Lágrimas
de Fernán Caballero
Capítulo VII

Capítulo VII

JUNIO, 1843

Un autor alemán decía, en una época muy anterior a la presente, con candidez alemana: ¡Santa libertad! Ya que tu culto tiende a mejorar al hombre ¿no podías escoger mejor tus sacerdotes?

La libertad, no hizo maldito el caso de la reconvención de su apasionado. El incidente pasó desapercibido.

A idéntico desaire nos vamos a exponer, al hacer una deprecación análoga. Pero a bien que un desaire no rompe hueso.

¡Admirable civilización! Elevado anhelo a lo mejor, tú, tan fecunda en dar a luz grandes cosas en los siglos pasados, ¿por qué has dado en abortar? ¡Tus abortos son espantosos, civilización, mi amiga! Sentimos no poderlos conservar en espíritu de vino como se hace con los del reino animal, para asombro de los siglos futuros. Civilización, civilización, mi amiga, ponte una bizma; que sino estamos mal.

Decimos esto al tropezar en nuestra relación con uno de estos abortos. Es este el pseudo ilustrado. El pseudo ilustrado es la parodia del verdadero ilustrado, la caricatura del hombre culto. Tiene por especialidad el agarrar el rábano por las hojas; ea una notabilidad en su aptitud a no dar jamás golpe en bola, y el tipo del quiero y no puedo. Divídese la categoría de estos pseudos, en dos. La una es de los que les da por lo extranjero; la otra de los que les da por lo español. Aunque no aparece en nuestro relato ninguno de los primeros, como nuestro lector de las Batuecas puede por dicha suya no haber conocido a ninguno, nos es forzoso hacer una pequeña fisiología de estos seres interesantes, que se pasean en zancos mirándonos de arriba abajo como mira Napoleón a los franceses desde su columna de la plaza de Vendome.

El pseudo extranjerado, sobre todo, si ha estado en Londres, París o Portvendres: cuanto ve critica, lanzando la terrible anatema de ¡cosas de España! Esta sentencia condenatoria, este tremendo ultimátum, no tiene réplica ni contradicción, porque efectivamente cosas de España, no son cosas de Portugal; esto es un axioma, un aforismo, y lo que es aun más, una verdad de Pero-Grullo. Padece el pobre de spleen y de melancolía.

El pseudo extranjerado adora lo confortable sin disfrutarlo nunca, porque lo confortable es una especie de reconcentrado bienestar personal, de mezquina sensualidad, un pálido placer de viejos y débiles, que no le pega a la expansiva juventud, al temple varonil, ni a los españoles, la nación menos material de Europa, y que menos conoce la molicie. Pero el pseudo la adora por tono, así como todo lo esbelto, las mujeres coquetas, las capotas y el champagne. Le conforta el té y le da náuseas el chocolate; la ropa vieja le hastía; el gazpacho le indigna. El pseudo, desde que leyó las rimas festivas de Alcázar, en las que celebra las berenjenas con queso, declaró la poesía antigua chabacana. En un rato de loisir u ocio refundirá la letrilla, y en lugar de:

Tres cosas me tienen preso
de amores el corazón;
la bella Inés, el jamón,
y berenjenas con queso.


Pondrá:

Tiénenme preso a porfía
tres cosas el corazón,
el beefstek, el rigodón,
y el talle esbelto de Lía.


Si no sabes, lector de las Batuecas, que beefstek es carne asada sobre la parrilla, eres calificado por el pseudo en la categoría de los vegetales, y tu pueblo entre los antros o cuevas negras y oscuras, en las que no ha penetrado el más mínimo reflejo de las luces del siglo.

Vamos ahora al pseudo que lo echa de español. Este bicho de luz se cría por todas partes. En la universidad de Sevilla se desarrolla a las mil maravillas, sí: en esa universidad de la que tantos jóvenes brillantes salen y han salido. Pero los pseudos forman la zupia de aquel buen criadero de vinos generosos. Tiene el pseudo éste varias voces que adapta por parecerle más propias, y más finas quizás, que las que están en uso y sanciona el Diccionario de la Academia. A todo lo extranjero denomina extranjis: a los franceses franchutes, a los ingleses inglisman, a los alemanes tudescos, a los rusos moscovitas. Estas dos últimas denominaciones las cree, en la inocencia de sus alcances, ¡denigrativas! El pseudo declara y sostiene que todo es mejor en España que en otras partes, inclusos los géneros nacionales, y está vestido, si la echa de elegante, de pies a cabeza de géneros extranjeros, incluso el bastoncito, el paraguas y el reloj.

El pseudo jura no manchar la túnica virginal de su patriotismo saliendo de España. Desde entonces los postes inamovibles y los marmolejos envalentonados han formado una junta patriótica en que han declarado follón y traidor a la patria, a todo el que se ausente dos pasos de la frontera. El pseudo, que le echa de español, hace un uso inmoderado de la denominación de hija mía, con la que gratifica a una señora la primera vez que la ve, aunque tenga ella treinta y él veinte años.

El hija mía, aunque no desciende de Calderón ni Lope, es español rancio, (¡¡y tan rancio!!) así es que esa denominación tan bonita y cariñosa en boca de la amistad y en la intimidad, como chabacana y de mal tono cuando estas no la autorizan, ha reemplazado al Don, esa apelación tan digna y noble que llevaron los reyes y que tan castizo y caballeroso suena. Así sucede que se va desterrando sin formarle causa, y sin que se pueda atinar qué delito ha cometido. Podríase inferir que fuese esto por modestia, si se tiene presente aquella rima.

Es el Don de aquel hidalgo,
como el Don del algodón,
que no puede tener Don
sin tener antes el algo.


Pero nada menos que eso, querido lector, ¿florecen en las Batuecas aun violetas? Por acá no, mi amigo, todas se han secado. Valen hoy día lo que en otro tiempo los tulipanes en Holanda. Flora está de luto por la pérdida de su querida vasalla; no la consuela la camelia, esa flor nueva sin perfume.

No es por modestia; al contrario: ¿sabes su delito? Es que se lo apropiaron un ama de llaves y un mayordomo. Desde entonces el siglo de la igualdad le torció el hocico. Veo que me vas a hacer una objeción.

Nada puedo contestarte a ella ni darte más respuesta que: ¡anomalías, anomalías!, de las que tenemos una cosecha incómoda por lo abundante, como has que suele haber de cereales en Castilla; así, pues, el Don quedó para el algodón; la seda no lo quiere. El pseudo que la echa por lo español, lo ha reemplazado con el marcial hijo mío, o hija mía: el que la da por lo extranjero, por el señor molondro. Para ambos no existe más Don que el del caballero de la Mancha y un río en Rusia. En lo demás, muerto, enterrado el Don: ¡asesinado por un feroz mayordomo y una sanguinaria ama de llaves! Concluiremos diciéndote, que un pseudo ilustrado español, rancio, neto, está haciendo una apoteosis de España, en cuya gloria brilla a guisa de genio el toro Señorito con las astas doradas.

Este ilustre pseudo ilustrado español, era Tiburcio como viste y calza, en el momento en que le volvemos a ver en la palestra. Habían corrido los años como perdigones, con la gracia que les es propia, de redoblar su agilidad cuando se desea que anden despacio; veíalos Tiburcio inexorables a sus ruegos pasar uno tras otro como las paletas de las ruedas de un vapor, y por consiguiente llegar la época de cubrir su cabeza del bonete de doctor. Causábale esto horror, no porque le sentase mal a la cara, como de cierto había de suceder, sino porque con sus estudios se acababa su estada en Sevilla, país clásico de las mollares, de las cigarreras, de las veladas, del buen pan y de las aceitunas, puesto que Sevilla, la salada andaluza, para todos tiene.

Como no hay plazo que no se cumpla, cumplíase el de los estudios de Tiburcio, que por fin se recibió de abogado, lo que no quiere decir que por eso lo fuese, sino que podía ensayarse. Su padre buscó como con un candil un pleito en Villamar para que lo defendiese su hijo; pero en Villamar, ese pueblo feliz, no halló ninguno. Estuvo por ponerle uno a su amigo y compadre el tío Juan López sobre la posesión de un lentisco que había nacido y crecido en la linde de dos manchones de sus respectivas pertenencias, pero la prudente gallega con cuatro gritos se lo quitó de la cabeza. Así fue que a Tiburcio no le quedó otro arbitrio que el de volver a vegetar a su pueblo que odiaba y despreciaba, pueblo que tanto había amado Stein, el médico alemán que pasó en él tantos años. De estos contrarios sentimientos queda probada una gran verdad, y es, que la manera de mirar las cosas las hace buenas o malas, y que nosotros mismos las doramos o ennegrecemos a nuestro albedrío. La filosofía da conformidad en las situaciones en que nos pone la suerte contra nuestro grado. Si el rincón de tierra que nos destina es estéril, la filosofía dejará secar las pocas plantas que tiene, haciéndolo más estéril, y se contentará estoicamente con la arena. Pero hay en nosotros, otro sentimiento muy superior a la resignación de la filosofía, que nace de contento interior, de la paz del alma, y de la bondad del corazón: esta no sólo cultivará las plantas que dé su rincón de tierra, sino que las mejorará con el cultivo y sembrará nuevas con buenas semillas que conserva, o que le den los ángeles, cuyo oficio divino es esparcirlas. ¡Dichoso aquel que se llega a convencer que la verdadera superioridad moral, no consiste en deprimir sino en realzar, y que no es el desprecio un sentimiento análogo ni simpático a un alma elevada: ¡sino que lo es el aprecio! Así, apreciando su suerte, no se creerá superior a ella ni vivirá descontento.

Llegó Tiburcio a Villamar, muy mal templado con su bonete de doctor en la cabeza, y gran cosecha de calabazas y calabacines, muy escondidos en los grandes bolsillos de su gabán.

Ni Jacob al volver a ver a su hijo José Ministro de hacienda, pudo experimentar los sentimientos de orgullo paternal que abrigó el pecho del alcalde de Villamar al ver a todo un doctor en su primogénito. En cuanto a su madre, al verle altísimo, delgadísimo y palidísimo le dijo:

-Si viviese tu abuelo te mandaba a las Indias cumo a mi tiu Bartulo; pues no sirves para utra cusa; es verdad.

El día de su llegada fue uno de los más sonados en los fastos de Villamar, a causa del convite dado por D. Perfecto en esta ocasión. Este convite merece no sólo una mención honorable, sino una descripción gráfica.

Fueron convidadas todas las notabilidades de Villamar. Villamar también tiene notabilidades: hasta los gatos quieren zapatos. Además, las notabilidades se han generalizado prodigiosamente, es especie que se da bien en todas partes, y cunde mucho. Es un dolor que no se pueda comer; serviría para reemplazar las patatas atacadas de un cólera subterráneo.

La mesa del convite era pequeña, y los platos que la habían de componer deformes, por lo cual cada uno fue servido solo y uno después de otro, como los estudiantes en los exámenes.

Había seis cubiertos de plata para las notabilidades de primera clase, incluso el amo de la casa; los demás los tenían de peltre. La ropa de mesa gallega, blanca como la nieve, ostentaba unas horrorosas listas encarnadas que hacían a la vista el efecto que hace en el oído en el silencio del desierto, un destemplado grito de chacal. El sexo femenino estaba excluido del banquete; no por restos de celosas costumbres árabes, sino porque el bello sexo en tales días tiene, en Villamar y en pueblos más conocidos que este, que estar en la cocina atendiendo a todo.

Allí, pues, se veía a la señá Tiburcia, colorada como un salmonete, con su delantal y sus mangas remangadas, mandando la maniobra, ayudada por una docena de vecinas, media de comadres y tres o cuatro amigas, que se regalaban con los restos de la mesa principal.

Estaba de un humor de perros; el tal convite la había acabado de desesperar, y la había montado de tal suerte contra el bonete de doctor, que era su vista para ella lo mismo que la vista de una coroza. -¡Bunete! -decía soplando furiosamente una hornilla-; y ¿a qué le sirve a ese fillo miu el bunete? ¿E non le estaría mejur el sumbrero calañez? ¡E decir que me cuesta dus talejas de pesos duros! Es verdad.

Viose primero la mesa cubierta por una enorme cazuela nuevecita, en que venía una sopa de pan, espesa como un budín, y sustanciosa como una jaletina, cubierta de yerba buena y de tomate. Siguió a esta en una fuente como una plazuela, la olla, que mejor que podrida, denominaremos revuelta, en la que las gallinas y perdices, a fuerza de cocer, andaban unas mancas, otras cojas y otras despechugadas; se abrazaban las calabazas con los chorizos, se enternecía al verlos la carne, y se derretía el tocino; los garbanzos reventaban de gordos, y las flexibles habichuelas se entremetían por todas partes.

Siguió a este lastre, una fuente de Triana con honores de batea, en la cual en un cubo de salsa de encebollado, se bañaban suavemente como turcos, los mal cortados pedazos de seis conejos. A estos siguió una pepitoria de ocho pollos. El alcalde, que no había querido ser menos que García del Castañar; había prefijado estrictamente ese número a su desolada mitad, diciendo perentoriamente, para ocho convidados, ocho pollos.

Tiburcia, que no perdía de vista la economía, había pasado revista a su corral, y como un sargento a los quintos, había apartado los inútiles, ya por chicos, ya por viejos, y les había ido torciendo el pescuezo con coraje, repitiendo a cada ejecución: -¡Malditu bunete! ¡Llevele o demo! -De esta fusión de todas edades desde el parvulillo hasta el caduco en una misma cazuela, resultó que había pedazo de gallo venerable que rechazaba los dientes como un chino, y pedazo de pollito infantil que se deshacía en la boca como un merengue.

Para igualarlos en cuanto fuera posible, Tiburcia, los revistió de un uniforme amarillo como un regimiento de caballería, valiéndose para esto de un subido tinte de azafrán.

Este condimento, que ha omitido de mencionar el famoso Careme, que en punto a arte culinario es el Tu autem europeo, y que omite igualmente Brillat Savarín en su fisiología del paladar, es para las cocineras del jaez de Tiburcia la capa del justo. Amigos de averiguarlo todo, hemos preguntado a estas tintoreras la razón de esta profusión del detestable condimento, y nos han respondido textualmente: que pone las salsas bonitas. Si la ciencia de nuestras cocineras no fuese la cosa más inamovible de España; si no viesen ellas pasar los siglos, inmutables como las pirámides de Egipto, podríamos temer ver algún día el añil o la grana reemplazar este amarillo, caro al corazón de nuestras guisanderas. Pero no, no temáis, no sucederá. A la flor de los campos de Murcia sonríe un largo porvenir. Progreso, muy señor mío, después de saludarte cortésmente, te suplicamos des un empujón a las cocineras.

Volvamos al banquete, en que vemos seis perdices desmoronadas en pimientilla, a las que siguen tres libras de pescadilla frita y un cabrito cochifrito, y por último, un pavo matado aquella misma mañana, por lo cual seis horas de cochura en el horno no lo han podido enternecer. Jamás se vio semejante caricatura de pavo asado. Estaba negro, casi tanto como el medio pollito del cuento de la tía María. Sus alones, que no se habían doblado hacia la espalda se abrían como si quisieran bailar el bolero; sus patas que no habían sido sujetas una con otra, se desviaban con tal animadversión, que señalaba una al Poniente y otra al Levante; y por último, el pescuezo que no había sido cortado, largo, delgado, y negro, sobresalía del borde del plato, como si buscase por el suelo su cortada cabeza.

Pero la parte brillante del banquete fueron los postres: a una fuente de arroz con leche pura y exquisita, siguieron otras cuatro de masa frita. Eran estas los rechonchos pestiños amasados con vino duro; las rosas, cuya ligera masa casi toda se compone de huevo. Las hojuelas salpicadas de gragea abigarrada, cual si sobre ella hubiese caído una menuda lluvia de color, y las robustas torrijas. Dos tazones de cristal, uno con dulce de huevo y otro con dulce de tomate elaborado por las hábiles manos de Rosa Mística, la maestra de amiga, ostentaban con orgullo al través del cristal sus brillantes colores amarillo y rojo, ni más ni menos que lo hace la bandera de España. La palma, no obstante, se la llevó el plato de dulce que para esta ocasión hicieron las monjas de Santa Ana. Con la mayor oportunidad habían confeccionado las buenas madres, con mazapán un bonete de doctor, cuyas puntas estaban ribeteadas de tiras de panecillos de oro; una gran borla hecha de huevo hilado, pendía graciosamente y con toda propiedad por los cuatro lados. Esta dulcísima y directa alegoría a la causa de la festividad, entusiasmó tanto a D. Perfecto, que les valió a las monjas una cuartilla de garbanzos extra del importe del plato de dulce, que les envió a escondidas de su mujer.

Por lo que toca a ésta, cuando vio llegar el plato que le recordaba la causa de todas sus penas domésticas, el atraso de su casa, lo mal medrado de su fillu, el perjuicio que por su causa debían sufrir los menores, y por último, la razzia hecha en aquella ocasión en su corral y despensa, exclamó con rabia:

-¡Utru bunete! ¡Como, si non hubiese bastante con el que vino de Sevilla, y cuesta dos talegas; es verdad! En la supa me lo he de hallare, asín se le siente este a esus cumilones en la boca del estógamu comu a mí el otru.