientas,
Mirando estaba el Sena con espanto.
    Lejos Valois de Enrique, de inquietudes
Sobrecogido todo y agitado, 2140
Con flaca indecisión, de los combates
Sobradamente teme inciertos hados.
A sus fluctantes votos y designios,
Era siempre un apoyo necesario.
Esperaba a Borbón, de la victoria 2145
Sobre él únicamente asegurado.
La inacción, entre tanto, y la tardanza,
Atrevimiento dan a los Ligados.
De París salir osan sus legiones;
Y del soberbio Aumale bajo el mando, 2150
El feroz de San-Pól, Namur y Chatre,
Brisác y Canillác, del bando alzado
Delincuentes e intrépidos apoyos,
Al sitiador ejército cargando,
Con frecuentes y rápidos progresos, 2155
De Valois el espíritu asombraron;
Y al arrepentimiento en demasía
Propenso el débil Rey, de haber enviado
De sí lejos al Héroe, le pesaba.
    Entre estos combatientes, declarados 2160
Émulos de su Rey, ya largo tiempo,
De Joyeuse un ligero y feble hermano
Osara parecer. Carácter débil,
A quien viera París pasar voltario
Desde el siglo, de un claustro al fondo obscuro, 2165
Y del claustro a la corte. Relajado,
Y luego penitente. Anacoreta,
Y no menos de pronto cortesano,
Toma, deja, y recobra en un instante
El cilicio y coraza. Del santuario, 2170
Que sus devotas lágrimas inundan,
A animar va las furias de su bando,
Y en el seno a clavar de nuestra Francia
Colmada de aflicción, la misma mano,
Que consagrado había al Ser Eterno. 2175
    Más de tanto adalid, el más bizarro,
Aquel, cuyo valor en las legiones
Infundía del Rey más miedo y pasmo;
Aquel, que un corazón más fiero tiene,
Y más fuerte también y fatal brazo, 2180
Vos sois ¡Príncipe joven impetuoso!
¡Vos, De Aumale, nacido y animado
De la Lorena sangre, en héroes fértil!
¡Vos, el émulo siempre y el contrario
De los Reyes, las leyes y el reposo! 2185
De jóvenes guerreros alentados
La flor, en todo tiempo le acompaña;
Y sin cesar, con ella, sobre el campo
Lanzábase enemigo; ya en silencio,
Ya con enorme ruido, ya a lo claro 2190
De los cielos abiertos, ya a la sombra
De la cerrada noche; y atacando
Al sitiador, do quiera sorprendido,
De su sangre infeliz deja inundado
Su mano atroz el suelo. Así en la frente 2195
Del Caúcaso, o la cima allá del Athos,
Do los ojos divisan a lo lejos
Del cielo, mar y tierra los espacios,
Las águilas y buitres, suelta el ala,
Con un rápido vuelo, atravesando, 2200
En un momento hendiendo densas nubes,
De la atmósfera inmensa por los campos,
Las peregrinas aves arrebatan;
En los amenos bosques y los prados
Las reses despedazan y aprisionan; 2205
Y de sangrientas rocas, do bajaron,
A las entrañas fétidas volviendo,
En sus garras opresos y gritando,
Aún vivientes transportan sus despojos.
    Lleno ya de esperanzas, y embriagado 2210
De gloriosos sucesos, a las tiendas
Penetraba del Rey; y redoblando
Las sorpresas y alarmas con la noche,
Toda cedía ya, todo de espanto
Replegaba temblando ante sus armas; 2215
Cual de una tempestad torrente inflado,
De desbordarse a punto, con un choque
Feroz y tenebroso, ya a inundarlo
Iba todo de un golpe el fiero Aumale;
Y del alba el lucero, ya rayando 2220
De la noche rasgaba el negro velo;
Cuando el grave Morné, que breve espacio
De Borbón el regreso precediera,
Y que de cerca estaba ya mirando
Del soberbio París las altas torres, 2225
De un confuso rumor, de horror mezclado,
Sorprendida su oreja, mira, y nota
En extremo desorden los soldados
De Valois, y aun con ellos los de Enrique.
«¡Que veo justos Cielos! ¿Así, bravos, 2230
Así nos aguardáis? Ya Enrique viene,
Ya llega a defenderos, y entregados
A la fuga os encuentro ¡Camaradas!
A la fuga!...». A este acento de su labio,
No de distinto modo, que allá un tiempo, 2235
Del Capitolio al pié, cuando apretado
De Roma el fundador por los Sabinos,
La fuga refrenó de sus Romanos
De Júpiter en nombre; así al de Enrique,
De vergüenza rehácense inflamados 2240
Sus dispersos franceses, y al combate
Revolviendo de nuevo, exclaman alto:
Que venga el Héroe: llegue; que a su vista,
Nada nos desalienta, que a su mando
Nuestra será sin duda la victoria. 2245
Súbito se aparece a todo el campo
Tan refulgente Enrique, como en medio
Del temporal más negro suele el rayo.
A las primeras filas corre, avanza;
A su frente combate denodado; 2250
Siguen todos su ejemplo, y los destinos
De repente por él vense trocados.
Contra el campo su mano muertes lanza,
Rayos sobre él sus ojos fulminando.
Siguiéndole sus jefes en contorno, 2255
Con ánimo se empeñan esforzado;
Retorna la victoria, y a su aspecto,
Desaparecen ya los coligados;
Al modo, que del día, que amanece,
Los rayos, que se avanzan, de los astros 2260
De la noche disipan los fulgores.
Sobre aquellas riberas, ha logrado,
Sus huestes, que asombradas van huyendo,
Detener el de Aumale; pero en vano.
Su grito animador algún momento 2265
A la lid las ordena, más sus pasos
La voz del gran Enrique precipita.
Su amenazante frente, con espanto
Las trastorna y deslumbra; y si su jefe
Aplegarlas consigue, un pronto pasmo 2270
Las aturde y dispersa, y en su fuga
Revuelto el mismo Aumale va arrastrando;
Al modo, que de un monte allá en la cumbre,
De cristalina escarcha coronado,
En medio de mil nieves derretidas, 2275
Y de témpanos mil, un gran peñasco,
Que a las nubes altivo amenazaba,
Cayendo va rodando y tropezando.
    Pero ¿qué digo? Aumale aún se detiene:
Aumale aún hace cara, y muestra osado, 2280
Y aún a su sitiador la frente muestra,
Que dél temida fuera tiempo largo.
Despréndese fogoso de los suyos,
Que tras sí le arrastraban, y afrentado
De vivir todavía, entre el degüello 2285
Aún la muerte otra vez vuelve buscando,
Y al vencedor un rato admira y para:
Más de un tropel confuso de mil bravos
Comprimido al momento, la audaz furia
De su imprudente arrojo y despechado 2290
A refrenar la Parca a vengar iba;
Cuando en riesgo de vida tan cercano
La Discordia le ve, y al verle, tiembla.
Por bárbara que fuese, sabe cuanto
Sus días necesita. Presurosa 2295
Se remonta en el aire; y a su amparo
Arrójase veloz. Llega, y opone
Al tropel, de que a Aumale ve cercado,
De hierro el broquel vasto e impenetrable,
Que acompaña al horror, que impera infracto 2300
Sobre la misma muerte, y cuya vista
El terror y la rabia va inspirando.
¡O hija inexorable del infierno!
Éste ¡o Discordia! ha sido el primer caso,
En que de dar socorro capaz fuiste. 2305
Un héroe salvas, pérfida, y sus hados
Con la mano prolongas formidable
De la muerte ministra, con tu mano
Tan bárbara y en crímenes experta,
Que hasta esta vez, jamás perdón ha dado 2310
A sus víctimas propias. Ella arrastra
De París a las puertas, en un baño
De su sangre al de Aumale, y de unos golpes
Que no sintió cubierto. Ella reparos
A sus males aplica saludables: 2315
Ella su sangre estanca, prodigado
Por complacerla solo; pero mientras,
Que a su cuerpo vigor va recobrando,
Su espíritu, con pócimas mortales
Deja míseramente envenenado; 2320
No de distinto modo que pudiera
La alevosa indulgencia de un tirano,
Que cruel en su lástima, de un triste
Tal vez suspender quiere el mortal fallo,
Porque en útiles crímenes secretos 2325
Aprovecharse pueda de su brazo,
Y aquellos consumados, al suplicio
Tórnale a abandonar pérfido e ingrato.
    Supo Enrique, entretanto, aprovecharse
De la insigne ventaja, con que al hado 2330
De los combates plugo, en aquel día,
Su valor coronar y sus cuidados.
Conocía Borbón, y precio daba
Del tiempo a los instantes en los campos.
Al absorto enemigo, de sorpresa, 2335
Busca, ataca y acosa sin descanso.
A campales batallas, que ganara,
Que sucedan ordena los asaltos,
Y hace trazar su pérdida en contorno
De sus muros, trincheras avanzando. 2340
De Valois el espíritu, a este tiempo,
Del de su hermano Enrique confortado
Lleno ya de esperanzas en su auxilio,
El ejemplo presenta a sus soldados,
Que de aquél recibía. Los ataques, 2345
Las alarmas sereno despreciando,
No descuida del campo las acciones,
Y del sitio sostiene los trabajos.
El afán sus placeres, y el peligro
Tiene también a veces sus encantos. 2350
Todos los jefes se unen, y sucede
Según sus votos todo. En breve espacio,
El terror, que marchaba a su vanguardia,
Las consternadas huestes disipando,
Del trémulo sitiado ya a los ojos, 2355
De un lánguido despecho perturbados,
Las puertas a romper, a abatir iba.
Y en tan grave peligro, aprieto tanto,
¿Que puede hacer Mayenne? Sus legiones,
Un pueblo son hundido en duelo amargo. 2360
Con lágrimas, aquí, le pide un hijo
El padre, que la muerte le ha robado.
De un hermano infeliz sobre la tumba,
Allí se ve plañir al triste hermano.
Gime por lo presente sin consuelo, 2365
Desfallece abatido el ciudadano.
Teme, en fin, cada cual por lo futuro.
Alarmado aquel cuerpo grande y vasto,
Reunirse no puede. Se hacen juntas;
Se consulta y se agita el duro caso 2370
De entregarse a la fuga o al enemigo.
Perplejos se hallan todos y embargados;
Y nadie resistir osa más tiempo:
Así el ligero vulgo suele vario,
De la temeridad más altanera 2375
Al temor más rastrero dar un salto.
    Mayenne, que sus haces desmayadas
Está viendo, de cólera bramando,
Entre opuestos designios vacilante,
Revolvía en su mente planes varios; 2380
Cuando allí la Discordia al héroe absorto
De repente se acerca; entre sus manos
Silbar hace irritadas sus serpientes,
Y de agrado en un tono aleve y falso,
Su acento le dirige en esta forma. 2385
    «¡O tú, digno heredero procreado
De un nombre a los Franceses formidable!
¡Tú, a quien de tu venganza el cruel conato
Unió conmigo siempre; tú, que fuiste
A mis ojos nutrido, y que formado 2390
Has sido por mis leyes! oye, escucha
Tu protectora fiel, y de mi labio
Conoce el bronco acento. Nada temas
De aquese pueblo imbécil y voltario,
Cuyo reciente ardor, en un momento, 2395
Una leve desgracia ha congelado.
Poseo sus espíritus ¡Mayenne!
Sus corazones tengo entre mis manos.
Bien presto observarás con cuanto celo
Nuestros designios todos ayudando, 2400
De mi hiel embriagados, y hechos presa
De mi horrible furor, van denodados
A combatir audaces, y a la muerte
Alegres a arrojarse por tus lauros».
Esto habló la Discordia: y al momento, 2405
Más pronta que el relámpago, cortando
Con vuelo firme y rápidos los aires,
Gira de toda Francia los espacios;
Y el rencor, el estruendo, y las alarmas,
Que sus ciudades turban y sus campos, 2410
De la Discordia ofrecen a los ojos,
Objetos de delicia y de regalo.
Su pestífero aliento, en mil lugares
Inspira la aridez. Inficionado
En su germen el fruto, al nacer muere. 2415
Abatida la mies, mustio su grano,
Yace lánguida en tierra. El sol se eclipsa;
Vélense al verla pálidos los astros;
Y el rayo, entre relámpagos, que truena
Bajo sus pies, de muerte mil presagios 2420
A los pueblos ofrece confundidos.
    Llévala un torbellino, voltejeando,
A las orillas fértiles, que baña
Con sus ondas el rápido Erídano.
    Ya su vista cruel a Roma alcanza: 2425
Roma, un día su templo; Roma, pasmo,
Terror de los mortales, cuya suerte,
Hala en todas edades exaltado
A ser en paz, no menos que en la guerra,
Del mundo la señora, y cuyo brazo, 2430
Si triunfante en los campos, entre hierros,
Sobre tronos sangrientos vio temblando
Todos los fieros Reyes, y abatidas,
Bajo el sacro estandarte, en que volaron
Sus águilas terribles por el orbe, 2435
Las fuerzas todas dél, otro más blando
Más apacible imperio ejerce hoy día,
En que a su yugo rinde y poder sacro
Sus mismos más airados vencedores:
En que con un poder de Dios vicario, 2440
Gobierna los espíritus y tiene
Los corazones todos a su mando.
Sus dictámenes solos, son sus leyes
Y sus solos diplomas sus soldados.
    Cerca del Capitolio, donde alarmas, 2445
Otros tiempos tan grandes dominaron,
Sobre pomposas ruinas de Belona,
Y de Marte, un Pontífice, sentado
De Césares se ve en augusto solio.
Sacerdotes no menos fortunados, 2450
Con planta huellan firme y faz serena,
Las cenizas, aquí, de Emilios Paulos,
Y allí, de los Catones los sepulcros.
Sobre el altar el trono levantado,
De un Señor, ya celeste, ya terreno, 2455
En la misma profana y sacra mano,
El poder absoluto, a un tiempo mismo,
El cetro colocó y el incensario.
    Allí fundó Dios mismo su sagrada
Su primitiva Iglesia, en tiempos varios 2460
Perseguida y triunfante. Allí condujo
Aquel primer su Apóstol, con lo santo
De la verdad, lo cándido y sencillo.
Felices sucesores le imitaron
Cierta dichosa edad, en que respetos 2465
Y elogios de los hombres han captado,
Cuanto más se humillaban. Revestida
Aun no estaba su frente de algún vano
Frívolo resplandor. Su humildad sola,
Su rígida pobreza, preservaron 2470
La santa austeridad de sus costumbres,
Y celosos tan solo del estado,
De las glorias, honores y riquezas,
A que votos aspiran de un cristiano,
Del fondo de las chozas que habitaban, 2475
Simplemente al martirio van volando.
El tiempo, que lo altera y gasta todo,
Bien presto estas costumbres ha cambiado.
Para castigo nuestro, ya grandezas
Diole el cielo, y potente a lo profano, 2480
Desde este tiempo, Roma, abandonada
A consejos se vio de los malvados.
De su nuevo poder, bases horribles
Traición, eran, veneno, asesinato.
Los que de Cristo fueron sucesores, 2485
En el fondo interior del santuario,
Sin pudor ni vergüenza, el adulterio
Y el incesto, insolentes, colocaron,
Y Roma, que cansaran finalmente,
Roma, que han oprimido y abismado 2490
De su execrable imperio con el peso,
De sus sacros tiranos bajo el mando,
A echar menos llegó sus falsos Dioses.
Máximas más prudentes se escucharon
En la edad posterior, en que se supo 2495
El crimen excusar, o bien velarlo
Con artificio y maña menos torpes.
Del pueblo y de la Iglesia más reglados
Los derechos se han visto, y de los Reyes
Árbitra, al fin, fue Roma, no el espanto. 2500
La modesta virtud, vuelve ella misma
A aparecer de nuevo, con el fausto,
El brillo imponedor y augusta pompa
De su triple diadema regio y sacro:
De manejar, empero, de los hombres 2505
La pasión e interés, el arte raro,
Vino, por fin, a ser, en estos tiempos,
La virtud capital de los Romanos.
    De la Iglesia era, entonces, y de Roma
Cabeza, Sixto quinto y soberano. 2510
Y si el ser, en verdad, de un hombre grande
Con el título ilustre decorado,
Consiste en ser falaz, temido, austero,
Inscribirse en el número más claro
De los más grandes Reyes, debe Sixto. 2515
Él, a los artificios de quince años
Debió de su destino la grandeza.
Ocultar ha sabido tiempo tanto,
Sus virtudes, no menos que sus vicios;
Y huir el mismo puesto aparentando, 2520
Que con ardor ansiaba, porque pueda
Por más fáciles medios alcanzarlo,
Hace que dél le tengan por indigno.
    De su brazo despótico al amparo,
La pérfida Política, reinaba 2525
Del pontificio alcázar en lo arcano.
Hija de la ambición y el interese,
Que seducción y fraudes abortaron,
Este ingenioso monstruo, en mil revueltas
Tan fértil, de zozobras abismado, 2530
Simple y sereno a un tiempo parecía.
Sus ojos, en sus órbitas ahondados,
Vigilantes, agudos, y enemigos
De la tranquilidad y del descanso,
Jamás, en dulce sueño, los vapores 2535
De la blanda amapola disfrutaron.
Con doblez y cautelas refinadas,
Con disfraces astutos y estudiados,
De la confusa Europa, sagaz, burla
La expectación atónita; y el falso, 2540
El sutil artificio del embuste,
Que sus discursos guía, decorando
De la misma verdad con los adornos,
Del Dios vivo marcó con sello sacro
Sus torpes imposturas, e hizo al cielo 2545
Servir a las venganzas de su agravio.
    La Discordia ve apenas, cuando corre
Con aire misterioso hacia sus brazos;
La acaricia y halaga dulcemente,
Con maligna sonrisa y agasajo; 2550
Pero súbitamente transportada,
Un lúgubre semblante, un tono infausto
De tristeza fingiendo «Yo, la dice,
No estoy ya en aquel tiempo afortunado,
En que pueblos inmensos, seducidos, 2555
Sus votos me ofrecían, y a mi mando
Toda la Europa crédula sumisa,
Las leyes de su Iglesia y culto santo
Confundió con las mías. Yo, en tal tiempo,
Hablaba, y al instante prosternados 2560
Trémulos los monarcas, de sus tronos
A mis pies descendían. A mi agrado,
Declaraba mi voz al mundo guerras,
Y de la cumbre aquí del Vaticano,
Mis formidables truenos fulminaba. 2565
Vida y muerte pendían de mi agrado.
Regalaba, quitaba, y devolvía
Las coronas y cetros soberanos.
Ya no existen, amiga, ya se huyeron
De una vez para mí, de esplendor tanto 2570
Esos caducos tiempos tan dichosos.
De la altanera Francia, ese Senado,
Ya sin temer mi enojo, se ha atrevido
Mis rayos a apagar, cuasi en mis manos.
Por la Iglesia de amor no menos lleno, 2575
Que contra mí de horror, su grito alzando,
Con fiera libertad, de las naciones
La venda del error hizo pedazos.
Él ha sido el primero, que a mi rostro
La máscara arrancó, desagraviando 2580
La verdad, cuya imagen me encubría.
¿Yo no podré, ¡Discordia! que me abraso
En ansias de agradarte, seducirlo,
O con rigor, al menos, castigarlo?
Vamos pues. Tus antorchas, nuevamente 2585
Enciendan de mi trueno ardientes rayos.
Empecemos, amiga, por la Francia,
A desolar la tierra. Sus estados,
Otra vez, y su Rey, a caer tornen
En nuestros hierros». Dijo; y como un rayo, 2590
Lánzase rechinando por los aires.
    A pesar de estos males, entre tanto
Con espíritu opuesto, allá distante
De las mundanas pompas, y del fausto
De Roma, y de sus templos, a indecentes 2595
Humanas vanidades consagrados,
Cuyo profano brillo, cuyo lujo,
Y opulenta soberbia y aparato
Al necio mundo imponen, se escondía,
En desiertos del hombre poco hollados, 2600
La humilde Religión, do santamente
Reposaba, con Dios en paz morando;
En tanto que su nombre y su decoro,
Con sacrílego crimen profanados,
Pretextos daba santos en el siglo 2605
Al sangriento furor de los tiranos,
Y siendo al mundo venda que lo ciega,
Del desprecio de Grandes era el blanco.
Sufrir y resignarse, es, en la angustia
Su destino más plácido y más caro: 2610
Bendecir, es su sacra y rica herencia.
Ella, en secreto ruega por ingratos,
Que vilmente la ofenden y maltratan.
Sin la pompa del siglo y fausto vano,
Sin adornos, sin arte, sin afeite, 2615
Y bella por su gracia y propio encanto,
Su modesta hermosura oculta siempre
A los ojos hipócritas de tantos,
Como importunos corren en sus aras
A adorar la fortuna, cual paganos. 2620
    Se inflamaba su espíritu, y ardía
Por Enrique de un celo y amor santo.
Esta hija del cielo no dudaba,
Que un día, al fin, feliz fuese llegado,
En que de sus altares abatidos 2625
El legítimo culto vindicando,
Con júbilo por hijo adoptaría
Al magnánimo Héroe ya ilustrado.
Digno, por sus virtudes generosas,
De acogerle le juzga entre sus brazos, 2630
Y sus fervientes votos, hasta el cielo
Desde sus puras aras exhalados,
Un momento apresuran tan glorioso,
Que por demás sus ansias hallan tardo.
    La Política impía y la Discordia, 2635
Asaltan y sorprenden de rebato
A su augusta enemiga, que sus ojos
Inocentes, en lágrimas bañados,
Alzaba hacia su Dios, quien su constancia
Por poner más a prueba, la ha entregado 2640
De las dos implacables enemigas
Al bárbaro furor y juicio insano.
Estos horribles monstruos, cuya injuria,
La santa Religión ha profanado
En todas las edades, su vil frente 2645
Cubriendo con su velo sacrosanto,
Su traje, respetado de los hombres,
Insolentes usurpan, y volando
Parten hacia París, do acabar piensan
Sus perversos designios comenzados. 2650
Mañosa la Política y astuta,
Con insinuante rostro y sutil paso,
De la antigua Sorbona se entromete,
Sin sentir, en el seno ilustre y vasto.
Congregábanse en ella al mismo punto, 2655
Aquellos venerados graves sabios,
Que de oscuros oráculos del cielo
Misteriosos intérpretes sagrados,
Y de remota edad, árbitros justos,
Modelos de la grey de los cristianos, 2660
Adictos a su culto, y a sus Reyes
Sumisos con lealtad y honor intacto,
Hasta tan triste día y tenebroso,
Un varonil valor han conservado,
A flechas del error impenetrables; 2665
Más ¡cuán pocas virtudes los asaltos
Burlan constantemente a cualquier hora!
De aquel astuto monstruo disfrazado
Acentos los más dulces y halagüeños,
A alterar sus espíritus llegaron. 2670
Él, a los más tocados y devotos
De la ciega ambición, lisonjeando,
Honores y grandezas les promete,
Y con el interés y esplendor claro
De una mitra, deslúmbrales los ojos. 2675
Allá, por otro medio, negociando
Con secreta y venal inteligencia,
Los sufragios compró del vil avaro.
Arrobado también y sorprendido
Por un elogio diestro, se vio el sabio, 2680
Que la augusta verdad, pérfido, vende,
Por el precio de un poco incienso vano;
Y al grito aterrador de la amenaza,
El feble queda, al fin, amilanado.
    Congréganse en tumulto; de tumulto 2685
Se examina y decide el alto caso,
Y de en medio de estrépitos, de gritos,
Y empeñadas contiendas, con espanto
Del confuso congreso escapa al punto
La apacible Verdad, mustia y llorando. 2690
A voz común, entonces, y en el nombre
De todos los Doctores, un anciano
Esto dijo. «La Iglesia hace los Reyes;
Los absuelve o castiga degradando.
La Iglesia y su doctrina existen puras 2695
En los que aquí reunidos nos hallamos.
Su ley en ellos solos se conserva.
A Enrique de Valois, aquí, por tanto,
Reprobamos formal, solemnemente,
Decaído del trono declaramos, 2700
Y Enrique de Valois, ya no es Rey nuestro.
¡Juramentos, un tiempo tan sagrados!
Vuestras duras cadenas ya rompemos».
Apenas esto el viejo ha pronunciado,
Con caracteres hórridos de sangre, 2705
La inhumana Discordia, el temerario,
El bárbaro decreto, que dictara,
A dejar apresúrase estampado.
Por ella cada cual jura en seguida,
Y lo firma al momento de su mano. 2710
    Remóntase veloz, y en alto vuelo,
A todos los facciosos partidarios,
Empresa tan grandiosa y atrevida
Va de iglesia en iglesia pregonando.
Bajo el hábito, a veces, de Agustino, 2715
Y otras, del de Francisco, tosco y basto,
Resonar su voz hace, y altamente
Llama a aquellos austeros cuanto varios
Espectros, de su yugo riguroso
Voluntarios e imbéciles esclavos. 2720
«De vuestra Religión amancillada
Reconoced, les dice, aquestos rasgos.
Yo soy la que a vos vengo; la que en nombre
Del Señor, que servís, por despertaros,
A vuestro religioso atento oído 2725
Acaba de pulsar. Él me ha mandado.
Esta espada mortífera y tremenda,
Que en mi vibrante pulso está brillando,
Este acero, que veis, acero horrible
A nuestros enemigos, empuñado, 2730
Para vengar su causa, entre las mías
Ha sido de Dios mismo por la mano.
Acércanse ¡hijos míos! se cumplieron,
Los oportunos tiempos ya llegaron,
En que sombras dejéis de esos retiros, 2735
Y la paz suspendáis de esos santuarios.
Partid de ellos a dar ilustre ejemplo
Del celo más intrépido y sagrado;
Y a los crédulos pueblos de la Francia,
En su fe vacilantes y turbados, 2740
Intimado dejad, id a enseñarles,
Que abatir a su Rey, que asesinarlo,
Hacer es a su Dios un gran servicio.
Pensad bien, caros míos, recordaos,
Que de Leví la antigua electa tribu, 2745
De vuestro ministerio augusto y santo
Mereció por Dios propio ser honrada,
Con manos, a sus aras regresando,
En la sangre bañadas de los hijos
Del pueblo de Israel: pero ¿qué he hablado? 2750
¿Donde aquel tiempo está, do aquellos días
A la muerte propicios, y a mí gratos,
En que vi degollar tantos franceses,
Por el pío furor de sus hermanos?
En tan felices días ¡ha! vosotros, 2755
¡O santos sacerdotes! su cruel brazo
Al incendio y degüello condujerais.
Por vosotros tan solo asesinaron,
Arrastraron, colgaron a Coliñi.
Yo ya en sangre nadé. La que ha restado 2760
Vuelva a correr aún. Que os vea el mundo
A pueblos, que me adoran, inspirando».
    Dijo el horrible monstruo: y al instante,
Haciendo la señal, emponzoñados
Quedan todos los míseros oyentes 2765
Del veneno infernal que le ha inspirado.
La hueste monacal iba en su marcha;
Hasta París él mismo encaminando.
De la Cruz sacrosanta el estandarte
En medio de ella flota. Cantan salmos, 2770
Frenéticos entonan sacros himnos;
Y con devotos gritos destemplados,
Los cielos parecían asociarse
A su rebelde arrojo. Entre sus cantos,
Con fanáticos votos se les oía 2775
La imprecación mezclar y augurio infausto
A las públicas preces. Sacerdotes
Atrevidos, imbéciles soldados
Del mosquete y el sable vanamente
Sus inexpertos brazos recargaron. 2780
Las pesadas corazas relumbrantes
Penitentes cilicios van tapando;
Y de París al muro, en su socorro,
Batallón tan infame al fin llegado,
De un pueblo impetuoso entre mil ondas, 2785
A Cristo va siguiendo, a aquel Dios blando,
De paz al manso Dios, que de tal modo
Los devotos guerreros profanaron,
Llevándole, sacrílegos, al frente.
    Mayenne, que a placer está mirando 2790
Tan insensata empresa, allá a lo lejos,
Despréciala en secreto, al mismo paso,
Que en público teatro la autoriza.
Político Mayenne, advierte, y sabio,
Cuanto el imbécil vulgo, ciegamente 2795
Sin límites sumiso a un celo falso,
Con la fiel Religión el fanatismo
Suele, rudo, mezclar, unir incauto.
Entendía Mayenne, contemplaba
El gran arte a los Reyes necesario, 2800
De nutrir los errores y flaquezas,
Que el pueblo sacrifican al tirano,
Y a este irrisorio escándalo piadoso,
Da por tanto acogida y aun aplauso.
Con grave indignación, vélo el prudente, 2805
Y con burla mayor, lo ve el soldado.
Más la estólida plebe, hasta los cielos
Mil gritos levantaba de entusiasmo,
De gozo y de esperanza; y así como
Sucediera a su audacia un miedo fatuo, 2810
Este, en un solo instante, el lugar cede
Al furor y transporte más insano.
Así en el seno undoso de Anfitrite;
De los mares el ángel, a su agrado,
Las olas tal vez calma, tal, irrita. 2815
    Dez y seis sediciosos, señalados
Por sus feos delitos, entre todos
Los más viles facciosos, ha nombrado
Y en gobierno erigido la Discordia.
Estos hombres oscuros y malvados, 2820
De su nueva y condigna soberana
Insolentes ministros, en su carro
Barnizado de sangre, al punto montan,
Y la marcha batiéndoles al paso
La villana traición, y el fiero orgullo, 2825
El frenesí, la muerte, y el estrago,
Por sangrientos torrentes, que arroyaban,
Van de su fiera ronda el rumbo guiando.
En baja oscuridad todos nacidos,
De sórdida bajeza alimentados, 2830
Su rencor a los Reyes les servía
De blasón de nobleza el más realzado.
Bajo el dosel traídos por el pueblo,
Ya Mayenne con él les ve temblando
Sentados a la par. Tal es la insania, 2835
Tales son los trastornos ordinarios
De la inquieta Discordia y sus caprichos.
Ella, frecuentemente nivelados
Deja en suerte a los cómplices que induce;
No de distinto modo, que allá cuando 2840
Fuertes vientos, tiranos de las aguas,
Que su corriente turban y descanso,
Las olas revolviendo con su soplo
Del Ródano o del Sena, hacen, que el bajo
Sucio y grosero lodo, que abatido 2845
En sus profundas grutas yace, alzado
Se mire a borbollones de las ondas
Sobre la superficie; así en los raros
Furores de un incendio, que devora
Y una ciudad convierte en yermo campo, 2850
El hierro, el plomo, el bronce, que liquida
El fuego entre las llamas, van mezclados
Con el oro más puro, que oscurecen.
    De sedición en medio y motín tanto,
Temis tan solo, Temis resistiera, 2855
Librárase del público contagio.
Ni sed de engrandecerse, ni temores,
Ni esperanzas, ni nada, de sus manos
Consiguiera torcer la fiel balanza.
Consérvase su templo inmaculado; 2860
Y la simple equidad, cual fugitiva,
Cerca de ella un asilo va buscando,
    Habitaba el recinto de este templo,
El venerable cuerpo de un senado,
Azote formidable del delito, 2865
De la inocencia amparo y tutor nato,
Que de apoyo del Rey, y de instrumento
De la ley, el carácter conservando,
Entre el Pueblo y el Príncipe marchaba
Con intrépido, igual y firme paso. 2870
De unos Reyes benignos y accesibles,
En la equidad más dulce confiado,
A sus pies ¡cuantas veces trasladara
De la Francia las quejas, los agravios!
Era el público bien, únicamente, 2875
De toda su ambición objeto caro.
Lo tirano, en los Príncipes no odiaba
Menos, que lo rebelde en el vasallo.
De un supremo respeto dirigido,
Y de un noble valor siempre inflamado, 2880
En las causas del Rey y de su Pueblo,
Lo súbdito distingue de lo esclavo.
Por nuestras libertades y franquezas
Siempre a armarse dispuesto, en cualquier caso,
Conoce a Roma bien; como piadoso 2885
Hónrala, y la reprime como sabio.
    De los torpes tiranos de la Liga
Una horrible cohorte, puesta al mando,
De aquel templo de Temis majestuoso,
A cercar llega el pórtico sagrado. 2890
Bussi, vil gladiador, es quien la guía,
A honor tan criminal, a poder tanto,
Por su audaz arrogancia promovido.
Entra del templo augusto al santuario;
Y este negro torrente de palabras, 2895
A la ilustre asamblea, cuyo labio
Del ciudadano regla la fortuna,
Osado le dirige: «¡Mercenarios
Apoyos de ese dédalo de leyes!
¡Plebeyos, que a la usanza del Romano 2900
Os tenéis de los Reyes por tutores!
¡Almas en fin serviles, hombres bajos,
Que en la perturbación, y entre cábalas,
Que afligen y desolan al estado,
Pretendéis, que consista, y se alce fiero 2905
El afrentoso honor de vuestros cargos
Y venales grandezas! En la guerra
Tímidos, y en la paz fieros tiranos,
Al Pueblo obedeced, en cuyo nombre,
Vengo ¡orgullosos jueces! a intimaros. 2910
Escuchad sus edictos liberales.
Antes hubo sin duda ciudadanos,
Húbolos antes, sí, que hubo señores.
Fueros, que nuestros padres prodigaron,
O más bien les usurpó tirana fuerza, 2915
Sus despojados hijos recobramos.
Sobrado tiempo el Pueblo por vosotros
Al terror fue sujeto y al engaño.
Cansose ya del cetro, y lo ha rompido.
Borrad ya para siempre ¡Magistrados! 2920
De plena potestad los grandes nombres
Tan temidos, odiosos, y aun ingratos
A vuestro mismo oído; e ya del Pueblo
Libre y supremo a nombre, dad los fallos,
No la plaza del Rey, bajo ese solio 2925
Manteniendo, sino la del Estado.
La Sorbona imitad. Sino lo hiciereis,
Sobre vos los rigores fulminados
Ver, temed, de mi enojo y mi venganza».
    Fieles y acordes todos, contestaron 2930
Con un noble silencio; a la manera,
Que en los muros ardiendo ya asolados
De la sitiada Roma, allá otro tiempo,
Sus graves senadores, de los años
Ya por el peso corvos, sin turbarse, 2935
En sus curules fijos, aguardaron
Fieramente los galos y la muerte.
A espectáculo tal, tan no esperado,
Lleno de mayor rabia, embravecido
De más brutal furor, más no sin pasmo, 2940
«Obedeced al punto, dice Bussi,
O mis pasos seguid, fieros tiranos».
Súbito alzado Harlay, el digno jefe
De tan justo impertérrito senado,
Al de los Dez y seis va a presentarse, 2945
Y con la misma frente y grave labio,
Con que a aquellos malvados damnaría,
Las cadenas les pide. Dél al lado,
De justicia otros jefes se admiraban,
Que de participar en el cadalso 2950
Del honor del primero, ardiendo en votos,
Víctimas de la fe que al Rey juraron,
De los tiranos tienden a los hierros,
Sus generosas e inocentes manos.
    Vuelve ¡o Musa! a contarme tantos nombres, 2955
A la Francia tan caros, y héroes tantos,
A quienes oprimió licencia infame,
Dígnate consagrar. El probo, el bravo
De Thou, con Scarrón, y sus colegas
Molé y Bayoul también, con el honrado 2960
Potier, hombre el más justo y más constante,
Y tú ¡ilustre Longuéll! tú, joven claro,
En quien por abreviarte más la gloria
De tan bello destino, se avanzaron
La virtud, el espíritu, y la ciencia, 2965
Al curso de los años ordinario.
De tan dignos ministros de justicia,
Todo aquel grave cuerpo, condenado,
Al través de un vil pueblo, que le insulta,
Como en público triunfo van llevando 2970
Al famoso castillo y espantable,
De la venganza alcázar, do mezclados
Veces tantas hundir, gemir se han visto
La inocencia y el crimen. El anciano
Orden de nuestro reino, así trastornan; 2975
Del Estado la paz así turbaron
De un golpe los rebeldes y facciosos.
La Sorbona cayó. Ya no hay Senado...
¿Más a que tal concurso y alaridos?
¿A qué esos instrumentos y aparatos 2980
Del infame suplicio de culpables?
¿Quiénes son esos dignos magistrados,
Que manos de verdugos, a la tumba
Por orden precipitan de tiranos?
En París, las virtudes, el destino 2985
De los crímenes sufren... ¡Desgraciados
Brissón, Lachér, Tardif, víctimas nobles!
Tan afrentosa muerte, no ha manchado
Vuestro honor generoso ¡Puros manes!
No tenéis porque de ella avergonzaros. 2990
Célebres para siempre vuestros nombres,
Viven en la memoria. En el cadalso
Quien muere por su Rey, muere con gloria.
    En medio de los pérfidos alzados,
La Discordia, entretanto, se aplaudía 2995
Del suceso feliz, que al fin lograron
Sus sangrientos y bárbaros designios.
Con aire satisfecho y sosegado,
Su tranquila crueldad, fiera contempla
De la guerra civil los crueles daños; 3000
Y muy a su sabor, pasa revista
Sobre un muro de sangre ya inundado,
A los míseros pueblos, que en la Francia
Contra su Rey legítimo ligados;
Y entre sí divididos y discordes, 3005
Juego vienen a ser desventurado
Del furor de contiendas intestinas,
Y en tumulto interior y riesgo extraño,
De su turbado suelo y mustia patria
La perdición fatal apresurando, 3010
Por do quier no presentan más que muertos,
Carnicería, escombros, y fracasos.


FIN DEL CANTO IV