El engendro
de Emilia Pardo Bazán


Invitado por los alegres amigos a comer las uvas y festejar la entrada del año joven en un hotel de los de moda y lujo, allá me fui a las diez de la noche, de frac y gardenia en el ojal, como buen mundano.

La mesa, reservada desde cuatro o cinco días antes (andaban solicitadísimas), lucía, un centro de grandes y desflecados crisantemos amarillos. El anfitrión, Gerardo Martí, opulento banquero, debía de estar nervioso, porque ante los crisantemos se puso como un grifo, alegando que le recordaban el cementerio y las adornadas sepulturas, y que esa flor de muertos no debe figurar en banquete alguno. Yo pensaba como él; pero, de esas rarezas que hay, se me antojó llevarle la contraria y declarar que los crisantemos «daban una nota de color» preciosa. Martí, naturalmente colérico, contestó entre dientes un refunfuño desagradable, envuelto en forzada sonrisa. Ya con esto la bisque me cayó mal. Todo el mundo estaba cohibido y faltaba expansión.

Por renegar de algo y de alguien, Martí comenzó a decir pestes del año que concluía. ¡Año fatal, funesto, de hambre y miseria, de guerra con careta de paz, de malestar universal, de epidemias obscuras y traidoras, de ruina de haciendas y de crímenes sin castigo! ¡Año que debiera borrarse de la Historia! La voz irónica de Angelito Comején, siempre guasón, se alzó murmurando:

-Sí, año fatal... Y también de bonitos dividendos, ¿no, amigo Martí?

El hombre de banca se contrajo, porque era directo y acertado el golpe. Renegaba del año ya expirante; pero se guardaba de decir cómo había crecido en él su fortuna, cual espuma en batida chocolatera, a favor de las mismas calamidades que lamentaba. Se volvió hacia Angelito, como si le hubiesen pisado, y gruñó:

-Veo que recogen ustedes las paparruchas del vulgo... ¡Si estaré cansado de oír...!

Cada vez se ponía la cena más tempestuosa y desagradable. Y cuenta que era algo menos mala de lo que en tales presuntuosos hoteles suele ser. La carne al jerez tenía bastantes trufas, y el plato frío remedaba bien la suculenta pasta de Estrasburgo. Los vinos se podían llamar tolerables, excepto el champán, como siempre, infecto y tasado con parsimonia. Martí, que -hagámosle justicia- es amigo de quedar bien en estos casos, pidió otra marca y más botellas. Las cabezas fueron calentándose; el hielo se rompió; pero no para brotes de cordialidad, sino para ese camorrismo involuntario que la excitación de la bebida produce. Comején, que tiene pesadito el alcohol, volvió a suscitar la cuestión de los dividendos afirmando que Martí «y otros como él» eran los que debían soportar todo el peso de los nuevos tributos y costear, con sus repentinas ganancias, carreteras, escuelas y pantanos. Por más que yo, sentado cerca de él, le tiraba del faldón, no cejaba en su tema. Yo observaba con inquietud al banquero. Su palidez se había convertido en un tono rojo granate. Se veía que le era imposible contestar, por espasmo sin duda de la laringe. Tartamudeaba. Al fin, se llevó las manos al cuello y violentamente desabrochó la camisa y deshizo el nudo de la corbata. Le vimos tambalearse, agitar las manos en el aire como si quisiese asirse a algo y desplomarse pesadamente en la silla.

Nos precipitamos a socorrerle, pues comprendimos que algo grave le ocurría, y empezamos por inundarle de agua. Comején, casi desembriagado ante el suceso, pedía: «¡Un médico!», «¡Un médico!», a voces. El maestresala, aterrado -¡un caso así en el establecimiento!-, acudía ya con un médico, que apareció entre el concurso. Y cuando el doctor se inclinaba sobre el accidentado, para reconocerle y disponer, yo me froté los ojos, no pudiendo creer lo que veía.

El médico era un viejo caduco, rasurado, temblón, de fríos ojos azules y de manos de marfil rancio, casi esqueletadas. Su frac, holgado y raído, de solapas verdosas a fuerza de uso, dejaba percibir el bulto de los huesos en brazos y hombros. Cuando el médico se movía los huesos hacían ruido, chocaban secamente, y el mismo choque noté en sus mandíbulas, en que la dentadura castañeteaba. Lo que más me alarmó fue que al decirles a los comensales que el tal médico era un ser extraño, casi un aparecido, me contestaron riendo:

-¡Pero si es Martínez Algarrobo, el gran especialista!

Es decir, que yo estaba viendo visiones... Pero es el caso que las visiones, mejor dicho, la visión allí la tenía delante de mis ojos, sin poder dudar de su realidad, y la visión me miraba, me hacía señas, llevándose la mano a la nuez, como para indicar que quería hablar y no podía. Faltábale carne, faltábale sangre, sin duda; era una armazón de huesos y pellejo, que por milagro conservaba un poco de aliento vital: lo suficiente para trasladarse de un punto a otro y para dirigirme una ojeada suplicante, como si me pidiese amparo y justicia. Su dedo, flaco, en que podían contarse los descarnados artejos, se dirigió hacia su frente, y sobre la concavidad, casi tan lucia ya como la de la calavera, pude leer una fecha: 1919.

Comprendí. Era el año expirante, el año al cual sólo le quedaba una hora escasa de duración. Con macabra sonrisa, se acercó más al hombre privado de sentido, y le apoyó la mano sobre el pecho. Martí, de rojo púrpura, se puso de color cera; un leve suspiro se escapó de sus labios. Su cabeza rodó suavemente sobre el hombro izquierdo. Comprendí. El Año, injuriado, acababa de vengarse. No quería dejar este mundo endiablado sin castigar al que tanto mal dijo de él. Como se ve al través de un fanal lleno de agua una luz, veía yo el pensamiento del Año al través de la caja ósea de su frente. El Año se consideraba víctima de una injusticia, acusado sin razón. ¿Es acaso el Año el que determina el giro y curso de los acontecimientos? ¿Es acaso el Año el que desata las pasiones de los hombres? ¿Es el año algo más que la serie de los días? ¿Por qué culparle de lo que no depende de su iniciativa, de su voluntad? Sin duda el peso de tantas maldiciones había acabado por agobiarle, y un sentimiento de furiosa protesta se alzaba en su espíritu durante aquellos minutos que le restaban de existencia. Al oír a Martí acusarle tan duramente, el Año decidió: «Éste paga por todos. Casi juntos caeremos en el pozo de la eternidad.»

Esto que yo pensaba lo dije en alta voz; pero sólo el Año dio señales de haberme oído.

-Tú no eras culpable, y en eso razón tenías; pero has cometido un delito grave al matar a ese hombre. Y no hay manera de exigirte responsabilidad alguna, porque llevas también contigo la muerte...

Una voz funeraria, como si saliese de la tubería de un órgano, lejana y triste, me contestó:

-Cierto... Ya me falta el respiro... Pero me lloraréis, me echaréis de menos, sentiréis mi desaparición, me haréis justicia, hablaréis de mí como se habla de los buenos tiempos... Adiós, que ya no puedo resistir más. Ahí viene mi sucesor...

Un reloj de esos que tienen estridencias metálicas profundas, con las cuales parecen decirnos que la hora que suena no volverá, dio en aquel momento, con solemne lentitud, las doce de la noche. Tin..., tin..., tin... Cada toque resonaba en mi corazón con extraña energía. Y sobre la mesa en que estábamos comiendo, y donde ahora no había nadie, pues todos se habían ido, llevándose el cuerpo inerte de Martí, surgió un objeto extraño. Era una concha de nácar, acanalada y profunda, que parecía proceder de algún lejano mar y que todavía estaba revestida de algas verdes. En su concavidad, un niño recién nacido lloraba con desconsuelo, con un vagido amargo, comiéndose de hambre los puños y perneando con desesperación. Me acerqué, habiendo cogido una copa con agua, donde desleí un terrón de azúcar. Quise paladear a la mísera criatura... Pero al aproximarme a ella retrocedí con horror. El Añito Nuevo, cubierto de lacras y pústulas, infundía repugnancia. Y sobre sus ojos observé una membrana córnea semejante a la que protege las pupilas de las aves de rapiña. Sus dedos apenas tenían forma: parecían deshechos, aplastados con una piedra. Toda compasión faltó en mí.

-¡Así te mueras! -murmuré cruelmente.

Y volví la cabeza para interrogar al Año Viejo; pero observé que había desaparecido... Claro es: ya no pertenecía a este mundo. Ahora nuestro dueño era aquel engendro horrible, aquel escuerzo cubierto de lacería. Y huyendo del fatal recinto, trémulo de pavor y de asco, sólo pude decir, en estilo vulgar:

-¡Estamos frescos!