Enrique IV: Segunda parte, Acto I, Escena I

Enrique IV
de William Shakespeare
Segunda parte: Acto I, Escena I



ACTO I ESCENA I

La misma.

(El portero está a la puerta, entra lord Bardolph)

BARDOLPH.- ¿Quién guarda aquí la puerta? ¿Dónde está el conde?

PORTERO.- ¿A quién debo anunciar, señor?

BARDOLPH.- Decid al conde que lord Bardolph le espera aquí.

PORTERO.- Su Señoría se pasea en este momento en la huerta; dígnese Vuestro Honor golpear a la puerta y él mismo contestará.

(Entra Northumberland)

BARDOLPH.- Aquí viene el conde.

NORTHUMBERLAND.- ¿Qué noticias, lord Bardolph? Hoy, cada minuto debe ser padre de un suceso grave; los tiempos son rudos; la discordia, como un caballo, como un caballo nutrido de ardiente alimento, se ha desbocado frenética y todo derriba ante ella.

BARDOLPH.- Noble conde, os traigo noticias ciertas de Shrewsbury.

NORTHUMBERLAND.- ¡Buenas, lo quiera el cielo!

BARDOLPH.- Tan buenas como el corazón puede desearlas: el rey ha sido herido casi mortalmente y en el triunfo de milord vuestro hijo, el príncipe Harry quedó muerto; los dos Blunt muertos por la mano de Douglas; el joven príncipe Juan, Westmoreland y Sttafford, huyeron del campo de batalla y el pulpo de Harry Monmouth, el armatoste Sir John, está prisionero de vuestro hijo. ¡Jamás una jornada tan empeñosa, tan sostenida, tan brillantemente ganada, vino a ennoblecer los tiempos, desde los triunfos de César!

NORTHUMBERLAND.- ¿Qué origen tienen esas noticias? ¿Habéis visto el campo de batalla? ¿Venís de Shrewsbury?

BARDOLPH.- He hablado milord, con una persona que venía de allí, un hidalgo bien nacido y de buen nombre, quien espontáneamente me comunicó esas noticias como exactas.

NORTHUMBERLAND.- Ahí viene mi criado, Travers, a quien envié el martes último en busca de noticias.

BARDOLPH.- Milord, le he pasado en el camino y nada sabe de positivo, sino lo que ha podido saber de mis labios.

(Entra Travers)

NORTHUMBERLAND.- Y bien, Travers, ¿qué buenas nuevas llegan con vos?

TRAVERS.- Milord, Sir John Umfrevile me ha hecho volver con alegres noticias y, yendo mejor montado que yo, me ha precedido. Después de él, llegó, espoleando recio, un caballero casi inerte de fatiga que se detuvo junto a mí para dar respiro a su ensangrentado caballo; me preguntó por el camino de Chester y yo le pedí noticias de Shrewbury. Me dijo que la rebelión había tenido mala suerte y que la espuela del joven Harry Percy se había enfriado. Dicho esto, soltó riendas a su ágil caballo o inclinándose hacia adelante, hundió sus talones armados en los flancos palpitantes de la pobre bestia hasta la rodaja. Y partiendo así, sin esperar más preguntas, parecía devorar el camino en su carrera.

NORTHUMBERLAND.- ¿Cómo? Dilo otra vez. ¿Dijo que la espuela del Joven Harry Percy se había enfriado? ¿La ardiente espuela, espuela helada? ¿Que la rebelión había tenido mala suerte?

BARDOLPH.- Milord, oídme; si milord vuestro hijo no ha triunfado, consiento, por mi honor, en dar mi baronía por una madeja de seda. Que no se hable más de eso.

NORTHUMBERLAND.- ¿Y porqué el caballero, que se detuvo junto a Travers, dio esas nuevas de desastre?

BARDOLPH.- ¿Quién, él? ¡Sería algún pillo pusilánime, que habría robado el caballo que montaba y que, por mi vida, hablaría al azar Milord! Ahí nos llegan más noticias.

(Entra Morton)

NORTHUMBERLAND.- Sí, la frente de ese hombre, como ciertas portadas, presagia un libro de naturaleza trágica. Tal aparece la orilla sobre la que la ola imperiosa ha dejado el testimonio de su usurpación. Habla, Morton, ¿vienes de Shrewsbury?

MORTON.- Vengo huyendo de Shrewsbury, mi noble señor, donde la muerte odiosa se cubrió con su máscara más horrenda para espanto de nuestro partido.

NORTHUMBERLAND.- ¿Cómo están tú hijo y mi hermano? ¡Tiemblas! y la blancura de tu rostro es más apta que tu lenguaje para dar tu mensaje. Semejante a ti fue el hombre que desfalleciente, rendido, siniestro, la muerte en los ojos, loco de dolor, tiró la cortina de Príamo en el horror de la noche y quiso decirle que la mitad de su Troya ardía; pero Príamo vio el incendio, antes de oír las palabras. Y yo sé la muerte de mi Percy antes que tú me la anuncies. He aquí lo que quieres decirme: «Vuestro hijo hizo esto y esto; esto vuestro hermano; así combatió el noble Douglas.» Quieres llenar mi ávido oído con sus altos hechos, pero al fin, llenándolo en verdad, tendrás un suspiro que desvanecerá tu alabanza y concluirás diciendo: ¡hermano, hijo, y todos murieron!

MORTON.- Douglas vive aun y vuestro hermano; pero en cuanto a milord vuestro hijo...

NORTHUMBERLAND.- ¡Ah! ¡Ha muerto! ¡Ved cuan rápida es la palabra de la sospecha! Aquel que teme algo que tiembla de conocer, ve por instinto en ojos extraños, que lo que temía ha sucedido. Pero habla, Morton, di a tu señor que su profecía ha mentido y tu injuria me será dulce al oído y te hará rico en cambio de esa afrenta.

MORTON.- Sois demasiado grande para que yo os contradiga. Por demás exacto es vuestro presentimiento, por demás reales vuestros temores.

NORTHUMBERLAND.- Sí, pero todo eso no me asegura que Percy haya muerto. Veo una extraña confesión en tus ojos, inclinas la cabeza y juzgas peligroso o culpable hablar la verdad. Si ha muerto, dijo; no ofende la palabra que anuncia su muerte; hay culpa en calumniar un muerto, no la hay en anunciar que la vida ha cesado. Sin embargo, ingrato oficio es el del primero que trae una afligente noticia; su voz tiene el fúnebre sonido de la campana que nos trae el recuerdo del amigo perdido.

BARDOLPH.- No puedo creer, milord, que vuestro hijo haya muerto.

MORTON.- Lamento verme obligado a forzar vuestra fe en lo que Dios lo sabe, habría querido no haber visto. Pero estos mis ojos le vieron ensangrentado, contestando ya sin fuerzas, extenuado, sin aliento, los golpes de Harry Monmouth, cuyo ímpetu furioso derribó a tierra al nunca vencido Percy, quien ya no se levantó con vida. Breve, la muerte de Hotspur, (cuyo espíritu inflamaba hasta al más tosco paisano de su ejército) habiéndose esparcido, heló el valor mejor templado de sus tropas. Porque era su temple el que aceraba su partido; caído él, el resto se abatió como macizo y pesado plomo. Y así como una masa lanzada por fuerza vigorosa vuela con mayor rapidez cuan más pesada es, así nuestros hombres, agobiados por la pérdida de Hotspur, dieron a su peso tal ligereza con el pánico que, más rápidos que la flecha que busca la cibla, buscaron la salvación en la fuga. Fue entonces que bien pronto cayó prisionero el noble Worcester; y el furioso escocés, el sangriento Douglas, cuya espada laboriosa por tres veces había muerto al espectro del rey, sintió flaquear el corazón y honró a los que volvieron la espalda, mezclándose en sus filas. En su huida, el temor le hizo tropezar y fue tomado. El resumen de todo es que el rey ha triunfado y ha enviado una columna ligera contra vos, milord, bajo el mando del joven Lancaster y de Westmoreland. Estas son todas las noticias.

NORTHUMBERLAND.- Sobrado tiempo tendré para lamentarme; el veneno entraña su remedio. Si hubiera estado bueno, esas noticias me habrían enfermado; enfermo, en cierta manera me han restablecido. Y así como el miserable cuyas coyunturas febricientes, semejantes a frágiles bisagras, se doblan bajo la vida, de pronto, en el ímpetu de un acceso, se escapa como el rayo de los brazos de sus guardianes, tal así mis miembros, agobiados por el dolor, pero por el dolor sobreexcitados, tienen triple energía. ¡Lejos de mí, pues, débil muleta! Ahora, un guantelete escamoso, de junturas de acero, debe cubrir mi mano. ¡Lejos de mí, gorro de enfermo! Eres muy débil defensa para una cabeza que aspiran a herir príncipes hartos de triunfos. Ahora ceñid de hierro mi frente y que la hora más funesta que puedan traer el tiempo y la venganza, se avance amenazante contra Northumberland enfurecido. ¡Que el cielo se estrelle contra la tierra! ¡Que la mano de la naturaleza cese de contener la ola salvaje! ¡Que el orden perezca! ¡Que el mundo no sea ya una escena donde las luchas se suceden con lánguidos intermedios! ¡Que el espíritu solo del primer nacido Caín reine en todos los corazones, que los haga ávidos de actos sangrientos y el duro drama concluya y las tinieblas sean el sepulturero de los muertos!

TRAVERS.- Esa emoción violenta os hace mal, milord.

BARDOLPH.- Buen conde, no divorciéis vuestra dignidad de la prudencia.

MORTON.- La vida de todos vuestros fieles partidarios pende de vuestra salud, que, si os entregáis a ese desordenado dolor, no podrá menos que decaer. Medisteis las consecuencias de la guerra, milord y contasteis las probabilidades de éxito antes de decir: alcémonos en armas. Habéis previsto que, en la repartición de golpes, vuestro hijo podía caer. Sabéis que, marchando sobre los peligros, en el estrecho borde de un precipicio, era más probable que cayera en él en vez de atravesarlo. Sabíais que su carne no era invulnerable a las heridas y que su impetuoso valor le empujaba allí donde el peligro era más recio. Y sin embargo le habéis dicho: ¡anda! y ninguno de estos graves temores ha podido deteneros en esta empresa obstinadamente resuelta. ¿Qué ha sucedido de extraordinario? ¿Qué ha producido esta atrevida campaña sino aquello que, siendo probable, se ha realizado?

BARDOLFO.- Todos nosotros, que estamos comprometidos en esa catástrofe, sabíamos que nos aventurábamos en mares tan peligrosos, que teníamos diez probabilidades contra una de perecer. Y sin embargo, nos lanzamos a ellos, porque el objetivo perseguido, compensaba la expectativa del peligro temido. Estamos sobre el abismo, tentemos de nuevo la aventura, comprometiendo en ella cuanto tenemos, cuerpos y bienes.

MORTON.- Sí, que el tiempo apura además, mi noble lord, sé de buena fluente y garantizo la verdad del hecho, que el buen Arzobispo de York se ha levantado a la cabeza de tropas bien organizadas. Es un hombre que liga a sus partidarios con una doble seguridad; milord, vuestro hijo solo tenía los cuerpos, las sombras, las apariencias de los hombres para combatir, porque esa palabra «rebelión» separaba sus almas de la acción de sus cuerpos y combatían con desgano, por apremio, como se traga una poción. Sus armas sólo estaban por nosotros, pero en cuanto a sus espíritus, a sus almas, estaban heladas por esa palabra «rebelión», como los pescados en un estanque. Pero ahora, el arzobispo hace de la insurrección una religión; con la reputación de sincero y piadoso en sus pensamientos, se le sigue a la vez con el alma y con el cuerpo. Fortalece su rebelión con la sangre del buen rey Ricardo, raspada sobre las lozas de Pomfret y hace derivar del cielo su causa y su querella. Dice a todos que quiere libertar- una tierra ensangrentada que agoniza bajo el poder de Bolingbroke- y grandes y pequeños se agrupan y le siguen.

NORTHUMBERLAND.- Lo sabía ya; pero, a decir verdad, el dolor presente me lo había hecho olvidar. Entrad todos conmigo y que cada uno aconseje el mejor camino a sus ojos para la salvación y la venganza. Expidamos mensajeros y cartas y apresurémonos a procurarnos amigos. Nunca fueron tan pocos y nunca tan necesarios.