La Alpujarra
de Pedro Antonio de Alarcón
Epílogo - La expulsión de los moriscos



Amaneció (como no podía menos) el día siguiente.

Miré el almanaque, y vi que era el 30 de marzo de 1872.

Reinaba en España D. AMADEO DE SABOYA.

Los alpujarreños andaban muy atareados con unas elecciones de diputados a cortes, que iban a principiar a los dos o tres días...

Aquellos alpujarreños no tenían nada que ver con los moriscos que sobrevivieron a ABEN-HUMEYA y a ABEN-ABOO; sino que eran descendientes de los castellanos, extremeños, gallegos y leoneses que repoblaron la desierta Alpujarra, después de la Paz:..., o de los alemanes y flamencos que inmigraron también allí cuando se colonizó Sierra Morena.

Es decir, que todos los fantasmas evocados por mi imaginación durante aquel largo viaje, así los del tiempo de Tiberio como los del tiempo de FELIPE II, habíanse desvanecido completamente. Ni un judío, ni un romano, ni un inquisidor, ni un morisco se veía ya por ninguna parte. En la Alpujarra, como en el resto de España, sólo había cristianos puros..., pero de estos a la moderna, más semejantes en su generalidad a los tibios gentiles contemporáneos del escéptico Pilatos que a los supersticiosos clérigos y soldados de fines del siglo XVI. Parecíame que acababa de despertar de un sueño, o de sanar de una locura.

El día había amanecido lo que se suele llamar revuelto; ora claro, ora nublado, ora triste, ora alegre...; -día vario, como la realidad de nuestra vida y como el destino de los pueblos; -día desapacible y escalofriado, como el alma y cuerpo de los que madrugan contra su voluntad; -día, en fin, en que el Sol, con tanto salir y ocultarse entre las nubes, parecía jugar a muertes y a resurrecciones: -verdadero SÁBADO DE GLORIA, mixto de las tristezas del VIERNES SANTO y de los júbilos de la PASCUA.

Nuestra caravana acababa de disolverse a las puertas de Murtas. Los alpujarreños se habían marchado a sus respectivos pueblos a prepararse para la lucha electoral, y hasta mis dos primitivos compañeros de viaje (atentos a generosos cuidados) habíanse despedido también de mí por algunos días...- al cabo de los cuales (dicho sea aquí de paso, por si no se me presenta ya ocasión de advertíroslo) irían a buscarme a Albuñol, desde donde saldríamos juntos de la Alpujarra, por la orilla del Mar, en demanda de la culta ciudad de Motril y de su conocida diligencia...

Caminaba yo, pues, enteramente solo la melancólica mañana que digo.- Mi rumbo, en definitiva, era hacia el mencionado Albuñol, donde daría fondo aquella misma noche, poniendo así término a mis exploraciones alpujarreñas; pero de camino (aunque rodease un poco) quería tocar en la villa de Albondon, a fin de hacer la prometida visita a su simpático señor cura, -de quien supongo no os habréis olvidado...

Todo esto estaba muy bien: el plan no podía ser mejor..., y yo saboreaba a mis anchas la plácida tristeza propia de los epílogos venturosos y de todo lo que termina a medida de nuestros deseos...; -mas ¿quién era aquel hombre que, hacía ya media hora, marchaba detrás de mí, a pie, agarrado a la cola de mi caballo, diciéndome cosas fatídicas y desagradables, y cuyo aspecto me infundía un terror indefinible?



Aquel hombre se me había aparecido en el momento de quedarme solo y de perder de vista a Murtas, sin que pudiera yo precisar cómo ni por dónde llegó a incorporárseme.- Cuando reparé en él, ya estaba a mi lado, dirigiéndome la palabra.

-Hoy va usted a perecer, -fue la frase con que me avisó su presencia.

Volvime asustado, como si hubiera oído el silbido de una serpiente, y me encontré con que llevaba a remolque a un hombre joven todavía; pobre y suciamente vestido, con chaqueta, pantalón largo y alpargatas; flaco y pálido como la misma muerte; con barba de unos quince días, que le tiznaba toda la parte inferior del rostro; de grandes y hermosos ojos negros, ancha boca, propensa a reír de una manera cínica y amarga; nariz, frente y cejas de puras y correctas proporciones, y un aire, en fin, en toda su figura, de artista mendigo, de proscrito vagabundo, casi, casi de judío errante.

-¿Quién es usted? -le dije.

-¿Pues no me conoce usted? -exclamó, sin dejar aquella sonrisa, yerta como la de un cadáver.

-Tiene usted razón. Yo he visto esa cara en alguna parte...

-Me vio usted anoche. Soy el Propio de Albuñol que les llevó a ustedes el correo a Murtas.

-Es verdad, -pensé, tranquilizándome por entonces.

-Y como llevamos el mismo camino...- prosiguió diciendo.

-¡Ah! ¿Usted regresa también a Albuñol?... ¿Y qué hablaba usted de perecer? -interroguéle, procurando dar el mismo tono a aquellas dos preguntas.

-Decía que, con la mañana que hace, no debe usted ir a Albondon por la Contraviesa...

-¿Pues?...

-¡A no ser que quiera usted que se lo lleve el aire, o morir helado! Eso va en gustos...

Yo no le contesté al pronto. El lenguaje de aquel hombre me repugnaba profundamente. Su estilo, su acento, sus ademanes, su gesticulación, todo era insultante en él..., acaso sin poderlo remediar.- Sólo la intención resultaba sana.

Dígolo, porque algunos momentos después, al llegar al lomo de la Contraviesa, nos envolvió una horrible ventisca que me obligó a hacer alto.

-Veo que tiene usted razón, -le dije entonces.- Pero es el caso que yo no sé otro camino...

-Eche usted por aquí, -respondió él inmediatamente, dejando la cola y cogiendo las riendas de mi caballo.- Estos barrancos, aunque rodeando un poco, conducen también a Albondon.

-Bien; sí...; ¡pero suelte usted las riendas! -prorrumpí yo descompuestamente.

El hombre se rió; dejome pasar, y repuso:

-Lo único que le podrá suceder a usted en estos barrancos es que caiga un aguacero, salgan los arroyos y se lo lleven a usted de cabeza al Mar...

-¡Tristes ideas tiene usted, buen hombre! -no pude menos de decirlo, disimulando algo mi mal humor.

-¡No tan tristes como los caminos de la Alpujarra! replicó él con la misma ironía de siempre.- ¡A ver cuándo hacen ustedes aquí carreteras y ferrocarriles, para que sepamos lo que es una rueda! Viejo hay en estos contornos que no ha visto en toda su vida ni un coche, ni una galera, ni un carro... nada, en fin, que ruede; y el que ha visto esas cosas ha sido porque ha estado en Motril o Almería... ¡Por supuesto que lo mismo da a cuestas que al hombro!... ¡De todas maneras... aguaderas!...

Y al pronunciar esta última frase, adelantose para mostrarme la cara, en la cual vi una mueca lúgubre y espantosa, que indudablemente quería ser, y era en efecto, la caricatura de la Muerte.

El tal hombre volvió a causarme un miedo pueril, ridículo, fantástico... pero no menos incómodo por eso...

¡Acababa de representárseme cierto horrible monigote de trapo que, en mi ciudad natal, amanece ahorcado de tal o cual balcón la mañana del SÁBADO DE GLORIA, representando el castigo que se dio a sí mismo el desesperado Judas Iscariotes!...

Apreté, pues, al caballo en cuanto pude, y lo dejé atrás.

[...]



La idea de tomar por los barrancos en lugar de seguir por la Contraviesa había sido muy oportuna. Tan luego como descendí un centenar de metros por aquellas laderas, encontreme en unos valles abrigadísimos y ricos de vegetación, donde no llovía ni hacía aire, si bien estaban cubiertos de una techumbre de nubes sumamente bajas, que parecían toldos de lona tendidos sobre morunos patios llenos de macetas.

Una vez libre del Propio, y en tanto que solazaba mi vista en aquellos amenos parajes, mi imaginación y mi juicio entablaron el siguiente diálogo, que demuestra cuán tristes vapores y dolorosas resonancias quedaban aún en mi cabeza, por resultas de tantas y tantas historias como había recordado en la Alpujarra.

-¿Quién será ese hombre que me sigue desde Murtas?

-Desde luego es el propio que nos envió de Albuñol nuestro mejor amigo, y, por consiguiente, una persona de toda confianza...

-Pero eso no quita para que pueda ser un alma del otro mundo!... Ni por un momento se me ha ocurrido ver en él un ladrón, ni un asesino, ni un espía. Mis recelos pertenecen al orden sobrenatural...

-Pues Judas no puede ser... Judas era rubio.

-¿Será el Demonio?

-¡Ca! ¡Para bromas está hoy Lucifer! CRISTO se halla a estas horas en los Infiernos, en busca de las almas que esperaban su santo Advenimiento y que han de acompañarlo en su gloriosa Resurrección... No hay miedo de que el Príncipe de las tinieblas se aparte de allí un solo instante.

-Entonces, puede que sea FRANCISCO BARREDO, el que dispuso la captura y muerte de ABEN-ABOO.

-¡Qué disparate! A BARREDO lo mataron en Tetuán en un convite. Por consiguiente, no tiene a qué venir a la Alpujarra.

-Entonces, puede que sea ABEN-FARAX, el verdugo de los sacerdotes alpujarreños, el que ambicionaba el trono de ABEN-HUMEYA.

-Sí, que le da un aire!... Pero FARAX había cambiado mucho de fisonomía cuando murió...

-Pues ¿cómo murió?

-Murió de viejo, pidiendo limosna a los cristianos por las calles de Granada. Mas, antes, sufrió un tormento de que ese hombre no conserva señal alguna. Sus propios amigos, así que creyeron haberlo matado, cosa que no consiguieron, deshiciéronle el rostro, magullándoselo con piedras, y dejáronlo tan desfigurado y horrible, que nadie hubiera podido reconocerlo, si él mismo no fuese diciendo a todo el mundo su nombre, -más deseoso tal vez de que le dieran la muerte que el pedazo de pan que ponían en su mano!

-Nada: no es ABEN-FARAX...- Sigamos pensando...- ¡Como no sea ABEN-COMIXA, aquél que les vendió a los REYES CATÓLICOS la persona y la hacienda de BOABDIL...

-Tampoco lleva eso camino...-A ABEN-CORIXA lo mataron en África después de haber sufrido tantas metamorfosis que no le habrá quedado gana de transformarse de nuevo. Primero, abjuró la Ley de Mahoma y se hizo fraile Francisco, bajo la protección de DOÑA ISABEL y de D. FERNANDO. Luego, renegó la fe de Jesucristo y entró al servicio del Rey de Bugía, que lo nombró Gobernador de Argel. En seguida, trató de entregarle al conde Pedro Navarro esta codiciada ciudad, y, entonces los argelinos lo cosieron a puñaladas.

-¿Quién será?

-¿Quién ha de ser? ¡Un propio! ¡Un vecino de Albuñol!

-Mejor es creerlo así.



A todo esto, había llegado a una rambla estéril y melancólica, y dado vista a un pueblecillo con que no contaba, -quiero decir; de que no tenía noticia alguna...

Componíase de unas cincuenta o sesenta casas; pero casi todas ellas estaban en ruinas, sin que tampoco se descubriera alma viviente en las que permanecían de pie.

Era una muestra viva de los lugares que quedaron despoblados después de la expulsión de los moriscos.

Parecía una Nínive en miniatura.

-¿Cómo se llamaría este pueblo? -me pregunté interiormente.

Y paré el caballo, para que bebiese agua en un arroyo sin objeto que atravesaba alegremente aquellos solitarios parajes.

-Se llama la Cortijada de los Peñaleros, -díjome, en son de respuesta, una voz harto conocida...

¡El propio se hallaba a mi lado, mirándome de hito en hito, riéndose fúnebremente, y... adivinandome los pensamientos!

-¿Es usted andarín? -exclamé.- ¡Yo lo hacía a usted a media legua de distancia!

-Por andarín me tienen sin duda, cuando me envían de propio, -respondiome, muy satisfecho de aquella nueva lección que me daba.

Y luego prosiguió:

-La rambla en que estamos lleva el mismo nombre de los Peñaleros.- En cuanto a esas casas que ve usted, casi todas siguen desocupadas.- Cualquiera diría que en otro tiempo pasó por aquí el cólera...- Pues no, señor.- Quien paso por aquí fue la guerra.- Ahora: lo que yo no sabré decir es si los puñaleros de que se trata fueron cristianos o moriscos...

-¡Hola! ¿Usted también...- exclamé maravillado.

-Yo también, -me interrumpió el desconocido, adivinando el resto de mi frase.

Y se cruzó de brazos, como retándome a una polémica.

No había más remedio que transigir.

Indudablemente, se trataba de un hombre muy listo, muy vivo de genio, muy sin ventura, y muy mal educado; pero inocente de todo punto.- Su rostro revelaba más tristeza que maldad.- Ya me iba acostumbrando a él.

-¿Con que usted es también aficionado a las cosas pasadas? -díjele medio amistosamente.

-¡Yo lo creo! -respondió con la viveza de una ardilla.- Mire usted: cuando los cuatrocientos mil moriscos del Reino de Granada fueron internados en otras provincias de España, quedaron despoblados 400 lugares, entre ellos todos los de la Alpujarra, y, para repoblar unos y otros, vinieron 12542 familias de Extremadura, de Galicia, de Castilla la Vieja y de los montes de León; pero, pareciendo poca aquella gente, sólo se repoblaron 270 lugares, correspondiendo a los de este territorio los siguientes cupos:

Bérchules, 48 familias.- Ugíjar, 110.- Nechite, 26.- Mecina Alfahar, 25.- Laujar, 152.- Alcolea, 35.- Presidio de Andarax, 80.- Fondón, 64.- Bayanreal, 47.- Cherin, 13.- Laroles, 77.- Picena, 42.- Darrícal, 24.- Mairena, 44.- Berja, 200.- Jubiles, 16.- Trevélez, 24.- Valor, 73.- Narila, 25.- Cádiar, 35.- Yegen, 21.- Mecina de Bombaron, 85.- Almejijar y Notáez, 32.- Tímar y Lobras, 20.- Cástaras y Nieles, 36.- Murtas y Turón, 50.- Cojáyar, 15.- Poqueira, 70.- Pitres, 49.- Capileira, 16.- Aliacar, 16.- Ferreirola, 16.-Mecina Fondáles, 16.- Fondáles, 15.- Pórtugos, 56.- Atalbéitar, 10.- Padules, 45.- Canjáyar, 66.- Almocita, 31.- Ohanes, 36.- Béires, 41.- Dalías, 83.- Adra, 25.- Órgiva, 130.-Cáñar, 35.- Benisalte, 12.- Soportujar, 30.- Soites, 14.- Caratáunas, 16.- Bayaces, 12.- Benisier, 15.- Busquístar, 33...

En cuanto a Albuñol, no está en el Libro.

-¿En qué Libro? -pregunté yo, asombrado de aquella singular erudición y de aquella prodigiosa memoria.

-En la Relación Auténtica de la creación de la Renta de Población del Reino de Granada, compuesta por D. Manuel Núñez de Prado, veedor y contador de la Alhambra.- Granada, 175577.

-¿Y usted ha leído esa obra?

-Naturalmente.

-¿Cómo naturalmente?

-Es claro: por razón de oficio.

-Pues ¿qué oficio es el de usted?

El hombre se encogió de hombros y no me contestó.- Al cabo de unos instantes, prosiguió diciendo de este modo:

-Así que me aprendí el libro de memoria, se lo vendí a un baratillero de Granada que pasó por aquí. Había sido de mi padre; pero yo lo hallé muy defectuoso. Faltan en él muchos pueblos, que sin duda se repoblaron después; y, por la inversa, figuran algunos que ya no existen.- Los pueblos se mueren con el tiempo, como las personas.

-¿Sabe usted, amigo, que es usted un hombre muy particular?

El propio se rió de una manera más triste, pero también más afable que solía, y murmuró dolorosamente:

-Eso dicen: que soy un hombre muy particular.

-Particularísimo, -repuse yo, volviendo a mis cavilaciones.

Y metí espuelas al caballo.



Pero no había dado cuatro pasos, cuando sonó un tiro, y luego otro, y luego, dos o tres seguidos, todos ellos en las altas laderas que limitaban aquella rambla.

El caballo se paró por sí mismo, y hasta quiso retroceder.

Yo miré al propio, más alarmado que nunca, y como pidiéndole cuenta de aquello.

El propio se reía espantosamente.

-¡Qué bárbaros! -decía.- Se han anticipado lo menos una hora.

-¿De qué bárbaros habla usted? -exclamé yo, requiriendo mi revólver.

-De los cortijeros de estas cercanías.

-Pues ¿qué hacen?

-¿No lo oye usted? ¡Apenas son las nueve, y ya tocan a Gloria!

-¡Tocan a Gloria! -repetí maquinalmente...

Y sin saber por qué, mis ojos se llenaron de lágrimas.

Transcurrieron algunos instantes.- Quiteme el sombrero, y recordé los versos con que principia el Fausto.

-¡Brutos! -seguía gritando el propio, respondiendo con fuertes carcajadas a los tiros que sonaban por todas partes.- ¡Bestias! ¿No veis que todavía no son las diez? ¿No veis que aún falta una hora para el Gloria in excelsis Deo?

A pesar mío, me eché a reír.

-¿Es usted de Iglesia? -le pregunté a aquel energúmeno.

-Casi, casi...- me respondió con cierto énfasis.

-¡Es el Demonio! -volví a pensar, más sobresaltado que nunca.

Y disparando al aire los seis tiros de mi revólver (lo cual puso el colmo al terror del caballo), eché a correr a toda brida, y me encaramé en la montaña próxima, por donde erré perdido mucho tiempo, hasta que el repique triunfal de unas hermosas campanas sirviome de norte para descubrir la villa de Albondon.



Dos horas después, mi amigo el señor cura y yo departíamos de sobremesa en su bendita casa, -en tanto que los hijos de Albondon seguían atronando el espacio con salvas, repiques, vivas, coplas de fandango, tañer de guitarras, largo tiempo mudas, y todo género de demostraciones de júbilo por la Resurrección de CRISTO.

-Le repito a usted, señor cura, que hoy he viajado con el Demonio, -decíale yo muy seriamente.- Pero ¡mírelo usted! Por allí asoma...

En efecto: a través de los cristales de un balcón próximo, acababa de ver penetrar en la plaza del pueblo a mi siniestro acompañante.

El cura se echó a reír.

-Conozco a ese pobre hombre, -dijo luego.

-¿Quién es?

-Nunca me perdonaría usted el que se lo dijese ahora. Nuestros amigos se lo dirán a usted esta tarde en Albuñol.

-Pero, en fin...

-¡Ni una palabra más! Bástele a usted por el momento saber que es una persona honrada.

-Me resigno, señor cura.

Rodó luego la conversación sobre la expulsión de los moriscos, único asunto que me preocupaba ya en la Alpujarra, y, después de una larga controversia, en que salieron a relucir todas las apuntaciones de mi cartera de viaje, quedaron en pie, a mi juicio, los hechos siguientes:

Primero: Que «todos los moriscos del Reino de Granada que se sometieron fueron trasladados a distantes comarcas y los que se ocultaron fueron cazados como fieras y entregados al verdugo. Muchos lograron escaparse (continuaba diciendo el texto); pero el amor de la patria los trajo de nuevo a Andalucía, donde fueron quemados. La situación de aquéllos que fueron llevados al interior de España fue peor que la esclavitud. Hablar la lengua arábiga, tocar un instrumento morisco, etc., eran crímenes que se castigaban con galeras...».

Segundo: Que los moriscos que prefirieron irse a África a ser internados en la Península, «pasaron a Berbería, sirvieron a ABDEL-MELIC Rey de Fez, bajo el nombre de andaluces, y contribuyeron eficazmente a la derrota y muerte del Rey de Portugal D. Sebastián junto al río de Alcázar-Quivir».

Tercero: Que, cuando Felipe III decretó la expulsión definitiva de todos los moriscos que había en España, ascendían éstos a más de un millón de personas, de las cuales el bando real exceptuaba a los muchachos de menos de cuatro años que quisieran quedarse, a no oponerse sus padres o tutores: que, al principio, no hubo padre que consintiera en ello; pero que, después, cuando supieron la triste suerte que les aguardaba donde quiera que iban (en Italia y Francia los rechazaban o perseguían considerándolos moros: en África, Asia y Turquía los maltrataban y despedían considerándolos cristianos), viose a muchos vender sus hijos antes de embarcarse: que el mismo bando perdonaba seis familias en cada lugar de cien casas, para conservar en el Reino los conocimientos prácticos de agricultura y labranza: pero que los exceptuados optaron por irse, besando la arena de las playas, embarcándose al son de instrumentos y saltando a las naves con grande regocijo.

Cuarto: Que esta expulsión total principió por el Reino de Valencia, cuya numerosísima población morisca, a pesar de haberse comprometido previamente a alzarse en armas al mismo tiempo que los granadinos, no secundó el movimiento de ABEN-HUMEYA: que, así que los moriscos valencianos vieron cuán mal se les pagaba la traición que habían hecho a sus correligionarios y su fidelidad a FELIPE II y FELIPE III, se sublevaron, reproduciendo las matanzas y sacrilegios de los antiguos Monfies y la denodada resistencia de los guerreros alpujarreños; pero que ya era tarde..., y fueron muy en breve reducidos y presos, viéndoseles apiñados, desnudos y hambrientos morir en nuestras playas o en aquéllas a que se les conducía, en medio del más absoluto desamparo...; de tal modo que se calcula en cien mil el número de los que perecieron aquellos días en España, en el mar, o en las inhospitalarias costas en que se les desembarcaba.

Quinto: Que estos espantos tuvieron la sanción previa de uno de los más ilustrados Reyes de Francia, -FRANCISCO I, -quien ya motejaba a Carlos V porque toleraba a los moriscos en sus Estados, siendo Emperador y Rey Católico; pero que, en cambio, el gran cardenal RICHELIEU, al saber que FELIPE III había expulsado novecientos mil de sus más laboriosos súbditos, dijo que era «el consejo más osado y bárbaro de que hace memoria la historia de todos los anteriores siglos».

Y sexto: Que el cardenal de RICHELIEU debía de tener razón, visto que CAMPOMANES, el insigne estadista, dice que «el punto de decadencia de nuestras manufacturas puede fijarse desde el año de 1609 en que tuvo principio la expulsión de los moriscos»; y visto además que Fray Pedro de San Cecilio, varón muy docto y santo, los llama «gente aplicada, continua en el trabajo, enemiga de la sociedad, que con su ejemplo obligaban a trabajar a los cristianos viejos, cultivar sus heredades y labrarlas».

-Duéleme, -dijo el señor cura cuando acabé de fijar estos hechos,- verlo a usted dar la razón a los moriscos contra los cristianos.

-A mí también me duele tener que hacerlo, -respondí.- Yo hubiera querido que prevaleciese el primer pensamiento de ISABEL LA CATÓLICA; que se hubiera empleado la tolerancia, el amor y la persuasión para convertir a los moros a la Fe cristiana; que se les hubiese hecho conocer y adorar todas las excelencias de la doctrina de JESÚS, y que la mansedumbre, la caridad, la paciencia, el perdón de los enemigos, el sublime principio de alteri ne faceris quod tibi fieri non vis, la humildad, la santificación de la pobreza, todos los tesoros del Evangelio, hubieran brillado a los ojos de los infieles, en lugar de las hogueras y de las armas. De este modo, no sólo los habríamos conservado para nuestra tierra y ganado para el Cielo, sino que nuestra acción evangelizadora y civilizadora hubiera transcendido a África, ¡a ese desdichado continente tan vecino a nuestras costas, cerrado a toda luz, a toda esperanza, a toda felicidad digna del espíritu humano! De este modo también, hubiéramos impedido que por la misma puerta que salieron de España, primero los judíos y luego los musulmanes, entrara en ella este horrible descreimiento religioso que va trocando a los pueblos en manadas de bestias feroces! Sí, señor cura: la intolerancia, la violencia, la crueldad de nuestros Reyes austriacos y el mal encaminado celo de nuestros sacerdotes; el fanatismo y la ambición de poder de la Inquisición; la supersticiosa repugnancia y la bárbara sevicia con que tratamos a aquellos hermanos (y ya compatriotas nuestros) que vivían en el error, fueron causa de que el puro venero del cristianismo se dividiera en dos corrientes, y de que por una fluyese en adelante su espíritu humanitario, liberal, democrático, consolador y redentor de los humildes y afligidos, y por la otra la autoridad del dogma y el dogma de la autoridad!... Llámele usted Reforma; llámele usted Revolución; llámele usted Racionalismo; llámele usted Impiedad... todo es para mí la misma cosa: todo es para mí el divorcio que sobrevino entre la Iglesia y la civilización, desde el momento en que una mal entendida defensa de la Fe (la defensa que se hizo por medio de persecuciones, de expulsiones, de tormentos y de hogueras), dio margen a que inteligencias enfermizas, hombres de más pasión que sindéresis y discernimiento, mirasen la Religión del Crucificado con una prevención que sólo debieron inspirarles los que abusaban de su sagrado nombre. ¡JESÚS no arrojó del templo las Tablas de la Ley, sino a los mercaderes! Sin embargo, lo repito: los insensatos filósofos posteriores al Renacimiento, y sobre todo los del siglo pasado, confundieron la Religión con los tiranos que la explotaban y contradecían, y de aquí la situación a que hemos venido; de aquí esta orfandad en que va quedando el género humano en nuestra culta Europa; de aquí el descreimiento que usted y yo deploramos tanto; de aquí la rebelión de los pobres, de los tristes, de los menesterosos, de los tullidos de la Piscina..., no ya diciendo: «¡Viva JESÚS, que nació en un pesebre!», sino diciendo: «¡Viva el Becerro de Oro!...»; de aquí, en fin, la pavorosa Internacional, última fórmula y apocalíptico derrumbamiento de este edificio social que lleva veinte siglos de existencia!

-Y ¿qué remedio?...- exclamó el digno sacerdote, con el generoso ímpetu de un mártir.

-No veo más que uno..., y ese...

-¿Qué?

-Está en manos de la Iglesia...

-No me sorprendería... Pero, en fin... Explíquese usted más claro.

Mediaron unos instantes de silencio, al cabo de los cuales añadí:

-La receta no la he inventado yo... Pensadores más profundos la formularon hace tiempo... y ¡usted, debe conocerla! Por mi parte, no es tampoco ésta la primera vez que la proclamo... Once años han pasado desde que, al escribir la historia de otro viaje por el estilo de éste, procuré que todas sus páginas fuesen una indicación de ese mismo remedio a la enfermedad que corroe las entrañas del mundo latino...

-Pero, en fin, ¿cuál es el remedio?

Yo me acerqué al Padre de almas, y le dije tres palabras al oído...

El cura no me respondió nada, ni pestañeó siquiera...- Su actitud era sublime.

Y así pasaron no sé cuántos segundos.

-Con que adiós, señor cura, -exclamé entonces, respetando como debía aquel prolongado silencio.- Me marcho... es muy posible que no nos veamos más... Voy a dejar la Alpujarra, postrimer escenario de la gran cruzada nacional contra los moros...; y, al tiempo de partir, y a pesar de lo que acabo de decirle a usted, vuelvo a ser poeta, y repito las últimas palabras que pronuncié ayer mañana al abandonar a Laroles: «¡DICHOSA EDAD Y SIGLOS DICHOSOS AQUÉLLOS EN QUE HABÍA MOROS Y CRISTIANOS; EN QUE CADA CUAL LUCHABA Y MORÍA POR SU FE; EN QUE EL IDEALISMO DIRIGÍA LAS ACCIONES HUMANAS: EN QUE ESTA CORTA VIDA ERA COMO UN TORNEO EN QUE SE DISPUTABAN LOS HOMBRES EL DERECHO A LA INMORTALIDAD»... Adiós, señor cura; adiós...

-Adiós, y ÉL le acompañe, -díjome con infinita tristeza, recibiéndome en sus paternales brazos.

Y partí.



Una hora después, el propio y yo asomábamos por la cumbre del monte a cuyas faldas se recuesta Albuñol.

Era la primera vez que entraba yo en la sarracena villa por aquellas alturas, y también la primera en que aparecía ante mis ojos su cementerio, mucho más alto que las ramblas por donde habíamos caminado hasta entonces e invisible desde ellas por consiguiente...

Aquel mudo recinto, aquel otro Albuñol, cuyo hambriento suelo habrá de tragarse poco a poco a todos los amigos de que iba a despedirme, como en el espacio de dos años ya se ha tragado a algunos, está situado a la izquierda del pueblo, en una triste y melancólica soledad.- Altas hierbas ocultan casi por completo las negras cruces plantadas sobre una y otra sepultura, y sólo en una de sus elevadas tapias se ve un grupo de estos nichos de moda..., que no sé para qué se han inventado, pues lo cierto es que a nadie se le ha ocurrido todavía ir a contemplar el esqueleto de sus muertos queridos.

En cuanto al Albuñol viviente, mostrábaseme más bello y animado que nunca, coronado de flores, vestido de luz por el espirante Sol del SÁBADO DE GLORIA, y cobijado por un purísimo cielo de primavera, en que flotaban algunas pintadas nubes, como cortinajes de gala, pregoneros del alborozo de aquel día...

-Yo me marcho por aquí, si usted no me manda otra cosa, -díjome entonces el propio, rompiendo el silencio que, sin duda por encargo del señor cura, había guardado desde que salimos de Albondon.

Y al pronunciar aquellas palabras, me designaba con el dedo una tortuosa vereda... que no conducía a la villa.

-Vaya usted con Dios, -le contesté, no sin que aquella nueva excentricidad del misterioso personaje me llamara mucho la atención.

Quedéme, pues, en la altura, para observar hacia dónde se encaminaba, y lo fui siguiendo con la vista..., más y más asombrado a cada instante, al reparar que se dirigía al cementerio.

Llegó efectivamente a la puerta de la fúnebre morada: llamó, y le abrieron: volviose entonces hacia mi, como adivinando que yo no me había movido de aquel sitio; saludome familiarmente con la mano, y penetró en la mansión de los muertos.

[...]

Era el sepulturero de Albuñol.