El principe perfecto II/Dedicatoria

El principe perfecto II
de Félix Lope de Vega y Carpio
Dedicatoria

Dedicatoria

El principe perfecto

Segunda Parte

Félix Lope de Vega y Carpio

 


Dedicatoria

Dedicada a don Álvaro Enríquez de Almansa, Marqués de Alcañices, Gentilhombre de la Cámara de su Majestad y su montero mayor, caballero del hábito de Santiago y Señor de la casa de Almansa y su tierra

En tanto que con diferentes rimas celebra mi ignorancia el claro nombre de Vuesa Señoría, promesa que cumpliré sin falta, ofrezco a Vuesa Señoría la Segunda parte del príncipe perfecto, el Rey don Juan el II de Portugal, espejo verdaderamente de toda perfección, y por quien dijo bien Plutarco: Que los Reyes eran ministros de Dios para el cuidado y salud de los hombres, y para que de los bienes que les dio, parte guardasen y parte distribuyesen. El nuestro, que Dios guarde, es tan divino ejemplar en tan tiernos años que pudiera escusar la historia propuesta, a no ser justo proponer estas excelentes acciones en mayores progresos, a todo heroico Príncipe. Pues vemos de su entendimiento y de su anticipada prudencia tales efetos porque sin ella (como dijo Lipsio) la fuerza y las riquezas son inútiles; y de su valiente ánimo tales bríos referidos de Vuesa Señoría con tanto gusto, mostrándome las lanzas y sus resplandecientes hierros vestidos de sangre, con que hace pedazos en el campo tan bravas fieras. Pues de la caza a la milicia hay tan poca distancia que por preludio de la guerra fue de los persas tan alabada, y así la llamó Natal Conde en su primero libro de Venatione.

El principe perfecto

Segunda Parte

Félix Lope de Vega y Carpio

 


Dura batalla de Marte.

Y lo sintió Cicerón, llamándola Semejanza de la diciplina bélica. No se despreciaron de enseñarla Platón y Jenofonte, cuyo ejercicio, para descansar de los cuidados de la República, fue tan acepto al emperador Antonino, aunque era filósofo como refiere Julio Capitolino. Y ansimismo Lampridio de Severo y Diodoro de Alejandro, hombre que no se olvidó de la caza cuando conquistaba el mundo. Los daños encarecen muchos con los ejemplos que cuenta de Adriano y de su caballo, Elio Esparciano y las Corónicas de España del Rey Fabila. Pero los mismos peligros tiene la guerra inescusable si llega la ocasión al generoso Príncipe, como se vio en Carlos V, matando en Túnez por sus manos el Moro, que tenía entre los pies del caballo aquel hidalgo sevillano que conocía el Cefar. Y no se debe mirar, ni es justo, por el provecho cierto, el peligro dudoso; y así fue opinión de Plinio el mayor: Que agradan más las cosas que se buscan con peligro; porque allí sintió Quintiliano, que consistía más el afecto. Ni se entienden los gastos que reprehende San Agustín con los reyes soberanos, en cuya monarquía grande no imponen necesidad, antes conveniencia de su grandeza, autoridad y pompa, siendo uno de los mayores adornos a la admiración de los estranjeros, de quien con más cuidado son advertidas las Cortes. No querría que lo fuese mi atrevimiento de Vuesa Señoría, viendo hablar en la caza un hombre, desde que nació, solo inclinado a las Musas. Pero estando el ejemplo tan presente en el gusto con que Vuesa Señoría las mira y celebra, y tal vez por su entretenimiento las honra con sus versos, tendré disculpa y confesaré la envidia de los que pueden ocupar algunas horas en este belicoso ejercicio. Lea finalmente. Vuesa Señoría el Príncipe perfecto, pues aunque este nombre no viniera aquí tan a propósito, era fuerza decir que lo era Vuesa Señoría en todas cuantas acciones se debe a sí mismo un caballero de tan heroicas partes, y a quien nuestro señor guarde, como deseo.

Capellán de Vuesa Señoría
Lope de Vega Carpio.
No consta cabecera.