El cadiceño
de Rosalía de Castro


El cadiceño, en el Almanaque de Galicia para 1866.[1]



Allá lejos, por el camino que blanquea entre los viñedos y maizales, veo aparecer, como caballeros con lanza en ristre, dos hombres bélicamente armados de enormes paraguas, y cuyo aire y contoneo viene diciendo: «¡Que entramos!".

Y a fe que no sé si retirarme de la ventana por temor a un reto de esos que hacen estremecer las inanimadas piedras y temblar las montañas. ¡Han aprendido tanto esos benditos allá por las tierras de María Santísima! Vuelven tan sabios y avisados que no sería extraño adivinasen, con solo mirarme el rostro, que estaba tomándole la filiación para hacer su retrato.

Y atrévase cualquiera a mostrar a su prójimo, siquiera en leve bosquejo, las grandes narices o las grandes orejas con que le dotó la prodiga naturaleza. ¡Oh!, yo sé perfectamente cuán peligroso es tal oficio. Pronto el de las grandes orejas o el de las grandes narices, sin pararse a considerar que no todos podemos ser, y de ello me pesa, lo que se dice miniaturas, se volverá iracundo contra el artista, diciendo:

–Voy a romperle a usted el alma; yo no soy ese fantasma que acaba usted de diseñar. Usted hace caricaturas en vez de retratos.

Y si el artista es tímido, tiene entonces que volver a coger el pincel, y en dos segundos, ¡chif! ¡chaf!, pintar las orejas y las narices mas cucas del universo.

Mas no haré yo tal por solo obedecer a una exigencia injusta, que, antes que nada, el hombre debe ser fiel a la verdad, y el artista, a la verdad y al arte. Quieran, pues, o no quieran los que escupen por el colmillo, me decido a cumplir con la espinosa misión que me ha sido encomendada, y advierto que, como mi conciencia juega siempre limpio en tales lances, de hoy más serán inútiles las protestas, inútiles así mismo las amenazas vanas.

Siento en mí un inexplicable pero hondo deseo de desahogar el mal humor que me produce la variedad del tiempo, que ora es claro, ora nebuloso, ora frío, ora fastidiosamente templado, y he resuelto entretenerme en dibujar varios tipos. Si a las gentes les pareciese demasiado atrevido o trivial este propósito, murmuren de ello en buen hora; pero no olviden que el mundo es una cadena; que el que con hierro mata con hierro muere; que todos pecamos, y, por último, que quien escribe estas páginas sabe harto bien que sin haber dado permiso para ello, no habrá dejado más de un aprendiz de dibujo de hacer su caricatura.

Dos pollinos cargados con baúles hasta reventar siguen humildemente a los hombres de los paraguas, que item más de este mueble incómodo, y a pesar de estar en el mes de junio, traen grandes capas y botas bien aforraas y comprías, cuando la sequedad y el calor convidan a andar descalzo por entre la fresca hierba.

Al llegar a las puertas de la ciudad empiezan ya a preguntar en dónde haberá una posaa de las boenas y de segoriá, por lo que hay que perder. Pero como antes de encontrarla quieren lucir las bayules de coero de Montevideo y demás prendas y alquipaje, atraviesan por las calles prencipales, fumando un habano de mejor cualiá y hablando el andalú más desfigurao que pueda oír una criatura racional.

Mas, a decir verdad, hablan con tal desenfado y arrogancia, con una fachenda tan compría, escupen al uso de los currillos con una gracia tan semellante a la suya, que naide, al verlos, deja de conocer que acaban de abandonar a la gaditana gente.

Cuando se han alojado, todo lo quieren a la usanza de afoera, porque dendes que degaron el país, en jamás han poío arrostrar un chopo e caldo, como non fuese limpio, con hartura de garabanzos...

–¿Cuánto tiempo han estado ustedes en Cádiz? –les pregunta la patrona.

–¡Ya hay! –responde uno–. Pro mi parte, dus años y cinco días, y ainda más media miñana del güeves, en que me embarqué en la badía de Cais, y mi amigo, tres años y tres meses en Malparaíso.

–¡Vaya, que ya traen corrido mundo! –dice la patrona–, mientras que uno no sabe salir del lugar en donde nació. ¡Y qué bien se les ha pegado el castellano, que parece que lo mamaron con la leche, y lo mismo los modos de por allá!

–¡Toma! –respondió uno con mucho garbo, mientras guiña un ojo y tuerce todo el cuerpo sobre una cadera–. Lo mesmo me icían por allá las chicas: “Jazú –escramaba la Guana cuando me vestía de curro–. Este jallejo tanta gracia errama, que parez que'a nacío entre la gente zalá.” Proque neturalmente, dendes que salín da terra, nunca pueden volver a la fala, ¡de verdad!

–¡Pues n'a ser verdá! –prosiguió el otro–. Pro la Habana, y pro Cais, todos los del puebro, chequitos y grandes, habran el andalú, y no coma por aquí, que son gallegos coma las vacas.

–Cierto es –contesta la patrona, que es tan cerrada de mollera como ellos–. A ir yo a esas tierras, no hubiera vuelto a la mía, que siquiera por solo oír hablar a todo el mundo castellano y andaluz, estaría uno a media ración... Además de que, según me han dicho, tan buenos son esos pueblos de afuera, que no se ve en las plazas pan de brona, porque parece que no lo hay.

–¡Qu'ha haber, señora! ¿Brona? Ni los perros la arrostran, ni la hay en el mundo coma no sea aquí. Pan branco de diario y a pasto, lo comen pobres y ricos en Cais. Por la mañana m'angollaba yo de un bocao un panisillo, y después, los que caían por to el día.

–¡Cuánto bien de Dios! No sucede aquí tal cosa, no; que con leche o papas tiene uno que contentarse.

–Po allá carilla va la lecha; pro an ravierso lo el panisillo n'es na. Sepa osté que a la mediodía tomaba coma un caballero mi puchera con un cuartarón de carne, patacas correspondientes y garabanzos, un neto de vino de lo tinto, y andandito.

–¡Qué le parece! ¿Y por la noche?

–De cea, a según; pro a de cote, un jaspacho, que m’hacía la Guana de lo chichirico.

–Ahí tienen ustedes. ¡Miren qué vida de reyes! ¡Y vaya a pedir aquí todo eso, que ya se encontrará! Sobre todo ese gazpacho o jaspacho, que no sé lo que es, pero que, de seguro, debe de saber muy bien por estar hecho al uso de esas tierras.

–Pro sabío, señora. Se como crúo y parés cocío.

–Eso más, y dígame: ¿a qué vendrán aquí las gentes de esos pueblos benditos de Dios, y lo que es más, se quedarán en este desierto, donde no es costumbre hacer gazpachos?

–Se quedan de prisión y no acaban lo que les es menester; algunos dirán que por aquí se comen las boenas froitas, y lagumes, y peixe...; pro de verdá, en noestra tierra solo se atopa morriña; dego los peixes, y las froitas, y las legumes a quien las quiera, y voyme a foera a buscar los cuartos.

–¿Y cómo ustedes no se quedaron por allá lejos, en donde no oyesen hablarmás de Galicia?

–Tenemos mentres de volver a marchar, y solo vimos a trajerle a nostra gente las boenas cosas que ganamos. A mí no me abastaron todavía coatro bayules bien atacaos, y tiven que dejar en cas de un campañero varios afeutos, que me mandará por embarque...

–Eso es sabido; ninguno va afuera que venga rico, sobre todo, los cadiceños –murmura la patrona sonriendo.

–Yo, tal cual –dijo el de Cádiz, escupiendo con desdén por el colmillo–; por lo que a mí respeuta, no es por fachenda, pro tengo pa una infirmidá y pa una ocasión, y pa poner mi casa a estilo de Casi.

–¡Vaya, vaya; que ya pueden estar contentos! ¿Y de qué lugar son?

–De Santa María de Meixede...; pro..., compañero, seica ya no daremos con la vreda, poes con motivo de haber estao foera, se nos haberá barrido de la memoria.

–¡Queixáis! –responde gravemente el de La Habana–. Buscaremos quien nos lo mostre.

–Pierdan cuidado, que yo lo haré –exclama la patrona–. He ido muchas veces allí.

Ni dicho ni hecho.

Sin abandonar el paraguas, ni la capa, ni el cigarro, se pasean por la ciudad, y entran en casi todas las tiendas para comprar algunos objetos que regalar a su gente como nativas de Cais.

La patrona les enseña después el camino como a extranjeros que han perdido su ruta; ellos se dejan guiar como si lo ignorasen, y emprenden la marcha con el aire más grave que pueden, teniendo buen cuidado de llevar el puro en los labios y el andalú en la punta de la lengua. Ninguno sabe decir una sola palabra en gallego, y casi están por olvidarse de la puerta de su casa y del nombre de sus amigos. Lo que no deja a veces de causar risa a las gentes maliciosas, que no son pocas entre nuestros aldeanos; pero los pollinos que, cargados, siguen a los forasteros, imponen respeto a los más, y cada cual cree adivinar un tesoro tras el coero de Montevideo de que están hechos los bayules.

El padre, la madre, el hermano o la esposa notan bien pronto, después de los transportes del primer momento, que el que vuelve al hogar de la familia no es ya el hombre que era antes, lo cual en nada disminuye el cariño que le profesan: por el contrario, hace nacer en su alma hacia el recién venido cierto respeto, del que se enorgullecen.

Y, en efecto, aquel que hace dos años era un aldeano como ellos, viste ahora de un modo distinto, habla de gazpachos y de pan blanco comido a pasto o de chiniticas del Congo, detesta la brona como si jamás la hubiera tocado, cada palabra que sale de su boca es una sentencia, no teme a Dios ni al diablo, ni le importan feridas d’ollo, y, por último, habla el andalú como si lo hubiese deprendido mesmo dendes sus prencipios.

¿Cómo, pues, pueden tener el forastero en tan poco a sí mismos?

Sobre todo al ver todo el equipaje con que cargan los pollinos, aquellas pobres gentes, generalmente agobiadas por la miseria o una grande escasez, no pueden menos que mirar al cadiceño como un enviado del cielo, y como no se guardan demasiados cumplidos, pronto pasan, latiéndoles el corazón, a revisar los baúles, cuyas chapas y clavo dorados prometen guardar cosas muy buenas, todas venidas de aquellas tierras en donde dan pan por dormir, y en las cuales el pantrigo y el puchero con carne y garabanzos son cosa corriente para cualquiera. Cuando se les presente venido de la siudá de Cais o de esa Habana, que ellos contemplan en su pensamiento, antes de haberla visto, poco menos que como el paraíso o la siudá de Jauja, todo es bueno, excelente y magnífico, y el cadiceño, que lo sabe, al sacar del primer baúl los objetos que compró en el pueblo más próximo a Santa María de Meixedes, encarece su buena calidad, diciendo:

–Vayan ostés a mercar por aquí un gabón como éste y tan bratismo, y unas sintas tan fortes y lindas, y unos pañoelos tan compríos. No, d’esto n’hay n’esta tierra.

Y he aquí que todo lo que viene en uno de los baúles más magníficos se reduce a lo que, como dejamos dicho, compró en Galicia, y a varios remiendos de paño y zapatos viejos que trujo de allí por no atopar sitio donde tirarlos.

Pásase la revista del segundo baúl y aparecen ropas a medio uso, gorras ídem, camisas de mil colores, todas muy bonitas; pañuelos de narices, y se acabó la función. Se abre el tercer baúl, y aquí sí que hay novedad en las prendas. Libros a los que les faltan la mitad de las hojas, estampas iluminadas con colores, alguna flauta con llaves de plata o alguna gaita con fuelle forrado de seda –¡qué hermosura!–, un bastón con puño también de plata –¡qué lujo!–, un retrato virídico hecho a la rotografía, y después un pañuelo de crespón de la India –¡cuánta riqueza!–; pro... ¿y los cuartos?

El cuarto baúl, que pesa como si se hallase lleno de piedras, tiene un secreto de los pocos, y aquí es ella. El cadiceño no dice así, de sopetón, cuánto trae, pero empieza por enumerar todas las mejoras que ha de hacer en la casa, las reses que ha de comprar, los gorrinos que ha de matar y las romerías a que ha de asistir en compañía de la familia.

No hay uno en la casa que al ver tal no se contemple rico y feliz, y mucho más cuando, en medio de la alegría que reina en la casa, oyen cantar al cadiceño, que tiene los cascos calientes con el vino:

Nadie se meta conmigo,
que soy un lobo de Seví
y hasta la tierra que piso
me parece una pesoña.

Al otro día de la llegada del cadiceño, en el cuarto más retirado de la casa, es cuando, al fin, apenas rompe el día, se abre el baúl, que tiene dos cerraduras de secreto y, además, el secreto de por dentro.

La tapa se entreabre lentamente, y aparece a las ávidas miradas de la madre o de la esposa un cuero tendido. El cadiceño levanta con la misma parsimonia y lentitud el cuero, y aparece una gruesa capa de papeles cortados; levanta los papeles, y aparece un pañuelo de hierbas; levanta el pañuelo de hierbas, y aparece acostada una lavita de un paño sedán, legítimo y nativo de la mesma siudá de Cais; debajo de la lavita descansa un pantalón del mismo paño. Aquella es la ropa con que foera se vestía el caballero como los más, porque naquellas tierras naide gasta ni montera ni calzones.

–Pro ¿y los cuartos?

Debajo del pantalón se descubre otro pañuelo de hierbas y otra gran capa de papeles cortados, y allá, en la profundidad del baúl, reposan con todo el peso de su gravedad multitud de guijarros...

–¡Santo Dios...! Pro ¿y los cuartos?

–N’el secreto están, criatura... –responde el cadiceño sonriendo por el gran susto que acaba de llevar la pobre mujer.

Y, bien pronto, con sus gruesos dedos toca una tablita que se resbala silenciosa y aparecen varios montoncitos envueltos en papeles blancos y amarillos. Los amarillos encierran el oro, y los blancos la plata. Mas todo el tesoro cabe en un puño y alcanza apenas a arrancar de la miseria a la familia por algunos años y hacerle entrever un mediano bienestar.

El que ganó más, rara vez vuelve a la patria, y si lo hace, es cuando, ya viejo y sin poder trabajar, viene, por un resto de amor al país que le vio nacer o, quizá, por egoísmo, a morir a su aldea, acabándose casi siempre con él la última moneda que ha ganado a costa de su dignidad.

Como generalmente aguardan a la víspera del Santo Patrón para presentarse en el lugar, y casi todos ignoran su llegada, es de ver cómo al otro día hacen su recepción.

Plántanse la ropa de curros, luciendo en la camisa el enorme alfiler que, siendo de cristal puro y sin mezcla, quieren hacer pasar por diamantes. El sombrero les cae de tal modo sobre una ceja, y es, por lo regular, tan chico para su cabeza, que más bien que sombrero parece solideo; la faja le envuelve el talle como una sábana, mientras la chaquetilla laboreada se le queda en medio de las espaldas, como a un muchacho que, habiendo crecido, lleva un traje que no creció con él.

A las mangas o les sobra o les falta, y lo mismo al pantalón, que les cae sobre las grandes botas como a la fuerza o se queda más arriba, como por casualidad. Pero lo que más luce y brilla en su persona es la gran cadena hecha de varios metales, a que llaman oro, y la moestra, del tamaño de su sombrero, a la que consultan a cada paso, muy interesados en saber qué hora es.

Con tal atavío, y sin olvidarse de llevar el gran paraguas, se encaminan hacia la iglesia, mientras todos están en la misa mayor, y se colocan a la puerta, en el sitio más escondido que pueden, hasta que la gente sale.

La multitud se agolpa en tumulto, cada cual quiere salir el primero, y aprovechándose entonces ellos de la confusión que reina, nuevos Longinos o semejantes al caballero de la Mancha cuando, lanza en ristre, se arrojaba sobre los molinos de viento, enarbolan el gran pareanguas, y... al pasar algunas jóvenes que ellos tienen en la niña del ojo, arremetiendo con energía..., ¡pom!, le encajan el regatón con toda fuerza en medio de las costillas.

La tan brutalmente herida vuélvese entonces contra el agresor, lanzando un agudo grito…; pero ¡oh sorpresa!

Cuando ve tan majamente vestido al cadiceño, en quien no pensaba, olvídase al punto del terrible dolor que el golpe alevoso le produjo, y exclama:

–Nunca Dios me deixara, Antón..., ¿o ti elo? Por pouco me magoas...; pro ¿ti elo?

–Soy el mesmo. ¿Seica m’iñoras? –responde el galán, apurando más que nunca la ce y hablando en la jerga más confusa y risible del mundo–. Icimos la viague en vintidós días, desembracamo en La Cruña nantronte y aquí chegamos tan interos como salimos, e ¿quielo ve?

En seguida regalan a la favorecida unos cuantos pellizcos y apretones de lo lindo, de los cuales le quedan señales para mucho tiempo; mas para ellas todo es miel y rosas, hallando tan dulces y agradables las chanzas y las maneras de los cadiceños, que ya solo ellos imperan en su corazón.

Así, el cadiceño manda, reina y pervierte de la manera más peligrosa. Enfatuado e ignorante, todo lo mira en torno suyo por encima del hombro, inspirando a los que le oyen el desprecio a su país y contando maravillas de los que él ha recorrido.

Solo cree en Dios en cuanto le conviene, y no teme perjudicar en su proyecto a los que se intimidan con su traje y sus patillas.

Mucho más pudiéramos añadir sobre este tipo tan marcado y que tanto prepondera en las aldeas de Galicia, trayendo a ellas todo lo que han aprendido en tierras más civilizadas y nada de lo bueno que allí existe, pues su ignorancia y el ansia ardiente de hacerse ricos en poco tiempo, arrastrándolos a la humillación, las penalidades y la bajeza, no les permite modificar sus malos instintos ni aprovecharse de las excelentes cualidades que le son propias.

Pero es forzoso que concluyamos, atendiendo al corto espacio de que podemos disponer, aun cuando procuraremos no olvidar, en más propicia ocasión, el extendernos sobre un asunto que, según creemos, es de alguna trascendencia para el país.