El corpus triste de 1812

Tradiciones peruanas - Novena serie
El corpus triste de 1812

de Ricardo Palma
I 

El 29 de Enero de 1810 se alzó en la ciudad de La Paz ignominioso cadalso, en el que fueron sacrificados don Pedro Domingo Murillo y ocho de sus amigos, por el crimen de haber enarbolado la enseña revolucionaria contra el gobierno de la metrópoli. Las últimas, pero proféticas palabras del tan valeroso como infortunado caudillo, fueron:"— Compatriotas, la hoguera que he encendido no la apagarán ya los españoles... ¡Viva la libertad!"

En efecto, lejos de que el espectáculo del cadalso aterrorizara al pueblo, volviéndolo manso para seguir tascando el freno, la idea revolucionaria se propagaba como un incendio, y el 14 de Septiembre el pueblo de Cochabamba proclamó los mismos principios por los que rindiera la existencia el mártir Murillo. Unidos los de Cochabamba a la división argentina que comandaban Castelli y Balcárcel, alcanzaron en Aroma una importante victoria.

El virrey del Perú encomendó entonces al arequipeño don José Manuel de Goyeneche la pacificación del territorio sublevado; y el brigadier de los reales ejércitos, después de derrotar a los patriotas en la recia batalla de Guaqui, se dirigió sobre Cochachamba, donde nuevamente fueron vencidos los insurgentes en la sangrienta acción de Viluma, quedando la ciudad a merced del vencedor, quien no anduvo parco en castigos y extorsiones.

Creyendo Goyeneche aniquilado para siempre en los cochabambinos el espíritu de rebelión, se encaminó con su ejército a Chuquisaca y Potosí, para batir a los guerrilleros argentinos; pero Cochabamba se insurreccionó nuevamente, y después de prisionera y desarmada la guarnición realista, fue aclamado y reconocido en el carácter de gobernador don Mariano Antesana, criollo acaudalado y de gran prestigio en el pueblo por su ilustración y por lo enérgico de su carácter.

Goyeneche se vio forzado a desistir de la campaña iniciada sobre los rebeldes del Río de la Plata, y volvió sobre Cochabamba alentando a su ejército con una proclama, en la que decía a sus soldados que los declaraba dueños de vida y hacienda de los insurgentes, recomendándoles sólo que respetasen las iglesias y á los sacerdotes.

Aunque Antesana estaba convencido de la total insuficiencia de elementos bélicos para resistir, con probabilidades de éxito, a las bien disciplinadas y engreídas tropas del brigadier arequipeño, y opinaba por una retirada hasta reunirse con fuerzas argentinas, tuvo que inclinarse ante el entusiasmo del pueblo, decidido a esperar a los españoles en posiciones que estimaban ventajosas á pocas millas de la ciudad. Las mujeres eran las más exaltadas, y excedió de doscientas el número de las que, armadas con fusiles, lanzas ó machetes, se enrolaron entre los combatientes. Y que en el momento decisivo no sirvieron de estorbo sino que se batieron como leonas, lo comprueban los quince cadáveres de cochabambinas que el 27 de Mayo de 1812 quedaron en las alturas de San Sebastián. En aquel feroz combate, el flamante Conde de Guaqui, sable en mano y a la cabeza de su escolta, espoleaba el caballo sobre los fugitivos, gritando : " ¡ Que no quede vivo uno sólo de esta canalla!" Y en efecto, no se tomó un solo prisionero, y la soldadesca se entregó salvajemente al repase de heridos.


II

Ocupada ese mismo día la ciudad por los vencedores, el desenfreno de éstos no tuvo límites. El saqueo, la matanza, la violación y el incendio dominaron en Cochabamba hasta la media noche del aciago 27 de Mayo.

Goyeneche, que blasonaba de católico fervoroso, pues mensualmente confesaba y comulgaba, no quiso que el Jueves 28 de Mayo dejase de salir la procesión del Corpus y y dictó las órdenes del caso, a la vez que piquetes de tropa registraban las casas, para apresar a los vecinos principales denunciados como simpatizadores con la revolución vencida o que, después de la derrota, se habían refugiado en su hogar.

El brigadier, acompañado de su Estado Mayor, en traje de parada y llevando en la mano el guión, concurrió a la fiesta que los cochabambinos bautizaron con el nombre del Corpus Triste, En el cortejo oficial iban diez o doce de los notables de la ciudad, de esos que hoy llamamos oportunistas y que se exhibieron, más que por devoción, por miedo a Goyeneche. En cuanto al concurso popular , fue muy pequeño ; pero en cambio, formaron más de cuatro mil soldados. El Conde de Guaqui, con aire humilde y contrito, se arrodillaba y rezaba delante de los altares precipitadamente levantados en el trayecto que recorrió la procesión.

De cinco en cinco minutos, y a guisa de petardos, se oía una detonación de armas de fuego. En homenaje al Corpus Triste había dispuesto Goyeneche que, con pequeño intervalo de tiempo, se fusilase en el cuartel de la Compañía a los patriotas apresados en la ciudad. Treinta fueron las nobles víctimas.

A la una del día terminó la procesión, y hallábase Goyeneche en el salón de la casa, agasajando con refrescos a los de la comitiva, cuando se presentó un oficial llevando á don Mariano Antesana, vestido con el hábito de descalzo franciscano, pues lo habían sacado del convento de la Recoleta donde los frailes creyeron conveniente disfrazarlo, precaución que no lo salvó de un pícaro denunciante.

Viva satisfacción brilló en los ojos del Conde, y avanzando hacia el prisionero, le dijo:

— ¡Ah, señor Antesana! Me alegro de verlo. No esperaba semejante visita, que por cierto no me la hace usted de buena gana. Vendrá usted, arrepentido de su traición al rey nuestro señor, a pedir gracia...

Antesana no lo dejó continuar, interrumpiéndolo con estas palabras, según lo relata el autor de las Memorias del último soldado de la Independencia.

—No, señor general: no soy hombre de cometer una indignidad cobarde. Estoy pronto a comparecer ante Dios. ¡Viva la patria!

La ira enrojeció el rostro de Goyeneche, y alzó la mano crispada como en actitud de embestir al noble prisionero; mas, reportándose en breve, volvió la espalda y dijo al oficial:

— Fusílelo usted dentro de una hora, y que se confiese si quiere.

Pisaban ya el umbral de la puerta Antesana y su acompañante, cuando el Conde, como recordando algo que había olvidado, gritó :

— ¡Ah! ¡señor oficial! Que no le tiren a la cabeza... la necesito intacta para clavarla en la plaza.

A las tres de la tarde sentaron a Antesana en un poyo de adobes, en la acera del oriente de la plaza. Su aspecto era sereno.

Cuatro soldados, á tres varas de distancia, dispararon sus fusiles sobre el pecho del gran patriota.

Su cabeza, clavada en ima pica custodiada por un piquete de tropa, permaneció tres días en la plaza de Cochabamba.

Así festejó don José Manuel de Goyeneche, primer Conde de Guaqui, el Corpus Chrísti de 1812.