Historia VII:La reina Isabel

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Isabel era una mujer robusta, de estatura algo más que mediana, facciones regulares, ojos claros, y espesa cabellera rubia leonada. Era aficionada a los ejercicios físicos, podía cazar el día entero, danzar y contemplar las máscaras toda la noche sin cansancio. Bebía mucho, sobre todo cerveza.



Habiendo pasado la juventud constantemente amenazada de muerte, Isabel había aprendido a disimular. Permaneció siempre muy egoísta y muy avara, y a sus ministros favoritos no hacía casi más que regalos que no le costaban nada. No pagaba a sus servidores, y su primer ministro se vió obligado a vender sus tierras para sostener las cargas de su empleo. No quería siquiera dar dinero para los gastos del Estado.

Aun cuando fuera instruida, tenía poca afición a la lectura y leía raras veces. Había aprendido el francés y el italiano y hasta sabía latín y griego. Pero la interesaba sobre todo el adorno de su persona, se creía muy bella y estaba muy orgullosa de su belleza. Gastaba sumas enormes en sus trajes, mostraba sus diminutas manos, y, hasta pasada la edad de sesenta años, se vistió como una muchacha. Le era grato que la compararan al sol y que se alabasen sus encantos. Estaba muy infatuada de su poder, se hacía servir de rodillas, y no soportaba la menor contradicción. Se encolerizaba, juraba, pegaba a sus camareras. Ocurrió que escupiera en el traje a un cortesano que no le agradaba y diera una guantada al conde de Essex.



Estas maneras vulgares la hacían popular, y gustaba de hablar con todos, en un lenguaje muy familiar. Los ingleses la querían porque era muy inglesa. Jamás salió de Inglaterra, se contentaba con ir a los castillos de los alrededores de Londres. Consideró como un gran viaje haber llegado hasta Bristol.

Tenía espíritu despierto y memoria muy segura. Pero no le gustaba ocuparse de los asuntos públicos y los confiaba a sus ministros. Por no gastar dinero ni tener preocupaciones, deseaba el mantenimiento de la paz; pero sus ministros la inducían frecuentemente a obrar para sostener los intereses de Inglaterra o defender a los protestantes amenazados. Entonces, para evitar la guerra, hacía a los embajadores extranjeros promesas que no mantenía y les decía mentiras.

Isabel se interesaba poco por la religión, y casi sólo se atenía a las ceremonias de culto. Pero no quería a los calvinistas, que le parecían bastante poco respetuosos y que trataban de impedir que se divirtiera.



Los ingleses apoyaban mucho a Isabel porque impedía fuese restablecida la religión católica y porque mantenía la paz. En su reinado, en tanto los países vecinos eran devastados por las guerras de religión, Inglaterra vivió en paz y se enriqueció. Los ingleses atribuyeron aquella prosperidad a su reina, y se acostumbraron a considerar el reinado de Isabel como una época gloriosa, y a Isabel como una gran reina.