Lágrimas
de Fernán Caballero
Capítulo XI

Capítulo XI

OCTUBRE, 1846.

Lector de las Batuecas, habrás notado que hemos tomado mucha confianza contigo, lo cual es porque nos eres simpático, y nos interesamos por ti, y queremos instruirte. No es que no sepas acaso más que nosotros, lo que es muy probable, pero de cierto no sabes una porción de palabras, entradas de contrabando, sin que autoricen su introducción ni aranceles, ni amnistía, ni indulto. El diccionario no las trae, pero acá te las explicaremos. El diccionario está un poco anticuado; es un dolor, porque es un excelente sujeto; a nosotros nos gusta muchísimo, un poco testarudo es, pero muy amigo de complacer.

Como pintor de costumbres de la época, tenemos que rozarnos con estas palabras, con las que por todas partes nos damos de narices. Te las iremos explicando e indicando su origen, para que no creas al leernos que el español tira al griego. No, al griego no, al poliglotismo y a la república de las palabras.

Los introductores de tanta palabra de último gusto, en honor a la verdad, no han recibido ningún sofión por eso, y ni el inglés, francés ni alemán, nos han dicho con grosería de rascarnos con nuestras propias uñas; eso no, lo que hacen es abrir sus graneros como Faraón.

Al hablar de la Marquesa íbamos a decir, que esta amable señora española, aunque tenía graves cuidados, se la hallaba siempre igual, siempre animada y afable, sin que la melancolía ni el spleen viniesen a nublar su frente hermosa y serena.

Te explicaremos, pues, quién y qué cosa es spleen.

El spleen es hijo de la saciedad y de las neblinas opacas del Támesis. Fue su padrino el humo de carbón de piedra, y lo crió un lord gotoso al lado de su chimenea en silencio y soledad. Tiene el spleen el pelo lacio, los ojos tristes, los extremos de la boca caídos hacia bajo y el entrecejo arrugado; es alto y delgado, no tiene el pobrecito mío maldita la gracia. No quiere salir de su país, y los demás países se disputan su dulce posesión. Primero se lo llevaron los franceses por los cabellos a Francia, donde ha hecho las mayores fechorías, de que sólo te referiremos la primera, que a pesar de ser trágica, es el de menor consideración de sus lances. Lo primero que hizo, pues, ese cara de pito, fue disponer que en lugar de bailados fuesen andados los rigodones: (cosas del spleen). Terpsícore se puso furiosa y lo desafió. Fue padrino del spleen un búho, y de Terpsícore la Taglioni. El spleen derribó a Terpsícore con un suspiro, pero ésta, como es tan ligera, se levantó al punto, y con un entrechat, (perdona, lector, con una cabriola cruzada en el aire) echó a rodar el spleen. Los padrinos declararon el honor satisfecho, y cada uno se fue por su lado. El spleen se fue al río Sena con intención de tirarse en él de cabeza: Terpsícore a la ópera a divertirse. Te diré para tranquilizarte, lector, que lo han traído aquí también, pero que toma al instante las de Villadiego. El sol de por acá deslumbra sus tristes ojos; las castañuelas le atacan los nervios, zambomba y pandereta le dan jaqueca, la gracia andaluza lo hace huir, las boleras y fandangos le son mortales.

La Marquesa, sin tener spleen, abrigaba en su pecho roedores cuidados. Eran estos tocante a los intereses del caudal de su hija que manejaba.

Es una máxima muy general y muy cierta la de qué un alma superior y elevada mira con desdén los intereses pecuniarios, y por más que el siglo de ideas quiera condenarla al ridículo, y relegarla, al zaquizamí literario con los idilios y las pastorelas, quedará esta máxima una eterna verdad, mientras haya almas superiores y elevadas.

Pero este desdén es aplicable al ansia ávida y al sórdido afán que se tuviese por aumentar su caudal; no al digno y loable deseo de conservar el que nos legaron nuestros padres, y debemos dejar a nuestros hijos. Por eso instituyeron los sabios antepasados los mayorazgos, sello de la época de grandes miras, que abrazaba toda una descendencia como lo fue la que fundó los mayorazgos, como sello de época de pequeñas y egoístas miras, es el haberlos destruido: señal de fuerza y de porvenir fue su institución: ¡señal de debilidad y de incertidumbre es la de su destrucción!

¡Y cuántos más, pues, serán estos cuidados, si al cariño de la madre se une la responsabilidad de tutora!

El difunto Marqués, que era gastador, había dejado deudas que, como debía, reconoció tan luego la Marquesa en nombre de su hija. Herederos colaterales disputaron a Reina su caudal, pretendiendo que su fundación excluía hembra. Este era el pleito que había llevado a la Marquesa a Madrid. Ganó el pleito, pero sus crecidas costas vinieron a engruesar la deuda que ya tenía, y últimamente un considerable tributo que gravitaba sobre una de las mejores fincas del mayorazgo, olvidado y desatendido desde infinidad de años, resucitaba como una fantasma crecida en grandes dimensiones, por sus caídos plazos y fuerte de su indisputable derecho. Así era que aquella frente serena en el estrado, se cubría de sombras y nubes, cuando, sola en su cuarto, los apuros de su situación oprimían aquel ánimo de mujer, que no sabe ser fuerte cuando el corazón no le auxilia.

Estaba un día la Marquesa tristemente absorta y ensimismada, cuando entró su anciano e íntimo amigo el maestrante D. Domingo de Osorio.

Era este caballero un hombre bueno, honrado, digno, sincero y recto, de quien no se ocupaba mucho la sociedad, porque tomaba pocas cartas en ella, pero que todo el mundo quería y respetaba. Era un acérrimo carlino, de esos que cual firmes rocas se mantienen debajo del mar, dejando pasar sobre sus cabezas las olas de los eventos, sin oponerlos resistencia, pero sin que, sus vaivenes los muevan; seres para los que no hay más inspiraciones ni más luz que las de su conciencia, en la que descansan como en un lecho de plumas blandas; monolitos morales para los que la voz concesión, equivale a la de traición; fes robustas porque no tienen su asiento en la cabeza que calcula, sino en el corazón que siente, imposibles de extraviar, y fáciles de engañar; llámalos el siglo Quijotes, pero están de tal suerte rodeados de innobles Sanchos, que entre estos descuellan tanto más elevados y caballeros. Llámalos el progreso dementes; si lo son es a la manera de la reina Doña Juana, sin enterrar jamás el objeto de su culto; hombres de los que algunos se burlan, pero que todos quieren por amigos; correligionarios que son pobres auxiliares a la parte activa y militante de un partido, pero que en cambio lo honran y autorizan.

-Marquesa, -dijo con semblante animado D. Domingo-, ¿sabe Vd. la noticia? Zaldívar está en Ubrique, su pueblo; tiene ya tres mil hombres armados y diseminados por la Sierra de Ronda, prontos a reunirse a la primera señal.

-¡Zaldívar! -exclamó la Marquesa-. ¿El infeliz que fue fusilado?

-¿Y Vd. se lo ha creído? No hubo tal, pagó otro infeliz y dijeron era Zaldívar; pero a él no lo han podido jamás coger. ¿Coger? ¿Pues qué, no hay más que coger a Zaldívar? ¿Pero qué tiene Vd.? Me parece que está Vd. triste. ¿Tiene Vd. algún disgusto?

-¿Y le parecen a Vd. pocos los que me rodean? ¿El abismo en que me voy hundiendo sin hallar medio de evitarlo?

-Es preciso que gaste Vd. menos y recoja velas.

-Imposible. Bien sabe Vd. el arreglo de mi casa, en la que no hay despilfarro.

-Despida Vd. criados, tiene Vd. un ciento.

-Y todos son pocos y están ocupados en este caserón.

-Múdese Vd. A una casa más chica.

-¿Dejar la casa solariega? ¿Está Vd. en sí?

-Suprima Vd. la tertulia.

-A buen tiempo, cuando toda mi vida la he tenido, ¿la quitaría ahora que mi hija tiene diez y ocho años, y que la disfruta y brilla en ella? Además, valiente gasto es ese. D. Domingo, me está Vd. pareciendo al Duque aquel que estableció la economía en casa, suprimiendo algunas rodillas en la cocina. El pleito me ha empeñado hasta los ojos; los deudores anteriores claman. Ahora aparece ese censo que resucita cebado de sus propios caídos, todo a la vez. ¡Todo apremiente! ¡Qué hacer! ¡Qué hacer!

-Acuda Vd. a un capitalista, a un comerciante.

-Hato de judíos, -exclamó la Marquesa-, usureros sin pudor que especulan sobre la ruina ajena. Usted se chancea, D. Domingo.

-La necesidad carece de ley, amiga.

-Harto lo sé; pero no me pongo en manos de esos fariseos. Sé por amigas mías con la perfidia, con la que ayudados de sus fieles consejeros los abogados y escribanos, hunden el puñal en las entrañas de sus caídas víctimas.

-A eso os dirán, -dijo D. Domingo-, que el dinero es una mercancía como otra cualquiera y que su valor es arbitrario. Estas son de esas claridades nuevas que nos trae el siglo de las luces.

-No manche Vd. su boca, D. Domingo, repitiendo los sofismas de la usura; esa despenadora quiere también enseñorearse con capa de terciopelo, así como la irreligiosidad con la de despreocupación: el agiotaje con la de especulación; el desenfreno con la de libertad; un casamiento de solo interés con la del casamiento de razón, y el acabar con la sociedad con la de socialismo.

-Acaba de llegar aquí, -dijo D. Domingo-, de vuelta de un viaje a Madrid, un comerciante de Cádiz millonario; lo sé por un amigo mío a quien le es forzoso vender una hacienda a retroventa, y a quien este peruano se la va a comprar. Vd. sabe que en Cádiz viven los comerciantes de fuste en plata como el pez en el agua, y que son por lo tanto generosos; garbosos y caballeros.

-Sé que hay de todo, D. Domingo, sé que hay de todo, y el epíteto de Peruano no me infunde confianza en las calidades que Vd. le presta.

-Pues este de que hablo a Vd. es de los más poderosos y encopetados. Ha hecho gran papel en Madrid.

-¿Y qué significa eso hoy día, D. Domingo?

-Mucho, porque significa que es rico. Le gusta la buena sociedad y figurar en ella, pero figurar tal cual Dios lo crió, sin amoldarse a ella. Con la grosería, sello de ordinariez, se engalanan estos papatachos, como honorífico distintivo de la independencia, y señal de no necesitar a nadie, puesto que en la candidez de sus convicciones creen la política y la finura una adulación sólo en uso del que quiera ser favorecido hacia aquel que lo puede favorecer. Estoy seguro de que haría Vd. con él lo que quisiese.

-Nunca había yo de querer, -respondió la Marquesa-, sino aquello que sacándome a mí de una situación tan apurada, tuviese cuenta a los intereses del que me sacase de ella. Pero bajarme yo a suplicar como un favor lo que no lo es, no me sería posible, D. Domingo.

-Pues déjese Vd. embargar; es lo más prudente. Su padre de Vd. que tanto la quería, vendió una soberbia posesión que estaba ruinosa; pero de la que se podía sacar un inmenso partido, en renta vitalicia sobre la cabeza de Vd.; esta es de treinta mil reales; la viudedad del marquesado de su hija, es de veinte mil; con esos cincuenta mil reales, le queda a Vd. para vivir con economía, es cierto, pero con sosiego.

-¿Qué me deje embargar? D. Domingo, ¿qué decís? ¡Pasar ese bochorno! ¿Exponerme a que hagan paz y guerra del mayorazgo de mi hija? Antes morir.

-Pues entonces vea Vd. de hacer un arreglo con ese D. Roque la Piedra, como lo va a hacer mi amigo...

-¿Don Roque la Piedra ha dicho Vd.?

-Sí, así se llama el creso.

-¡Qué casualidad! Ese debe ser el padre de Lágrimas, pues así se apellida esa pobre niña amiga de convento de Reina, que tiene tal pasión por mi hija que empeoró de una manera alarmante su delicada salud cuando me traje a Reina del convento. Reina la quiere mucho, y así viene a pasar aquí casi todos los días de fiesta.

-¿Qué me dice Vd., Marquesa? Esa niña tan calladita, tan humilde, tan bien portada, que me hace tanta gracia por lo compuesta; ¡es hija de ese coloso de plata, de ese bambolla! No gasta mucha con respecto a su hija; cuanto tiene se lo ha regalado Reina.

-Eso no es nada, D. Domingo; no lo nombre usted siquiera. Además, Reina el día que no tuviese que regalar, me regalaría a mí y se quedaría huérfana.

-Pero en fin, -dijo D. Domingo-, es natural que con motivo de las bondades demostradas por Vd. a su hija, D. Roque la Piedra venga a darle a Vd. las gracias, y esto viene bien, puesto que hablando se entienden las gentes. Es este un refrán antiguo que ha caducado, mi amiga... murió; después se enterró, y es su panteón el salón de las Cortes. Pero como aquí no son Vds. más que dos, podrá hacerse a mutua satisfacción un negocio en que D. Roque pueda favorecer a Vd. con utilidad y provecho suyo.

Pocos días después, habiendo sabido D. Roque por D. Jeremías la amistad demostrada por Reina y las atenciones tenidas por la Marquesa hacia su hija, pasó a verla para darle las gracias.

Aunque habían pasado diez años desde su llegada a Cádiz, la persona de D. Roque seca y angulosa como una mala estatua de hierro, había cambiado poco o nada. Siempre era la fría y vulgar fisonomía del villano enriquecido, no había en él más diferencia sino la de vestir mejor y más primorosamente, a lo que le obligaba el alternar en la buena sociedad, así como a gastar un lenguaje algo menos tosco, sino más delicado.

-Señora, -dijo al presentarse con todo el atrevimiento de la ignorancia y el aplomo de la gansería-. Tengo tanto más placer en visitar la casa de usted, que jamás he necesitado a ninguno de Vds., y sí he podido servir a varios, así tendré una satisfacción en que Vd. me ocupe.

La Marquesa estuvo para contestarle que el día que la sirviese le pagaría, como lo habrían hecho los otros, a tanto por ciento sus favores, pero se contuvo.

Don Domingo corrió a llamar a Lágrimas, que ser día de fiesta, estaba en casa de la Marquesa.

-¡Ah! ¿Ahí está la chica? -dijo D. Roque al ver entrar a su hija con Reina-. La enseñáis mal, Marquesa, con tanta tertulia y diversiones, luego no se va a hallar conmigo en casa, y ahora que tiene diez y seis años me la voy a llevar.

La pobre niña al oír a su padre, se estremeció y apretó con angustia el brazo de Reina.

-¿Qué, se la va Vd. a llevar? -dijo esta a D. Roque-; o no, que está más abajo.

Don Roque se volvió atónito al oír aquella contradicción despótica que se lo plantaba delante; pero al verla brotar de aquella boca tan bella, tan fresca y tan juvenil, se sonrió como se sonreiría un rey al ver posarse en su corona una bella mariposa, y dijo:

-¿Y por qué no, señorita?

-Porque yo no quiero, respondió Reina.

Es muy probable, que con la aspereza del orgullo y la mezquindad del egoísmo, D. Roque, sin atender al cariño a su hija, sólo hubiese contestado con su marcial desatención, a la prosopopeya que encerraban las palabras de Reina, a no haber intervenido la Marquesa, la que con el tono más fino y con las expresiones más amables, suplicó a D. Roque, dejase pasar a su hija una temporada en su casa al lado de Reina.

-¿Te quieres quedar, chica? -preguntó a su hija Don Roque-, que no deseaba otra cosa, por hallarse muy lisonjeada su vanidad con poder decir por todas partes que su hija había quedado a puros ruegos de ésta en casa de la Marquesa de Alocaz.

La pobre niña, que temblaba, se apresuró en contestar:

-Yo quiero lo que Vd. mande.

-Bien, bien, -dijo D. Roque, como dispensando un favor-; pues que todos se empeñan, no quiero que se diga que no soy condescendiente, ni que usted crea, señora, que le niego lo primero que me pide. No gasto parola, pero sepa Vd. que tiene en mí un amigo en efectivo, y no en pagarés.

-¡Qué feo es tu padre! -le dijo Reina a Lágrimas cuando éste se hubo ido-, se me figura que ha de ser idéntico al Hércules de la alameda de Cádiz, que tanto ponderan de feo. En nada te pareces a él, hija mía, de lo que te felicito.

-Dice mi padrino, -respondió Lágrimas-, que me parezco a mi madre. ¡Pobrecita!

-A tu padrino, a esa rata de caño sucio, mándale a decir que no venga acá a verte, que se me figura que trae en los bolsillos de su inmundo gabán el cólera, la sarna, y la peste. ¿Nunca te regala ese padrino miseria?

-Una vez me dio un rosquete.

Reina se puso a reír tanto y tan de corazón, que se dejó caer rendida sobre un sofá.

-Creo que es pobre, dijo disculpándolo Lágrimas.

-Deja que venga, -repuso Reina-, te aseguro que reúno a los criados con cacerolas y almireces, y lleva una cencerrada por padrino pelón.

-No vendrá, -dijo Lágrimas-: sólo una vez al año va a verme al convento.