Fábulas argentinas
El bien-te-veo

de Godofredo Daireaux


El bien-te-veo es un tipo singular. No pierde ocasión de burlarse de la gente, y de su pico incansable salen a cada rato, en carcajadas retumbantes, críticas acerbas de cualquier obra ajena.

Los demás pájaros y todos los animales y bichos de la Pampa demasiado lo conocen para hacerle mucho caso, pero poca simpatía le tienen, y si no se lo hacen sentir muy abiertamente, es por el muy legítimo temor de tener que sufrir insultos, callados, o de crearse conflictos si contestan.

Un día, en una numerosa reunión de toda clase de animales y pájaros, el bien-te-veo entabló en voz gritona, para llamar la atención, una gran conversación con algunos de los presentes. Y, cosa rara, en vez de ensañarse en criticarlo todo, como de costumbre, empezó por alabar a varios personajes, celebrando las altas cualidades de algunas personalidades políticas, la inteligencia, así la llamó, de otros, y el desprendimiento de unos cuantos que nombró, no sin cierto discreto asombro de los oyentes y de los mismos favorecidos; y pasó después a elogiar a personas conocidas de la sociedad, ponderando el talento de unas, las virtudes domésticas de otras, llegando a encontrar méritos hasta en los más humildes habitantes del campo.

Todos escuchaban admirados, cambiando guiñadas interrogativas, como preguntándose:

-¿Adónde nos lleva? ¿Qué sucede? ¿Qué le pasa?

Pronto se supo; agotada la lista de los presentes y de algunos más, y la proclamación encomiástica de sus méritos, empezó el bien-te-veo a contar los propios, su gracia para volar, la agudeza de sus gritos, el color hermoso de su plumaje, los servicios que presta, etc.

Pero la asamblea se quedó callada; y el bien-te-veo comprendió que el aplauso de buena ley dispara cuando lo llaman.