-¿Dónde bueno? -pregunta Mariuca al Hereje, que atracó frente al embarcadero.

-A ver si vendo por los hoteles estas brecas. Pesqué una media arroba, y como la gente de tierra adentro regatea poco, puedo sacarme un jornalillo. Tú friendo, ¿eh?

-Con las últimas rodajas estamos. Ya es razón de que venga lancha. Ha tres días ninguna aporta por aquí.

-Tienen que remontarse mucho pa tropezar con el bonito. A las treinta leguas andará. Luego, bordada a este lao y bordada al otro, hasta encontrarse con el bando. ¡Y si dales por no picar! También lo hacen los condenaos. Ni que tuvieran reflexión. ¡Cómo se burlan del engaño! Morrean, morrean, dando vueltas en torno del anzuelo, sin apretar la boca, llevándose la carnada a cachitos, hasta no dejar rastro. En cambio, otros, ¡plan! Tal que ciegos entran al alfiler; tal se lo tragan, que es preciso rajar las tripas pa sacarlo. A la iguala de las personas, hay de toas clases en los peces: negaos y listos, codiciosos y recelones. Y si la hambre es mucha, más iguales son a las personas entoavía: con todo entran y dan la vida por una cochina piltrafa.

-¡A más de treinta leguas! -murmura la joven con el pensamiento puesto a gran distancia de la charla del marinero-. Aun se tardará dos o tres días Pablo. Menos mal que la mar es buena.

-Buena se amaneció. Pero ayer no gustóme el Poniente. Las nubes eran cárdenas. Una de ellas tiró punta, una punta muy torcida y muy negra, hacia el cabo. Raro ha de ser si no sopla de Noroeste. Ese viento, por flojo que salte, es viento de traiciones. A mayor prueba, esta mañana andaban los aparejos por el fondo, tan pronto a este lao como a aquél. Pa mí que sin sus miajas de marejadón no libramos. Ya te lo diré por seguro al anochecío, en poniéndose que se ponga el sol. Pa quien sabe deletrearlos, los ponientes del sol son gran libro.

-¿Temporal? ¡Y mi Pablo a las treinta leguas! Vaya, que no será ello cierto. Y vaya que usté lleva mala intención conmigo y quiere entristecerme.

-¿Entristecerte?... Por alegrarte daría las brecas que saltan a mi cesto. Buena voluntad os tengo a los dos, que eres tú buena chica, y a él nadie le gana en anchura de alma y valentía con la mar. Sobre eso, muy listo. Así fueran como él los otros, y se harían el cargo. En fin, este es cantar que no suena pa los tus oídos, muchacha. No a mal decir, a creerlo, dije lo que te dije.

-De manera que a la cuenta de usté, ¿va a echarse encima un temporal?

-¡Bah! Ni ello es seguro, ni es tampoco el primero que Pablo corre. Luego, en verano, dan poco que temer. Temporalillos, ¿sabes? Pa meter miedo a los veraneantes, no a los que corremos la mar del Enero al Diciembre. Alguna racheja. Estate descuidá.

Dios le oiga.

El viento y la mar son los que me han de oír. Por lo que dices de querer yo mortificarte y amárgarte las alegrías y contrariarte el gusto, de medio a medio engañaste, mozuca. ¡Flojo rodeo hube de atizarme el domingo pa no hacer sombra a los placeres tuyos.

-¿Qué dice?

-Que el domingo, allá entre diez y once, andábame yo camino de mi casa por el ras de los eucaliptos, y andábanse dos sombras, de mujer una sí y otra no, por los propios caminos que yo iba acompañao de unas azumbres. Cogidas por las cinturas iban las dos sombras y repretujándose de firme. Yo, que puedo estar borracho, pero que no estoy ciego en jamás, fuí y me dije: «Viejo, no estorbes a la juventud; déjala ir por la senda arriba y anda tú senda abajo, que cada tiempo tiene su costera y cada edad goza su diversión.»

Enciéndense en vergüenza las mejillas de Mariuca; entorna los párpados y da vueltas entre sus dedos a los picos del delantal, sin tropezarse con respuesta para los dichos de el Hereje.

-¡Bah! -prosigue éste, golpeando cariñosamente en el hombro de la muchacha-. ¿Qué importa? Todo será que lo hagáis sietemesino pa cumplir con el señor cura. Mes más o menos, no baja precio a los bautizos. De modo y manera que no regañará.

-Calle.

-Dentro de dos meses os casáis. ¡Y aunque no os casarais! Quererse y ajuntarse hombre con mujer no es delito, es obligación. Adiós, Mariuca. Vuelve a tu freír, que los amos son muy desigentes. Adiós. Voyme a la vera de los hoteles a colocar las brecas.

El viejo tira senda arriba. Mariuca entra en la fábrica, y cogiendo una ancha rueda de bonito, le deja caer en el sartenón.

Chirría el aceite al penetrar la carne fresca; vuélvese ésta de roja, blanca; el espetón la zarandea.

Lentamente va dorándose envuelta por el humo pringoso.