El rey del mar: Capítulo XVI

El rey del mar
Capítulo XVI: El hijo de Suyodhana
de Emilio Salgari

No, los últimos tigres de Mompracem no habían sido vencidos todavía; pero estaban amenazados de serlo en un breve plazo, pues no sabían ya dónde proveerse del combustible que les era tan necesario, lo mismo que la pólvora.

El carbón disminuía a ojos vistas; las carboneras estaban casi vacías; la esperanza de encontrar algún barco se alejaba cada vez más. Era preciso tomar una resolución suprema, y Sandokán y Yáñez la tomaron inmediatamente, de acuerdo con Tremal-Naik y el ingeniero americano.

De mutuo acuerdo decidieron dirigirse sin vacilar a la Isla de Gala, en la cual se habían reunido los praos en espera de que terminara la guerra, no con la esperanza de poder aprovisionarse allí de combustible, sino para tener siquiera el apoyo de aquellos veleros en el momento supremo, y al mismo tiempo para enviar a algunos a cargar en Bruni.

Como se trataba de pequeñas embarcaciones mercantiles que podían enarbolar cualquier bandera, nadie les pondría obstáculos porque quisieran embarcar carbón.

La dificultad estribaba en poder llegar hasta la isla, que estaba a más de cuatrocientas millas de distancia, antes de que la escuadra aliada, que ya debía de haberse alejado de las aguas de Sarawak, cayese sobre el Rey del Mar y le sorprendiera con los fuegos medio apagados, obligándole a aceptar un combate con fuerzas enormemente superiores.

Por el momento no parecía que les amenazase tan gran peligro, porque un giong que procedía del Sur les habla dicho por la mañana que no había visto barco alguno de guerra en las aguas de Labuán ni en las de Bruni.

Terminado aquel breve consejo, el Rey del Mar se puso en seguida con rumbo hacia el Nordeste, debiendo pasar muy lejos de Mompracem, y sostenerse a Poniente de los dos grandes bancos de Samarang y de Vernon.

Para hacer la máxima economía posible de carbón, se apagaron la mitad de los fuegos; de este modo el crucero caminaba solamente con una velocidad de seis nudos por hora.

Sandokán, que estaba más nervioso que Yáñez, se sentía, además, de un pésimo humor.

Se le veía pasear horas enteras por la pasarela de órdenes, escrutando con gran ansiedad el horizonte, poseído de una preocupación cada vez mayor. Ya no era el hombre tranquilo e impasible de otros tiempos, seguro de su barco y de su artillería, que se reía de los peligros y que los afrontaba con la sonrisa en los labios, fumando filosóficamente.

Varias veces al día bajaba a las carboneras, ya casi agotadas, se detenía ante los hornos, ante aquellas bocas hambrientas que pedían alimento con insistencia, y experimentaba en el corazón unas terribles opresiones, cada vez que los fogoneros precipitaban entre las llamas casi moribundas, paletadas de combustible.

Cuando salían de allí, su frente aparecía tempestuosa y sombría, y de nuevo se ponía a pasear, con aire taciturno durante largo tiempo entre las torres de popa y de proa, con los brazos cruzados e inclinada la cabeza, y sin dirigir la palabra a nadie.

Tan sólo doscientas treinta millas separaban al Rey del Mar de las costas occidentales de Borneo, cuando comenzó a esparcirse a bordo una grave noticia.

Un pequeño velero que había sido interrogado dio una respuesta que hizo temblar a toda la gente del corsario.

-¡Cruceros ingleses al Suroeste!

-¿Cuántos?

-Dos.

-¿Cuándo los habéis encontrado?

-Ayer tarde.

Era preciso huir. Aquellos dos barcos debían de ser la vanguardia de alguna escuadra; podían llegar de un momento a otro, y descubrir al Rey del Mar.

-¡Quememos las últimas reservas de combustible! -había dicho Sandokán a Yáñez.

-¿Y después?

-¡Estaremos dispuestos para combatir!

El Rey del Mar apresuró la marcha. Huía a toda prisa, haciendo doce nudos por hora, sacrificando las últimas toneladas de combustible, con una pequeña esperanza: la de encontrar algún buque mercante y quitarle el carbón antes de que llegase la escuadra.

A bordo se habían redoblado los vigías. Hombres de ojos de lince vigilaban en las cofas.

Mientras tanto, Sandokán había dado la orden de prepararse para la batalla, que, según todas las probabilidades, debía ser la última, a menos que se realizara algún milagro.

Faltaban todavía ciento cuarenta millas; la velocidad disminuía, las carboneras estaban vacías y las calderas se enfriaban de minuto en minuto.

Se aproximaba el momento terrible, y, sin embargo, a bordo todos estaban tranquilos, porque hacía mucho tiempo que habían hecho el sacrificio de sus vidas. Nadie temía a la muerte que les amenazaba, y miraban impasibles las aguas que se convertirían para ellos en una sepultura.

Solamente lamentaban una cosa: morir lejos de Mompracem.

A las ocho de la noche, el Rey del Mar se detuvo casi encima de la gran cuenca del Vernon. Todo cuanto podía desarrollar calor había sido devorado por los implacables hornos de las máquinas.

Los barriles de alquitrán, las cajas de cáñamo empapado en licores, las materias grasas de la despensa, los muebles de las salas; en fin, hasta las hamacas y los efectos dé los tripulantes.

Si hubieran podido transformar las paredes metálicas del barco en otro tanto combustible, aquellos hombres no hubieran dudado en arrojarlas al fuego, con tal de llegar hasta las costas de Borneo, todavía muy lejanas.

Al notar que el buque se detenía, Sandokán se había ido directamente hacia la popa, más sombría que nunca, y allí sé apoyó en la borda.

No había dicho una sola palabra ni hecho demostración alguna. Encendió la pipa, y fumó con más furia que de costumbre, fijando los ojos en el horizonte, que se envolvía rápidamente en tinieblas.

Yáñez imitó a Sandokán.

De aquella parte venía el peligro, y lo presentían acercarse, terrible, formidable, abrumador, implacable.

La oscuridad se había hecho completa y teñía las aguas de un color casi negro. En el cielo había muy pocas estrellas; apenas se veían por entre los jirones de nubes que surgían al impulso de la brisa del mar.

A bordo reinaba un silencio profundo desde que la máquina había dejado de funcionar, y, sin embargo, los doscientos cincuenta hombres que componían la tripulación del crucero, estaban en la cubierta; unos sobre las amuras, otros detrás de los gigantescos cañones de las torres; pero ninguno hablaba.

A eso de la medianoche, Tremal-Naik se acercó a Sandokán, que no había abandonado su puesto.

-Amigo mío -le dijo -, ¿qué es lo que nos falta hacer?

-¡Prepararnos para morir! -contestó el Tigre de Malasia con voz tranquila.

-Yo estoy dispuesto, ¿y las muchachas?

En lugar de responderle, Sandokán extendió la mano derecha hacia el Oeste y dijo:

-Allí están, ¿los ves?

-¿Quiénes, Sandokán?

-Los barcos enemigos.

-¡Ya! -murmuró el hindú, que no pudo reprimir un estremecimiento.

-Corren hacia aquí como fieras para aniquilar a los últimos tigres de Malasia. Sus miradas ya están fijas en nosotros.

Tremal-Naik miró en la dirección indicada, en tanto que los hombres de guardia gritaban:

- ¡Barcos a popa!

Brillaban varios puntos allá en el horizonte, que se iban agrandando rápidamente.

-¿Están dispuestos nuestros hombres? -preguntó Sandokán.

-Sí -contestó Yáñez, que estaba cerca de él.

-¿Y las muchachas? -preguntó, temblando ligeramente.

-Están tranquilas.

-¡Quisiera salvarlas!

-¿Y qué es lo que debemos hacer para conseguirlo?

-Embarcarlas en una chalupa y alejarlas de aquí antes de que nos rodeen los barcos enemigos.

-Se negarán, me han jurado que si tenemos que morir, ellas se irán a pique con nosotros.

-¡Aquí está la muerte!

-La esperan.

-¡Sálvalas, Yáñez!

-Te repito que no quieren dejarnos, no insistas.

-¡Bien, sea! ¡Si morimos no caeremos sin habernos vengado! ¡A mí, tigres de Mompracem!

Los barcos enemigos corrían a toda máquina, formando un amplio semicírculo, que más tarde debía cerrarse para coger en medio al Rey del Mar y enviar1c roto, deshecho por las innumerables bocas de sus cañones, al fondo del océano.

Sandokán y Yáñez, que al llegar el momento supremo del peligro habían vuelto a recobrar su calina habitual, daban las órdenes con voz tranquila.

En cuanto vieron que sus hombres estaban todos en sus correspondientes puestos de combate, subieron a la pasarela de mando.

En el palo de popa hicieron enarbolar la bandera roja con la cabeza de tigre en el centro.

Varios haces de luz procedentes de los barcos enemigos, que habían encendido sus potentes reflectores, se concentraron sobre el Rey del Mar, iluminándolo como si fuese de día.

-¡Sí, miradnos, somos nosotros! -dijo Sandokán.

Cuatro grandes buques de vapor, sin duda alguna los más poderosos de la escuadra de los aliados, se habían colocado silenciosamente en semicírculo alrededor del crucero, al que amenazaron con su artillería. Sin embargo, no dispararon ningún cañonazo.

Esperaban a que fuese de día para empezar la lucha suprema, o para intimidar la rendición; palabra que no existía en la lengua del activo pirata

Damna se había acercado en silencio a la borda de popa. Estaba muy pálida, pero tranquila, como toda la tripulación.

Su mirada vagaba con insistencia de un barco al otro. ¿Qué buscaba? No se podía dudar: a sir Moreland.

Una voz interior le decía que el hombre amado debía de estar cerca, en uno de aquellos poderosos acorazados que iban a demoler al impotente Rey del Mar.

Mientras tanto, los buques aliados, que habían apagado los reflectores eléctricos, giraban lentamente alrededor del crucero, estrechando cada vez más el cerco. Desfilaban corno fantasmas de una noche tenebrosa, y parecía que sus faroles, cual ojos llameantes, se clavaban de un modo sangriento sobre su víctima.

Sin embargo, no estaban al alcance de la artillería gruesa. Seguros ya de que no se les escapaban los tigres de Mompracem, no se apresuraban a acercarse demasiado.

A eso de las dos de la mañana, Sandokán y Yáñez, que no habían abandonado su puesto, descendieron lentamente de la pasarela y se dirigieron hacia el centro del barco. Estaban como siempre, fríos e impasibles.

Se acercaron a Tremal-Naik, que se había apoyado en un cabrestante y seguía con una mirada llena de inquietud a su hija, que vagaba como un fantasma por el castillo de popa,

-Amigo -le dijo Sandokán con acento triste -, aquí se hundirán mañana en el abismo los últimos tigres de Mompracem.

Tremal-Naik sintió un estremecimiento y levantó vivamente la cabeza.

-¿Crees que esos cruceros podrán vencer a un barco tan poderoso como el tuyo? -preguntó.

-Son los cuatro grandes cruceros que trataron de apresarnos en la bahía de Sarawak. Estarnos seguros de que no nos equivocamos.

-¿Y podrán hundir a tu Rey del Mar?

-Estoy completamente convencido de ello.

-Y yo también -dijo Yáñez -. Esos buques deber, de tener una artillería formidable, y, además, son cuatro.

-Y nosotros no podemos movernos -añadió Sandokán.

-En resumen, ¿qué es lo que queréis decirme? -preguntó el hindú.

-Proponerte que te vayas a bordo de uno de esos barcos y que te rindas, llevándote a tu hija y a Surama.

Tremal-Naik se enderezó, haciendo un gesto de sorpresa y de dolor al propio tiempo.

-¡Yo, alejarme de vosotros! -exclamó -. ¡Oh, no, nunca! ¡Si mueren aquí los últimos tigres de Mompracem, a quienes debo la vida y tanta gratitud, morirán también el antiguo cazador de jaguares negros y su hija!

-Pero yo debo advertirte que tu hija ama y es amada por un hombre que podría hacerla feliz -dijo Sandokán.

-Sir Moreland, ¿no es cierto? -dijo Tremal-Naik -. ¡Ya me había dado cuenta! ¿Habéis dicho a Damna el grave peligro que corremos?

-Sí -respondió Yáñez.

-¿Y qué os ha contestado?

-Que no abandonará nuestro barco.

-¡No podía contestar de otro modo! -añadió el hindú con orgullo -. ¡No desmiente su sangre! ¡Si el destino ha señalado nuestro fin, que se cumpla el destino!

Se estrecharon las manos, y los tres se dirigieron hacia el puente de órdenes.

De pronto, Yáñez se detuvo y dio un grito:

-¡Qué estúpido! ¡Y yo que le había olvidado!

-¿A quién? -preguntaron a un tiempo Sandokán y Tremal-Naik.

-¡Al demonio de la guerra!

Una loca esperanza había renacido en el cerebro del portugués. En aquel momento se acordó del hombre, de ciencia americano, de Paddy O'Brien, a quien llevaban como prisionero en uno de los camarotes de proa, y vigilado noche y día.

Descendió rápidamente bajo cubierta, atravesó el corredor, y se detuvo ante la pequeña habitación que ocupaba el hombrecillo.

-¡Despierta al prisionero! -dijo al malayo de guardia.

-Ya está en pie, señor Yáñez.

El portugués abrió la puerta y penetró en el camarote. Paddy O'Brien estaba sentado delante de una mesilla, y parecía sumergido en un cálculo muy intrincado, con las narices sobre un montón de papeles cubiertos materialmente de cifras.

-¿Es usted, señor de Gomara? -dijo el doctor, sujetándose los anteojos -. ¿Qué viento le trae a usted por aquí? Hacia mucho tiempo que no le veía, y esperábale a usted.

-Doctor -dijo el portugués sin andarse con preámbulos -. Los barcos enemigos nos han rodeado, y estamos a punto de que nos echen a pique.

-¡Ah! -dijo el americano, sin desconcertarse lo más mínimo.

-Usted me ha dicho que posee un secreto terrible...

-Y confirmo lo dicho.

-Pues ha llegado el momento de experimentar ese secreto, señor demonio de la guerra.

-Mande usted que suban mis cajas a cubierta.

-¿No hará usted saltar nuestro barco en lugar de los del enemigo? -preguntó Yáñez, un poco inquieto.

-Saltaría yo también lo mismo que usted, y por ahora no tengo ganas de morir -respondió el doctor -. Señor de Gomara, aprovechemos estos momentos de calma,

Subieron a cubierta, y los marineros, por su parte, llevaron las cajas del doctor.

-Allí están los buques aliados -dijo Sandokán, acercándose al hombrecillo,

-Sí, ya veo que nos han rodeado -respondió Paddy O'Brien, arrugando el entrecejo -. ¡Ese barco es el que va a saltar primero!

Un pequeño crucero que en un principio no había sido visto, se destacó del grueso de la escuadra, y comenzó a dar vueltas alrededor del Rey del Mar, pero manteniéndose siempre a una distancia de dos o tres mil metros. ¿Iba a hacer un reconocimiento o a provocar el fuego de los piratas de Mompracem?

Paddy O'Brien hizo abrir sus cajas, que contenían aparatos eléctricos, totalmente incomprensibles para Yáñez y Sandokán.

Examinó con sumo cuidado cada objeto, sin apresurarse, antes al contrario, con mucha calma, como quien está seguro de lo que tiene que hacer, y después, volviéndose hacia Yáñez, que le vigilaba, teniendo su mano derecha apoyada en la culata de la pistola, le dijo:

-¡Cuando usted quiera!

-¡Haga usted funcionar su aparato!

-Sobre aquel buque que pasa por estribor: ¡saltará en el acto! -dijo Paddy fríamente.

Por el interior de todos los marinos que rodeaban al americano corrió un fuerte estremecimiento. Aquel hombre tan pequeño, ¿sería capaz de realizar el milagro que anunciaba?

-¡Atención! -gritó de pronto el demonio de la guerra.

Apenas había pronunciado esta palabra, cuando un relámpago deslumbrador rompió bruscamente las tinieblas, seguido de una espantosa detonación.

Una enorme columna de agua se alzó en torno al pequeño crucero, mientras que una tempestad de astillas y fragmentos caía por todas partes.

Un inmenso griterío, salido de centenares de pechos, resonó lúgubremente en los aires, y se extinguió súbitamente.

El barco había hecho explosión, y se hundía con rapidez, pues tenla los costados abiertos.

En aquel mismo instante reventaba una granada sobre el puente del Rey del Mar, entre el aparato y Paddy O’Brien. El americano dio un grito y cayó casi a los pies de Yáñez, el cual había escapado milagrosamente de los cascos del proyectil.

-¡Doctor! -dijo el portugués, precipitándose hacia él.

-El... el... apa... -murmuró el desgraciado inventor, agitando los brazos con un movimiento desesperado.

Se llevó las manos al pecho para contener la sangre que se le escapaba por una horrible herida.

Sandokán se había lanzado hacia las cajas.

Al verlas dio un grito de desesperación.

La granada había destrozado el aparato, haciendo añicos las pilas.

Yáñez levantó dulcemente la cabeza al americano.

-¡Señor O'Brien! -dijo, mientras que un sollozo le oprimía la garganta.

El herido abrió los ojos, y los fijó en el portugués.

-¡Esto... ha... con... clui... clui... cluido! -dijo roncamente. Con su mano llena de sangre estrechó la de Yáñez; después, apoyando un codo en el suelo, como para sostenerse, volvió a caer.

-¡Muerto! -dijo tristemente Yáñez.

-¡He aquí la primera víctima! -respondió Sandokán.

Yáñez depositó sobre la toldilla al desgraciado inventor, le cerré los ojos, le cubrió con una lona, y en seguida, irguiéndose fieramente, dijo.

-¡Todo ha terminado! ¡Aquí morirán los últimos tigres de Mompracem! ¡Tremal-Naik, Damna y Surama, a mi torre, y vosotros a vuestros cañones! ¡Nuestra vida está ahora en las manos de Dios!

-¡A vuestros sitios de combate! -gritó Sandokán -, ¡Demostremos cómo saben morir los piratas de Malasia!

El alba, un alba de color de rosa que anunciaba un día magnífico, rasgaba rápidamente las tinieblas.

Del crucero más próximo partió un disparo sin bala, intimidando a la rendición.

Por su parte, Sandokán mandó izar la bandera roja en señal de combate.

En lugar de romper el fuego, el crucero enemigo hizo señales con las banderas, cuyo significado era:

«Antes de que comience el fuego, enviad a las dos jóvenes a mi bordo. Sir Moreland responde de sus vidas».

-¡Ah! -exclamó Yáñez -. ¡Tenemos delante al angloindio! ¡Procuraremos echar a pique también a ese barco! ¡Damna! ¡Surama!

Las dos muchachas salieron a la torrecilla.

-Os proponen que os pongáis a salvo en aquellos barcos -dijo Sandokán.

-¡Nunca! -contestaron enérgicamente las dos jóvenes.

-¡Pensadlo bien!

-¡No! -dijo Damna -. ¡Yo no quiero dejar a ustedes ni a mí padre!

-Comunicad la respuesta -ordenó Yáñez.

Un contramaestre americano la señaló en seguida.

Entonces se vieron izar lentamente sobre los mástiles de guerra de los cuatro cruceros, cuatro banderas negras, Un golpe de viento las tendió, y pudo distinguirse en medio de ellas y recortada en amarillo, una figura monstruosa con cuatro brazos, sosteniendo en las manos extraños emblemas.

Un grito de asombro y de furor al propio tiempo, se escapó de los labios de Yáñez, de Sandokán y de Tremal-Naik, Acababan de reconocer la enseña de los thugs, de la secta de los estranguladores de la India.

¿Acaso eran aquellos barcos del hijo de Suyodhana, de su implacable e invisible enemigo? Las banderas parecían confirmarlo.

Un profundo silencio reinó a bordo del Rey del Mar, tal había sido el estupor que invadió a todos. Pero en seguida lo rompió bruscamente la voz metálica de Sandokán, que gritó:

-¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego!

Espantosas detonaciones cubrieron sus últimas palabras. Las granadas llovían por todas partes sobre el Rey del Mar, que el imperceptible flujo de las aguas iba llevando hacía el banco de Vernon.

Un huracán de hierro y de acero salía de cada una de las grandes piezas de la cubierta y de las de mediano calibre de las baterías; pero no iban dirigidas sobre el puente del Rey del Mar, donde, dentro de la torrecilla blindada estaban Damna y Surama.

Aquellas masas de metal batían tan sólo los costados del crucero, cual si los artilleros hubiesen recibido orden de respetar a las muchachas, a los dos comandantes y a Tremal-Naik, que estaban con ellas.

En cambio, contra las torres que protegían a los grandes cañones de caza, lanzaban sin cesar granadas, tratando de desmontarlos y de cuartear las gruesas planchas de hierro de los parapetos.

El Rey del Mar se defendía de un modo terrible. Era como un volcán, que llameaba por todas partes. Los últimos tigres de Mompracem estaban resueltos por completo a hacer pagar muy cara la victoria a sus potentes enemigos.

Con los grandes obuses batían en brecha a los barcos adversarios, causándoles grandes daños en los puentes, cuarteándoles las chimeneas y abriendo enormes agujeros en las planchas de la coraza. En medio de aquel retumbar incesante y ensordecedor, se podía escuchar la voz formidable de Sandokán, que gritaba de vez en cuando:

-¡Fuego, tigres de Mompracem! ¡Destruid! ¡Matad!

Pero, ¿cuánto tiempo iba a poder resistir el Rey del Mar los terribles disparos de tantas bocas de fuego? Sus costados, aun cuando de una solidez extraordinaria, empezaron a ceder al cabo de media hora de estar recibiendo por cientos las balas y las granadas; sus cañones habían sido desmontados uno a uno y reducidos al silencio. Sus torres, a excepción de la de mando, siempre respetada, empezaban ya a desmoronarse bajo aquella lluvia de granadas, y en las baterías, los muertos eran ya muy numerosos.

Sandokán y Yáñez, encerrados en la torrecilla, contemplaban aquel terrible espectáculo, con una tranquila serenidad. El primero se mordía de vez en cuando los labios hasta hacerse sangre; el segundo fumaba flemáticamente su eterno cigarrillo; tan sólo parecía conmoverse cuando sus miradas se encontraban con las de Surama.

Damna, que estaba sentada en un ángulo, sobre un rollo de cuerdas y al lado de Tremal-Naik, con las manos en los oídos para atenuar el ruido de los cañonazos, miraba al vacío.

De improviso, el Rey del Mar dio un salto de popa a proa, como si hubiese sido levantado por una fuerza desconocida, y una columna enorme de agua cayó sobre la cubierta, arrebatando cuanto en ella había. Retembló todo el casco cual si se abriese, o como si estallaran las municiones de la santabárbara.

Horward, muy pálido, se precipitó dentro de la torrecilla. El ingeniero americano gritó:

-¡Acaban de disparar un torpedo! ¡Nos vamos al fondo!

De las baterías se elevaron unos gritos salvajes, que se confundieron con los últimos disparos de las dos piezas de caza de la cubierta, todavía en servicio.

En los cuatro cruceros enemigos cesó de repente el fuego.

Sandokán dirigió una mirada llena de tristeza a sus dos camaradas, y después dijo:

-¡Ha llegado el momento supremo! ¡Ya está abierta la tumba para los últimos tigres de Mompracem!

Levantó a Damna, y salid de la torrecilla, seguido de Yáñez, de Tremal-Naik y de Surema, y se detuvo en la parte de afuera para contemplar su barco.

¡Pobre Rey del Mar! La magnífica nave que había resistido tantas pruebas y que, parecía invencible, ya no era más que un pontón que se iba a pique.

Sus torres quedaron destruidas por el huracán de proyectiles lanzados contra ellas; sus cañones estaban casi todos desmontados, el puente se hallaba cuarteado, y los costados parecían cribas con enormes agujeros.

Oleadas de humo salían de las escotillas, de las cuales surgían negros de pólvora y empapados de sangre, los hombres de las baterías.

-¡Al mar una chalupa! -ordenó Sandokán.

No había más que una, que por milagro escapó ilesa de los tiros del enemigo. Algunos malayos la arriaron precipitadamente, mientras otros bajaban la escala.

-¡Primero tú con las muchachas, Tremal-Naik! -dijo Sandokán.

-No os cuidéis de nosotros. Las tripulaciones de los cruceros vienen a recogernos.

Efectivamente, de los costados de los buques victoriosos se destacaron varias embarcaciones que acudían a fuerza de remos, En la primera iba sir Moreland, el cual agitaba un pañuelo blanco.

La chalupa en que iban las dos muchachas, Tremal-Naik, Kammamuri y cuatro remeros, se alejó del Rey del Mar, porque el buque se iba hundiendo.

-¡Y ahora -dijo Sandokán, con un gesto admirable -, abajo, envuelto en mi bandera! ¡Ven, Yáñez, todo ha concluido!

-¡Bah! -dijo el portugués, echando al aire una bocanada de humo -. ¡No se puede vivir indefinidamente!

Atravesaron el puente, obstruido por multitud de fragmentos de granadas y de balas, y subieron por la escala del árbol militar, deteniéndose en la plataforma.

Desde lejos, Tremal-Naik, Damna y Surama les hacían señas para que se echasen al agua. Contestaron con una sonrisa, y les saludaron agitando la mano.

Después, Sandokán, cogiendo su bandera roja y tremolándola sobre su cabeza, se envolvió entre sus pliegues, diciendo:

-¡Así es como muere el Tigre de Malasia!

Debajo de ellos, los últimos tigrecillos de Mompracem, que eran aproximadamente un centenar, heridos la mayor parte, esperaban impasibles y silenciosos, con los ojos fijos en los dos jefes, a que los absorbiese la vorágine, el gran vórtice.

El Rey del Mar se hundía con lentitud, vibrando ligeramente, y en e, fondo de la estiba se oía mugir el agua de un modo sordo y profundo.

Las chalupas de los cruceros hacían esfuerzos desesperados para llegar a tiempo de recoger aquellos náufragos, que se entregaban voluntariamente a la muerte. La de sir Moreland era la primera y perseguía a la chalupa en la que iban Tremal-Naik y las dos muchachas, que volvían del barco, pues sir Moreland comprendió la resolución desesperada que habían adoptado sus antiguos amigos.

Sandokán, siempre envuelto en su bandera, los miraba impasible y con la sonrisa en los labios.

Yáñez, con el ceño un poco fruncido, fumaba con la calma de costumbre su último cigarrillo.

Cuando las aguas comenzaron a invadir la cubierta, el portugués dejó caer el cigarro casi consumido, diciendo:

-¡Anda a esperarme en el fondo del mar!

De pronto, cuando parecía que ya el casco debía sumergirse por completo, cesó bruscamente el descenso. El flujo que había empujado al buque hacia el Este, lo llevó hasta encima del banco de Vernon, recorriendo más espacio del que se supusiera, y la quilla, corno era lógico, tocó en el fondo.

En el instante mismo en que las dos chalupas, una montada por sir Moreland y seis remeros indostanos, y la otra por Tremal-Naik y las muchachas con los remeros malayos, llegaban debajo de la escala de babor, el casco del Rey del Mar se inclinaba dulcemente hacia estribor, acostándose sobre el flanco.

Cuando sir Moreland vio que el barco quedaba inmóvil, se apresuró a subir al puente, seguido por Tremal-Naik y las dos muchachas.

Yáñez se había vuelto hacia Sandokán, cuyo rostro se nubló.

-¡Ni siquiera nos quiere la muerte! -le dijo -. ¿Qué es lo que vas a hacer?

-¡Vayamos a conocer al hijo del Tigre de la India! -dijo, poniendo la diestra en la empuñadura de oro de su kriss -. ¡Que tenga cuidado, porque el Tigre de Malasia también podría matar al tigrecito!

Se desembarazó de la bandera, bajó lentamente la escalerilla con la misma majestad con que un rey desciende las gradas de un trono, y se detuvo delante de sir Moreland, diciéndole:

-Y bien, ¿qué pretende usted hacer con nosotros?

El angloindio, que estaba sumamente conmovido, se quitó la gorra para saludar a los dos héroes piratas, y en seguida dijo noblemente:

-Ante todo, señores, permítanme ustedes una palabra.

Cogió de una mano a Damna, que había subido a bordo con Surama, y conduciéndola ante Tremal-Naik, le dijo:

-Yo la amo y ella también me ama. No podría vivir sin su hija de usted, y bien saben los númenes de la India cuánto he hecho por olvidarla, Seque usted con una palabra el río de sangre que de usted me separa, para que el grito terrible de mí asesinado padre se apague para siempre. ¡Ayer noche se me apareció su ánima, y me ha dicho que les perdonase a todos!

-Pero, ¿qué es lo que dice usted, sir Moreland? ¿De qué padre habla usted? -preguntó el angustiado Tremal-Naik.

-Damna, ¿me ama usted? -preguntó sir Moreland, sin contestar al hindú.

-¡Sí, muchísimo! -respondió la joven, ruborizándose y bajando los ojos.

-¡La guerra ha terminado entre nosotros! -dijo sir Moreland -. ¡La mancha de sangre ha sido borrada! ¡Tremal-Naik, bendiga usted a sus hijos!

-Pero, ¿quién es usted? -gritaron a un tiempo Yáñez, Sandokán y Tremal-Naik.

-¡Yo soy el hijo de Suyodhana! ¡Vengan ustedes! ¡Ahora son mis huéspedes!


CONCLUSIÓN


Veinte minutos después, los cuatro cruceros abandonaban las proximidades del banco de Vernon, en el fango del cual iba enterrándose, poco a poco, el casco del valeroso Rey del Mar.

A bordo del mayor de aquéllos se habían embarcado todos los supervivientes, entre los que figuraban Kammamuri, Sambigliong y el ingeniero Horward, y en el salón de la cámara se reunieron Tremal-Naik, las dos jóvenes, los dos jefes piratas y el hijo de Suyodhana.

Una viva ansiedad, no exenta de una enorme curiosidad, parecía haberse apoderado de todo el mundo. Las miradas estaban fijas en el tigrecillo de la India, a quien, hasta entonces, habían considerado como un oficial de la marina angloindia.

Sir Moreland se sentó al lado de Damna.

-Debo a ustedes unas explicaciones -dijo el hijo del terrible jefe de los thugs -, que no les desagradará conocer, ni siquiera a Damna, y que servirán para disculpar la guerra, tan larga y tan obstinada, que he venido haciéndoles.

»Hasta que llegué a la edad de veinticinco años, no me informó mi preceptor, un indostano de gran saber y de alto rango, de que no era el hijo de un oficial angloindio, como hasta entonces me había hecho creer, sino del jefe de la secta de los thugs, que se había casado en secreto con una señora inglesa, que murió al darme a luz.

»Confiado a los cuidados de una familia de la tierra de Gales, establecida desde hacía muchos en Benares, como si fuese yo, en efecto, huérfano de un oficial de la compañía de la India y educado a la inglesa, ustedes comprenderán fácilmente la terrible impresión que sufriría cuando, al cumplir los veinticinco años, me dieron la noticia de que era hijo del jefe de una secta execrada por todos los hombres honrados.

»En el testamento que dejó mi padre, por el que me hacía dueño de ciento sesenta millones de rupias depositados en las casas de banca de Bombay, me imponía el deber de vengar la muerte del Tigre de la India. Largo tiempo estuve dudando, pueden ustedes creerme; pero, al fin, la voz de la sangre se impuso, y aun cuando me repugnase la idea de convertirme en vengador de aquella secta, yo, que entonces era oficial de la marina angloindia, me dejé vencer, sobre todo por la terrible influencia ejercida en mi por mi preceptor.

»Conocía toda la historia; sabía dónde tenían ustedes su refugio, y me preparé para la guerra, mandando construir cinco poderosos barcos. Como sabía que el Gobierno inglés vivía en continua zozobra por causa de ustedes, que eran vecinos demasiado próximos a Labuán y que el rajá de Sarawak, el sobrino de James Brook, esperaba, a su vez, la ocasión para vengar a su tío, me apresuré a ofrecer mí ayuda y mis barcos al gobernador de la colonia.

»Quería apoderarme de todos ustedes para vengar la muerte de mi padre; y mientras me preparaba en el mar, mi preceptor, fingiéndose peregrino de La Meca, sublevaba a los dayakos del Kabataun.

»Afortunadamente, el amor produjo en mí un cambio radical. Poco a poco se fue extinguiendo el odio que sentía contra ustedes. Los ojos de esta muchacha ejercieron sobre mí una fascinación ideal, y me hicieron ver con horror la enormidad del delito que estaba a punto de cometer, al querer vengar a aquella secta sanguinaria, reprobada por todas las gentes de bien.

»Hace ya muchas noches que no he vuelto a oír el terrible grito de venganza de mi padre. Quizá se haya aplacado su ánima. Que me perdone, pero yo, hombre civilizado, no puedo ser el vengador de los thugs de la India. ¡Señor Yáñez, Tigre de Malasia, están ustedes en libertad, juntamente con todos sus hombres! Yo solo los he vencido, y, por lo tanto, yo solo tengo el derecho de condenarlos o de absolverlos, y los absuelvo.

El hijo del thung permaneció inmóvil durante un momento y después, volviéndose hacia Tremal-Naik, le dijo:

-¿Quiere usted ser mi padre?

-¡Sí! -contestó el hindú -. ¡Sed felices, hijos míos, y que jamás vuelva a turbarse la paz ahora que los thugs ya no existen!

Con un movimiento simultáneo, el angloindio y Damna se arrojaron en los brazos abiertos de Tremal-Naik.

Kammamuri, que había bajado silenciosamente la cabeza, lloraba emocionado en un ángulo de la salita.

-Señor Yáñez, señor Sandokán -dijo sir Moreland -, ¿adónde quieren ustedes que los conduzca? Nosotros volveremos a la India; ¿y ustedes?

El Tigre de Malasia se quedó un momento pensativo, y finalmente respondió:

-Mompracem ya está perdida, pero en Gala tenemos nuestros praos y nuestros hombres, y allí contamos con amigos muy leales. Llévenos usted a esa isla, si no le causa molestia. Fundaremos allí una nueva colonia, lejos de las amenazas de los ingleses.

Después de una breve pausa, continuó:

-Quizá volvamos a vernos en la India algún día. Hace tiempo que vengo acariciando un sueño.

-¿Cuál? -preguntaron Tremal-Naik, Damna y sir Moreland.

Sandokán fijó la mirada en Surama y respondió:

-Tú eres hija del rajá, y te han robado el puesto que te pertenecía. ¿Por qué, muchacha, no hemos de darte un trono para compartirlo con Yáñez, que dentro de pocos días será tu marido? ¡Ya hablaremos de eso, mi buena Surama!