El papá de las bellezas/Capítulo IV

Capítulo IV

-¡Hola, duque!

-¡Hola, duque!

-¡Muy buenas, señor duque!

Le saludaron, con deferentísimas estimas, con profundos rendimientos.

Sólo otro noble arruinado, que estaba en el hall, osó deslizarle á su tertulia:

-¡Caramba! ¿De dónde habrá sacado el dinero nuevamente?

No le hicieron caso. Cargáronle la insidia a cuenta de la envidia.

El duque, triunfal, distinguidísimo, contestaba principescamente á los saludos, cruzando salones y dirigiéndose al de juego.

Treinta y cuarenta. Se sentó y jugó. A las cinco había ganado seiscientas doce pesetas. A las seis, después de una terrible oscilación en que casi llegó á perder la mil de su cartera, habíalas recuperado, y ganado, además, tres mil. ¡Bien! Nadie habría podido notar la menor inmutación. Lo mismo mientras la suerte le ayudó, que cuando habíale sido adversa, conversaba indiferente con un joven. ¡Sabía que en el juego es donde se conoce mejor la educación de una persona!

Sin embargo, se administraba. Le era preciso administrarse.

Se levantó y salió del Círculo.

En la puerta tomó un auto -cuya capota hizo bajar. Espléndida la tarde.

-¡A la castellana! -mandó al chauffeur.

Minuto y medio después, á toda marcha, entraba en el animadísimo paseo. Las gentes le miraban; las damas; y sobre todo las cocotas. «Adiós, duque!»; «¡Adiós, duque!»; «¡Adiós, Hipólito!... Naturalmente, él se había acostado con muchas. Constituían su especialidad, desde que se aburrió de las inútiles marquesas y condesas. Las jóvenes, las nuevas, le interesaban predilectamente; no sólo las conocía por la juventud y por las caras, sino por su modo de ir en los coches... ¡Pobrecillas!... poco, acostumbradas á la lujosa exposición, ó iban encogidas, sin moverse en sus asientos, temerosas, quizás, de estropearlos, ó, al revés, tumbadas y con los pies abiertos, como los estudiantes que por primera vez se asocian para dar el golpe y lucir los calcetines tomando entre dos ó tres un pesetero.

-¡Adiós!

¡Oh, Laura! Otra hija suya. Tan bonita y tan gordita. Discreta, habíale apenas saludado con el ramo de violetas, y con una sonrisa imperceptible. Un fuego y un encanto, la revoltosísima Laurita. También, acaso, como á Luz, habíale declarado demasiado pronto el secreto paternal».

Pero de sus cinco hijas, la más ardiente, la más castiza, era Totó. Tomasa, por nombre de su niñez de lavandera. ¡Qué brutal Aún conservaba Hipólito junto á la cintura, el cardenal del mordisco que aquella noche le atizó.

Luz, Laura, Totó, Margarita, Bebé la Carbonera... sus cinco hijas. ¡Oh, duquesitas infelices, tan contentas, sin embargo, al fin, de saberle su papá... como tan ajenas de saberse hermanas! Para vivir tranquilo, para reposar enteramente en la seguridad de los almuerzos y cenas de toda la semana, necesitaba otras dos.

¡Nada fácil encontrarlas!

No bastaba verlas bonitas y ostentosas por teatros y paseos, sino que hacía falta también conocer su origen con toda suerte de detalles...

Oprimió el avisador pneumático.

-Tú, chauffeur-ordenó, valiéndose del tubo. -¡A los Burgaleses!

Y mientras volvíase el automóvil, consultó el duque, impaciente, su reloj. Recordaba que á las siete tenía la cita con Maguilla.

Tres minutos después, ¡benditos automóviles de Círculo, que vuelan como los demás! encontró en el popular restorán á Maguilla, tomando un tenteempié de salchichón. Maguilla era un joven periodista, inteligente, pálido, sifilítico, muy metido entre mujeres, y que se tuteaba con el duque (salvadas, naturalmente, las distancias, los respetos) en fuerza de andar juntos en jaranas.

Además le servía de auxiliar y de... correo. Esta era la verdad.

Conversaron. Entráronse en materia desde luego. Interrumpidos un instante, allí en la intimidad del gabinete, por la llegada del camarero con un coñac para el duque, el joven periodista le siguió informando de todos los antecedentes familiares de Matilde la Chavala. Cumplía bien las indispensables condiciones. Danseuse de cines, teníala fija en Madrid y, retirada del trabajo, un viejo banquero -sin perjuicio de lo cual, la preciosísima muchacha procurábase aventuras por su cuenta. Sentimental y romántica, aunque tonta, contaba veintidós años, hacía seis que había muerto su madre, y ella...

-Bueno, pero ¡su madre...! es lo que importaba -excitó práctico el duque.

Maguilla ciñó sus referencias á la madre. Hija do un estanquero de la calle de Ferraz, nació el 68; de modo que por ahora, si viviese, podría frisar en los cincuenta. A los diez y siete, ó sea el 79 ó el 80, debutó como tiple en Variedades. Gran éxito. Su primer amante la disgustó con su familia. Un segundo amante la perfeccionó en el canto y en el baile, y la llevó á París. Gran éxito, y además, gran vida, en París, por cerca de tres lustros. Pero justamente el embarazo de esta chica, de Matilde, á la sazón...

-¿Cómo de Matilde? ¿Cómo á la sazón? -inquirió Hipólito. -¿Ya la tenía?

-¿A quién?

-A Matilde.

-¡Qué la iba á tener, si digo que entonces se quedó de ella embarazada!

-Vamos, de ella; ó mejor dicho, de otro y para que naciese esta Matilde... ¡Hay que expresarse, amigo periodista! Y bueno, toma, y vámonos, y sigues en el auto. Aquí huele muy mal á pies, á colillas, á demonios...

Se levantó, le regaló doscientas pesetillas; y salieron en el automóvil, derechos al Retiro, á fin de completar entre las frondas poéticas, la interesante información.

Maguilla. aunque pálido y flaco, vestía con tina acepillada pulcritud que no desdecía de la del duque por las calles.