Ocre: Poesías (1925)
de Alfonsina Storni
El parque
Dolor

EL PARQUE


E

n el aire reseco, flota miel diluída,

De los árboles bajan zumos de primavera,
La sangre de los troncos su subida acelera.
La abeja soberana va a quitar una vida.


Por el urbano parque de rojizos senderos,
Afeitadas gramillas y artificiales fuentes,
Paseo. Las estatuas tienen tristes las frentes,
Pero a sus pies las flores saltan de los canteros.


Bosquecillos de acacias, puestos de trecho en trecho,
Calan el horizonte, al dibujo sensible.
Zumba un oro ligero, mas sin cuerpo visible.
Hay arriba un zafiro ahuecado por techo.


En el verdoso lago, donde el pétalo ambula,
Señoriales, los cisnes, enarcados, navegan;
Finas columnas blancas se reflejan y juegan
A encontrarse en el agua, que las tuerce y ondula.


Como hace miles de años flota un áspero aliento
De mediodía, y bajo mi planta destructora
La gramilla aplastada no se duele ni llora;
Pugna por levantarse sobre el brazo del viento.


Como hace miles de años sube de las corolas
Un venenoso, dulce y profundo llamado:
Paréceme que algo va a serme revelado.
Retrocedo en el tiempo. Queman las amapolas.


¿Dónde he visto estos cisnes, esta hiedra, hace mucho?
¿Estas blancas columnas y este sol deslumbrante?
No tenía estas ropas grises de caminante:
Yo nadaba en un lago y escuché lo que escucho.


Una nota asustada, suelta mi pecho magro.
¿Siento mi voz acaso como por vez primera?...
Ah, el corazón disuelto de tanta primavera
Está fuera del tiempo y anticipa un milagro.


Está fuera del tiempo, porque vuelvo la vista
Al tupido boscaje de espinosas retamas
Y presiento que acechan las pupilas en llamas
De algún sátiro joven que al asalto se alista,


Va la tierra a prensarse bajo el casco de uña,
Y a su grito salvaje, veré alzarse las aves
De sus nidos ocultos, y los céspedes suaves
Encogerse al amago de la dura pezuña.


Algo de otras edades, de una extraña grandeza,
Sorprenderá a los cisnes blancos del siglo XX,
Sonreirán las bocas de mármol de la fuente
Al amor desusado de una fiera simpleza.


Por mirar cómo escapan las mujeres rosadas,
Las mujeres de piedra darán vuelta sus bustos,
Y en la sombra discreta de los negros arbustos
Habrá una fuga fina de blancas carcajadas.


Pero es grave el contraste: bajo mis ojos cae
Saliendo del boscaje, una cara pulida:
Es de mi siglo: un joven; por la boca sin vida
Pasa un cansancio lento que a lo real me trae.


Hacia mí se encamina con un paso que ondula,
Su piel amarillenta le da una muerta gracia,
Ojeras prematuras sellan su aristocracia;
Pasa a mi lado, mira, me pesa y me calcula...


Galantería fácil, frase de primavera,
Irrumpe de su boca, tenue mancha lavada;
Miro sus manos pulcras y su barba afeitada,
Y se anima en sus ojos una llama ligera.


... Pero se aleja a paso reposado y tranquilo,
Algún cisne lo mira sin sorpresa en el lago,
Sigue cantando el ave su canto fino y vago,
La araña no ha cesado de tejer con su hilo.


El sol, sobre su cuerpo, cobra la indiferencia
De un filósofo triste que contemplara escombros;
Cada vez más se alejan los rellenados hombros
Y a su paso las cosas se cargan de paciencia.


No han girado sus bustos las mujeres de piedra;
Sigue el agua goteando con idéntico canto;
En el bosque no hay risas ni carreras de espanto;
Mana un negro silencio, y está quieta la hiedra...


Allá lejos se pierde la figura del hombre;
Recuerdo su mirada, turbia y domesticada.
¡Oh suspicaz, moderna y pequeña mirada,
El corazón me llenas de una angustia sin nombre!