Lágrimas
de Fernán Caballero
Capítulo XXVI

Capítulo XXVI

Después que D. Roque trajo su hija a Villamar y la dejó instalada en casa de su pariente, con la agradable perspectiva de que mejoraría de salud, se establecería allá casándose con su primo el interesante Tiburcio, y que sería muy feliz, cosas todas que le parecían sencillas y seguras consecuencias unas de otras, quiso darse la satisfacción el sibarita de disfrutar por su cuenta. Libre ya de todo cuidado en punto a su hija, esa poquita cosa, como él la llamaba, a la que había hallado una colocación proporcionada al aprecio en que la tenía; dueño único y absoluto de millón y medio de duros, encumbrado por estos entre las notabilidades de la aristocracia financiera, satisfechos sus afanes pensó en satisfacer sus deseos.

Mas antes de pasar adelante, tenemos acá que satisfacer tu curiosidad, lector de las Batuecas, que se ha despertado con las palabras de que nos hemos valido. Lector, tú eres muy preguntón; te advertimos que preguntar es de mal tono.

¿No sabes, lector de las más remotas Batuecas, que en el siglo de las luces todos nacen sabiendo, que en su vida preguntan los hijos del diez y nueve, sino en que día estamos hoy? Van a creer que tienes más de cincuenta años y que naciste en el siglo pasado.

Otra cosa vamos a hacerte presente, amigo lector.

Un autor francés ha dicho: «Las preguntas demuestran los alcances o extensión del entendimiento, y las respuestas su agudeza.» Ten, pues, presente que las tuyas no demuestran la más mínima extensión, y no quieras comprometernos a que se diga lo propio de nuestras respuestas en punto a agudeza.

La primera pregunta fue ¿qué era notabilidad? Y ya te lo hemos explicado una vez; pero es preciso, ya lo vemos, cuchara de bayeta.

Es notabilidad una palabra con muchas letras y poco sentido; equivale a un título honorífico sin emolumentos ni obligaciones. Es la categoría del ab libitum, puesto que para obtener ese dictado basta que tu vecino diga: hágote notabilidad, a la manera que otro decía a lo que comía: hágote pichones. La notabilidad tiene tamaños muy variados, las hay tamañas como panderetas y tamañas como plazas de toros. Es una distinción que indica una importancia incalificada, a la manera que indica una persona las voces fulano, mengano, o zutano.

En cuanto a la otra pregunta sobre lo que quería decir aristocracia financiera, estos son otros cantares. Tú creías que la aristocracia era nobleza, y que esa andaba como las lechuzas, huyendo de las luces del siglo que la quieren mal, en las altas torres y ruinas de sus castillos. Lector, si tal crees, abusas de los privilegios de tus Batuecas. La nobleza hoy día no tiene nada de lechuza, se muere por las luces, no lo bastan las bujías, quiere las del gas, como en las calles, como en los cafés.

Direte, pues, lo que es hoy aristocracia, y no contesto a más preguntas. Aunque el preferido, no eres nuestro solo lector: hay algunos otros, y al fin se van a impacientar con tanta lección que te damos, nos van a llamar maestro ciruela, y esto es denigrante para un autor. La aristocracia tiene la vida dura. Por más que la han derribado, la han herido y sacado su mejor sangre sus enemigos, no murió. Vinieron varias notabilidades a las que no pareció mal, y la cortaron a pedazos llevándose cada uno su parte. La aristocracia como el pólipo, vivió en cada una de sus partes. El talento cargó con la cabeza. La política con las manos. El dinero con los pies: a sus primitivos poseedores les quedó el tronco. Hay, pues (ve contando lector y no mires así con la boca abierta como si te estuviese contando un cuento fantástico de Hoffman) una, la existencia de la nobleza llamada sangre azul (ya ha tomado varios tintes); como es solo el tronco del cuerpo, ni piensa, ni obra, ni anda, pero conserva el corazón y siente.

Hay la del talento, (dos), la cabeza, pensadora, desdeñosa, vana y... calva.

Hay la de la política (y van tres), las manos, activas en guerra la derecha con la izquierda; empuñando la espada y la pluma, tocando el compás al cual ha de bailar el mundo que quiera que no.

Hay la del dinero (y son cuatro) los pies, firmes y pesados, pisando recio, tratando las cosas con la punta o con el talón, al que ciñe espuela de oro.

Las cuatro se saludan profundamente, se dan la mano, y no se pueden ver, se odian, se envidian y desprecian.

¿Te hemos desilusionado de las aristocracias? Pues vamos a ver si te reconciliamos con ella hablándote de otra, de la verdadera, sin la cual todas las otras no son nada. Esta es la del alma. Esta la tienen o no los que forman parte de las otras aristocracias, y la tienen también los que no pertenecen a ellas, puesto que es una gracia de Dios en la naturaleza humana, como lo son las flores en la física. Se halla cual ellas en los campos y en los palacios; cual ellas, tiene en estos más bellos colores y más brillo, en los campos aun más perfume y más sencillez. Esta aristocracia se ignora a sí misma como la inocencia. Pasa con su blanca túnica de amianto entre el fuego de bajas y malas pasiones, ilesa. Es pura como los aires de altas sierras, acoge a los simples de espíritu como el caudaloso río a los arroyuelos de aguas puras y cristalinas. El entendimiento la comprende, admira e imita, pero genuina sólo existe en el alma. Tiene cuatro cualidades que forman con ella una misma esencia, y son la delicadeza, la generosidad, la franqueza y el aprecio: le son por tanto lo más opuesto, la grosería, la avaricia, la falsía y el desprecio.

Es, pues, como has visto, lector, la aristocracia hoy día, un aderezo con que se engalana la sociedad, compuesto de perlas, que no todas son de número y de brillantes pulidos y por pulir.

A D. Roque, pues, le pareció bien dignarse hacer participar al blasón de sus talegas, y a los pergaminos de sus letras de cambio. Esta acendrada satisfacción se la concedía a sí mismo en su refinado egoísmo, cuando lo había sacado de quicio sola la idea de que su pobre hija, pudiese desear para su felicidad una cosa análoga.

No había podido D. Roque tratar tanto y de tan cerca a aquella hermosa mujer, la Marquesa, sin que sintiese despertar en él... ¿qué diremos? Sería profanar la palabra amor si la aplicásemos a los sentimientos que semejante hombre pudiese abrigar. Era una especie de seducción profunda que ejercía la belleza sobre las sensaciones de un hombre poco gastado, puesto que D. Roque nunca había mirado con buenos ojos sino a los pesos duros; era una seducción no menos poderosa la que arrastraba a su amor propio y vanidad, que eran excesivos, la idea de poder decir de aquella noble, elegante y distinguida señora mi mujer, con lo que se habría llenado la boca, lo mismo que cuando hablando de su caudal, decía mis millones, y era por último la influencia magnética, el imán irresistible que tiene lo superior sobre lo inferior, al que es inútil combatir; superioridad que se niega de boca y se confiesa de hecho, río que arrastra sin valerse de más medios que de su propia corriente.

A pesar del alto aprecio y reverendo culto que tenía al dinero, y parecerle al inflado nabab, que el hombre que se presentaba poseedor de millón y medio de duros, debía necesariamente ser un César para toda mujer nacida y por nacer, había algo que no definía, que zumbaba indistintamente como una mosca importuna alrededor de su acostumbrada osadía, y le infundía algo parecido a desconfianza. No era esto por cierto hijo de la delicadeza inseparable del verdadero amor, la cual hace tímido a un rey cerca de una pastora; era la conciencia, que por cima de su prosopopeya y sin que pudiese ahogar su graye voz el sonoro sonido de sus talegas, le murmuraba que había una inmensa distancia entre la más alta superioridad moral y la más baja inferioridad, la que no deja de existir, aunque el mundo y las circunstancias la aproximen. Ello es que D. Roque, como hombre prudente que era, había reforzado su plan de ataque, con alguna artillería de reserva que debía abrir brecha en la sitiada plaza, si no se apresuraba a recibir en palmas al que quería hacerse su dueño. Se había dicho allá en sus adentros: «¿y si no quisiese? ¡Las mujeres son tan raras, tan caprichosas! Si se hace la remilgada, le haremos la forzosa.» Débese advertir que D. Roque había estipulado en su infame contrato, al prestar el dinero a la Marquesa, que cada año cumplido, ambos contrayentes quedaban en libertad de rescindir o renovar el contrato según les conviniese, diciendo con aparente consideración a la Marquesa, que ponía esa cláusula en favor de ella, porque pudiéndose casar su hija de un día a otro, podía convenir a su marido libertar el caudal cuanto antes. El primer año había transcurrido y el plazo primero iba a cumplir en breve.

-Bien venido, D. Roque, -dijo la Marquesa al millonario al verlo entrar una mañana en su cuarto, ocultando hábilmente la repulsa que le inspiraba su grosero y vulgar acreedor-, ¿desde cuando ha llegado usted? ¿Y Lágrimas? ¿Cómo está la pobre niña?

-¡Oh! Mucho mejor. Efectivamente, Cádiz no le sentaba, la he llevado al campo y le va a las mil maravillas, está muy contenta, muy distraída; tiene allá un primo, y creo no tardaremos en comer dulces de bodas.

-¡Cuánto lo celebro, y cuánto se va a alegrar Reina si es cosa del gusto de ella y del de Vd.! Es un angelito esa niña, pero muy delicada, la debéis cuidar mucho, D. Roque.

-Es claro, así se hace, madama. ¿Pero Vd. cómo está? Cada día más hermosa; es Vd. obra de romanos.

La Marquesa se sonrió al oír este grosero y chabacano cumplido, y notar el airecito jaque de D. Roque al hacerlo. La sonrisa de burla y de supremo desdén de la Marquesa, fue interpretada en otro sentido por D. Roque, que creyó equivalía a un atento pase Vd. adelante al primer golpecito dado a la puerta.

Don Roque nunca había hablado el elevado y delicado lenguaje del amor culto y apasionado, es claro que tampoco había enamorado, voz perfectamente adecuada para los que miran al amor como una cosa, un pasatiempo, un oficio. ¡Han hecho de un verbo recíproco, un verbo activo! ¿Qué es enamorar? Antes el leal obsequiaba, el vil seducía, parece que el enamorar es el justo medio, ¡progresos! ¡Adelantos!

Don Roque, pues, no había ni paseado por ese jardín, ni andado por ese huerto de Cupido, y unía en estas materias lo infecundo a lo inexperto; así era que la Marquesa se hallaba frente de un especie de monstruo, insensible, torpe, sin gracia y material. Si se hubiese podido dar cuenta de su situación, situación que no sospechaba siquiera, la hubiese hallado análoga a la de Andrómeda, amenazada por la Quimera.

-Acabo de hacer mi balance por ciertas circunstancias que me obligaron a ello antes de venir aquí, -dijo D. Roque, echando mano a este argumento como para poner la cuestión que se iba a tratar bajo su exacto punto de vista-. ¿Sabe Vd. lo que tengo?

-¿Cómo quiere Vd. que lo sepa, D. Roque?

-Treinta milloncitos a toca teja.

La Marquesa, que no entendía una palabra de negocios, al oír hablar de balances se había estremecido, pues debiendo en estos días cumplir el año del contrato, había temido viniese D. Roque, como lo había hecho otras veces, a hablarle de apuros y de falta de metálico, cosa que hubiese podido llevarlo a necesitar del dinero que le tenía dado; así fue que al oír a Don Roque respiró, y dijo complacida y con un aire de satisfacción que clavó más a D. Roque en lo hábil de su estrategia:

-Sea muy enhorabuena.

-¿No le parezco a Vd. un buen novio? -preguntó el nabab, que pensó que el mejor modo y el más corto de entrar, no era el de llamar a la puerta sino el echarla abajo.

-¡De los pocos! -contestó la Marquesa chancera, por creer que la pregunta lo era.

-¿Encontraría yo media naranja? -siguió preguntando con risita satisfecha el nabab.

-Jesús, -respondió riéndose de la pregunta la Marquesa-, cuantas Vd. quisiera.

-No quiero más que una; pero esa una ha de ser tal que valga por muchas; bocato di cardinali. Roque la Piedra, señora mía, puede y quiere picar alto. Si tiene buena suerte, tiene también buen gusto, y sintiéndose como remozado por su empresa amorosa, y como traspuesto a sus tiempos buenos de gastador, -añadió con ojos saltoncitos-: la prenda que a mí me conchabe, ha de tener tres pares de tacones, la sal por castigo y la gracia de sobra; ha de ser entre lo bueno lo mejor, y de lo fino la flor y la nata, así como Vd., Marquesa, Vd. que vale su peso en oro.

Fue tal la sorpresa de la Marquesa al oír estas palabras, que mejor se denominaría asombro, que se quedó inerte con los ojos desmesuradamente abiertos, y aquella mujer de réplica tan pronta y aguda, no halló que contestar bajo el peso del tedio, del asco, del desvío y de la indignación.

-¡He! ¿Qué le parece a Vd.? -añadió D. Roque satisfecho del efecto que producía, y acercando su silla-; Esto no estaba escrito en sus libros.

Cuantos sentimientos de dignidad y de orgullo, de decoro y vanidad, de delicadeza y soberbia se encerraban en el alma de la Marquesa, hicieron erupción como un volcán, y sus rojas llamas subieron a su rostro, que se puso encendido como una hoguera.

-¡A esto me he expuesto! -murmuró con amargura entre sus apretados dientes.

Don Roque, ni era bastante delicado para atribuir el carmín que cubría el rostro de la Marquesa al pudor mujeril que puede producirlo, el recibir inesperadamente y a quemarropa semejante declaración, ni menos podía comprender ni sospechar lo causase la indignación de un ser elevado, al sentirse rebajar por un ser despreciable a su nivel; así fue que, con toda la ceguera de la presunción, atribuyó este visible arrebato al efecto de una agradable sorpresa, añadió envalentonado:

-Eso y mucho más se merece esa persona.

A la púrpura que había cubierto el rostro de la Marquesa sucedió instantáneamente una palidez, que con la blancura y frialdad del alabastro la hizo semejante a la estatua de un sepulcro.

-¡Qué callada está Vd.! -dijo D. Roque al ver a la Marquesa erguirse y enmudecer; ¡esquiva! ¡Esquiva!... Tiene Vd. fama. Pero hay ocasiones en que se despliegan esos labiecitos, y para tener contento a un enganchado se dice siquiera: sí.

-O se dice no, -repuso la Marquesa con calma, vuelta en sí de su primera sacudida.

-¿Qué no? -dijo D. Roque inclinando la cabeza hacia adelante, y frunciendo las cejas sobre sus ojos estáticos.

La Marquesa no contestó.

Viendo este silencio, exclamó indignado el Creso:

-¡Que no! ¿Y por qué?

-Basta el no, no es necesario el por qué, -respondió la Marquesa.

-Es que lo exijo, -dijo con necia y grosera exigencia D. Roque.

-Exigid vuestro dinero, -respondió altiva la Marquesa-, que es a lo que tenéis derecho.

-Es lo que haré, -contestó con concentrada ira el ricacho.

-Está bien, -dijo la Marquesa con calma, haciendo con la cabeza una señal de asentimiento.

Don Roque cogió el sombrero, pero apenas estuvo cerca de la puerta, cuando el interés del hombre de negocios un momento eclipsado por el despecho del pretendiente, volvió con todo el poder de la naturaleza y de la costumbre. D. Roque se volvió el hombre viejo. Consideró que lo que solo había tenido por un espantajo para la Marquesa, el disolver su contrato podría en efecto verificarse si en ello se empeñaba su deudora, que podría hallar dinero con las mismas condiciones que él lo había dado, lo que caso de verificarse sería para él el mayor de los chascos.

No sólo tenía perfectamente colocado en este negocio D. Roque su dinero, sino que por motivos largos e inútiles de detallar, y ligados con la muerte ab intestato de su compadre, no deseaba D. Roque que sonasen para nada esos treinta mil duros. Por consiguiente más vivamente interesado en cosas de dinero que no en cosas de amor propio y de sentimientos, Don Roque retrocedió en obras, palabras y pensamientos; se volvió a sentar y dijo con aire proteccional a la Marquesa:

-Vamos, señora, por eso no hemos de reñir; yo quiero ser generoso y pagar bien por mal. Al fin ha tenido Vd. aquí a mi chica, que no era mala plepa, quiero mostrarme agradecido y pagarle el favor, quédese Vd. con el dinero, que en ello tengo gusto.

-Le agradezco a Vd. el favor sin admitirlo, -respondió en tono grave y decidido la Marquesa.

-¿Y por qué, señora? -preguntó D. Roque, en cuyos ojos volvieron a chispear la cólera y el despecho.

-Señor D. Roque, -contestó la Marquesa con altivez-, no estoy acostumbrada a dar cuenta del por qué de mis acciones.

-Le suplico a Vd., Marquesa, no me desaire, -dijo el avaro inclinándose, no ante la noble y bella figura de aquella imponente señora, pero ante el temor del perjuicio de sus intereses.

-Basta, señor D. Roque, -repuso la Marquesa-, siento decirle a Vd. que tengo una cita a la que no puedo faltar.

Don Roque que comprendió que nada adelantaría, salió furioso.