En la mayor parte de las ciudades del norte de Francia, los trabajadores habían seguido organizados en gremios, formados por gentes que hacían la misma clase de trabajos. Cada gremio tenía sus reglamentos y sus jefes, los jurados. Para tener derecho a abrir tiendas y vender, era preciso haber sido admitido como maestro por los que lo eran del oficio, y no se aceptaba como tal sino al ya ejercitado en la profesión.

El niño entraba en el oficio como aprendiz de un maestro, comprometido por un contrato. Debía trabajar para el maestro sin ser pagado durante un número de años que difería según los oficios, y el maestro, en cambio, debía darle alojamiento, comida y enseñarle el oficio. Acabado el aprendizaje, el obrero venía a ser sirviente o compañero. Trabajaba para el maestro, pero percibía salario. Los hijos o los sobrinos del maestro podían ser también maestros en cuanto salían del aprendizaje. Los demás seguían siendo compañeros, en espera de tener medios para abrir una tienda.

Hasta fines de la Edad Media, en la mayor parte de los oficios, los compañeros acababan, por lo común, por hacerse maestros. Pero a éstos interesaba no aumentar el número de los que podían hacerles competencia. Exigieron una obra maestra que llevara mucho tiempo para hacer, elevaron el derecho de entrada que había que pagar, y no dejaron entrar ya más que a hijos de maestros. Se hizo más difícil cada vez ser admitido en la clase. En el siglo XVI, la mayor parte de los obreros seguían siendo, por tanto, compañeros toda la vida, obligados a trabajar por cuenta de un maestro y reducidos a vivir de su salario.

Los compañeros, de ordinario, vivían como huéspedes y no tenían familias. Debían acudir al taller del maestro y trabajar desde la salida del sol hasta la noche. Cuando no tenían trabajo, habían de acudir todas las mañanas a un sitio determinado por la costumbre a esperar a que un maestro fuera a contratarlos.



En cuanto llegaban a una ciudad, habían de buscar un patrón. Si permanecían sin trabajo, se les consideraba como vagabundos y se les podía coger a la fuerza, encadenar y emplear en los trabajos de la ciudad.

Los reglamentos fijaban los salarios. No solamente estaba prohibido al obrero pedir más, sino decírselo siquiera al patrón. Se quería impedir que un maestro quitase obreros a los otros.

El compañero, una vez contratado, no tenía derechos a salirse antes de terminar el ajuste. Estaba prohibido a los compañeros ponerse de acuerdo para discutir los salarios con los maestros y hacer coaliciones. Les estaba prohibido concertarse para cesar a un tiempo en el trabajo, lo que se empezaba a decir "hacer huelga".

En Lyon (1539), los obreros impresores se quejaban de que los patronos les pagaban poco, les daban mal de comer y les quitaban el trabajo, tomando aprendices a los que no daban salario. Se reunieron en secreto y juraron cesar en el trabajo y no reanudarlos sino juntos. Habían creado una caja común y llevaban puñales y palos. Se batieron en las calles con los compañeros que no querían abandonar el trabajo. Los patronos se quejaron, y la policía prohibió a los compañeros reunirse so pena de prisión y muerte.

A partir del siglo XV, los compañeros de algunos oficios tomaron la costumbre de ir de ciudad en ciudad, pasando algún tiempo al servicio de un maestro, al que dejaban más tarde, y a esto se llamaba "dar la vuelta a Francia".

El régimen de los oficios no existía más que en las ciudades de veeduría, que eran casi todas en el norte de Francia, y no se aplicaba sino a determinadas profesiones. En todas partes en el campo, en todas las ciudades del mediodía y la mayor parte de las del oeste, se podía abrir tienda libremente, como hoy ocurre. En Lyon, no había más que cuatro oficios organizados.

Aun en las ciudades de veeduría, las profesiones que no estaban organizadas en gremio permanecían libres. Aun en los oficios sometidos a los reglamentos, las prohibiciones no siempre eran observadas. Muchos obreros en sus casas, llamados chambrelans, hacían zapatos, vestidos, muebles, y lo vendían en contra de lo mandado.

El rey, para algunas industrias de lujo, como el tejido de la seda, autorizaba a particulares para que pusiesen manufacturas, en que se hacía trabajar a obreros que no quedaban sometidos al reglamento del oficio.

El rey concedía también a artesanos hábiles patentes de maestría, que les daban derecho a trabajar y vender cual si hubieran pasado examen como maestros. Eran, sobre todo, los obreros que vivían cerca de la Corte, y trabajaban para ella, los plateros, los pintores, los escultores.