La Argentina
de Martín del Barco Centenera
Canto decimonono: Trátase del mal gobierno de Diego de Mendieta, y de cómo fue preso en Santa Fe; y de cómo salió Garay al Perú, y volvió huyendo, y en su seguimiento el capitán Valero


Refrán es muy antiguo y muy usado,
que el malo que tras otro sucediere
hará bueno al que fuere ya pasado.
Al que el presente canto bien leyere,
serale aquesto bien manifestado,
que si notarlo un poco bien quisiere,
verá que Juan Ortiz era un bendito,
Mendieta, su sobrino, muy maldito.


Al tiempo que la muerte le apretaba,
a Juan Ortiz le oí, que conocía
que el pueblo su salud no deseaba:
«Yo soy malo, mas cierto que algún día
me haga alguno bueno». Si rogaba
la vieja por aquel que mal regía
en Roma, si a Mendieta conociera,
mentarlo un solo punto no quisiera.


Subido ya en la cumbre de su gloria,
de toda cosa buena descuidado,
juicio, voluntad y la memoria,
en solas sus pasiones ha fundado.
Y aunque esto demandaba nueva historia,
irá tan solamente aquí cifrado,
que no quiero contar por las parejas
sus cosas, que ofendiera las orejas.


Comienza, pues, Mendieta de cegarse,
vencido de celillos y locura,
de malos procurando acompañarse,
hallando en ellos corte a su hechura.
No osaba de los buenos confiarse,
por ser de diferente compostura;
a cuatro caballeros aprisiona,
y con mil vituperios los baldona.


En grillos y colleras los ponía,
y así los desterró por malhechores;
y el pobre no conoce que se vía
que todo lo causaban sus amores.
A cumplir su destierro los envía,
mas oye Jesucristo sus clamores;
volvieron del camino, y así presos
están en tanto que hay nuevos sucesos.


Vicencio a esta sazón, dicen, dijera:
«Mal hace de prender Mendieta gentes
sin culpa y sin razón». Mas quien lo oyera
denuncia con palabras diferentes.
Al fin vino la cosa en tal manera
que encarta a los que estaban inocentes.
Vencido del tormento, y engañado,
por do fue luego a muerte condenado.


Al tiempo que en la horca está subido,
de su conciencia y alma temeroso,
publica cómo en todo había mentido
por medio del tormento riguroso.
A voces testimonio fue pedido
de aquello que allí dice, y el furioso
verdugo le colgó, que está compuesto
que hiciese el oficio muy de presto.


Garay, que en Santa Fe está Teniente,
con la muerte de nuestro Adelantado
al Perú se salió con Pedro Puente,
aunque Abrego impedirlo ha procurado.
A los Charcas llegando incontinente,
habiendo su negocio relatado,
procuran doña Juana se casase
con persona que bien les gobernase.


Por suerte a doña Juana le cabía
el licenciado Vera por marido;
por Oidor en los Charcas residía,
la misma plaza en Chile hubo tenido;
y en su tiempo el Arauco le temía,
que a vueltas de las letras ha servido
a nuestro gran Felipe con la espada,
andando tras la gente rebelada.


Don Francisco el Virrey, dicen, quisiera
casar a doña Juana de su mano;
a Garay le escribió que a Lima fuera.
Las cartas del Virrey fueron en vano,
que el licenciado Torres y de Vera
había madrugado más temprano;
a Juan Garay hace su teniente,
y vuélvele a enviar muy brevemente.


Matienzo en este tiempo presidía,
y tiene del Virrey ya mandamiento
contra Garay, que a priesa residía,
temiéndose de algún impedimento.
Tras él el Presidente al punto envía
a Valero, que sale como un viento,
y con las provisiones le requiere,
mas él obedecerlas nunca quiere.


El buen Torres de Vera, como entiende
aquesto, determina de partirse
al Río de la Plata, que pretende
del Virrey y su ira escabullirse.
Tras él saliendo Céspedes, le prende,
que no le aprovechó con priesa el irse.
Triunfó Loyola de él con mucha estima,
y luego le despacha para Lima.


Don Francisco le tuvo aprisionado,
en él ejecutando puras sañas;
a cabo ya de días se ha librado,
que el tiempo vemos cura mil marañas;
a su plaza después que se ha tornado,
a cabo ya de días tuvo mañas;
como se vuelve a estar, aunque le quita
don Diego cuando vuelve a la visita.


Mendieta pensará ya que le olvido
por ver que en el Perú ando olvidado,
habiéndole yo mismo prometido
decir aquí cuán mal se ha gobernado.
Andaba el sin ventura tan metido,
y en fuego del amor tan abrasado,
que las brasas de amor y vivo fuego
le tienen convertido en niño ciego.


Antiguos, que a Cupido celebrastes
por Dios de amor, con arco y con saeta,
y niño rapacejo le pintastes,
con venda que la vista bien le aprieta,
no dudo sino que nos acordastes
que había de nacer este Mendieta,
que si es ciego el amor y sin sentido,
no tenéis que buscar otro Cupido.


Aunque a muchas mujeres recuestaba,
y a su gusto y mandado las tenía,
a una más que a todas él amaba,
que en hermosura a todas excedía.
Por ésta de muy muchos se celaba,
por ésta a todo el mundo aborrecía,
por ésta tuvo origen su locura,
por ésta feneció su desventura.


Por ésta muchas fiestas se hicieron,
por ésta se jugó sortija y cañas,
por ésta toros bravos se corrieron,
por ésta se hicieron mil hazañas;
por ésta algunos justos padecieron,
por ésta vide yo muchas marañas,
por ésta andaba el pueblo alborotado,
por ésta se han los cuatro desterrado.


Por ésta, una mujer que fue nacida
en el Brasil, muy vieja, con gran saña
me dijo: «¡Ay, mi señor!, como perdida
en otro tiempo», dice, «que fue España
por la Cava, esta tierra dolorida
por ésta lo será. Y pues que daña
la tierra tanto ésta, procuremos
que salga presto della y sus extremos».


Y aunque al Mendieta a veces sucedían
disgustos, pesadumbres a manojos,
y a él por esta causa aborrecían
algunos, y le daban mil enojos,
muy poco aquestas cosas le empecían,
que más amaba aquesta que a sus ojos.
Y así buen rostro a todos males hace,
y en su gusto a su gusto satisface.


En una noche un paje hubo hallado
un papel bien cerrado, en que decía
que mal a todas gentes ha tratado,
y agravia con molestia en demasía;
y que no siendo en esto moderado,
el pago le dará Dios algún día.
El pobre con enojo loco y ciego
publica lo que dice el papel luego.


Comienza de hacer informaciones,
y prende a los que estaban inocentes,
y con algunas falsas relaciones
con prisión atormenta a muchas gentes.
No sale con sus vanas pretensiones,
aunque pone calor y grandes dientes;
y así confuso deja la pesquisa
del libelo, diciendo que era risa.


También prendió a una dama, porque había
de la cárcel sacado a su marido,
con crudo corazón y tiranía
en muy brava prisión la hubo metido.
La triste con dolor así decía,
su rostro de llorar muy consumido:
«¿Adónde estás, Filipo? ¡Ay desdichada!
Doliéraste de verme maltratada.


»Sabraslo, pues, Rey mío, si pluguiere
al alto Rey de reyes, y sabido
el castigo harás que mereciere
quien con tanta crudeza me ha oprimido».
«En tanto yo haré lo que quisiere»,
Mendieta la responde embravecido,
«y vos prestad los pies a aquellos grillos,
que habéis, por más que os pese, de sufrillos».


Su marido de aquésta preso estaba
con dos pares de grillos y cadena,
y aunque el Mendieta culpas publicaba,
la mayor no pesaba como avena.
Y como la mujer se recelaba,
el alma de temor y miedo llena,
al marido a sus cuestas ha sacado
y en la iglesia y sagrado lo ha encerrado.


A personas muy muchas oprimía,
a viejos españoles muy honrados,
que a los mozos traviesos consentía
en sus vicios andar muy desmandados.
Con esto y otras cosas que hacía,
estaban los juicios ofuscados
de todos, el remedio no esperando,
sino morir con pena suspirando.


Andaba la Asumpción tan temerosa,
que padres a los hijos no hablaban,
la mujer del marido recelosa,
las madres de las hijas se guardaban.
Justicia del señor muy rigorosa,
las cosas de Mendieta figuraban
castigo en recompensa de pecados,
de los presentes vivos y pasados.


Los españoles viejos muy ancianos,
con su cabello blanco y barbas canas,
a la importuna muerte ya cercanos,
cansados de sufrir cosas tiranas,
echaban a montón juicios vanos,
y fingiendo esperanzas muy cercanas,
formaban el remedio deseado,
y así crecía la pena y el cuidado.


Los clérigos y frailes muy a prisa
avisos para España despachaban.
Mendieta en esto pone gran pesquisa,
las cartas en zapatos despachaban.
El falso mensajero se lo avisa,
y como en los zapatos se hallaban,
en callar se resumen suspirando,
que el hablar se juzgaba por nefando.


En esto a Santa Fe quiso bajarse
con vana presumpción y bizarría,
que es víspera cercana de acabarse
sus quimeras y loca fantasía.
De mucha gente hizo acompañarse,
que a fuerza de su grado le seguía;
apenas, como dicen, ha llegado,
y vese de prisiones rodeado.


La causa no pensada cierto ha sido,
que no pudo hallarse fundamento,
sino sólo sentir cómo ha venido
de arriba del supremo firmamento.
Con Francisco de Sierra hubo tenido
palabras, atención pido a mi cuento,
que no fue aquesta cosa fabulosa,
antes la juzgo yo por milagrosa.


Aqueste Sierra era muy honrado,
y de los naturales muy querido,
hombre de presumpción y muy soldado,
por donde era de todos muy temido.
Después que las palabras han pasado,
Mendieta le llamó, mas no ha querido
a su mando ir, que se recela
que Mendieta le llama con cautela.


A la iglesia se va huyendo luego,
que al fin bien vale más salto de mata
que no de los amigos buenos ruego,
según el común dicho dice y trata.
Mendieta sale al punto como fuego,
y cuando nuestro Sierra no se cata,
de la iglesia le sacan sin recelo,
sin dejarle llegar los pies al suelo.


Como sacan del templo consagrado
a Sierra con aquella pesadumbre,
el pueblo todo junto alborotado
acude, y de mancebos muchedumbre.
Salió gritando a voces un soldado
sin saber lo que es, que de costumbre
tenía de gritar; sueltan a Sierra,
y a Mendieta la gente toda afierra.


El pobre, desque vio cómo aferraba
la chusma de él, procura escabullirse
con una poca gente que llevaba,
que con él determina de huirse.
Como Sierra sintió que le dejaba,
apenas acabó de desasirse
cuando con furia echó mano a la espada,
la chusma le acudió de mano armada.


Juntose el pueblo todo con él luego,
y viendo que Mendieta fue huyendo,
cercáronle la casa, y pegar fuego
querían; mas sintiendo el gran estruendo
Mendieta, con temor pide a gran ruego
le dejen; la canalla le está oyendo,
que dice: «Por amor de Jesucristo
cesad, que de mandar yo me desisto».


El pueblo sosegó de aquel bullicio,
y piden que dé fe un escribano
cómo Mendieta cede de su oficio,
que aquesto dicen ser a todo sano.
Nuestro Rey lo tendrá por gran servicio,
el pueblo dice que éste es un tirano;
hágase aquí de todo buen proceso,
y vaya este traidor a España preso.


Con él se habían, huyendo, retraído
Galiano de Meira, el bullicioso,
y Ochoa vizcaíno, su querido;
no sé cuál de ellos era más vicioso.
El pueblo con instancia le ha pedido
que si quiere tener algún reposo
aquéstos eche fuera de la casa,
si no que le harán en breve brasa.


Su perdición el pobre conocida,
hablándoles está de esta manera:
«Muy bien sabéis, amigos, por la vida
se ha de aventurar cosa cualquiera.
Salid, porque pasada esta corrida,
y vuelto yo a me ver en talanquera,
yo os juro que de aquestas opresiones
muy largo vengaréis los corazones».


Salieron, que el salir era forzado;
los alcaldes los prenden. A Mendieta
dejáronle salir acompañado
de guardas, porque temen no acometa
hacer apellidando mal recado,
que alguna gente viene, aunque secreta,
que le puede ayudar; mas el famoso
de Tebas, contra dos no es provechoso.


Con las guardas salía a pasearse
al campo, por tomar algún consuelo;
no deja con lamentos de quejarse
de su triste ventura y crudo duelo.
«¡Habrá algún tiempo», dice, «de acabarse
mi pena, mi dolor y desconsuelo!
¡Tendrán cabo mis males algún día,
pues lo tuvo mi gozo y mi alegría!».


¡A qué duro diamante no ablandara!
¡A qué león cruel no conmoviera!
¡A qué hircana tigre no amansara!
¡A qué pecho mortal no enterneciera,
si el principio y el fin considerara
de aqueste sin ventura, su quimera!
Aquel verle en su trono colocado,
y ahora por el suelo derrocado.


Maldita seas, Fortuna, loca, insana,
ingrata, desleal y fementida,
cruel, injusta, pérfida, profana,
ínvida, desleal, desconocida,
traidora, sin verdad, perra, tirana,
mudable, sin compás, descomedida;
seguid de la Señora sus preceptos
que más tiene de aquestos epitetos.


Anduvo, pues, el triste y afligido
Mendieta algunos días de esta suerte,
confuso, sin favor y aborrecido,
y aun temeroso mucho de la muerte.
En esto su proceso concluido,
echáronle en prisión segura y fuerte,
con fin de despacharle preso a España,
y oíd de aqueste hecho una maraña.


Despáchanle con gente y marineros
en una muy hermosa carabela;
el alcalde Espinosa con mil fieros,
con su gente le hace centinela;
sin pasar veinte días bien enteros,
a San Gabriel llegaron, porque vuela
la nave, como un vivo pajarito,
también con Espinosa su barquito.


Espinosa se vuelve desque había
llegado con Mendieta a aquel paraje;
su gente le ha rogado convenía
que un poco retorciese su viaje,
y que a San Salvador lleve la vía.
Hiciéronlo; Mendieta con coraje
bajaba por el río suspirando,
y a Dios venganza de esto demandando.


Garay, que del Perú viene huyendo,
habiéndole Valero con presteza
seguido, y estorbarle pretendiendo
la entrada, al Argentino sin pereza
camina; mas Valero le siguiendo,
sentido ha sido dél. ¡Cuánta tristeza
el pobre de Valero ha recibido
por ver que de Garay fuera sentido!


Valero una jornada atrás camina,
Garay envía por él con tres soldados.
Preso delante dél se determina
de un árbol le colgar; apiadados
los que con él están de aquella ruina
y de aquellos negocios mal guiados,
rogaron a Garay le perdonase,
y vivo por entonces le dejase.


La vida le concede muy rogado,
aunque muerte civil allí le diera,
habiéndole de boca deshonrado,
que mucho más, decía, lo sintiera
que haberle dado muerte y ahorcado.
Aquesto a mí Valero me dijera,
también Garay del hecho se jactaba,
y en la Asumpción a mí me lo contaba.


Dejole allí llorando su ventura,
y para que no pueda ir adelante,
la cosa asegurar así procura.
Arrebata un agudo pujavante,
y jurando cumplió luego la jura.
Despálmale la mula en un instante;
la mula con dolor está gimiendo,
y Garay con los suyos va riendo.


Allega a Tucumán de mano armada;
el Abrego, que estaba gobernando,
nunca supo de aquesta melonada;
pasose en breve a priesa caminando,
que si la cosa fuera revelada,
el Abrego papeles ordenando,
al Perú a Garay preso enviara,
de que el Virrey muy mucho se holgara.


Aunque es verdad Garay se defendiera,
y así con sus soldados lo ha tratado;
con todo, yo bien creo no pudiera,
que había de quedar muerto o ligado.
A cencerros tapados sale fuera,
y con razón se juzga bien librado;
a Santa Fe endereza su camino.
Valero a Tucumán en esto vino.


De lo pasado dando larga cuenta
al Abrego, que estaba arrepentido,
con ansias y dolor casi revienta,
perdiendo la memoria y el sentido.
Por escrito muy largo bien lo asienta,
y a los Charcas el caso ha referido,
a do Matienzo en breve ha despachado
y al Virrey el negocio ha recontado.


En gran manera siente la huida
de Garay el Virrey; y se sonaba
que corriera peligro de la vida
si el Virrey le cogiera, y procuraba
vengar la desvergüenza cometida,
que por tal, se decía, la juzgaba.
Que quieren los señores, según veo,
los sirvan a medida del deseo.


Garay a Santa Fe llegó contento,
y en breve a la Asumpción ha procurado
subir a remo y vela con el viento;
salió de mucha gente acompañado,
que esto de estar un hombre en grande asiento,
y próspera fortuna colocado,
aumenta los amigos y los criados;
los pobres luego son desamparados.


Camina el río arriba diligente,
que fue muy ayudado de los vientos,
y así bien se vencía la corriente,
por do se satisfacen sus intentos.
La ciudad le recibe incontinente,
y algún tiempo estuvieron muy contentos;
mas presto de otra suerte sucedía,
que no puede durar el alegría.


Mendieta, que bajaba navegando,
antes de salir al mar ha procurado
tomar tierra en la gente confiando
que tiene el postrer pueblo allí poblado.
Por bajo Santa Fe va atravesando,
por medio de la tierra ya llegado;
Quirós, que allí mandaba, le recibe,
mas luego al Espinosa se lo exhibe.


Espinosa le vuelve con presteza
a embarcar desde allí en la carabela;
el triste de Mendieta con tristeza
en demanda de España da la vela.
El piloto, que fía en su destreza,
con muy grande esperanza le consuela,
diciendo que darán en San Vicente,
de a do podrá volver con fuerza y gente.


Con temporal deshecho, o de su grado
la costa del Brasil luego tomaron,
y habiendo todos ya desembarcado
en el Río Janeiro do aportaron,
Mendieta su negocio recontado,
los lusitanos todos le ayudaron.
Determina volver, y fue de suerte
que de ello no sacó menos que muerte.


Rehechos, pues, de pocos adherentes,
salieron del Brasil en su navío;
al Ibiaza llegaron diligentes
con vana presumpción y desvarío.
Juicios, pareceres diferentes,
dividen todo el reino y señorío;
pues esto fue la causa feneciese
Mendieta, y su soberbia pereciese.


Así como tomaron puerto aína,
Mendieta en tierra salta, procurando
a todos maltratar, con su maligna
y brava condición tiranizando.
La gente comarcana allí, y vecina,
de ver su crueldad está temblando,
y los que con él vienen lo aborrecen,
que sus cosas y hechos lo merecen.


Habíase con él desembarcado
alguna de la gente que venía
en el navío a vueltas; un soldado,
por no sé qué temor, de él se huía;
por engaño y palabras ya tornado,
en dos partes por medio le partía,
y cuelga la mitad con la cabeza
en un palo, y en otro la otra pieza.


El piloto mayor y marineros
al viento dan las velas, temerosos
de ver aquestos locos desafueros,
y al Paraná se vienen recelosos,
dejándole con siete compañeros,
entre indios bautizados y amorosos.
En el navío dando vela al viento
a Santa Fe llegaron a contento.


Garay, que en la Asumpción estaba, arruina
a todos por el suelo, sin derecho
guardar, sino lo que él solo imagina
que puede convenir a su provecho,
y con una soberbia cruel, maligna,
encumbra su negocio hasta el techo,
y pobre del que él hiere con su mano,
que no hay pollo a quien hiera así el milano.


En esto se acordó hacer conquista
al Nuara, que es indio muy mentado;
hizo de los soldados una lista,
y al pie de ciento treinta se han juntado.
Garay con mucha priesa pues se alista,
que piensa en la conquista ser medrado;
y el fin que se publica es hacer guerra
al indio levantado por la tierra.


Los indios Guaraníes rebelados
no acuden a servir como solían,
y siendo, como son, ya bautizados,
en ritos y abluciones se metían.
Serán aquestos cuentos relatados
en su lugar, y cosas que hacían.
Con este calor salen, pues, ligeros
Garay y ciento treinta arcabuceros.


El río arriba yendo navegando,
al Jejuí, muy hondo, río pasaron;
después la tierra adentro van cortando,
y al Ipaneme grande atravesaron.
En luengo dél arriba caminando,
a la Fuente de Lirios allegaron,
do nace el Ipané tan afamado,
a quien el indio llama Desdichado.


El piloto mayor con el navío,
llegando a Santa Fe, salió gozoso.
Alaban los de allí su desvarío,
diciéndole que ha sido venturoso.
Mendieta quedó allá sin el navío,
do presto feneció, triste y lloroso.
Estotros placenteros con contento
de Santa Fe salieron con buen viento.


A la Asumpción llegaron victoriosos,
pensando que hicieron grande hazaña,
a donde los recibe muy gozosos,
como si vueltos fueran ya de España.
En referir su cuento están dudosos,
que no saben cuál cosa es buena o daña;
mas poco les costó, que es cosa usada
en las Indias costar lo malo nada.


El bueno allá padece cruda pena,
y siempre le veréis andar corrido,
y tiénelo a ventura y dicha buena
estarse en su rincón solo metido.
Al malo, mal suceso no le pena,
que si hoy dos mil desastres le han venido,
mañana le veréis con triunfo y gloria,
perdida de sus males la memoria.


La causa de este mal es el anchura
y libertad tan grande permitido,
que vemos una grande desventura,
que la muy baja gente es tan tenida
como la que es más noble de natura.
Es esta cosa allá tan conocida,
que el zapatero vil y el calcetero
se iguala con el noble caballero.


Preguntó un caballero trujillano,
llamado Luis de Chaves, ceceoso,
a Hernando Pizarro, cuyo hermano
vencido fue de Gasca, el gran mañoso,
que si allá en el Perú al que es villano
y al que es hidalgo y hombre generoso
les daban sus medidas bien cabales;
Pizarro respondió que eran iguales.


«Buen siglo», dijo el Chaves, «allá tenga
en el Cielo mi padre, que ha dejado
hacienda en esta tierra; allá se avenga
aquel que por la plata allá ha pasado,
que en más estimo yo se desavenga
conmigo aquel que en sangre no ha igualado.
Que la plata con esas confesiones
no es para quien tiene presumpciones».


Dejemos esto ahora, y revolvamos
a Garay, que se siente con pujanza;
y porque por extenso lo digamos,
hagamos aquí fin de aquesta estanza.
Y más que en la siguiente recontamos
del furioso arcabuz y de la lanza,
conviene cosas nuevas y de espanto
comenzar a contar en nuevo canto.