Nota: Se respeta la ortografía original de la época

El oasis

A Marco Avellaneda.


Detrás de las estériles pendientes
De Kobbé, se hunde el sol enrojecido;
Los buitres en bandada numerosa
Parecen perseguirlo
Por un cicio franjeado
De cclajes cobrizos;
Y, fulgores lejanos, hacia el Este,
Muestran aún flotantes los vestigios
De una túnica de oro. Salpicado
De rocas, tiende el Senaar rojizo
Manto inmenso de arena, entre vapores,
Hasta el pie de los montes Abysinios.
Cae la noche. Las hienas sacudiendo
El pelo de su lomo enflaquecido,

Deslízanse lanzando
De trecho en trecho gutural aullido.
Arrastra el hipopótamo su vientre
Por la margen del Nilo,
Aplastando los juncos de la orilla,
Tosco, deforme y destilando limo.
Los chacales, en grupo,
Bchen en los pantanos corrompidos
De amarguísimas aguas; con pausado
Rumor un acre viento, húmedo y tibio,
Llega de Nubia y el palmar agita
En donde el ibis fabricó su nido.
Oh Rey del Senaar, tu hora ha llegado,
Oh jefe, tu hora vino!
Y el sol al sepultarse oirá tu breve
Cavernoso rugido.
Bajo la roca, tus potentes garras
Afilas contra el muro de granito;
Arqueando tus riñones, te adelantas,
La luenga crin revuelta, y los fornidos
Miembros por el reposo fatigados,
Aspiras del desierto el aire líbico
Y alta la frente el horizonte observas
Con ademán severo y pensativo,
Dando al espacio el sordo

Clamor de tu rugido.
La sombra densa del cercano oásis
Muestra la luna desde un cielo lívido:
Y allí, los hombres del Darfour cansados
De sus bueyes la marcha han detenido,
Cerca de la cisterna en cuyas aguas
Brilla un rayo de luna blanquecino;
Hablan los unos del retorno, comen
La frugal cena de maíz y mijo,
Y se duermen después; los mansos bueyes
En las toscas arenas extendidos,
Lentamente rumiando se adormecen.
La vacilante hoguera se ha extinguido.
¡Á tí, león, la carne de los bueyes,
Y la carne de todos los dormidos!
Se ensancha tu nariz, bate tu vientre,
Tu larga crin eriza el hambre mismo,
Y te hundes en la sombra
Rápido y ágil, con nerviosos brincos.