Elenco
El sastre de Campillos
de Francisco Bances Candamo
Acto I

Acto I

La escena es en el Campillo y en S. Esteban de Gormaz.


Decoración de Montz.
Tocan cajas y clarines, y en diciendo dentro los primeros versos, sale atravesando el tablado
Almegir, viejo venerable, armado, con calzas atadas, y traerá en brazos al rey don niño.
(Dentro.)
ALFONSO:

¡Ay de mí!

(Dentro.)
TODOS:

Traición, traición.

(Dentro.)
CONDESTABLE:

Seguid todos al aleve
sin dejar en todo el monte
(si acaso en él se guarece)
tronco que no se examine,
rama que no se penetre.

(Dentro.)
TODOS:

Arma, arma

OTROS:

Traición, traición,

TODOS:

Al risco, al valle, a la fuente.

(Salen y .)
ALFONSO:

¡Ay infelice de mí!

NUÑO:

Vuestra majestad modere
su pena, señor, que yo,
como a mi rey, inocente,
libré de una tiranía,
no temo luego la muerte.


Sale el y , acuchillando a y a , y vendrá armado, y calada la visera, y después don Fernando.
CONDESTABLE:

Seguidlos.

MANRIQUE:

No es eso fácil
que hasta tanto que se aleje,
en defensa de su vida
seré muralla viviente.

MARÍN:

Y yo, que tengo en mi espada
más que una mula reveses.

CONDESTABLE:

Leoneses, matadlos, mueran.

MANRIQUE:

Pues ya miro, que se ausente
Nuño Almegir con el rey,
eso ha de ser de esta suerte.

(Vase.)
MARÍN:

Un pleito sin blanca sigue
cualquiera que me siguiere.

(Vase.)
CONDESTABLE:

¡Ah cobardes!

(Al seguirlos, sale don Fernando de León.)
REY:

¿Qué es esto?

CONDESTABLE:

Antes, señor, que lo cuente,
deja que mi furia vaya
en alcance de un rebelde,
que lleva al rey de Castilla,
hurtado, de entre tu gente

REY:

¿Qué escucho? Síganle al punto
cuantos montados hubiere
del batallón de mis guardas.
¡Ah castellanos aleves!
¿Éstas son vuestras palabras?
¡Un volcán el pecho enciende!

CONDESTABLE:

Vamos en tu alcance, y nada,
voraz mi saña reserve.

REY:

Noble Fernán Ruiz de Castro,
quedaos vos, para que quede
en vos, quien de esta traición
me dé la noticia.

CONDESTABLE:

Atiende:
generoso rey Fernando
de León, a cuya frente,
Castilla, fecunda tantas
vegetables esquiveces;
apenas hoy al Campillo
llegamos, donde tus huestes
inundan esas campañas,
cuando del monte descienden,
en un piélago de plumas,
que espumas volantes mueve,
cuando salieron de Soria,
cuyos altos capiteles,
del cadáver de Numancia,
pirámides eminentes
son, cuyas ruinas caducas,
melancólicas, contienen
mudos, tristes epitafios
que con los ojos se leen;
bien, que aún vence el estrago,
pues en su contraria suerte
una lástima se erige
donde un cimiento fallece.

CONDESTABLE:

Salieron de Soria, digo,
con ostentación alegre,
los concejos de Castilla,
los prelados y maestres
a entregarle al rey Alfonso
(¡ah fortuna! Lo que puedes)
pies quedando en tiernos años
huérfano, a ti te compete,
por pariente más cercano
su tutela, y que gobiernes
a Castilla, en tanto que él
a edad más adusta llegue;
y aunque antes lo rehusaron
por no sé qué inconvenientes
de política, temiendo,
que intentase vanamente
introducirte a su reino

CONDESTABLE:

(porque tal vez, en fin, suele
librarse una tiranía
de una verdad aparente)
o de tu razón instados,
o de el derecho que tienes;
pues como son las campañas
tribunales de los reyes,
no deja de ser razón,
razón que por fuerza vence;
te hicieron pleito homenaje
de entregar solemnemente
a su rey en este sitio,
mas cuando al efecto vienen,
cuando a salvas, y no a choques,
a su vista hicimos frente,
cuando en el campo formaban,
en hileras diferentes,
movibles calles de acero
las picas y los arneses.

CONDESTABLE:

Al llegar (¡ay de mí!) ¿cómo
repetirlo el labio puede
sin ser dogal que me ahogue
cada palabra que aliente?
Al llegar con esta pompa,
donde a las hondosas sienes
del río, que ara estos campos,
es yugo de piedra un puente,
llegó un castellano osado
(¡o cuánto emprende el que emprende
discurrir acción que apenas
ejecutada se cree!)
llegó un castellano en fin,
y cogiendo al inocente
rey en sus brazos, en tanto
que otros su fuga defienden,
subió en un veloz caballo,
que en su ligereza quiere
darnos a entender que astuto
se vistió el viento de pieles;
ardiente huracán herrado,
tan veloz desaparece,
que de seguirle mirando,
cansada la vista vuelve.

CONDESTABLE:

Esto, en fin, es lo que pasa,
y agradecérselo debes
a Castilla, pues con eso
hallas pretexto decente
de conquistarla, abrasando
sus castillos eminentes.
Cadáver de piedra sea
la muralla más rebelde
y a su esqueleto, que yace
caduco míseramente,
sea (siendo antorchas tristes
todas las luces celestes)
tumba la región del viento,
donde las cenizas vuelven.

REY:

¡Vive Dios que estoy corrido!
¿Así Castilla se atreve
a burlarme? ¿Cómo, cómo
mi ceño airado no teme?
¡Ah Castellanos! mi furia
y mi enojo experimente
vuestra traición, pues así
cuando mi saña se vengue,
podrá creer el estrago
quien la amenaza no cree.

(Dentro.)
TODOS:

Castilla es leal, no pierda
su fama por dos rebeldes.

REY:

¿Qué es esto?

Dichos y .
FORTUN:

Señor, que todos
los castellanos valientes
se van pasando a tu campo,
y aseguran, que quien tiene
la culpa de este tumulto,
que a civil desorden crece,
es don Manrique de Lara,
que pudo hurtar imprudente
a Alfonso de entre tus tropas.

CONDESTABLE:

¡Divinos cielos, valedme!
Fortuna ¿cuando Manrique
ya capitulado viene
con mi hermana doña Blanca,
este infortunio previenes?
¿Pero cuándo tú has sabido
dar sin pesares placeres?

REY:

¿Manrique de Lara pudo
a tanta acción atreverse?
No en vano al pleito homenaje
no quiso hallarse presente:
¡qué ira! ¡Qué furor! ¡Qué rabia!
Ea, generosos leoneses
en su alcance divididos,
no quede senda, no quede
en todo el contorno monte,
cuya greña siempre verde,
y siempre erizado el viento,
ni aún en tempestades peine,
sin que el cabello fragoso,
o le arranque, o le repele.
No quede valle sombrío
en cuyas turbias corrientes
el sediento cerderillo
agua gusta, y sombras bebe,
que no examine el cuidado,
y que el furor no penetre:

REY:

y dadme un caballo a mí,
seré el primero que a ese
animado torbellino,
a ese pirata de pieles,
que a mi sobrino ha robado,
siga, que en ansias crueles
ponzoña el aliento exhala,
veneno la vista vierte.

(Vase.)
CONDESTABLE:

Todos le seguid, y todos
repetid confusamente
(por más que contra Manrique
mal el aliento se esfuerce)
viva nuestro rey Fernando
a pesar de los rebeldes.
(Vanse.)

Músicos, doña y damas.
TODOS:

Viva nuestro rey, & c

MÚSICA:

Ay necia memoria mía,
que inútilmente pretendes,
que quien de olvidar se acuerda
¡de que olvide no se acuerde!

BLANCA:

Dejadme sola, que a quien
aún en las dichas padece,
le alivia el dolor, pues sólo
con el dolor se divierte;
y porque la melodía,
que sonora el aire hiere,
como hace el dolor suave,
persuade más a quien siente;
retirados proseguid
la letra, porque consuele
mis penas, y porque lejos
vuestras voces, dulcemente
suenen, como consonancia,
y no como estruendo suenen.

BLANCA:

Ay Manrique, plegue a amor
que hoy vuelvas feliz a verme,
aunque el tiempo que apresures
de mi vida se descuente.
Hoy aguardo que mi esposo
veas, y ya me parece
que tardas, pero o discurso,
¡mal la disculpa, previenes!
si es dicha, y mía, que mucho
¿qué tan perezosa llegues?
Llegue dije plegue a Dios
que el alma cobarde teme
aún la dicha, con no sé
que recelo, que imprudente
el corazón adivina,
pues dentro del pecho, a veces
siendo reloj del deseo
para que el tiempo se abrevie,
las alas que ansioso late
son los volantes, que mueve.

BLANCA:

Aún no creo mi ventura,
y no es justo que me pese
de no creerla (¡ay infeliz!)
pues cuando venga a perderse
menos tendré que sentirla
cuanto menos la creyere
a cada instante imagino
que escucho.

(Dentro.)
MANRIQUE:

¡Cielos valedme!

BLANCA:

¿Qué fuera, ¡ay de mí! que el aire
verdad mi temor hiciese?
pues ya distingue la vista,
que de aquel bruto rebelde,
un joven (hoy todo es sustos)
precipitado desciende,
diciendo.

Dichos y .
MANRIQUE:

¡Ay de mí infeliz!
(Cae armado como al principio.)
en vano, bruto, pretende
tu rigor: ¡Cielos qué miro!

BLANCA:

¡Qué veo!

MANRIQUE:

Hoy en este fértil
florido teatro, hasta
los pensamientos florecen,
o es Blanca.

BLANCA:

O mi fantasía
viste sombras aparentes
o es Manrique.

MANRIQUE:

¿Blanca mía?

BLANCA:

¿Manrique? ¿Pues qué accidente
es éste?

MANRIQUE:

Esto es, (¡ay bien mío!)
ser anticipadamente
infeliz, pues de los ojos
hoy me está hurtando la suerte
una ventura, que aún antes
de tenerla se me pierde.
Fortuna ¿cuándo las dichas
lograr un amante puede?
Por no conocidas, no
se gozan cuando se tienen,
y un nuevo tormento causa
conocerlas al perderse,
con que los bienes humanos
nunca lo son, si se advierte
que llorando los pasados
y ignorando los presentes,
al perderlos ya son males,
y al tenerlos son bienes.

BLANCA:

Cuando al Campillo he llegado
a aguardar que concluyeses
la función de las entregas,
porque dos almas estreche
nupcial amante coyunda,
y para que luego fuese
el Rey de León padrino
de nuestras bodas alegres;
cuando aguardaba mi hermano,
que desea conocerte,
pues nunca te ha visto, a causa
de que desde mis niñeces,
él en León, y yo en Castilla,
habemos vivido ausentes,
llegas (¡ay Manrique mío!)
a mis ojos de esta suerte,
precipitado de un bruto?

BLANCA:

¿Qué tienes, señor, qué tienes,
que tan absorto y confuso
te miro, que me parece
que solamente aquel rato
que suspiras, no enmudeces?

MANRIQUE:

Mi desdicha (¡ay Blanca mía!)
es tan grande, que no debe
admirarte que la calle;
porque si acertar no puede
a creerla el pensamiento,
que la toca y la padece,
¿qué mucho, Blanca, qué mucho,
que a repetirla no acierte?
Mas ¡ay Dios, que la memoria
con nueva porfía quiere!

MÚSICA:

Que quien de olvidar se acuerda
de que olvido no se acuerde.

MANRIQUE:

Por mí te lo ha dicho el aire;
pero tú mi mal infiere,
de ver que a Fernando, injusto
rey de León, que pretende
imponer tirano yugo
a maestras leales sienes
pues aunque el difunto rey
en su testamento ordene
que yo sea tutor de Alfonso,
alega ambiciosamente
que a él por ser su tío sólo
la tutela le compete:
estorbe una tiranía
quitando osado y prudente
al niño rey de sus brazos,
encargando a quien le lleve
a la más segura plaza
de cuantas Castilla tiene:

MANRIQUE:

a mí me es fuerza ausentarme,
para que a saber no lleguen
por mí adonde está mi rey,
con que te perdí: aquí cese
el aliento, y no pronuncie
la sentencia de mi muerte;
¿pero qué importa, señora,?
que de repetirlo deje
mi dolor, si tu discurso,
para que más me penetre,
aún el silencio se escusa
en los suspiros que entiende?;
mi memoria llevo, con que
poco importa que me aleje;
poco remedio es la fuga,
pues si mi pena lo advierte.

MÚSICA:

Siempre la memoria ha sido
el mayor mal de un ausente.

MANRIQUE:

Siempre, voz, a mis afectos
oráculo vago eres.

BLANCA:

Mi Enrique, señor, mi esposo,
no te vayas, no me dejes
sin ti y conmigo, pues yo
me aborrezco por quererte;
que aunque con tantas desdichas
te esté mirando, no puede
el mal de verte infeliz
privarme del bien de verte.
Mas ¡ay de mí! Que en mis ansias
no es fácil que me consuele
el saber que fui dichosa,
cuando infeliz llego a verme.

ELLA y MÚSICA:

Porque siempre son pesares
acordados los placeres.

MANRIQUE:

Suplícote, blanca mía,
que tus sentimientos temples,
porque los cariños son
más dulces cuando se pierden;
y al oír...

(Dentro.)
FORTUN:

Cercad el monte,
y nada el furor reserve.

MANRIQUE:

Esta es gente que me busca:
Blanca, a Dios.

BLANCA:

Manrique, advierte...

MÚSICA:

¡Ay necia memoria mía,
que inútilmente pretendes!

MANRIQUE:

En tu peligro y el mío
estoy muriendo dos veces.

(Dentro.)
REY:

Todo el contorno las llamas;
de vuestro coraje quemen.

BLANCA:

¿Me olvidarás?

MANRIQUE:

No lo temas,
pluguiera el cielo pudiese.

MÚSICA:

Que quien de olvidar se acuerda,
de que olvida no se acuerde.

MANRIQUE:

No te detengas, que todos
en mi seguimiento vienen.

(Dentro.)
TODOS:

Al risco, a la cumbre, al valle,
a la espesura y al puente.

MANRIQUE:

Vete, pues dicen las voces
que en ruidoso estruendo crecen;

(, voces y representación a un tiempo mismo.)
MÚSICA:

Siempre la memoria ha sido
el mayor mal de un ausente
porque siempre son pesares
acordados los placeres.

FORTUN:

Cercad el monte, soldados,
y nada el furor reserve.

REY:

Todo el contorno las llamas
de vuestro coraje quemen.

CONDESTABLE:

Aún la más oculta cima
vuestro denuedo penetre.

TODOS:

Al risco, a la cumbre, al valle,
a la espesura y al puente.

MANRIQUE:

A Dios, Blanca mía.

BLANCA:

¿Cómo
viviré yo si tú mueres?

MANRIQUE:

Como tú vivas, señora,
no hay riesgo que me amedrente.

BLANCA:

Véte, pues, ¡ay de mí triste!

MANRIQUE:

Contigo el alma se quede.

BLANCA:

El cielo tu vida guarde.

(Vase.)
MANRIQUE:

El cielo con bien te lleve.

y
MARÍN:

Señor ¿aquí estás? ¿qué haces?
que perdiéndote en la siempre
rizada espesura, donde
las zarzas y yedras verdes
para los olmos son lazos,
y para nosotros redes,
no he podido dar contigo.

MANRIQUE:

¿Qué es esto, Marín?

MARÍN:

Que vienen
tras nosotros más caballos
que tienen barajas veinte:
escapemos, señor.

MANRIQUE:

Vamos
entrando (¡ay ansias crueles!)
por la fragosa espesura,
(Paseando.)
y las ramas nos hospeden,
que bárbaras celosías
son de este alcázar silvestre.

MARÍN:

Aquí una dueña me valga
para penetrar la agreste
maraña, pues no hay maraña
que una dueña no penetre.
Así ahora para librarte
aquí se te apareciese
un hermanillo bastardo
que tanto se le parece
¿qué candil, vista, ni oído
distinguir a las dos pueden?

MANRIQUE:

Necio intento fuera, cuando
desde sus tiernas niñeces
de él no he sabido, bien que
no hubo jamás quien nos viese,
que no nos equivocase.

MARÍN:

La naturaleza suele
ser gran bellaca, porque
todo diz que lo hace adrede:
¿mira qué mucho es, Señor,
(Andando apresurados.)
que las comedias se encuentren
en las trazas, si la docta
naturaleza, aún a veces
se halla apurada, y no sabe
hacer trazas diferentes?

MANRIQUE:

Eso, la filosofía
disputa; pero ¿qué tiene
que ver esto (¡ay infeliz!)
con lo que ahora nos sucede?
Pues dicen...

(Dentro.)
GIL:

Muere, alevoso.

(Dentro.)
PRIETO:

No será sin que me vengue.

(Dentro.)
UN VILLANO:

Muerto soy.

MANRIQUE:

¿Qué es esto?

MARÍN:

Es,
que a uno le cascan las nueces
tres hombres.

MANRIQUE:

¿Cómo mi brío
no me lleva a socorrerle?

(Vase.)
MARÍN:

¿Hombre aguarda?: eres el diablo;
¿qué en otros duelos te metes,
cuando tu vida y la mía
están de un hilo pendientes?

Sale Polo y otro acuchillando a Prieto que vendrá con la cara ensangrentada, cae en tierra, y
sale .
GIL:

Muere, traidor.

MARÍN:

Linda danza.

JUAN:

Caro os costará mi ofensa.

MANRIQUE:

Pues no llegué a la defensa
lleguemos a la venganza.

(Acuchíllalos.)
GIL:

Es un rayo de la esfera.

VILLANO:

Huyamos.

GIL:

Huyamos digo.

MARÍN:

Ah gallinas, que no os sigo,
porque me ha dado cojera.

MANRIQUE:

Aquí se está desangrando
un infeliz, y estoy viendo,
que las rosas va encendiendo
la sangre que se va helando.

JUAN:

Caballero (¡ay de mí triste!)
a quien (¡fáltame la voz!)
confieso (¡desdicha atroz!)
el favor, que mal resisto
mi pena tanto sentir;
pues en mi (¡fiero pesar!)
cuanto me quiero esforzar
me ayuda más a morir:

JUAN:

¡ay Dios! Alguna nobleza
tengo, aunque en tan bajo estado
me puso el verme inclinado
a una rústica belleza,
por ella (¡ay, Castilla mía!)
ejercicio profesé;
pero un villano furioso,
celoso (¡ah fiero tirano!)
que es ser dos veces villano;
ser villano, y ser celoso,
me ha muerto, pero a traición
con otros, y yo también
a uno dejo muerto, a quien
patente hice el corazón:
tú, caminante, repara
por un amor tan liviano
en lo que se ve un hermano
de don Manrique de Lara;
mas ya muero de la herida,
que aún el aliento veloz
que estoy gastando en la voz,
me falta para la vida.
(Muere.)

MANRIQUE:

Hermano, amigo (¡ay de mí!)
¿pero yo hermano llamé
a hombre que confiesa que
tuvo humilde oficio?

MARÍN:

Sí,
pues cuando fuera bajeza,
aún la ignorancia mayor
trae, en siendo por amor,
cierto viso de nobleza.

MANRIQUE:

Dices bien, puesto que
por otra parte emboscados
andan todos los soldados,
sus vestidos me pondré,
pues es a mi parecido,
aunque de sangre bañado
está tan desfigurado.

MARÍN:

Bueno, que hayas acudido
a salvar esa objeción;
porque alguno que repara,
al ver a los dos la cara
está con tanta atención;
pues siquiera su capricho,
que ya pintado, ya escolto
saliese un hombre de bulto
a decir lo que está dicho.

MANRIQUE:

Mi peto y espaldar quiero
(Vale armando, y se pone sus vestidos.)
que le ponga, no te asombre.

MARÍN:

Ya con dos conchas el hombre
es galápago de acero.
Por aquí.

(Dentro.)
MARÍN:

Que vienen, vaya.

MANRIQUE:

¡Qué esto mi suerte disponga!

MARÍN:

Señor sastre, usted se ponga
este jubón de Vizcaya.

MANRIQUE:

¡Qué riguroso desastre!

MARÍN:

Su persona armada está,
y el primero soy, que ya
se la pudo armar a un sastre.
Hacia allí el ruido siento.

(Dentro.)
MANRIQUE:

Ponle mi espada.

MARÍN:

Ya fiera
la tiene en cinta, Dios quiera
darle buen alumbramiento.

CONDESTABLE:

Llegad todos.

(Dentro.)
MANRIQUE:

Suerte avara,
que fuera feliz no dudo,
si como el traje me mudo,
la ventura me mudara.

MARÍN:

¿Cuánto ahora, Manrique, a mí
me estimaras, si supieses,
que poco más de seis meses
aprendiz de sastre fui?

El , el , y .
REY:

Sin duda en esta maleza
de zarzas entretejidas,
que duplicando la noche
es paréntesis del día
se oculta Manrique fiero.

CONDESTABLE:

Mal valerse determina
de su fuga, aunque en su alcance
no cuesta menos fatigas
que seguirle con la planta,
alcanzarle con la vista.

FORTUN:

Aguardad, señor, que él es,
si el sentido no delira,
el que con sangre las flores
infaustamente matiza.

CONDESTABLE:

Yo como nunca le vi,
no le conozco.

REY:

Esa misma
es mi duda.

FORTUN:

Mal podrán
engañarme las insignias
del escudo, y de las armas,
y del rostro, aunque se mira
todo bañado de sangre.

REY:

A su juventud florida
lástima tengo.
(Dentro voces.)
Manrique
es muerto.

CONDESTABLE:

Buena noticia
será para Blanca. ¡Cielos!
Y más cuando ya extendida
pasa la palabra, que es
¡muy veloz una desdicha!

REY:

Sin duda le mató alguno
de los que en su alcance iban:
pésame por Dios, mas puesto
que después de sucedida
una desgracia, no tiene
más remedio que sentirla;
a su cadáver se hagan
todas las honras debidas
que a difuntos generales
acostumbra la milicia;
ronco destemplado estruendo
de cajas y de sordinas
(Sordinas.)
en tristes acentos forme
lamento de la armonía.

CONDESTABLE:

Vueltas al revés las armas,
y arrastrándose las picas,
en fúnebre luto, el viento,
negras banderas se vista.

(Clarines.)
ELVIRA:

Aguardad leoneses.

(Dentro.)
REY:

¿Qué
nuevo rumor se anticipa,
a las sordinas, que el eco
todo el monte escandaliza?

CONDESTABLE:

Un joven, que con denuedo
el campo veloz corría,
en un bruto tan ligero,
que aún no huella lo que pisa,
para llegar a tus plantas
deja el estribo y la brida.

Dichos, y sale doña de corto, con botas, espuelas, plumas, espada y bengala.
ELVIRA:

Rey Fernando de León,
cuya hermosa bizarría
tiembla en Córdoba Almanzor,
y Abenjuzeph en Sevilla;
doña Elvira soy de Lara,
de prosapia esclarecida,
y hermana de don Manrique,
cuya heroica gallardía
a vuestros rigores yace
muerta, pero no vencida;
con él vine a las entregas
de Alfonso rey de Castilla,
para asistir a sus bodas
después; pero no sería
una desdicha tan fiera,
y de tanto dolor digna,
(¡ay de mí!) si no viniera,
cuando se espera una dicha.

ELVIRA:

Por una gloriosa acción
sabiendo que le seguían
tus soldados, un caballo
tomé, procurando altiva
hallarme a su lado; pero
cuando en su alcance venía;
cuanto más el bruto corre,
y en mi cólera se anima,
pues los batidos hijares
las espuelas me salpican,
la noticia de su muerte
hallé en el campo esparcida,
que si es desdichada, es
muy veloz una noticia.

ELVIRA:

No te admire el ver, que cuando
tengo infeliz, a mi vista,
ese espectáculo triste
de quien es el monte pira,
pues va dejando las rosas
sangrientamente floridas,
muestre el corazón rebelde
al llanto, pues si lo miras,
pasó la pena de susto
a osadía, de osadía
a dolor, y este dolor
se convirtió tanto en ira,
que aún no quiero a lo irritada
hurtarle lo compasiva.
Si a Alfonso ocultó Manrique,
es razón que le persiga
tu enojo, porque a tu enojo
estorbó una tiranía.

ELVIRA:

Él es tutor de su rey,
y como tutor aspira
a librarle de un peligro,
pues cauteloso querías,
con el traje de piedad
disimular tu avaricia.
Pero esto aparte; infeliz
Manrique, que al pecho dictas
la más generosa hazaña,
pues tu sangre, aún no muy fría,
heroicas venganzas late
en cuantas iras palpita,
en tus manos, (pese a mí,
que ahora estoy enternecida)
homenaje (¡qué dolor!)
hago (¡ay de mí!) de que altiva
(¡qué ansia!) procure, (¡qué pena!)
en vano el valor porfía,
volver (¡aquí de mi rabia!)
¿qué mis lágrimas reprima,
pues en líquidos arroyos
la cólera se destila?

ELVIRA:

Y a ti, infeliz Manrique,
homenaje y pleitesía
hago, puesta la una mano
en el pomo, de esta limpia
espada, y la otra en las tuyas,
que ya son yerta ceniza,
de defender tu opinión,
ya que no puedo tu vida.
Y a vosotros, oh leoneses,
con la reverencia digna
al rey, pues es la atención
a la majestad debida,
desmiento, de la sospecha;
que esparció vuestra malicia
contra Manrique, diciendo:
que fue traición conocida
ocultar al rey, dictada
de impulsos de su codicia.

ELVIRA:

A cualquiera, que villano
esta sospecha conciba,
del rey abajo, desmiento,
y a sustentarlo, se obliga
mi arrogancia, cuerpo a cuerpo,
si alguno hay que lo resista,
o con armas, o sin ellas,
en los campos de Castilla,
al choque de dos caballos,
o al encuentro de tres picas,
en el arnés, o el escudo
donde suban las astillas
tan altas, que del sol puedan
ser volantes celosías;
y quien piense que me mueve,
la hermosa prerrogativa
de dama, pues a las damas
no hay valor que no se rinda,
queriendo, que rendimiento
se llame la cobardía,
sígame, si valor tiene,
que sin desmontar la brida
de ese bruto, de ese rayo,
aborto de Andalucía
le espero en esas campañas,
de noble sangre teñidas,
desde el alba hasta la noche,
desde la noche al día.

CONDESTABLE:

¡Gallarda resolución!

ELVIRA:

¿Qué respondéis?

REY:

Doña Elvira,
que sois dama, y con las damas
mis caballeros no lidian:
venid, y las funerales
ceremonias se prosigan.

Dichos menos el .
ELVIRA:

¡Ah, pese a la preeminencia!
¿Qué mis venganzas impida
el rendirse todos, cuando
más el rendimiento irrita?
Leoneses, cualquiera que
este reto contradiga
tome ese guante, pues es
ceremonia que se estila
en los duelos.

CONDESTABLE:

Yo le tomo,
gallarda Palas divina,
no como señal del duelo;
¿pues quién habrá que compita
con vos, si desde que os vi,
en dos acciones distintas,
no me quiere a mí la muerte,
porque no quiere la vida?

ELVIRA:

¿Pues por qué le tomáis?

CONDESTABLE:

Sólo
por prenda vuestra, y no aspira
mi rendimiento a tenerla
por favor; a más aspira.

ELVIRA:

Eso es ya de otra materia
y no es fácil que permita
que prenda mía posea
nadie, porque vengativa
sabrá cobrarla mi espada,
castigando la osadía..
(Empuña.)

CONDESTABLE:

Tened, que ese es otro caso:
yo también sabré rendirla
a vuestros pies, que no quiero
que os dé disgusto la dicha
de un acaso, pues guardarla
al ver que se desperdicia,
fue atención; pero negarla
fuera ya descortesía.

(Va a dar el guante.)
ELVIRA:

Ahora no la quiero; pues
aunque cobrarla quería,
tomarla de vuestra mano
fuera mostrarse benigna
mi atención y así no quiere,
por no verme compelida
a tomarla, cuando es vuestra,
acordarme que fue mía.
(Vase.)

CONDESTABLE:

Aguarda, detente, espera:
no, hermosa deidad esquiva,
ausentándote a mis ojos
con tan dulce tiranía,
para una esperanza muerta,
dejes la memoria viva.

y en traje de villanos.
MANRIQUE:

Parece que con mi astucia
los leoneses se engañaron,
pues ya la voz de mi muerte
ha corrido por el campo.

MARÍN:

Para quien creyese agüeros
era a propósito el caso
de estar mirando su entierro;
pero tu bastardo hermano
honrado se ve en la muerte,
pues si de aquí lo reparo,
el ejército lo lleva
con grandeza y aparato,
que para un pobre difunto
es grandismo descanso.

MANRIQUE:

Con melancólico acento,
al ronco estruendo bastardo,
gime el viento en las sordinas.

MARÍN:

Sí, pero una cosa hallo
de conveniencia en tu entierro,
y es que no te van chillando
los niños de la doctrina,
un colegio de bellacos,
que en entierros ostentosos
son sufragios alquilados.

MANRIQUE:

Ya don Nuño con el rey
habrá sin duda llegado
adonde en salvo lo ponga;
y en cuanto los castellanos
a su defensa se junten,
más fieles o más osados,
San Esteban de Gormaz
será su alcázar y claustro.
La orden que llevó don Nuño
es de que esté disfrazado
el rey como un hijo suyo,
porque dejen de buscarlo
allí los leoneses, pues
en Nuño no han sospechado;
y pues tal disfraz hallé,
siempre a vista del contrario
he de andar, Marín amigo,
sus intentos observando.

MARÍN:

Una cosa sólo resta.

MANRIQUE:

¿Cuál es?

MARÍN:

Que ya transformado
en sastre, en el lugar puedas
ir prosiguiendo el engaño:
cuanto a ser sastre, señor,
ya yo tengo mucho andado,
pues fui aprendiz seis meses;
con que si a hacer nos juntamos
cualquier vestido, echaremos
a perder cualquiera paño.

MANRIQUE:

Necio, ¿yo había de venir
a ese ejercicio?

MARÍN:

No es malo
el puntillo; ¿pues sin eso
podrás estar reputado
por sastre?

MANRIQUE:

Podré algún tiempo,
y esto no ha de durar tanto,
que falten escusas para
no llegar a ejercitarlo.
Aún más cuidado me da
ir al Campillo ignorando
con quien tenía amistad
este hombre, y los ordinarios
ejercicios suyos.

MARÍN:

Pues
si ése es sólo el embarazo,
de lo mismo que te hablaren
puedes ir conjeturando
las respuestas, y si no,
apelar a que estás falto.

MANRIQUE:

Eso es mejor.

Dichos y .
CASILDA:

¡Ay, Juan mío,
que yo te estaba aguardando
con grande temor!

MANRIQUE:

¿Qué es esto?

MARÍN:

Esta mujer es el diablo.

CASILDA:

Dijeronnos en la villa
que te había desafiado
Gil Polo; pues yo, Juan mío,
digo que me parta un rayo
si le puedo ver.

MARÍN:

Ya es esto
del cuento, responde algo.

MANRIQUE:

Sin duda ésta es la villana
bella por quien la mataron.

CASILDA:

¿No me respondes? ¿Estás
conmigo muy enojado?
Yo te quiero.

MANRIQUE:

Bien pudieras,
(bueno es hallarme obligado
(Aparte.)
a mezclar tratos groseros
entre tan nobles cuidados)
bien pudieras excusar
andarme dando embarazos,
pues sabes mi condición:
(yo no sé lo que la hablo.)

CASILDA:

Ya veo que eres dimoño,
y que no hay mozo en el barrio
a quien no des para peras.

MARÍN:

Oyes, tu hermano era guapo.

MANRIQUE:

¿Qué había de ser quien tuvo
de mi sangre algunos rasgos?

CASILDA:

¿Juan, quién es este mozo?

MANRIQUE:

Es un grande oficialazo
y le traigo a casa.

MARÍN:

A ser
de usted el menor criado:
¿cómo se llama nuestra ama?

CASILDA:

Dile tú como me llamo.

MANRIQUE:

Yo vengo hecho un lucifer
celoso y desesperado,
y no me acuerdo de nada.

CASILDA:

Casilda soy de Polanco,
que éste en el Campillo es
apellido muy honrado.

MARÍN:

Nadie por su boca pierda.

CASILDA:

Oyes ¿cuándo nos casamos?

MANRIQUE:

¿Esto más? Cuando Dios quiera,
que ahora estoy muy alcanzado.

Dichos, Polo y otro .
GIL:

En fin, él quedaba herido;
pero en el campo dejamos
muerto a Silvio.

VILLANO:

Él lo mató,
que el sastre es desesperado.

GIL:

Por aquel hombre, de hierro
vestido, no le matamos:
veamos ahora a Casilda.

VILLANO:

Está con un hombre hablando.

GIL:

Y es el sastre, vive Dios,
amigo, que allá en el campo
nos hizo la mortecina
(Embístenle.)
¡Aún vives, traidor!

MANRIQUE:

Villanos,
vuestro error castigaré.

MARÍN:

Dales su carta de pago.

CASILDA:

Ay, que a mi marido matan:
Justicia de Dios.

GIL:

Huyamos.

Salen por un lado el y el , y , y por otro y damas, y el de alcalde.
REY:

¿Qué ruido es éste?

BLANCA:

¿Qué es esto?

MANRIQUE:

En grande peligro estamos.

BLANCA:

Con el rey encontré ¡cielos!
¿Qué habiéndome ya informado
de la muerte de Manrique
sea un dolor tan extraño,
tan infeliz, que aún no
tenga lugar para el llanto?

REY:

¿Espadas aquí? ¡En mi vida
vi tan hermoso milagro!

CASILDA:

Señor dos hombres, que huyeron,
a mi marido intentaron
matar: josticia de Dios.

VEJETE:

Señor, es un gran bellaco
el sastre, y ha días que tengo
gana de echarle la mano.

MARÍN:

Cuchilladas, y mujer,
buena hacienda te ha dejado
el difunto.

BLANCA:

De Manrique
es un viviente retrato
este hombre: ¡Cielos! ¿Si es él?

MANRIQUE:

En mí, Blanca ha reparado,
y en ella el rey; ¡ya supieras
(Aparte.)
ciego Dios, amor tirano,
dar un consuelo, sin dar
con él algún sobresalto!

CASILDA:

Josticia contra estos hombres.

REY:

Haced, alcalde, buscarlos,
y castigarlos.

VEJETE:

Si haré.

(Vase.)
CONDESTABLE:

Hermana, llega, y la mano
besa al rey.

REY:

¿Su hermana es ésta?

BLANCA:

A vuestros pies, soberano
monarca.

REY:

Señora, alzad,
que no está bien, (yo me abraso)
puesto a mis plantas el cielo:
¡qué beldad!

MANRIQUE:

Cielos, a espacio.

CONDESTABLE:

En la Quinta, donde Blanca
estaba agora aguardando,
con otro intento, a Manrique,
podéis, señor, alojaros.

REY:

Si haré; pues en tanto que
más diligencias hagamos
de Alfonso, puesto que vienen
mis soldados fatigados,
aquí harán alto; venid
que yo he de ir a acompañaros:
ahora conozco, que fue
don Manrique desgraciado.

(Vase.)
BLANCA:

Hombre, ilusión, o fantasma,
de Manrique eres retrato,
y aunque sé que es muerto (¡ay triste!)
me consuelo con dudarlo.
(Vase.)

CONDESTABLE:

¡Ay Elvira, qué de penas
con tu ausencia me has dejado,
pues tu memoria es al alma
un gustoso sobresalto!

(Vase.)
CASILDA:

En casa te aguardo, Juan.

(Vase.)
MARÍN:

Lo que yo de todo saco
es, que porque no te cojan
en mentira, pues los cabos
que tu hermano dejó sueltos,
son tan diversos y tantos,
es fuerza que te hagas loco,
aunque según son tus cascos,
yo espero que el fingimiento
te cueste poco trabajo.

MANRIQUE:

Ay, Marín, más loco fuera
en ser cuerdo, cuando hallo
un disfraz tan indecente,
en que mal asegurado
estoy; una mujer que
me persigue, unos villanos
que intentan matarme, un rey
que tan a mi costa amparo,
y sobre todo unos celos,
al corazón enroscados,
que de la memoria son
áspides imaginarios.