El papá de las bellezas/Capítulo VIII

El papá de las bellezas (1912)
de Felipe Trigo
Capítulo VIII

Capítulo VIII

¡Bravo!

¡Agosto! ¡el caluroso Agosto!... ¡San Sebastián! ¿Quién quedaba achicharrándose en Madrid?

He aquí el Gran Casino, los conciertos, la terraza... la inmensa Concha, serena como un lago.

Los inteligentes, los helénicos, los verdaderamente entendidos, claro es que echaban de menos la playa de Biarritz, donde tantas elegantes lucían los senos y los muslos y todo lo lucible, con tal que fuese bueno, bañándose en maillot. Aquí, no: las más lindas veíanse condenadas á cruel moralidad con las casetas junto al agua, con los desairados trajes al tobillo y con las antipáticas bañeras entrando á pleno mar para cubrirlas...

Hipólito, con los prismáticos, todas las mañanas, inútilmente habría querido volver á ver al disimulo las delicadísimas líneas de Luz, ó las arrogantes morenas formas de Matilde... vamos, de Irene.

Aunque no fuese más que verlas; porque el caso era que, desde que estábanle prohibidas, y singularmente estas dos, en el continuo trato, y con los rubores de ellas, filiales, colegialescos, se iba endiabladamente enamorando, como si él fuese un cadete.

En cambio, ¡misterio y paradoja! aquella entonada sociedad burguesa, que imponía la norma de pudores en la playa, bailaba que había que verla en el Casino.

-¿Quién es esa? -preguntó una noche. -¿Una cocota?

¡Quiá, hombre! -contestáronle. -La hija del senador y fuerte banquero Irraulde, de Sevilla.

La hija de mi alma, se arrimaba lo mismo que una lapa á su galán: el pecho contra el pecho, atrás los codos, las piernas enlazadas, la cara materialmente acogida en la garganta del muchacho... ¡Dos criaturas, en fin, capaces de un primer premio en la Bombilla!

Subíase á las salas de juego. Allí encontraba su mundo. De sus seis hijas, él se había traído cinco, porque Totó tuvo que quedarse en Madrid, con un amante. Se dedicaba un rato á cada una, si estaban libres, haciéndolas cartel.

Efectivamente, unos, sólo porque el duque de Puentenegro las trataba, andaban locos tras ellas, pagándolas ya á tarifas dobles; y otros, más duros de pelar, extranjeros ó encopetados aristócratas indígenas, empezaban también á repararlas y á mirarlas...

-Oye, Hipólito, tú -solían decirle en estos corros de alta distinción, donde estaban un par de aquellos ricos amigos de alcurnia, y alguno de aquellos extranjeros archiduques, -¿quién es esa muchacha?

Y entonces, la respuesta de Hipólito tenía un dramático interés, un interés mucho mayor que la que á él le dieron de la niña sevillana.

-¡Ah, señores! -exclamaba, bajando el tono y doblándose en el velador hacia los contertulios por lo alto de las copas. -¡Toda una historia, quizás! ¡Un enigma para mí! Figuraos que la conozco en Madrid, al azar, en un teatro... que me acuesto con ella, y que una noche fatal descubro que es la hija de Irene Sanz, la famosísima danseuse que hizo furor en París allá por el 80. Pues bien, Irene Sanz, en París, fué dos años mi amante, más ó menos fiel; quedóse encinta, en aquello fecha, y... la fecha aquella, justamente, es la que da exacta la edad que tiene la chiquilla... ¡Un horror! Muerta tiempo hace Irene Sanz, me queda lastimosísimo el problema: ¿es mi hija ó no es mi hija esta Matilde...? ¡Horrible, horrible! ¡Irresoluble! -terminaba con una carcajada no exenta de dolor en su descuido de buen tono. -Porque, ya ven ustedes, si lo fuese, y yo nada la he dicho, y ella ignora todo de su padre, ¿cómo no sacarla de tal vida?... pero, si no lo es, comprenderán la sandez que habría de resultar el gastarse uno el dinero con una chica á quien, por la simple duda, tendría que respetar. Me limito, pues, á ser su desinteresado protector y á socorrerla cuanto puedo, ¡pobrecilla!

La historia, nunca repetida ante las mismos, variaba en los antecedentes según que se tratase de Matilde ó de las otras; ¡ah, corazón humano! la cosa no marraba; estos próceres, estos nobles hombres, que al oirle interesábanse durante una hora en dolidas reflexiones y piadosos comentarios acerca del conflicto (tanto cuanto el dolor y la piedad no fuesen incompatiblemente cursis con la impávida dignidad de sus noblezas), tres días después, seis días después, habíanse acostado todos con Luz, ó con Irene, ó con Totó... por el retepijotero antojo de acostarse con la posible duquesita hija de un amigo.

Lo cual ante sí propio iba acreditando á Hipólito de psicólogo infalible, y aumentándoles á las muchachas las joyas, los brillantes -pues claro es que á una duquesita no se la podía pagar como á cualquiera.

Por debajo de estos éxitos, sólo le inquietaba al duque la excesiva sentimentalidad que seguía invadiendo á algunas de las chicas. Luz y Matilde, en particular, y algo menos Totó, sosteníanle, cuando las veía á solas, escenas de rebeldía, de ansias de redención, cada vez más fuertes. O lo que era igual, cada vez más dulces y llenas de patéticos llantos y cariños.. «Hijas de él», «nietas de reyes», horrorizábalas el oprobio de la vida que llevaban, y preferirían, lejos de Madrid, consagrarse al padre en amor y en humildad.

Luz hasta llegaba á hablarle del convento. ¡Demonio!

En suma, que por lo mismo que les ponían mala cara á los hombres, casi desdeñándolos, éstos concedíanlas... más valor. No había en San Sebastián, de asediadas y bien vestidas y lujosas, otras como ellas.

Pero la afección, la verdadera adoración hacia el ducal padre prestigioso, que día tras día infiltraba de más romántica ternura á las tristes duquesitas, guió á Luz y a Matilde, las dos bondadosas sensitivas, en el mismo generoso afán de conocerse. Cada una de ellas, igual que cada una de las otras, al ver al padre mariposeando con las cinco, pensaba con dolor (¡oh, prodigio de la sangre aristocrática!) que el paternal decoro se arrastraba un poco bajamente por el vicio... Causábalas casi tanto daño como tener ellas que lucir delante de él su iniquidad, el tener que presenciar sus devaneos... Además, no era ya un joven; por mucha saludable arrogancia que luciese, su tos no provendría sólo del tabaco... Una noche le dió también un vahido en el salón.

-Papá, ¿por qué no te cuidas más? ¿Por qué andas siempre con mujeres?

Le habían dicho casi con auténticas palabras Matilde y Luz.

No eran ellas quiénes, por ningún concepto, para convertirse en misioneras de virtud, y ambas prefirieron intentar la regeneración indirectamente.

Esto es, recabando cada una de la obra, más ó menos hábiles, un poco de consideración hacia el... «señor venerable» que ya no era un chiquillo y que era amigo de las dos. En efecto, mutuamente observaban Luz y Matilde que eran las que reteníanle más tiempo; mutuamente, pues, engañábanse creyendo «que la otra» fuese la fatal querida predilecta de su padre.

Y una noche, á pretextos del juego (ya que el papá jamás las presentaba) aprovechando la ausencia de él, acercáronse, y habláronse. La conversación, al poco, prosiguió íntima allí fuera, en la terraza.

¡Oh, admiración! Guardando su secreto cada cual, como un delicadísimo tesoro, vinieron á saber, que sí, que Luz, como Matilde, y Matilde como Luz, habían sido las queridas del duque... pero que, halláronle al fin tan paternal, tan bueno, tan correcto, tan... no muy fuerte de salud, que ya no eran sino amigas...

-Mira, Luz, á mi me parece que quienes abusan de él son esas idiotas de Totó, Margaritilla, Bebé la Carbonera...

-Sí, sí, Matilde, sí, esas: Bebé la Carbonera. Totó, Margaritilla... ¡Si las hablásemos!

-¡Oh, no! ¡Son tan burras!

Sorprendiéronse una lágrima en los ojos... de igual triste y penosa abnegación, y estuvieron á punto de abrazarse.

Desde aquel momento quedaron en una entrañable intimidad.

Hipólito, al descubrirlo, se alarmó. ¡Caracoles! ¡Dos hijas cuyas confidencias podrían ponerle en grave apuro!

Tardó poco, sin embargo, en persuadirse de la inmensa, de la infinita discreción de las muchachas.