El Alma rusa: Prostitución y miseria

El Alma rusa : Prostitución y miseria
(traducción anónima de 1921)
de Octave Mirbeau

Avenida de Clichy, la una de la madrugada. Llueve. El barro grasiento de la calle hace el andar difícil y resbaladizo. La Avenida está casi desierta. Unos pocos paseantes caminan con la cara hundida en en cuello levantado de sus abrigos ; alguno que otro coche, vacío, o llevando no sé a quién ni a dónde. Unas cuantas mujeres andan por las aceras que brillan como pálidas luces.

— ¡ Señor !... ¡ Señor !...venga usted conmigo.

Gritos mezclados con blasfemias obscenas y amenazas... Después... el silencio... pasos que huyen... que vuelven al poco rato. Siluetas que llegan, dan vueltas, se esfuman, desaparecen, vuelven de nuevo, como cuervos revoloteando sobre un campo en que hubiera una carroña.

Abiertas, no hay más que las tabernas, que arrojan sus claridades amarillas contra las casas de enfrente que dormitan. Y olores de alcohol y de almizcle — crimen y prostitución — circulan por el aire, fraternalmente, a ráfagas.

— ¡ Señor !... ¡ Señor !...venga usted conmigo.

Hace cinco minutos que me está siguiendo una mujer, a la que no veo, pero oigo claramente, a mi espalda el taconeo obstinado de su andar y la voz que canturrea este monótono y suplicante estribillo :

— ¡ Señor !... ¡ Señor !...venga usted conmigo.

Me detengo debajo de un farol. La mujer también se detiene, pero fuera del radio de luz ; puedo, con todo, examinarla. No es guapa, ¡ oh, no ! ni tentadora ; más bien hace alejar la idea del pecado. Porque el pecado es la alegría, la seda, el perfume, cabelleras teñidas y la carne adornada como para un altar, lavada como un cáliz, pintada como un ídolo. Como es, asimismo, tristeza rica, asco opulento, mentira suntuosa, barreduras montadas en oro y pedrería. Y aquella desgraciada nada de esto podía ofrecerme. Vieja de miseria más que de edad, marchitada por el hambre o por las pesadas borracheras en los sótanos de las tabernas, deformada por la espantosa labor de su trágico oficio, obligada, bajo la amenaza del navajazo, a andar, andar siempre, de noche, en busca del deseo que escudriña, zarandeada por el miserable que la despoja o por el policía que la explota, del cuartecho de alquiler a la cárcel, verdaderamente, la pobre daba lástima verla. Una manteleta de lana negra cobre su pecho ; unas faldas enlodadas tapan sus piernas ; un inmenso sombrero, con unas plumas que se deshacen con la lluvia toca su cabeza ; y sobre su vientre pliega sus manos, unas manos amoratadas por el frío — ¡ oh ! nada obscenas, — unas manos torpes y huesudas, apenas resguardadas por unos viejos mitones de color indefinido. A no ser por la hora, el lugar y el tono de su invitación, la habría tomado por una sirvienta desocupada y no por una trota-aceras. No cabe duda que desconfiaba de su fealdad, que tenía conciencia de las pocas voluptuosidades que podía ofrecer su cuerpo, porque procuraba sustraerlo a mis miradas, interponiendo tinieblas y más tinieblas entre su cara y mis ojos, y más pareciendo pedir limosna que ofrecer el placer, su voz tímida, temblona, casi avergonzada, iba repitiendo :

— ¡ Señor !... ¡ Señor !...venga usted conmigo, señor... haré todo lo que usted quiera... venga usted conmigo, señor.

Como no le respondiera, no por asco o desdén, sino porque en aquel momento estaba mirando, compasivamente, un collar de coral que le rodeaba el cuello con una línea roja, siniestramente, ella agregó, en voz baja, con un tono de dolorosa imploración :

— Señor !... Si uste prefiere... tengo en casa una chiquilla... tiene trece años, señor... Es muy linda... y conoce a los hombres como si fuese una mujer... Señor !... señor !... se lo ruego.. venga conmigo, señor !...

Le pregunto :

— ¡ Donde vives ?

Y vivamente, señalandome una calle, enfrente, que daba a la avenida, como una boca de abismo, responde :

— Ahí cerca... mira, allí... a dos pasos... Quedará usted contento, no pase cuidado.

La mujer atraviesa la calle, corriendo, para no dar a mi reflexión el tiempo de cambiar, para que no se hiele lo que ella cree mi deseo. Yo la sigo... ¡ ah ! pobre diablo !... A cada paso que da, vuelve la cabeza, para asegurarse de que no me ho escapado, saltando sobre los baches, enorme y redonda, como un sapo monstruoso. Unos hombres que salen de una taberna la insultan al pasar por su lado. Nos internamos en la calle, ella delante, yo detrás, hundiéndonos cada vez más en las sombras.

— Es aquí — dice la mujer. — Ya ves que no he mentido.

Empuja una puerta entreabierta. En el fondo de un corredor estrecho, una pequeña lámpara de petróleo, cuya mecha humea y vacila, arroja sobre las paredes resplandores de crimen, sombras de muerte. Entramos. Mis pies pisan cosas blandas, mis brazos rozan cosas viscosas.

— Espera un poco, querido... ¡ La escalera es muy traidora !

Ha recuperado la serenidad. Comprende que no debe humiliarse, que tal vez no es tan fea, puesto que yo estoy allí, a su lado, que ha conquistado un hombre, llevándoselo detrás, un hombre que es necesario conservarlo con palabras acariciadoras, excitarle la generosidad con promesas de amor !... Ya no soy el « señor » vacilante a quien imploraba hace pocos instantes ; soy el « querido », la suerte esperada, el que trae consigo, tal vez, el pan del día siguiente, o el dinero con que pagarse la borrachera para olvidar el hambre, la borrachera que hace olvidarlo todo, ¡ todo !

Enciende una bujía en la lámpara y, señalándome el camino, me precede en la escalera. La ascensión es ruda. La desgraciada sube fatigosamente, esforzándose : resuella, silba y estertores. Con la mano libre sostiene su vientre que la estorba, que le pesa, del cual no sabe qué hacer, como si fuese un paquete demasiado pesado.

— No te impacientes, querido... es en el segundo piso.

La rampa es pegajosa, los muros supuran y destilan agua, los peldaños de madera crujen debajo de los pies. Hay que sujetar el estómago para que no le invadan las náuseas, para que no le dominen los intolerables hedores que allí dejaron los hombres, hedores cuyas virulencias ha exasperado la humedad y las deyecciones mal cerradas. En los pasillos, a través de las puertas, se oyen voces que ríen, gritan, ruegan ; voces que regatean, que amenazan, que exigen ; voces obscenas, voces de borracho, voces ahogadas... ¡ Oh ! ¡ aquellas voces !... ¡ La tristeza de aquellas voces, en aquel lugar nocturno, lugar de terror, de miseria y de... placer !

Al fin, hemos llegado. La llave ha rechinado en la cerradura, la puerta ha rechinado sobre sus goznes, y hétenos en una salita estrecha, en la que no hay más que un mal sofá desvencijado, verdoso, destrozado y cojo, y una especie de cama de campaña sobre la cual se ha levantado, al oir el ruido de nuestros pasos, un espectro que me mira con sus ojos redondos, amarillentos, penetrantes, semejantes a los de aquellos pajarracos que velan, de noche, en los bosques... Frente a la ventana, colgados de un cordel tendido de pared a pared, dos hileras de trapos puestos a secar.

— Ya te dije que quitaras esto — reprocha la mujer a la vieja, la cual retira los lienzos, gruñendo, y los tira, revueltos, sobre el sofá.

Otra puerta, y entramos en el dormitorio. Estamos solos y pregunto :

— ¿ Quen es esta vieja ?

— Es la que me presta la chiquilla.

— ¿ Su madre ?

— ¡ Ah ! ¡ no ! No se de dónde la ha sacado. Es desde anteayer que la tengo.. Poca suerte tiene esta mujer... es una desgraciada... Su hijo está en presido... Antes era mi amante. Apioló al relojero de la calle Blanche, ya sabrás, el relojero... Sus hijas están de sirvientas y no le dan un cuarto... así es que fuerza le es vivir de un modo u otro, ¿ no te parece ?

El dormitorio está apenas amueblado y revela una miseria indecible... Las ventanas sin cortinas, la chimenea sin fuego. La humedad despega de las paredes el papel, que cae en trozos, como pedazos de piel muerta. Hace frío y la mujer se disculpa :

— No tengo carbón... ni leña... El invierno se no has echado encima tan pronto... y, además, aún no hace un mes que la policía vino y se me llevó... me soltaron hace cuatro días...

Agrega :

— Si tan sólo hubiese tenido veinte francos para darles, me habrían dejado tranquila... ¡ Ah ! ¡ los canallas !

En el fondo de la pieza, una gran cama con almohadas enjutas y sucias sobre los colchones. Al lado, otra cama, más pequeña, en la que apenas distingo, surgiendo de las mantas, un montón de cabellos rubios, y de este montón de cabellos una delgada carita pálida, que duerme.

— Es la niña, querido... puedes desnudarte... voy a despertarla...

— No, no ; déjala dormir.

— No te vayas a creer que va con todo el mundo... solamente con los señores...

— No, déjala dormir.

— Como quieras, querido.

No tiene conciencia del crimen que me propone y mi negativa más bien la extraña... Cuando quizo despertar a la niña, pude observarla. Su mano no tembló ; no dejó entrever del corazón esta conmoción vascular que hace descender el sangre y palidecer la cara. Le pregunto :

— ¡ Y si la policóa la encontrase aquí ? ¡ Sabes que esto te valdría un proceso y el presidio ?

La mujer hace un gesto vai y dice :

— Es posible, pero ¡ que quieres que haga ?

Al ver mi aire grave y triste ha perdido la confianza de antes. No se atreve a mirarse al espejo ; no se atreve a ponérseme delante, ni siquiera a la pobre luz de la vacilante bujía... Y el agua chorrea de su sombrero, que no se ha quitado, como de un tejado mojado... Ha puesto el candeloro sobre la chimenea y se ha acercado a la cama, en la penumbre, donde se dispone a desnudarse.

— No — le dije, — es inútil... no quiero nada...

Le pongo en la mano dos monedilas de oro, dos monedas de oro a las que ella da vueltas y más vueltas, asombrada y aturdita, sin decir nada.

Tampoco yo sé que decirle... ¡ y que le diría ? ¡ Predicarle el arrepentimiento, las bellezas de la virtud ? Palabras, palabras, palabras... No es ella la culpable. Ella es exactamente lo que la sociedad ha querido que fuese, esta cochina sociedad de insaciable apetito que necesita tragarse, todos los días, su racíon de almas humanas... ¿ Iba a hablarle de odio y de rebeldía ? ¿ A que ? Palabras, también. La miseria es demasiado cobarde ; no tiene fuerza para empuñar un cuchillo sobre el egoísta placer de los satisfechos... Vale más, pues, que me calle... Además, no vine aquí a perorar como un socialista. No es la hora de las declamaciones vanas que nada remedian y que no hacen más que mostrarnos el vacío de los actos en el vacío de las frases... Vine para ver y he visto... No tengo más que hacer y me marcho...¡ Buenas noches !

La niña continúa durmiendo en su camita, nimbada de rubio. Las posesiones impúberes han marchitado ya su boquita, podrido su aliento y puesto manchas violadas en sus párpados cerrados. En el cuarto contiguo, la vieja anda rodando, arrastrando sus zapatos sobre el crujiente pavimento. La mujer ha escondido las dos piezas de oro debajo de los colchones y me dice, muy quedo :

— La vieja va a ponerse furiosa porque nos has querido la niña... Dale algo, para que no me quite lo que me has dado... es una vieja muy mala, de muy malas entrañas, puedes creerme... Espera que te haga luz, señor... ¡ es tan traidora, la escalera !